¡QUE TER­MI­NE LA CUEN­TA ATRÁS!

To­das las se­ries lle­gan a un pun­to en el que de­ben pen­sar en fi­na­li­zar. La cues­tión es si los ca­na­les se dan cuen­ta de ello o si pre­fie­ren es­ti­rar el chi­cle pa­ra ga­ran­ti­zar unas cuan­tas tem­po­ra­das más de éxi­to. Aun­que sa­be­mos que las cancelaciones no son

La Vanguardia - Vivir TV - - ENPORTADA -

Dex­ter son­ríe en la os­cu­ri­dad, su víc­ti­ma ya en la ca­mi­lla. El cor­te en la me­ji­lla es el preám­bu­lo de un ri­tual al que ya nos he­mos acos­tum­bra­do. Nos en­can­ta ver a es­te ase­sino en se­rie pre­pa­rán­do­se pa­ra eje­cu­tar al mal­va­do de turno, rom­pien­do to­das las nor­mas en pos de una jus­ti­cia que com­par­ti­mos des­de nues­tra có­mo­da po­si­ción en el so­fá. El mo­men­to en el que se ba­ja la vi­se­ra es uno de los más de­li­cio­sos de la te­le­vi­sión, pe­ro qui­zás ha lle­ga­do la ho­ra de que Dex­ter sea la víc­ti­ma, y no al re­vés. La se­rie es nues­tra pri­me­ra can­di­da­ta pa­ra que lle­gue ya a su fi­nal. Pro­po­ne­mos su eje­cu­ción, por mu­cho que nos due­la. Nos te­me­mos que, si no ter­mi­na en breve, lo que era una se­rie im­pe­ca­ble se con­vier­ta en una fic­ción muy po­co creí­ble. Pues el pro­ble­ma de Dex­ter, co­mo su­ce­de con muchas se­ries que jue­gan con si­tua­cio­nes lí­mi­te, es que lle­ga un mo­men­to en el que no pa­re­ce ve­ro­sí­mil que el pro­ta­go­nis­ta siem­pre se sal­ga con la su­ya.

Dex­ter ha atra­pa­do y ase­si­na­do a 117 per­so­na­jes, en el re­co­rri­do de la se­rie, y ha es­ta­do a pun­to de ser pi­lla­do con las ma­nos en la ma­sa en va­rios mo­men­tos. De­ma­sia­dos co­mo pa­ra que el es­pec­ta­dor no ten­ga la sensación de que los po­li­cías de Mia­mi son un ha­ta­jo de in­com­pe­ten­tes. Dos de ellas, ade­más, fue­ron si­tua­cio­nes en las que Dex­ter es­ca­pó gra­cias a la bon­dad de los guio­nis­tas: al fi­nal de la cuar­ta tem­po­ra­da (¿por qué na­die ha in­ves­ti­ga­do a fon­do la iden­ti­dad de Ky­le Butler?) y al fi­nal de la quin­ta (¿por qué De­bra no apar­tó las cor­ti­nas?). Por no ha­blar de có­mo Quinn de­jó su in­ves­ti­ga­ción en la sex­ta tem­po­ra­da. Visto co­mo está aho­ra la si­tua­ción, la sép­ti­ma tem­po­ra­da de­be­ría em­pe­zar con Dex­ter sien­do des­cu­bier­to. En ca­so con­tra­rio, la cre­di­bi­li­dad de la se­rie, bas­tan­te frac­tu­ra­da, aca­ba­rá por rom­per­se. El mo­ti­vo de que no lo ha­yan he­cho has­ta aho­ra es que ese mo­men­to pre­ci­pi­ta­ría la se­rie ha­cia el fi­nal, y no quie­ren que eso pa­se.

Por­que la se­rie, que no al­can­za­ba el mi­llón de es­pec­ta­do­res en la pri­me­ra tem­po­ra­da, aho­ra su­pera los dos mi­llo­nes y es, ade­más, una de las más con­su­mi­das on-li­ne, con una me­dia de 3,6 mi­llo­nes de des­car­gas. Es­ta au­dien­cia glo­bal de más de 5 mi­llo­nes de es­pec­ta­do­res es lo que lle­va a Show­ti­me a ex­plo­tar­la a tra­vés de de­ri­va­dos (co­mo los we­bi­so­dios Early Cuts) y, por su­pues­to, a alar­gar­le la vi­da tan­to co­mo pue­da, que por algo es su se­rie de más éxi­to. Cuan­do se en­fren­tan el in­te­rés de los guio­nis­tas por la cohe­ren­cia de la his­to­ria que quie­ren con­tar y el in­te­rés del ca­nal por sa­car ré­di­to a sus pro­duc­cio­nes, los pri­me­ros no tie­nen na­da que ha­cer. Sus opi­nio­nes se ig­no­ran cla­ra­men­te y, si es ne­ce­sa­rio, se los apar­ta de la fic­ción. Así es có­mo Show­ti­me ha re­no­va­do Dex­ter pa­ra dos tem­po­ra­das más, sép­ti­ma y oc­ta­va, sem­bran­do la du­da en­tre los se­gui­do­res de si la de­ci­sión es una bue­na no­ti­cia o exac­ta­men­te lo con­tra­rio.

