Ca­llie Thor­ne vuel­ve con su te­ra­pia de cho­que

CA­LLIE THOR­NE, pro­ta­go­nis­ta de ‘Te­ra­pia de cho­que’ (Cosmopolitan TV)

La Vanguardia - Vivir TV - - PORTADA -

De The Wi­re a Res­cue Me, Ley y or­den, Ho­mi­ci­de: Li­fe on the Street… Ca­llie Thom­pson lle­va años par­ti­ci­pan­do en al­gu­nos de los tí­tu­los que están mar­can­do el pul­so de la fic­ción te­le­vi­si­va. Un cu­rrí­cu­lum im­pe­ca­ble que la ac­triz nor­te­ame­ri­ca­na ha am­plia­do con Te­ra­pia de cho­que, se­rie en la que in­ter­pre­ta a Da­ni San­tino, una psi­có­lo­ga re­cién di­vor­cia­da que in­ten­ta reha­cer su vi­da co­mo psi­coa­na­lis­ta de un equi­po de fút­bol ame­ri­cano. Tras el éxi­to de la pri­me­ra tem­po­ra­da, la te­ra­peu­ta vuel­ve a abrir su con­sul­ta es­te do­min­go, a par­tir de las 21.40 h, en Cosmopolitan TV.

¿Es cier­to que de pe­que­ña no que­ría ser ac­triz, sino… Pe­lé? [Se ríe] Es ver­dad. Ju­gué de de­lan­te­ra en el equi­po de fút­bol del co­le­gio y, pos­te­rior­men­te, en el del ins­ti­tu­to. Y sí, mi sue­ño era ser co­mo Pe­lé.

En aque­lla épo­ca el ge­nio bra­si­le­ño ju­ga­ba en el New York Cos­mos, el equi­po más gla­mu­ro­so de la his­to­ria. Por eso era mi ído­lo. Ac­tual­men­te lo son Mes­si y el Ba­rça. ¡Có­mo jue­gan! Mi ca­rre­ra fut­bo­lís­ti­ca no fue a más, pe­ro hoy aún jue­go. Mi so­bri­na me ha to­ma­do el re­le­vo y aho­ra es ella la que quie­re ser fut­bo­lis­ta. Cuan­do nos ve­mos, siem­pre aca­ba­mos ha­cien­do al­gu­nos pa­ses [se ríe].

Des­car­ta­do el fút­bol, ¿có­mo lle­gó al mun­do de la in­ter­pre­ta­ción? Co­mo vi que no iría muy le­jos con el fút­bol, qui­se ser ve­te­ri­na­ria: me en­can­tan los ani­ma­les. Pe­ro al­guien me ad­vir­tió de que una de las co­sas que ten­dría que ha­cer se­ría dor­mir­los cuan­do es­tu­vie­ran muy en­fer­mos.

Y tam­bién des­car­tó ser ve­te­ri­na­ria. Exac­to. Jus­to en­ton­ces, en mi ins­ti­tu­to se or­ga­ni­zó una fun­ción de West Si­de Story. Me pre­sen­té a las au­di­cio­nes pa­ra el pa­pel de Maria, pe­ro me die­ron el de Ani­ta. Me en­fu­re­ció tan­to que no me de­ja­ran ha­cer de pro­ta­go­nis­ta, que di­je que no. Pe­ro mi ma­dre me dio un con­se­jo: los me­jo­res pa­pe­les son los que pa­re­cen se­cun­da­rios pe­ro tie­nen una re­le­van­cia vi­tal en la tra­ma.

Aun así, ¿ha po­di­do in­ter­pre­tar al­gu­na vez a Maria? No, y la ver­dad es que me hu­bie­ra en­can­ta­do. Co­mo to­do el mun­do sa­be, West Si­de Story es un mu­si­cal y el pa­pel de Maria re­quie­re una voz de so­prano, mien­tras que yo ten­go un tono mu­cho más ba­jo y gra­ve.

Es una ac­triz muy pro­lí­fi­ca y ver­sá­til. La he­mos po­di­do ver en fil­mes co­mo Ni­ce Guy Johnny, de Edward Burns, en el tea­tro, con Los úl­ti­mos días de Ju­das Is­ca­rio­te, y en la te­le­vi­sión, con Te­ra­pia de cho­que. Y si tu­vie­ra que ele­gir en­tre uno de los tres for­ma­tos, me que­da­ría con la te­le­vi­sión. Cuan­do me mu­dé a Nue­va York, en el año 1991, lo úni­co que que­ría era ha­cer tea­tro. Por aquel en­ton­ces, mi mun­do se li­mi­ta­ba a Broad­way, pe­ro me di cuen­ta de que me se­ría muy com­pli­ca­do ga­nar­me la vi­da sólo con el tea­tro. Em­pe­cé a asis­tir a cas­tings de ci­ne y te­le­vi­sión, con la suer­te de que me co­gie­ron pa­ra Ho­mi­ci­de: Li­fe on the Street.

