“ME HA­CE ILU­SIÓN QUE HA­YA AL­TER­NA­TI­VA A TE­LE­CIN­CO”

CON AR­TU­RO VALLS, presentador de ‘¡Aho­ra cai­go!’ (An­te­na 3)

La Vanguardia - Vivir TV - - MI PRIMERA VEZ -

Ar­tu­ro Valls es un va­len­ciano que des­de ha­ce años lo­gra caer bien a to­do el país. Lle­va tiem­po de­mos­tran­do que es ca­paz de afron­tar to­do re­to pro­fe­sio­nal que se le pon­ga por de­lan­te. Y, lo que es más di­fí­cil, to­do lo ha­ce igual de bien, ya sea ac­tuar, pre­sen­tar, dis­fra­zar­se o to­do a la vez. Aho­ra lo ve­mos en An­te­na 3, con­du­cien­do el con­cur­so dia­rio ¡Aho­ra cai­go! (18.45 h) y, los lu­nes, imi­tan­do a can­tan­tes en Tu ca­ra me sue­na (22.30 h). ¡Aho­ra cai­go! y Tu ca­ra me sue­na son gran­des éxi­tos de au­dien­cia. ¿In­tu­ye al­gu­na re­la­ción en­tre los pro­gra­mas? Pue­de ser que el he­cho de que ha­ya fun­cio­na­do Tu ca­ra me sue­na ha­ya he­cho que al­gu­nos es­pec­ta­do­res vean más ¡Aho­ra cai­go!, que se ha­yan re­tro­ali­men­ta­do los dos es­pa­cios. Lo que sí que me gus­ta es que son pro­duc­tos al­ter­na­ti­vos a un ti­po de te­le que es­ta­ba fun­cio­nan­do mu­cho y que si­gue fun­cio­nan­do, que es la apues­ta de la tar­de de Te­le­cin­co. Me gus­ta que ha­ya otra op­ción y que la gen­te la com­pre, me ha­ce mu­cha ilu­sión. De Cai­ga quien cai­ga a Tu ca­ra me sue­na, pa­san­do por To­rren­te 2: mi­sión en Mar­be­lla. Des­de lue­go, no se ha abu­rri­do en la vi­da. ¿Qué sien­te echan­do la vis­ta atrás? Ha si­do un car­na­val de emo­cio­nes. Sien­to la in­cons­cien­cia de los pro­duc­to­res que me han ido con­tra­tan­do, que se han atre­vi­do a ofre­cer­me for­ma­tos y tra­ba­jos pa­ra los que no ve­nía pre­pa­ra­do. Sien­to que ha si­do una tra­yec­to­ria en la que no he bus­ca­do los ob­je­ti­vos. Me he ido en­con­tran­do las co­sas po­co a po­co. Me sien­to co­mo un es­tu­dian­te de pe­rio­dis­mo que em­pe­zó ha­cien­do ac­tua­li­dad y hu­mor, y al que se la han ido las co­sas de las ma­nos… y he aca­ba­do ha­cien­do de Sha­ki­ra me­ti­do en una jau­la. Da la sen­sa­ción de que le di­vier­te el trans­for­mis­mo, ¿no? Eso vie­ne de fa­mi­lia: ten­go una ima­gen gra­ba­da de una ce­le­bra­ción fa­mi­liar en la que mi pa­dre des­apa­re­cía y, de re­pen­te, ve­nía con una pe­lu­ca, unas ma­ra­cas y una blu­sa tro­pi­cal ha­cien­do un show pa­ra la fa­mi­lia. Yo ten­dría 10 o 12 años. Mi pa­dre or­ga­ni­za­ba play­backs en la ur­ba­ni­za­ción pa­ra los ni­ños, él era el presentador y asig­na­ba los ar­tis­tas: “Tú ha­rás de Rap­hael, vo­so­tros de los Hom­bres G y Ar­tu­ro, tú de Ro­cío Ju­ra­do”. Ahí em­pe­zó to­do. Es cons­cien­te de que ¡Aho­ra cai­go! es car­ne de zapping, ¿ver­dad? Sí, sin du­da. Sien­do un pro­gra­ma de tram­pi­llas, en­tien­des los blo­queos de la gen­te, y es que tie­nes una sen­sa­ción de que el sue­lo se abre en cual­quier mo­men­to, de abis­mo a tus pies. Yo lo he pro­ba­do. Hay una anéc­do­ta muy bue­na de una chi­ca a la que le pre­gun­ta­ba al­go del ti­po “¿De qué co­lor es la nie­ve?”, y se blo­quea­ba y de­cía “No sé, me he que­da­do en blan­co”, así que di­je “¡Co­rrec­to!”