To­do cam­bió con Lau­ra Pal­mer

La Vanguardia - ES - - ED -

Es di­fí­cil sa­ber si, cuan­do Da­vid Lynch es­tre­nó Twin Peaks, en 1990, era cons­cien­te de que el mis­te­rio de Lau­ra Pal­mer y los bo­llos del agen­te Cooper iban a cam­biar pa­ra siem­pre la es­té­ti­ca, la es­truc­tu­ra na­rra­ti­va, el rit­mo y la te­má­ti­ca de las se­ries. Lo que se­gu­ro que es cierto es que los es­pec­ta­do­res que la si­guie­ron su­pie­ron en se­gui­da que al­go es­ta­ba ocu­rrien­do, que aque­llo era ab­so­lu­ta­men­te dis­tin­to a lo que ha­bían vis­to has­ta en­ton­ces. En reali­dad, pa­ra la ma­yo­ría de los crí­ti­cos ese 1990 se pro­du­jo un cam­bio de gran mag­ni­tud: se em­pe­za­ba a ges­tar la ac­tual era do­ra­da de las se­ries, un pro­duc­to au­dio­vi­sual que ha atraí­do mu­cho del ta­len­to que ate­so­ra­ba has­ta en­ton­ces el ci­ne. En es­te nú­me­ro, Luis Mui­ño y Pau­la Hernández se pre­gun­tan por qué al pú­bli­co le gus­tan es­te ti­po de his­to­rias de lar­go re­co­rri­do. Aun­que, tal vez, el tér­mino gus­tar es muy pru­den­te, por­que las se­ries no cuen­tan con sim­ples afi­cio­na­dos, sino prác­ti­ca­men­te con fie­les en el sen­ti­do re­li­gio­so de la pa­la­bra. Por eso, es­ta se­ma­na es­te su­ple­men­to y Víc­tor-M. Amela se han me­ti­do en la bo­ca del lo­bo al ele­gir los diez tí­tu­los más des­ta­ca­dos de la his­to­ria. En la bo­ca del lo­bo por­que mu­chos lec­to­res dis­cre­pa­rán. ES es­pe­ra sus lis­tas al­ter­na­ti­vas.

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