‘SONS OF ANARCHY’: EL CON­FLIC­TO IN­TER­MI­NA­BLE

Pe­ro el ase­sino que pro­ta­go­ni­za Mi­chael C. Hall no es el úni­co que ve có­mo se le alar­ga la vi­da pa­ra se­guir ex­pri­mien­do su po­pu­la­ri­dad. Los mo­te­ros de Sons of Anarchy van a se­guir el mis­mo ca­mino, si en la quin­ta tem­po­ra­da no se po­ne fin, de una vez por to­das, al con­flic­to en­tre Jax y Clay. La fic­ción ha lle­va­do tan al lí­mi­te es­te en­fren­ta­mien­to, que mar­ca la pre­mi­sa ini­cial de la se­rie y, en con­se­cuen­cia, de­be mar­car tam­bién su fin, que no pue­de man­te­ner­lo mu­cho tiem­po más. Pe­ro, de nue­vo, el ca­nal no pien­sa lo mis­mo. Sons of Anarchy es la se­rie más po­pu­lar de FX, se­gui­da por 4 mi­llo­nes de fie­les, y por ello la ha re­no­va­do pa­ra dos tem­po­ra­das más, la quin­ta y la sex­ta, y tam­bién pla­nea un spin-off, que to­ma­ría for­ma de pre­cue­la, y has­ta un vi­deo­jue­go. Y, si bien la idea de ex­pli­car los orí­ge­nes del club de mo­te­ros po­dría ser in­tere­san­te pa­ra los es­pec­ta­do­res, la tra­ma prin­ci­pal de la se­rie tie­ne que lle­gar a su fin en los pró­xi­mos epi­so­dios o la di­na­mi­ta que la fic­ción ha ido acu­mu­lan­do po­dría aca­bar en pól­vo­ra mo­ja­da. ‘DOWN­TON ABBEY’: UNA CRISIS POR­QUE SÍ Lo in­tere­san­te de esos dos ca­sos es que per­te­ne­cen a se­ries de la te­le­vi­sión por ca­ble, que, tra­di­cio­nal­men­te, se ha ca­rac­te­ri­za­do por po­ner la ca­li­dad por en­ci­ma de las ci­fras de sha­re. La mis­ma fa­ma tie­ne la te­le­vi­sión bri­tá­ni­ca. Sin em­bar­go, en Down­ton Abbey es­tán a pun­to de caer en el peor de los erro­res que pue­de co­me­ter una se­rie: cuan­do la his­to­ria prin­ci­pal –la re­la­ción en­tre Mary y Matt­hew– ya ha cul­mi­na­do, dar mar­cha atrás pa­ra po­der alar­gar­la unas tem­po­ra­das más. Cuan­do se lle­ga al fi­nal fe­liz y, ade­más, se lo­gra con la apro­ba­ción de pú­bli­co, crí­ti­ca y ju­ra­dos de pre­mios te­le­vi­si­vos, sa­car­se de la chis­te­ra una crisis pa­ra alar­gar la his­to­ria es jugar con fue­go. Y eso es lo que pre­ten­de ha­cer Ju­lian Fe­llo­wes en la ter­ce­ra tem­po­ra­da de la fic­ción de ITV. Una nue­va tan­da de epi­so­dios en la que, ade­más, po­dría­mos per­der a Mag­gie Smith, que quie­re de­jar la se­rie. Por el bien de nues­tro amor por Down­ton Abbey, que aca­be ya. ‘THE OF­FI­CE’: ¡PE­RO SI EL PRO­TA­GO­NIS­TA YA NO ESTÁ! Pre­ci­sa­men­te, la pér­di­da del ac­tor pro­ta­go­nis­ta es otro de los mo­men­tos en los que una se­rie de­be­ría plan­tear­se ce­rrar las tra­mas y echar el te­lón. Sin em­bar­go, en NBC no lo creen así y han vuel­to a re­no­var The Of­fi­ce, a pe­sar de que, des­de que se mar­chó Ste­ve Ca­rell, la co­me­dia na­ve­ga sin una di­rec­ción cla­ra, dan­do los tum­bos pro­pios de una se­rie que se ha que­da­do sin lí­der. Lo han pro­ba­do con dos sus­ti­tu­tos: pri­me­ro, Will Fe­rrell, y lue­go, Ja­mes Spa­der, y nin­guno ha lo­gra­do que la se­rie vuel­va a ser ni la sombra