. Su per­so­na­je en Ca­me­ra Ca­fé, Je­sús Que­sa­da, era un je­fe de ven­tas que to­dos odia­ría­mos en nues­tras em­pre­sas, pe­ro al que us­ted lo­gra­ba que ado­rá­ra­mos en la pe­que­ña pantalla. Era un gi­li­po­llas en­tra­ña­ble, un me­dio per­de­dor que caía bien. Pe­ro de­bo de­cir que es­te ti­po de per­so­na­jes en la vi­da real… pa­ra un ra­ti­to. Yo no po­dría te­ner ese ti­po de co­le­gas que están de ca­chon­deo per­ma­nen­te­men­te. Imi­tó a Sha­ki­ra can­tan­do Lo­ba y per­dió. In­con­ce­bi­ble. ¿El ju­ra­do de Tu ca­ra me sue­na es­tá com­pra­do? Por una par­te, hay una va­lo­ra­ción del pú­bli­co, lo que la gen­te se di­vier­te, y lue­go es­tá la par­te téc­ni­ca y, en es­te ca­so, lo que se pa­re­cía esa ac­tua­ción o esa voz a Sha­ki­ra. Realmente, hay que dar­le la ra­zón al ju­ra­do. Otra co­sa es lo que fun­cio­na co­mo es­pec­tácu­lo. Ésa es mi cruz, en Tu ca­ra me sue­na, que la gen­te se lo pa­sa bom­ba, pe­ro no gano. En El club de la co­me­dia (La Sex­ta) es­tu­vo us­ted su­bli­me con un mo­nó­lo­go so­bre ser pa­dre. ¿Por qué no ha vuel­to a apa­re­cer en el pro­gra­ma? La ver­dad es que te­nía mu­cho sen­ti­do la con­ti­nui­dad: yo ha­bla­ba de un hi­jo re­cién na­ci­do, de po­cos me­ses, así que mi idea ini­cial era vol­ver con otros mo­nó­lo­gos del es­ti­lo “mi hi­jo ya tie­ne tres años” y con­tar có­mo evo­lu­cio­na­ba. Pe­ro es un te­ma más de agen­das y de fal­ta de tiem­po que otra co­sa. Da la sen­sa­ción de que ha he­cho us­ted de to­do sal­vo un do­cu­men­tal de La 2. ¿Hay al­gu­na co­sa que le gus­ta­ría ha­cer y no ha he­cho? Ten­go un ami­go di­rec­tor de te­le­vi­sión con el que siem­pre he­mos ha­bla­do de ha­cer un la­te, com­bi­nar ac­tua­li­dad, en­tre­vis­tas y hu­mor, por su­pues­to. Pe­ro, des­pués de mi imi­ta­ción de Sha­ki­ra, me di­jo: “¿Có­mo va­mos a ha­cer un la­te si es­tás ha­cien­do es­tas co­sas?”. A ver qué cre­di­bi­li­dad ten­go des­pués de Tu ca­ra me sue­na... He pen­sa­do que, cuan­do ten­ga que vol­ver a la fic­ción a in­ter­pre­tar un per­so­na­je dra­má­ti­co, la gen­te me va a ver me­ti­do en una jau­la o co­mo Rihan­na. To­do de­pen­de de los pre­jui­cios del es­pec­ta­dor. Sin du­da. Lo es­ta­mos vien­do con Sal­va­dos y El in­ter­me­dio, esos pro­gra­mas son muy ne­ce­sa­rios, y más en el con­tex­to so­cio­po­lí­ti­co en el que es­ta­mos. Cla­ro que tie­ne mu­chí­si­mo sen­ti­do ofre­cer otra lec­tu­ra de las co­sas. El re­torno de Cai­ga quien cai­ga ¿no ten­dría hoy más sen­ti­do que nun­ca? Tras un du­ro día de tra­ba­jo, vuel­ve a ca­sa y en­cien­de la te­le­vi­sión: ¿qué le ape­te­ce ver? Aho­ra mis­mo, fic­ción. Se es­tá ha­cien­do muy bue­na fic­ción, en Es­pa­ña. Pe­ro, por ejem­plo, yo aho­ra es­toy en­gan­cha­do a la ame­ri­ca­na Brea­king Bad. Eso es con lo que más des­co­nec­to, fic­ción de la bue­na. La pri­me­ra vez que pen­só en tra­ba­jar, ¿a qué ima­gi­nó que se de­di­ca­ría? Lo que que­ría ser era co­men­ta­ris­ta de­por­ti­vo. Mi ma­dre cuen­ta la anéc­do­ta de que, con cin­co años, cla­va­ba un pa­lo en una na­ran­ja y me po­nía a co­men­tar có­mo mis pri­mos ju­ga­ban al fút­bol o al tenis. Mia Men

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