“NO ME GUS­TAN LAS AR­MAS”

TOM BE­REN­GER, ga­na­dor del Emmy por su pa­pel en ‘Hat­fields & Mccoys’

La Vanguardia - Vivir TV - - ENTREVISTA - Nú­ria Mo­re­ras

Hat­fields & McCoys es un dra­ma ma­yúscu­lo que re­la­ta una his­to­ria real de fi­na­les del si­glo XIX: las vio­len­tas dispu­tas en­tre las fa­mi­lias que dan nom­bre a es­ta mi­ni­se­rie. Emi­ti­da en el ca­nal nor­te­ame­ri­cano His­tory Chan­nel con ré­cords de au­dien­cia, aquí nos lle­ga de la mano de FOX Cri­me, don­de se es­tre­na­rá el pró­xi­mo miér­co­les, a las 22.30 h. En Hat­fields & McCoys bri­lla el elen­co en­ca­be­za­do por Ke­vin Cost­ner y Bill Pax­ton, que se­cun­dan otros gran­des ac­to­res, co­mo el ve­te­rano Tom Be­ren­ger, cu­yo tra­ba­jo en es­te tí­tu­lo le va­lió el Emmy 2012 al me­jor ac­tor de re­par­to en una mi­ni­se­rie. Con­ver­sa­mos con él, apro­ve­chan­do que ha ve­ni­do a Ma­drid pa­ra pro­mo­cio­nar es­ta fic­ción de so­ber­bia fac­tu­ra. Hat­fields & McCoys es un wes­tern con sa­bor clá­si­co. Es­ta mi­ni­se­rie ¿su­po­ne la re­su­rrec­ción del gé­ne­ro? Ha­blan­do con los pe­rio­dis­tas ame­ri­ca­nos siem­pre he di­cho que no, ya que, en reali­dad, se tra­ta de un eas­tern, da­do que la ac­ción trans­cu­rre en el la­do orien­tal del país [se ríe]. Su­pon­go que en­tre el as­pec­to vic­to­riano de las es­ce­nas, los ca­ba­llos y las his­to­rias de fo­ra­ji­dos, sí pa­re­ce un wes­tern, aun­que hay que re­cor­dar que la lo­ca­li­za­ción real fue muy cer­ca de Washington y Bal­ti­mo­re. Las dispu­tas en­tre fa­mi­lias ¿son las peo­res gue­rras? Creo que sí. El con­flic­to pro­ta­go­ni­za­do por las fa­mi­lias Hat­field y McCoy fue co­mo una gue­rra ci­vil, pe­ro a más pe­que­ña es­ca­la, en un mi­cro­cos­mos. ¿Si­tua­do en…? Los es­ta­dos de West Vir­gi­nia y Ken­tucky fue­ron el es­ce­na­rio de ase­si­na­tos y otros crí­me­nes, en fun­ción de si la ac­ción se si­tua­ba cru­zan­do el río o no. El odio en­tre am­bos cla­nes in­clu­so se con­vir­tió en una no­ti­cia na­cio­nal, tra­ta­da, en su épo­ca, has­ta por The New Yok Ti­mes y pe­rió­di­cos de Chica­go. ¿Son los ape­lli­dos de Hat­field y McCoy un re­fe­ren­te en la cul­tu­ra po­pu­lar de Es­ta­dos Uni­dos? Sí pa­ra mis abue­los y mis pa­dres. Sin em­bar­go, mu­chos de mi ge­ne­ra­ción [Be­ren­ger na­ció en 1949] des­co­no­cen su his­to­ria. Yo re­la­ciono a los Hat­field y McCoy co­mo una ex­pre­sión co­lo­quial que to­da­vía es­tá en uso. ¿Qué de­no­ta­ría? Vie­ne a sig­ni­fi­car al­go así co­mo un con­flic­to de di­fí­cil so­lu­ción. La pri­me­ra vez que oí la ex­pre­sión es­to es co­mo Hat­field y McCoy fue en mi in­fan­cia. La di­jo mi pa­dre re­fi­rién­do­se a un pro­ble­ma en­tre dos fa­mi­lias de nues­tro ve­cin­da­rio, en Chica­go. Cuén­te­nos, ¿cuál cree que fue la cla­ve pa­ra que 14 mi­llo­nes de es­pec­ta­do­res si­guie­ran la se­rie en His­tory Chan­nel? De he­cho, ter­mi­na­ron sien­do 100 mi­llo­nes de per­so­nas las que vie­ron Hat­fields & McCoys, al fi­nal de la se­ma­na. Pa­ra em­pe­zar, creo que se reali­zó una muy bue­na pro­mo­ción de la