Se no­ta cuan­do una fic­fic­ción ha lle­ga­do al fi­na­fi­nal cuan­do ni los ac­tac­to­res quie­ren con­tin­con­ti­nuar

de lo que fue. Sin em­bar­go, el ca­nal ne­ce­si­ta aguan­tar la co­me­dia co­mo sea, pues nin­gu­na de las se­ries que ha es­tre­na­do ha mos­tra­do es­tar ca­pa­ci­ta­da pa­ra ocu­par su lu­gar. Su plan pa­ra el año que vie­ne es crear un spin-off pro­ta­go­ni­za­do por Dwight y, así, ce­rrar de una vez The Of­fi­ce. Pe­ro la se­rie ya ha­bría fi­na­li­za­do si NBC hu­bie­ra se­gui­do el ejem­plo de Ricky Ger­vais, que su­po aca­bar la se­rie ori­gi­nal cuan­do to­da­vía era una obra maes­tra.

‘CÓ­MO CO­NO­CÍ A VUES­TRA MA­DRE’: MA­REAN­DO LA PER­DIZ

Dar vuel­tas, gi­rar una y otra vez so­bre lo mis­mo, es lo que es­tán ha­cien­do los guio­nis­tas de Có­mo co­no­cí a vues­tra ma­dre con la his­to­ria de Ted Mosby. A es­tas al­tu­ras, lo de las pis­tas pa­ra sa­ber quién se­rá su fu­tu­ra es­po­sa ya no le im­por­tan a na­die. Ha­ce unas cuan­tas tem­po­ra­das, los se­gui­do­res de la se­rie de­ba­tían en la red las po­si­bles can­di­da­tas. Aho­ra es ob­vio que, en la co­me­dia, van a se­guir ma­rean­do la per­diz has­ta que ya no sea po­si­ble y los es­pec­ta­do­res em­pie­cen a de­ser­tar. La fic­ción tam­bién ha in­cu­rri­do, en la sép­ti­ma tem­po­ra­da, en un error clá­si­co de las se­ries de gru­pos de ami­gos: el ma­tri­mo­nio. Cuan­do las se­ries se alar­gan pa­re­ce que la evo­lu­ción ló­gi­ca sea ha­cer ma­du­rar a los per­so­na­jes, pe­ro el com­pro­mi­so en for­ma de bo­da es el peor de los ca­mi­nos que pue­den se­guir. Sig­ni­fi­ca la muerte –en tér­mi­nos hu­mo­rís­ti­cos– de dos per­so­na­jes de gol­pe. Lo de­mos­tra­ron Chand­ler y Mo­ni­ca en Friends, pe­ro, por lo que pa­re­ce, la lec­ción no ha ca­la­do. Es­te año, ha ha­bi­do dos bo­das en las sit-coms, la de Có­mo co­no­cí a vues­tra ma­dre y la de The Big Bang Theory. Nues­tro con­se­jo: di­vor­cio o fin de se­rie.

‘ANATO­MÍA DE GREY’ Y ‘CSI’: AC­TO­RES CAN­SA­DOS

Cla­ro que el sín­to­ma más evi­den­te de que una fic­ción ha lle­ga­do al fin de su exis­ten­cia es cuan­do ni si­quie­ra los ac­to­res tie­nen ga­nas de se­guir en ella. Es lo que pa­sa en la se­rie mé­di­ca Anato­mía de Grey, que ha re­no­va­do pa­ra una no­ve­na tem­po­ra­da a pe­sar de que los dos pro­ta­go­nis­tas, Pa­trick Dem­psey y Ellen Pom­peo, han ex­pli­ca­do en re­pe­ti­das oca­sio­nes que quie­ren aban­do­nar­la. Si us­te­des es­tán har­tos de la his­to­ria de amor de sus per­so­na­jes, ellos lo es­tán to­da­vía más. Sin em­bar­go, van a te­ner que po­ner bue­na ca­ra pa­ra sus 12 mi­llo­nes de se­gui­do­res. Los que ya no lle­gan ni a eso son los fo­ren­ses de CSI: Las Ve­gas: la ma­yo­ría de los pro­ta­go­nis­tas de la pri­me­ra tem­po­ra­da ya han de­ja­do la se­rie, y los que que­dan (Nick y Sa­rah) nos ofre­cen unas in­ter­pre­ta­cio­nes au­tó­ma­tas, ru­ti­na­rias, tan li­mi­ta­das a la fór­mu­la co­mo la pro­pia fic­ción. Sus ca­ras de te­dio di­cen a gri­tos que a es­ta se­rie le ha lle­ga­do el mo­men­to de po­ner pun­to fi­nal. To­ni de la To­rre

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