EL DON DE BETTY DRA­PER

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La mis­ma sen­sa­ción de per­fec­ción de la ofi­ci­na se re­pi­te en ca­sa. Betty Dra­per es la es­po­sa per­fec­ta y su vi­da familiar es el vi­vo re­tra­to del ideal de la épo­ca: ella es la mu­jer que es­tá en ca­sa es­pe­ran­do a que él lle­gue, siem­pre con la ce­na a pun­to y, al mis­mo tiem­po, cui­dan­do de los hi­jos: ni­ño y ni­ña. ¡Si has­ta tie­nen un pe­rro! Los Dra­per son la quin­tae­sen­cia del mo­de­lo familiar te­le­vi­si­vo y pu­bli­ci­ta­rio, lo que su­gie­re que se tra­ta de una cons­truc­ción ar­ti­fi­cial, una ima­gen que el personaje uti­li­za pa­ra es­con­der otra ca­ra, que no es exac­ta­men­te la del hom­bre per­fec­to: es la de Dick Whit­man, el hom­bre que usur­pó la iden­ti­dad de otro y se li­bró del ser­vi­cio mi­li­tar. Él ase­gu­ra que se enamo­ró de Betty, pe­ro no ca­be du­da de que ella ofre­ce una ima­gen idí­li­ca que sir­ve co­mo ta­pa­de­ra de lo que es­con­de en su in­te­rior el ver­da­de­ro Don Dra­per. En su vi­da familiar, el personaje cum­ple con el pa­pel asig­na­do. Pe­ro, ¿nun­ca se de­ja ir?

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