“YO NO SOY AC­TOR, HA­GO DE MÍ CON MIS LI­MI­TA­CIO­NES”

CON MA­RIO VA­QUE­RI­ZO

La Vanguardia - Vivir TV - - MI PRIMERA VEZ… -

Ma­rio Va­que­ri­zo es un ser to­tal, co­mo él mis­mo di­ría. Se con­si­de­ra una per­so­na de re­tos, ase­gu­ra que si al­go sa­be ha­cer en es­ta vi­da es en­tre­vis­tar y ha­bla en gé­ne­ro fe­me­nino. Cuen­ta que las ac­tri­ces ma­las le po­nen mu­cho y na­ció en el mis­mo hos­pi­tal que las in­fan­tas y el prín­ci­pe Fe­li­pe. Se­gu­ro de sí mis­mo, es cons­cien­te de que la fa­ma no es eter­na. Se en­cuen­tra us­ted en un mo­men­to me­diá­ti­co que no du­da en apro­ve­char. ¿Cuán­do em­pe­zó to­do? To­do se de­be al pro­gra­ma que hi­ce con Alas­ka, nues­tro reality Alas­ka y Ma­rio. Cuan­do MTV nos lo pro­pu­so, lo vi­mos co­mo una ben­di­ción caí­da del cie­lo. Ese ti­po de for­ma­to nos gus­ta. So­mos es­pec­ta­do­res de reali­ties co­mo Los Os­bour­nes, el de Ge­ne Sim­mons, de Kiss, o el de Pa­me­la An­der­son. Nun­ca pen­sa­mos que iba a te­ner tan­ta re­per­cu­sión y que gus­ta­ría tan­to. Hi­ci­mos la se­gun­da tem­po­ra­da y el año que vie­ne em­pe­za­re­mos a pre­pa­rar la ter­ce­ra. De to­das sus fa­ce­tas, periodista, re­pre­sen­tan­te, disc-jockey, ac­tor..., ¿qué le fal­ta por ha­cer? Pa­ra mí, el pro­ble­ma es que el día sólo ten­ga 24 ho­ras. Me gus­ta­ría di­ri­gir una re­vis­ta, me gus­ta­ría es­tu­diar bi­blio­te­co­no­mía, que iba a ha­cer­lo pe­ro, por sen­ti­do co­mún, he de­ci­di­do no ha­cer­lo, por­que no iba a po­der asis­tir a cla­se, y yo pa­ra no po­der asis­tir a cla­se pues no lo ha­go... Me ha­cía mu­cha ilu­sión po­der vol­ver a ser es­tu­dian­te, con mi car­pe­ta... Por tra­ba­jo he te­ni­do que clau­di­car. Re­sul­ta in­su­pe­ra­ble en­cen­der la te­le­vi­sión y ver­le par­ti­ci­pan­do co­mo ac­tor en La que se ave­ci­na (Te­le­cin­co). Yo no soy ac­tor, ha­go de mí, con to­das las li­mi­ta­cio­nes que ten­go en mi día a día: no he da­do cla­ses de dic­ción, soy dis­lé­xi­co, ha­go unos aten­ta­dos con­tra la len­gua que te ca­gas, con per­dón de la ex­pre­sión. Hi­ce de Ma­rio Va­que­ri­zo, sim­ple­men­te. La di­rec­to­ra de la se­rie me su­po lle­var muy bien, me co­no­cía mu­cho y es­cri­bió un pa­pel pa­ra mí: ha­cer de mí mis­mo. Pa­ra eso sí es­toy ca­pa­ci­ta­do. Yo es­tas co­sas las ha­go co­mo ha­cía Andy War­hol cuan­do iba a Va­ca­cio­nes en el mar. No ha­ces nin­gún es­fuer­zo in­ter­pre­ta­ti­vo por­que es­tás ha­cien­do de ti mis­mo. Eso sí, me encantaría re­pe­tir. Se de­cla­ra fan de Da­llas y Fal­con Crest. ¿Ya no hay se­ries co­mo las de an­tes? Han cam­bia­do mu­cho el con­cep­to y la for­ma de ro­dar, pe­ro aho­ra tam­bién hay se­ries ma­ra­vi­llo­sas. Las se­ries te mar­can en fun­ción del mo­men­to en que las ves. Fal­con Crest lo veía los días que no iba al co­le­gio, por la tar­de, con mi tía Ele­na. Era co­mo la tí­pi­ca te­le­no­ve­la ve­ne­zo­la­na, pe­ro holly­woo­dien­se. Es cier­to que no me he vuel­to a en­gan­char a una se­rie co­mo en­ton­ces. Leí que Joan Co­llins de­cía: “Si Da­llas ha vuel­to, Di­nas­tía tam­bién pue­de vol­ver”. Se­ría una ale­gría vol­ver a ver a Lin­da Evans y a Joan Co­llins pe­lear­se