EL RE­LOJ DE PA­BLO MO­TOS

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El pre­sen­ta­dor de El hor­mi­gue­ro lu­ce, des­de ha­ce años, un lla­ma­ti­vo re­loj que es­con­de una his­to­ria que cam­bió su de­ve­nir pro­fe­sio­nal y que él mis­mo nos ex­pli­ca. “Tra­ba­ja­ba en la ra­dio ha­cien­do Protagonistas de Va­len­cia, la des­co­ne­xión lo­cal del pro­gra­ma de Luis del Ol­mo, cuan­do, un día, apa­re­ció un se­ñor muy en­fa­da­do gri­tan­do que que­ría una re­ba­ja en su pu­bli­ci­dad o se iba. Co­mo no le aten­día na­die, in­ten­té cal­mar­lo, ha­blé con el di­rec­tor de la emi­so­ra y le con­se­guí el des­cuen­to. A par­tir de ahí, me di­jo que que­ría que le lle­va­se to­das sus cuen­tas pu­bli­ci­ta­rias. Mi suel­do se mul­ti­pli­có por veinte, en ocho me­ses me con­ver­tí en un jo­ven mi­llo­na­rio, so­me­ti­do a una pre­sión in­so­por­ta­ble por ven­der más y más. Ese hom­bre, que di­jo lla­mar­se Ma­nel Fi­gue­ras (era un nom­bre fal­so) , me re­ñía con­ti­nua­men­te por­que mi re­loj era una mier­da. De­cía que un hom­bre de éxi­to tie­ne que tener un buen re­loj pa­ra im­pre­sio­nar a los de­más, y un áti­co pa­ra mi­rar ca­da ma­ña­na des­de arri­ba al res­to de la gen­te (sé que es una fra­se des­agra­da­ble, pe­ro la di­jo él, no yo) . Un buen día, uno de sus pro­duc­tos fue ta­cha­do de pro­duc­to mi­la­gro en la televisión, hi­cie­ron al­gu­nos re­por­ta­jes en las no­ti­cias y vino a ver­me llo­ran­do, y yo le ani­mé re­pi­tien­do to­das las fra­ses que él me ha­bía di­cho a mí en al­gu­na oca­sión. Fue la úl­ti­ma vez que lo vi. El pro­ble­ma fue que, en los úl­ti­mos cua­tro me­ses, ha­bía fir­ma­do yo todos sus con­tra­tos pu­bli­ci­ta­rios, por­que de­cía que no te­nía tiem­po pa­ra esas co­sas. En 48 ho­ras pa­sé de ser mi­llo­na­rio a es­tar arrui­na­do y de­ber unos 300.000 eu­ros, que, con mi suel­do nor­mal, que eran unos 500 eu­ros, no iba a po­der pa­gar en la vi­da. Pen­sé en ha­cer al­gún dis­pa­ra­te, por­que es­ta­ba hun­di­do, pe­ro lo que hi­ce, fi­nal­men­te, fue ir a una jo­ye­ría y com­prar­me un Car­tier de 1.200 eu­ros. De­jé mi cuenta con 6 eu­ros. Des­de en­ton­ces, ca­da vez que mi­ro la ho­ra re­cuer­do lo fá­cil que es que la vi­da te cam­bie en un ins­tan­te”.

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