Una se­rie de Da­vid Si­mon, co­mo The Wi­re, en la que tam­bién par­ti­ci­pó y, hoy día, con­si­de­ra­da una de las me­jo­res crea­cio­nes te­le­vi­si­vas. Fue una gran suer­te po­der par­ti­ci­par en The Wi­re, una se­rie realmente ex­tra­or­di­na­ria. Re­cuer­do que, en aquel mo­men­to, to­dos los ac­to­res de Nue­va York nos pre­sen­ta­mos a las au­di­cio­nes. Aho­ra es un clá­si­co, pe­ro cuan­do se es­tre­nó no fue un éxi­to de au­dien­cia. Eso sí, los se­gui­do­res que te­nía­mos eran muy fie­les. The Wi­re es un tí­tu­lo de cul­to y en Har­vard hay una asig­na­tu­ra ba­sa­da en la se­rie. ¡Una lo­cu­ra! Me encantaría po­der vol­ver a tra­ba­jar con Da­vid Si­mon, que es un ge­nio, ya sea en Tre­me o en fu­tu­ros pro­yec­tos.

Por el mo­men­to, es­te do­min­go se es­tre­na la se­gun­da tem­po­ra­da de Te­ra­pia de cho­que. Una se­rie in­creí­ble. Jus­to des­pués de re­ci­bir el guión y leer­lo, hu­bo dos co­sas que me cau­ti­va­ron. La pri­me­ra, que mi pa­pel, el de la doc­to­ra Da­ni San­tino, era el de una mu­jer con una fuer­te per­so­na­li­dad. Una lu­cha­do­ra que tie­ne que su­pe­rar mu­chos con­tra­tiem­pos, pe­ro que tam­bién tie­ne ins­tan­tes en los que ma­ni­fies­ta sus pun­tos dé­bi­les, lo que la ha­ce mu­cho más hu­ma­na. El otro as­pec­to que me fas­ci­nó es que es­tá ba­sa­do en una his­to­ria real, la de la doc­to­ra Don­na Dan­nen­fel­ser, una psi­có­lo­ga que, tras se­pa­rar­se, en­tró a tra­ba­jar pa­ra el equi­po de fút­bol ame­ri­cano de los New York Nets.

¿Cuál ha si­do su re­la­ción con la doc­to­ra Dan­nen­fel­ser? Es una mu­jer asom­bro­sa. In­ter­pre­tar a una per­so­na real es com­pli­ca­do, por­que siem­pre exis­te un re­fe­ren­te con el que com­pa­rar­te, más cuan­do esa per­so­na aún es­tá vi­va y acu­de a los ro­da­jes [se ríe]. Pe­ro ella, des­de que hi­ci­mos el pi­lo­to, ha si­do muy ama­ble con­mi­go, ha­cién­do­me sen­tir muy sa­tis­fe­cha con mi in­ter­pre­ta­ción en to­do mo­men­to.

Pe­se a su ex­ten­sa tra­yec­to­ria en te­le­vi­sión, es la pri­me­ra vez que es­tre­na una se­gun­da tem­po­ra­da sien­do la pro­ta­go­nis­ta de la se­rie. Cier­to, he par­ti­ci­pa­do en mu­chos pro­yec­tos muy bue­nos y en otras se­ries que no han fun­cio­na­do tan bien, pe­ro, aun te­nien­do ro­les im­por­tan­tes, nun­ca fui la pro­ta­go­nis­ta prin­ci­pal. Eso me ser­vía de tram­pa, pa­ra en­ga­ñar­me a mí mis­ma y creer que, si no re­no­vá­ba­mos, no era por­que no hu­bie­ra he­cho bien mi pa­pel. Con Te­ra­pia de cho­que pa­sa lo con­tra­rio. Ad­mi­to que du­ran­te el ro­da­je de la pri­me­ra tem­po­ra­da sen­tí mu­chí­si­ma pre­sión. Te­mía que no fue­ra su­fi­cien­te­men­te bue­na ac­triz co­mo pa­ra ser pro­ta­go­nis­ta de una se­rie. Afor­tu­na­da­men­te, to­do sa­lió bien y ro­da­mos una se­gun­da tem­po­ra­da, 16 ca­pí­tu­los más que creo que ele­van la ca­li­dad de lo que con­se­gui­mos en la pri­me­ra, con do­sis ex­tra de to­do: co­me­dia, dra­ma, tra­ge­dia… Y, si­guien­do con las bue­nas no­ti­cias, en mar­zo iré a Atlan­ta pa­ra ini­ciar el ro­da­je de la ter­ce­ra tem­po­ra­da.

Son mu­chos los ac­to­res que afir­man que ac­tuar es co­mo ir al psi­coa­na­lis­ta. ¿Qué pien­sa so­bre ello una ac­triz que es­tá dan­do vi­da a una psi­có­lo­ga? Es­toy to­tal­men­te de acuer­do con tal afir­ma­ción. Yo mis­ma voy a te­ra­pia, y me sien­to muy bien y se­gu­ra ha­blan­do de mí mis­ma, y apren­dien­do más de mí. Pe­ro, del mis­mo mo­do, cuan­do se abre el te­lón o se oye una voz que di­ce “¡ac­ción!”, des­apa­re­ce to­da la ten­sión acu­mu­la­da y ex­pul­so to­do lo que lle­vo den­tro. Ac­tuar es uno de los ofi­cios más te­ra­péu­ti­cos que exis­ten. Oriol Ro­drí­guez

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