mi­ni­se­rie. Ade­más, el pri­me­ro de los tres epi­so­dios que con­for­man la fic­ción pro­vo­có mu­chas ga­nas de se­guir la his­to­ria, en la ma­yo­ría de los es­pec­ta­do­res. Y, por otra par­te, tam­bién con­si­de­ro que fun­cio­nó mu­cho el bo­ca a bo­ca. Apar­te, el re­par­to es ex­cep­cio­nal: Ke­vin Cost­ner, Bill Pax­ton, us­ted… Tam­bién des­ta­ca Ma­re Win­ning­ham, co­mo Sally McCoy, no­mi­na­da al Emmy co­mo me­jor ac­triz de re­par­to [ella no se lle­vó el pre­mio, pe­ro Tom Be­ren­ger sí, en la ca­te­go­ría mas­cu­li­na]. En to­tal, hay 75 pa­pe­les con diálogo. Fe­li­ci­to a Fern Cham­pion, nues­tra di­rec­to­ra de cas­ting, por su ex­ce­len­te tra­ba­jo. To­do el equi­po ha es­ta­do fan­tás­ti­co, pues tam­bién he­mos con­ta­do con unos gran­des guio­nis­tas y un di­rec­tor bri­llan­te. ¿Qué des­ta­ca­ría del rea­li­za­dor, Ke­vin Rey­nolds [ Wa­ter­world]? Es un hom­bre muy ca­lla­do y ex­tre­ma­da­men­te dis­ci­pli­na­do. A mí, lo que más me asom­bró fue su re­sis­ten­cia: en los días más di­fí­ci­les de ro­da­je en las mon­ta­ñas, con ca­ba­llos que es­ta­ban me­dio lo­cos, pa­san­do frío, con pocos mo­men­tos de luz (por­que, en los va­lles, las som­bras nos in­va­dían pron­to)…, in­clu­so con to­das esas cir­cuns­tan­cias fue un hom­bre muy me­ticu­loso y pa­cien­te. En las ca­tor­ce se­ma­nas de du­ró el ro­da­je, nun­ca se le es­ca­pó na­da. ¿Dón­de gra­ba­ron? En los Cár­pa­tos ru­ma­nos, a tan sólo 12 ki­ló­me­tros del cas­ti­llo del con­de Drá­cu­la. ¡Fue cu­rio­so! [se ríe] Pe­ro el cas­ti­llo no sa­le en la se­rie, su­pon­go que por­que no en­ca­ja­ba del to­do en la am­bien­ta­ción de nues­tro eas­tern. Otra par­te del ro­da­je se reali­zó en unos es­tu­dios de Bu­ca­rest y sus al­re­de­do­res. Su personaje ini­cia el con­flic­to en­tre las dos fa­mi­lias. Avan­ce al­go de la tra­ma a los es­pec­ta­do­res, por fa­vor. To­do co­men­zó a raíz de un agra­vio en un bar, al fi­nal de la Gue­rra de Se­ce­sión de los Es­ta­dos Uni­dos. Un McCoy pro­fie­re al personaje que in­ter­pre­to, Jim Van­ce, un in­sul­to per­so­nal y, tras es­te su­ce­so, Jim ma­ta al hom­bre. Y, aun­que el ase­si­na­to no tie­ne tes­ti­gos, am­bas fa­mi­lias es­tán de acuer­do, en la ac­tua­li­dad, con que fue así co­mo ocu­rrió. Fue el ba­la per­di­da de Jim quien ini­ció unas dispu­tas que se pro­lon­ga­ron du­ran­te cua­ren­ta años. Jim Van­ce es un so­li­ta­rio de ca­rác­ter ru­do que pri­me­ro dis­pa­ra y lue­go pre­gun­ta. Pe­ro, ¿cuál es su pos­tu­ra res­pec­to al de­re­cho de po­seer ar­mas de Es­ta­dos Uni­dos? No me gus­tan las ar­mas. Es un de­re­cho re­co­no­ci­do en la Cons­ti­tu­ción de los Es­ta­dos Uni­dos, pe­ro que de­be res­pon­der, es­pe­cí­fi­ca­men­te, a dos úni­cas fi­na­li­da­des: la de­fen­sa y la ca­za. Es ló­gi­co te­ner ri­fles pa­ra ca­zar, por­que, si no, sólo co­me­ría­mos cer­dos y ga­lli­nas. Pe­ro ha que­da­do ob­so­le­to te­ner ar­mas pa­ra nues­tra pro­pia de­fen­sa, ya que aho­ra nos pro­te­gen la Guar­dia Na­cio­nal y un gran ejér­ci­to.

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