Enig­ma y se­duc­ción

ARRAN­CA LA TER­CE­RA TEM­PO­RA­DA CON UNA IN­CÓG­NI­TA: ¿QUIÉN ES EL TO­PO QUE HA CAU­SA­DO LA MA­SA­CRE EN EL CUAR­TEL GE­NE­RAL DE LA CIA? Y UNA SE­GU­RI­DAD: EL AMOR DE CA­RRIE (CLAI­RE DA­NES) POR BRODY (DA­MIAN LE­WIS), EN PA­RA­DE­RO DES­CO­NO­CI­DO

La Vanguardia - Vivir TV - - PORTADA - SAL­VA­DOR LLOPART

Aca­bó con una tre­men­da ex­plo­sión ¡Booooommm! de cris­ta­les ro­tos, cas­co­tes vo­lan­do, cuer­pos mu­ti­la­dos y tres­cien­tos ca­dá­ve­res es­pe­ran­do ser iden­ti­fi­ca­dos. Aca­bo con do­lor, muer­te y un mis­te­rio: ¿quién es el res­pon­sa­ble del ho­rror? ¿Quién es el ver­da­de­ro res­pon­sa­ble de la ma­sa­cre?

Aca­bó la se­gun­da tem­po­ra­da de Ho­me­land, la se­rie de te­le­vi­sión de la que to­dos ha­blan, con un hom­bre que re­za fren­te a las víc­ti­mas en­vuel­tas en bol­sas de plás­ti­co, ali­nea­das en el sue­lo. Un hom­bre bueno, Saul Be­ren­son (Mandy Pa­tin­kin), uno de los je­fes de la CIA en la fic­ción, en cu­ya ce­de cen­tral de Lan­gley ha te­ni­do lu­gar la car­ni­ce­ría.

Aun­que, ¿quién sa­be ya qué es bueno o es ma­lo en es­te dra­ma? ¿Qué es blan­co o ne­gro? Me­jor ha­blar de at­mós­fe­ra y de tono; de at­mós­fe­ra tur­bia, so­bre todo, mo­ral­men­te in­de­fi­ni­da, más pro­pia de la obra de John Le Ca­rre que de se­ries co­mo 24, con la que ini­cial­men­te se ha­bía com­pa­ra­do.

Aho­ra lle­ga la ter­ce­ra tem­po­ra­da de Ho­me­land y lo ha­ce por la puer­ta gran­de: con sus on­ce no­mi­na­cio­nes a los Emmy, los gran­des pre­mios de la te­le­vi­sión, en­tre­ga­dos la pa­sa­da se­ma­na. Unos ga­lar­do­nes en los que Clai­re Da­nes, la pro­ta­go­nis­ta de la se­rie, se al­zó con el premio a la me­jor ac­triz fe­me­ni­na de la te­le­vi­sión.

Lle­ga Ho­me­land pa­ra re­to­mar la in­tri­ga allí don­de se que­dó, y lo ha­ce más pron­to de lo es­pe­ra­do: la ci­ta se­rá el pró­xi­mo jue­ves –3 de oc­tu­bre, a las 22:20 ho­ras–, en la ca­de­na Fox. En su ver­sión do­bla­da (o dual), tan só­lo cua­tro días des­pués de su es­treno en Es­ta­dos Uni­dos. La ver­sión ori­gi­nal sub­ti­tu­la­da lle­ga­rá un po­co des­pués: en­tre el do­min­go 6 y el lu­nes 7, a la una y vein­ti­cin­co de la ma­dru­ga­da. Todo va muy rá­pi­do con es­ta se­rie, por la ex­pec­ta­ción que la ro­dea. Las pri­sas ayu­dan tam­bién a des­ac­ti­var en lo po­si­ble las des­car­gas de in­ter­net, don­de Ho­me­land es una de las se­ries más so­li­ci­ta­das.