por el ma­ri­do. Hay se­ries ma­ra­vi­llo­sas, co­mo Sons of Anarchy, que mi mu­jer y mi her­ma­na ven, o The Wal­king Dead. Pe­ro co­mo me en­gan­che a las se­ries no duer­mo, y ¡hay que dor­mir mí­ni­mo sie­te u ocho ho­ras al día! Ma­rio­lim­pia­das en El hor­mi­gue­ro 3.0 (An­te­na 3)... No ten­go pa­la­bras. Es el se­gun­do año que es­toy en El hor­mi­gue­ro. Es­te año, es­toy con las Ma­rio­lim­pia­das, me es­toy con­vir­tien­do en un atle­ta: to­das las se­ma­nas ha­go un de­por­te nue­vo. He da­do un sal­to de ocho me­tros con un ar­nés, ha­go na­ta­ción sin­cro­ni­za­da, pér­ti­ga, hi­ce gim­na­sia rít­mi­ca, mo­vien­do la cin­ti­ta... Es ma­ra­vi­llo­so, por­que ¡to­do ge­ne­ra adic­ción! Te en­gan­chas y es to­tal. En El hor­mi­gue­ro es­toy fe­liz y es­toy apren­dien­do mu­cho, al la­do de Pa­blo Motos y su equi­po. Co­mo me gus­ta ro­dear­me de los me­jo­res, yo lo que ha­go es ver, oír, ha­cer de­por­te y apren­der. Y, por la ma­ña­na, con Ana Rosa. Es un re­ga­lo que Ana Rosa me ha­ya lla­ma­do, es una co­mu­ni­ca­do­ra to­tal. Tie­ne cla­rí­si­mo quién va a su pro­gra­ma. Me pu­so en una me­sa de reali­ties, pe­ro tam­bién a hablar de ac­tua­li­dad. Es­tu­ve ha­blan­do del desahu­cio y la pros­ti­tu­ción. Eso de­mues­tra que cree en mí, que le gus­tan mis opi­nio­nes. Y ten­go com­pa­ñe­ros to­ta­les, el con­de Lec­quio, Bi­bia­na Fer­nán­dez, Bo­ris... Par­te del éxi­to de Ana Rosa es que en el equi­po se res­pi­ra muy buen am­bien­te, na­die com­pi­te con na­die, va­mos a pa­sar­lo bien. Y eso los es­pec­ta­do­res lo apre­cian. Co­mo miem­bro de Las Nancys Ru­bias, ¿qué opi­nión le me­re­cen reali­ties mu­si­ca­les co­mo La voz u OT? No me lla­man es­pe­cial­men­te la aten­ción, con to­dos mis res­pe­tos. Lo aca­bas vien­do por­que son fe­nó­me­nos so­cio­ló­gi­cos, por pro­fe­sio­na­li­dad, por­que a ve­ces co­men­to La voz. Es­tá ha­cien­do una la­bor, pe­ro, con mi res­pe­to, el con­cep­to de ar­tis­ta va más allá de que ten­gas una bue­na voz. Yo ven­go del punk, del ház­te­lo tú mis­mo. A ve­ces, tus li­mi­ta­cio­nes ha­cen que ten­gas un es­ti­lo pro­pio más es­pe­cial que otro que es un buen ar­te­sano, pe­ro que no trans­mi­te. Ase­gu­ra que Sál­va­me de­be­ría es­tar pre­mia­do por su no­ve­do­so for­ma­to. ¿Re­cuer­da la pri­me­ra vez que lo vio? No me acuer­do, por­que ya for­ma par­te del co­lec­ti­vo de to­dos los es­pa­ño­les. A mí siem­pre me ha gus­ta­do, por­que par­ti­ci­po en ese ti­po de pren­sa. Aho­ra echo de me­nos, en Sál­va­me, in­for­ma­ción que no sea sólo de los pro­pios co­la­bo­ra­do­res, se ha he­cho to­do muy en­do­gá­mi­co. Es muy di­ver­ti­do, pe­ro su­fres un po­co: “Ay, es­tos com­pa­ñe­ros, ¿por qué se gri­ta­rán tan­to?” En el fon­do, to­dos se quie­ren, son sú­per-ino­cen­tes, co­mo ni­ños en el pa­tio del co­le­gio. Han re­vo­lu­cio­na­do la for­ma de ha­cer te­le­vi­sión: ja­más ha­bía vis­to a na­die co­mer en un pla­tó, le­van­tar­se, hablar por te­lé­fono en di­rec­to. Otros lo han que­ri­do imi­tar, pe­ro no les sa­le igual. Y Jor­ge Ja­vier sa­be di­ri­gir ese pro­gra­ma co­mo na­die. Mia Men

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