LAS BO­TAS

DE IS­RAEL GAL­VÁN

La Vanguardia - ES - - ES FUTURO - Tex­to Cristina Sáez Fotos Ana Jiménez

Re­no­va­dor del fla­men­co y uno de los bai­lao­res más pres­ti­gio­sos del mun­do que ha ac­tua­do co­do con co­do con fe­nó­me­nos de la ta­lla de Pat Met­heny, Mi­guel Po­ve­da o el llo­ra­do En­ri­que Mo­ren­te

“El fla­men­co, si no te de­jas un po­qui­to la vi­da cuan­do lo bai­las, es que no es fla­men­co. Así es”, sen­ten­cia Is­rael Gal­ván (Se­vi­lla, 1973) tí­mi­do fue­ra del es­ce­na­rio. En­ci­ma de las ta­blas, por el con­tra­rio, es vi­da, ner­vio y fuer­za que se con­ta­gia. “Yo só­lo cuen­to mi verdad. Por­que si no, no po­dría bai­lar más. Me doy li­ber­tad en la for­ma, en los ges­tos. Y eso se res­pi­ra. Mi ener­gía es fla­men­ca, mi rit­mo y mi ges­to tam­bién lo son”. In­clu­so an­tes de na­cer, por­que ase­gu­ra que ya bai­la­ba en la ba­rri­ga de su ma­dre, que has­ta el sép­ti­mo mes de em­ba­ra­zo no con­sin­tió en ba­jar­se de los ta­blaos. “No he te­ni­do otra op­ción que la de de­di­car­me a es­to. No me de­ja­ron tiem­po pa­ra ver si me pi­ca­ba el gu­sa­ni­llo, me lo ino­cu­la­ron di­rec­ta­men­te”, bro­mea. Así es en la sa­ga de la fa­mi­lia fla­men­ca: “Cuan­do tie­nen un ni­ño, des­de chi­co le en­se­ñan co­sas. Y no sa­be ni ha­blar, pe­ro ya bai­la”. Y es­te bai­laor con­ser­va bo­tas fla­men­cas des­de que era chi­qui­ti­to y sus pa­dres lo po­nían so­bre el ta­blao, con tres o cua­tro años. “En aquel en­ton­ces no es­ta­ba feo que los ni­ños ac­tua­ran. Era la épo­ca de Ma­ri­sol, de Jo­se­li­to. Y aun­que pa­ra mí era un jue­go, ga­na­ba mu­cho más di­ne­ro que to­dos los ma­yo­res, por­que a mí me echa­ban has­ta bi­lle­tes de 5.000 pe­se­tas”, re­cuer­da. Gal­ván abre su ma­le­ta, que aca­rrea a cues­tas a to­dos la­dos cuan­do sa­le de gi­ra por mie­do a que se la vuel­van a per­der –“Unos pan­ta­lo­nes te los pue­des com­prar en cual­quier la­do, pe­ro las bo­tas que adap­tas a tu pie, no”–, y apa­re­cen tres o cua­tro pa­res. To­ma unas ne­gras de ter­cio­pe­lo y las mues­tra. “Son mi he­rra­mien­tas de tra­ba­jo, don­de me­jor ha­blo, son mi acen­to”, ase­gu­ra. Y son tam­bién las que sus ni­ños le es­con­den y le ti­ran a la ba­su­ra pa­ra que no se va­ya de gi­ra. De él, otro gran­de del fla­men­co, En­ri­que Mo­ren­te, so­lía de­cir que era el más vie­jo de to­dos los bai­lao­res jó­ve­nes. “En­ri­que fue el úni­co que se per­ca­tó de que uso po­ses de bai­lao­res muy de an­tes que he vis­to en fotos. Du­ran­te tiem­po era muy di­ver­ti­do por­que los crí­ti­cos de­cían que si yo ha­cía co­sas de Nacho Dua­to, o de dan­za con­tem­po­rá­nea, cuan­do aque­llo era fla­men­co vie­jo”.

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