Re­bo­bi­ne­mos: aca­bó la se­gun­da en­tre­ga de Ho­me­land con un mo­men­to pa­ra el re­cuer­do, inol- vi­da­ble: la pa­té­ti­ca ima­gen de ese hom­bre del que ha­blá­ba­mos al prin­ci­pio, Saul (ex­cep­cio­nal Mandy Pa­tin­kin), pro­fun­da­men­te ali­via­do por el ines­pe­ra­do re­en­cuen­tro con la ob­se­si­va, vul­ne­ra­ble y te­naz agen­te de la CIA, Ca­rrie Mat­hi­son (Clai­re Da­nes). Ca­rrie, que apa­re­ce de pron­to en la es­ce­na del cri­men co­mo quien regresa de en­tre los muer­tos. No se sa­be si pa­ra asu­mir la cul­pa, la que le co­rres­pon­da, o pa­ra ini­ciar la ca­za de los res­pon­sa­bles. La cues­tión es evi­den­te: ¿hay un to­po en es­ta CIA de Ho­me­land tan pa­re­ci­da a la real?

Ca­rrie, ya lo sa­be­mos, es una mu­jer he­ri­da. Una mu­jer frá­gil y por mo­men­tos ro­ta. Tam­bién es una mu­jer enamo­ra­da. Cons­cien­te de su en­fer­me­dad men­tal. Un pro­ble­ma que al mis­mo tiem­po la ha­ce ines­pe­ra­da y ge­nial.

Pe­ro to­da­vía que­da una ter­ce­ra pie­za –esen­cial– por co­lo­car en el puz­le del dra­ma: el ob­je­to de la de­vo­ción de Ca­rrie: el sar­gen­to Ni­cho­las Broody (Da­mian Le­wis), hé­roe de gue­rra y te­rro­ris­ta a la vez, ase­sino y víc­ti­ma. Dos per­so­nas en una, co­mo ca­si todo en es­ta his­to­ria de du­pli­ci­da­des im­po­si­bles y con­tra­dic­cio­nes evi­den­tes. En la que só­lo hay al­go cla­ro: el amor de Ca­rrie por Brody, un hom­bre ba­jo sos­pe­cha que hu­ye no se sa­be ha­cia dón­de, pe­ro que hu­ye de sí mis­mo. Ase­gu­ran que no sa­bre­mos de Brody has­ta el ter­cer ca­pí­tu­lo de es­ta ter­ce­ra tem­po­ra­da.

Y es que todo lo se­ña­la a él, a Brody. Pe­ro él sa­be, y no­so­tros tam­bién, que Brody no ha si­do. ¿O sí ha si­do? Otra vez la du­pli­ci­dad. En­ton­ces ¿quién? Es­ta­mos en el mo­men­to de la am­bi­güe­dad y la du­da. La se­gun­da tem­po­ra­da

EL SAR­GEN­TO BRODY (DA­MIAN LE­WIS) HU­YE Y DE­JA TRAS DE SÍ UNA FA­MI­LIA DES­TRO­ZA­DA POR EL DES­CU­BRI­MIEN­TO DE SU AC­TI­VI­DAD CO­MO TE­RRO­RIS­TA

de Ho­me­land aca­bó con las cer­te­zas, y ya no sa­be­mos na­da.

O qui­zá tan só­lo una co­sa sa­be­mos a cien­cia cier­ta: la se­gun­da en­tre­ga de Ho­me­land aca­bó ma­ra­vi­llo­sa­men­te (des­de un pun­to de vis­ta dra­má­ti­co). En una en­cru­ci­ja­da de des­ti­nos. Con todo ce­rra­do, y sin em­bar­go con todo por des­cu­brir. De he­cho aca­bó mu­cho me­jor de co­mo se ha­bía desa­rro­lla­do. De­jan­do atrás, con la te­rri­ble ex­plo­sión y los tres­cien­tos ca­dá­ve­res me­ti­dos en sus bol­sas, cual­quier ti­po de du­da que uno tu­vie­ra al res­pec­to.

La pri­me­ra du­da des­pe­ja­da, pues: el lu­gar que ocu­pa es­ta se­rie en la te­le­vi­sión. Ho­me­land es sin du­da una de las me­jo­res se­ries de los úl­ti­mos años. Ca­paz de co­nec­tar con el es­ta­do emo­cio­nal de todo un país, Es­ta­dos Uni­dos, in­clui­do con su pre­si­den­te Ba­rack Oba­ma, que se con­fie­sa un se­gui­dor em­pe­der­ni­do de la mis­ma. Una se­rie que, ade­más, ha si­do ca­paz de co­nec­tar con bue­na par­te del es­ta­do emo­cio­nal que de­fi­ne el mun­do oc­ci­den­tal en su con­jun­to: ese mun­do que es el nues­tro, aco­sa­do por los fan­tas­mas del te­rro­ris­mo y, tam­bién, por los fan­tas­mas de la res­pon­sa­bi­li­dad ge­ne­ral en el com­ple­jo es­ta­do de las co­sas.

