El le­ga­do del ga­lán os­cu­ro

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Al­fred Hitch­cock ase­gu­ra­ba que lo más im­por­tan­te de un ac­tor era su fí­si­co, no sus ha­bi­li­da­des. Que tu­vie­ra la ca­ra del per­so­na­je. Hitch­cock era un he­te­ro­do­xo, cier­to, nun­ca cre­yó en el ve­ris­mo in­ter­pre­ta­ti­vo y de­tes­ta­ba los sub­tí­tu­los, por ejem­plo (sí, era de­fen­sor del do­bla­je). De­cía que la ac­tua­ción y to­do lo de­más te­nía arre­glo, pe­ro no se po­día errar en la mor­fo­lo­gía de los ros­tros: un gángs­ter ha de te­ner ca­ra de gángs­ter y pun­to. Aho­ra, fí­jen­se en la mi­ra­da de es­te se­ñor de la de­re­cha. ¿Es o no es un no­ble arrui­na­do, un gentle­man si­nies­tro, un cien­tí­fi­co en­lo­que­ci­do por la so­ber­bia de ven­cer a la muer­te o al mis­mí­si­mo Dios? Pues co­mo di­ría Hitch­cock, lo de­más, que lo apren­da so­bre la mar­cha.

En ho­nor a la ver­dad, an­tes de con­ver­tir­se en una es­tre­lla del te­rror de los se­sen­ta de la mano de los re­la­tos cor­tos de Ed­gard Allan Poe ta­mi­za­dos por Ro­ger Cor­man y Ri­chard Mat­he­son, ya era un ac­tor de no­ta­ble ex­pe­rien­cia. Hi­jo de un fa­bri­can­te de ca­ra­me­los –un detalle que tie­ne sus ecos si­nies­tros, al ca­so– de Mi­su­ri, Pri­ce, que es­tu­dió His­to­ria del Ar­te en la Uni­ver­si­dad de Ya­le y Be­llas Ar­tes en el Cour­tauld Co­lle­ge de Lon­dres, em­pe­zó fo­gueán­do­se en el tea­tro, si­guien­do el con­se­jo de la ac­triz He­len Ha­yes. Co­no­ció en esos años a Or­son We­lles en el cé­le­bre Mer­cury Thea­tre de Nue­va York, y lo­gró pe­que­ños pa­pe­les en se­ria­les ra­dio­fó­ni­cos a fi­na­les de los trein­ta.

En 1938 de­bu­tó en el ci­ne, con 27 años, y al año si­guien­te ya par­ti­ci­pa­ba en su pri­me­ra pe­lí­cu­la de mie­do: La to­rre de Lon­dres (1939), de Row­land V. Lee, jun­to a Boris Kar­loff y Ba­sil Rath­bo­ne, dos de los ros­tros más re­co­no­ci­bles del te­rror clá­si­co.

En la dé­ca­da de los cua­ren­ta tu­vo una fe­cun­da ca­rre­ra ci­ne­ma­to­grá­fi­ca en la que su ca­rac­te­rís­ti­co y an­gu­la­do ar­co su­per­ci­liar con­vir­tió su mi­ra­da en una de las más in­tri­gan­tes y mag­né­ti­cas de la pan­ta­lla, dan­do vi­da so­bre to­do a vi­lla­nos. Por ejem­plo, fue el ma­quia­vé­li­co Ri­che­lieu de la fa­mo­sa ver­sión de Los tres mos­que- te­ros (1948) en la que Ge­ne Kelly era un sal­ta­rín D’Ar­tag­nan.

Pri­ce, con su gran es­ta­tu­ra y su voz ro­co­sa –que lo lle­vó una y otra vez a par­ti­ci­par en se­ria­les de ra­dio– era una ca­ra ya muy co­no­ci­da cuan­do pro­ta­go­ni­zó Los crí­me­nes del mu­seo de ce­ra (1953), de An­dré de Toth, pe­lí­cu­la que, de al­gún mo­do, reorien­tó de­fi­ni­ti­va­men­te su ca­rre­ra ha­cia el ci­ne de gé­ne­ro y que aún hoy si­gue es­tan­do en­tre las más re­cor­da­das de su eta­pa pre­via a su­mer- gir­se en el uni­ver­so de Allan Poe.

A ese mun­do co­rres­pon­de el otro fil­me con el que TCM (el vier­nes a par­tir de las 0.00 h) rin­de tri­bu­to a su ca­ris­má­ti­ca fi­gu­ra: El pén­du­lo de la muer­te (1961), ba­sa­da en el ca­nó­ni­co cuen­to ho­mó­ni­mo de Poe y con guion del es­cri­tor Ri­chard Mat­he­son. Jun­to con La caí­da de la ca­sa Us­her (1960) y El cuer­vo (1963), con­for­man la ter­na más re­cor­da­da de es­ta dé­ca­da clá­si­ca del te­rror gó­ti­co de ba­jo pre­su­pues­to, un ci­ne que in­flu­yó no­ta­ble­men­te en ci­neas­tas pos­te­rio­res, de for­ma sin­gu­lar en Tim Bur­ton, quien re­ga­ló a Pri­ce un her­mo­so pa­pel tes­ta­men­to en Eduar­do Ma­nos­ti­je­ras (1990).

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