La ter­ce­ra tem­po­ra­da de­be­rá, pues, res­pon­der mu­chas cues­tio­nes: ¿Vol­ve­rá Broody a ver a Ca­rrie, o a su fa­mi­lia? ¿Qué pa­pel asu­mi­rá Saul en una CIA he­ri­da en su cre­di­bi­li­dad tras el mor­tal aten­ta­do?

Todo apun­ta a que se pon­drá en mar­cha una ope­ra­ción –no só­lo por par­te de la CIA sino por to­da las agen­cias de in­te­li­gen­cia del mun­do oc­ci­den­tal– pa­ra en­con­trar a los res­pon­sa­bles del

LA AGEN­TE CA­RRIE (CLAI­RE DA­NES) DE­CI­DE ABAN­DO­NAR LA ME­DI­CA­CIÓN QUE CON­TRO­LA SU CON­DI­CIÓN BI­PO­LAR: LI­MI­TA SU CA­PA­CI­DAD

aten­ta­do. Y el nom­bre que en­ca­be­za­rá la lista de la ca­za al te­rro­ris­ta es el de Brody.

Pe­ro la pre­gun­ta que los se­gui­do­res de la se­rie se es­tán ha­cien­do tie­ne mu­cho que ver con Ca­rrie: ¿có­mo an­da­rá de la ca­be­za a par­tir de aho­ra es­ta mu­jer tan frá­gil y, a la vez, tan re­sis­ten­te?

Ca­rrie su­fre de un tras­torno bi­po­lar que ya le hi­zo pa­sar muy ma­los mo­men­tos. ¿Y aho­ra? Pa­ra sa­ber más, te­ne­mos que re­mi­tir­nos a las pa­la­bras de Alex Gan­sa, uno de los pro­duc­to­res eje­cu­ti­vos de la se­rie: “Ca­rrie ha de­ci­di­do aban­do­nar la me­di­ca­ción”, y a par­tir de ahí Gan­sa no ha que­ri­do de­cir na­da más en nin­gún la­do. La ter­ce­ra tem­po­ra­da ten­drá que ha­blar por sí so­la.

Sa­be­mos tam­bién que, ade­más de Saul y sus lu­chas en la CIA por res­ti­tuir la cre­di­bi­li­dad per­di­da, y la lu­cha de Ca­rrie con la lo­cu­ra, en los pri­me­ros ca­pí­tu­los de la ter­ce­ra tem­po­ra­da ten­drá un gran pro­ta­go­nis­mo la fa­mi­lia de Brody. Ellos son aho­ra las víc­ti­mas, aco­sa­dos por una cer­te­za: Brody es un te­rro­ris­ta. Es­pe­cial­men­te Da­na, la hi­ja, que co­que­tea­rá con la idea del sui­ci­dio.

Ho­me­land ha co­nec­ta­do con una vi­sión del mun­do tras los aten­ta­do del 11-S. Un mun­do pla­ga­do de con­se­cuen­cias, de re­per­cu­sio­nes, de se­cue­las. No es el ma­ni­queo mun­do de Geor­ge Bush jr. Es­ta­mos en un mo­men­to más su­til, tras Guan­tá­na­mo, tras los des­ma­nes de Abu Graib, tras las gue­rras per­di­das aun­que pa­rez­can ga­na­das. Tras la muer­te de Bin Laden, ase­si­na­do. Es­ta­mos en el mun­do de Oba­ma, que es el mun­do am­bi­guo y gris de Ca­rrie, de Saul, de Brody...

El mun­do de Ho­me­land.

¿SUI­CI­DIO? Es de las po­cas co­sas que se han fil­tra­do: pron­to sa­bre­mos que Da­na (Mor­gan Say­lor), la hi­ja ado­les­cen­te de Brody, in­ten­ta­rá ma­tar­se. No so­por­ta el do­lor de ser la hi­ja de un te­rro­ris­ta

A LA CA­ZA. Co­mo los pro­pios Es­ta­dos Uni­dos tras los aten­ta­dos del 11-S, Saul (Mandy Patn­kin) de­be­rá ges­tio­nar las an­sias de ven­gan­za fren­te a la ne­ce­si­dad de sa­ber la ver­dad: ¿hay un to­po in­fil­tra­do en la CIA?

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