La es­pía que fue rei­na y cor­te­sa­na

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Fue una suer­te pa­ra He­len Mi­rren que el co­lo­sal éxi­to de su rei­na Isa­bel II en The queen (2006), de Step­hen Frears, lle­ga­ra cuan­do ya no ha­bía que pre­sen­tár­se­la a na­die, por­que de lo con­tra­rio, po­dría ha­bér­se­la tra­ga­do. Pe­ro pa­ra en­ton­ces, su ros­tro era al­go más que fa­mi­liar pa­ra los es­pec­ta­do­res de to­do el mun­do. Co­mo to­do ac­tor bri­tá­ni­co, pa­só por mu­cho Sha­kes­pea­re –en tea­tro, te­le­vi­sión y ci­ne– an­tes de con­ver­tir­se en ce­le­bri­dad y, aun­que su ca­rre­ra en la gran pan­ta­lla em­pe­zó con pe­que­ños pa­pe­les allá por fi­na­les de los se­sen­ta, se­ría diez años des­pués cuan­do su ros­tro (y su cuer­po) que­da­ra im­pre­so en un fil­me de gran im­pac­to, Ca­lí­gu­la (1979), de Tin­to Brass, don­de pu­do ex­hi­bir sus ma­ñas za­la­me­ras y la tur­gen­te se­xua­li­dad –el asun­to iba de eso– de sus 34 años. Atri­bu­tos que, de for­ma al­go me­nos ex­pre­sa (al­go me­nos, pe­ro no mu­cho me­nos), apro­ve­chó John Boor­man pa­ra su wag­ne­ria­na re­in­ter­pre­ta­ción del mi­to ar­tú­ri­co en Ex­ca­li­bur (1981). Mi­rren, cla­ro, era Mor­ga­na. La tre­ta se­xual co­mo un vehícu­lo de po­der fue atri­bu­to cons­tan­te de los pri­me­ros pa­sos de la ca­rre­ra tea­tral (Lady Mac­beth) y ci­ne­ma­to­grá­fi­ca de la ac­triz.

Fue otra tra­ge­dia, me­nos mi­to­ló­gi­ca y más ac­tual, el terrorismo ir­lan­dés, la que le va­lió su pri­mer pre­mio en Can­nes –lue­go ga­na­ría otro–, por dar vi­da a la mujer ca­tó­li­ca de un po­li­cía pro­tes­tan­te se­du­ci­da por un jo­ven del IRA, en Cal (1984), de Pat O’Con­nor.

En una pe­lí­cu­la me­nos fe­liz –que me­re­ce re­vi­sión– por ser se­cue­la de una ca­te­dral ci­ne­ma­to- grá­fi­ca, 2010: Odi­sea dos (1984), de Pe­ter Hyams, la vi­mos ex­hi­bir un acen­to ru­so (in­ter­pre­ta­ba a la cos­mo­nau­ta Tania Kir­buk de la tri­pu­la­ción de la na­ve Leó­nov). Te­nía tru­co aque­llo. El ver­da­de­ro nom­bre de Mi­rren es Il­ye­na Va­si­liev­na Mi­ro­no­va. Re­sul­ta que su abue­lo era un aris­tó­cra­ta ru­so, de los de bi­go­tón, ca­sa­ca y cha­rre­te­ras, que es­ta­ba ha­cien­do tra­ba­jos di­plo­má­ti­cos en Lon­dres cuan­do en la ma­dre Ru­sia es- ta­lló la re­vo­lu­ción bol­che­vi­que y su mun­do se fue al ga­re­te. Así que se que­dó. A pe­sar del des­pre­cio a la se­cue­la del clá­si­co de Ku­brick, aque­llos fue­ron bue­nos años pa­ra He­len Mi­rren. A No­ches de sol (1985), de Tay­lor Hack­ford, un dra­ma dan­za­rín de gue­rra fría tar­día, muy pro­pio del reaga­nis­mo, don­de de nue­vo hi­zo de ru­sa, la si­guió La cos­ta de los Mos­qui­tos (1986), de Pe­ter Weir, y ce­rró la dé­ca­da con dos pe­lí­cu­las ba­ña- das de la tur­ba­ción del Ca­lí­gu­la que la abría: El co­ci­ne­ro, el la­drón, su mujer y su aman­te (1989), del ago­re­ro Pe­ter Gree­na­way y El pla­cer de los ex­tra­ños (1990), de Paul Schra­der.

En Don­de los án­ge­les no se aven­tu­ran (1991), de Char­les Stu­rrid­ge, se bre­gó en ci­ne de ta­ci­tas –an­ta­ño, ci­ne de épo­ca– del que no hay bri­tá­ni­co que se li­bre, y re­don­deó la dé­ca­da con un re­gre­so a la Ir­lan­da con­vul­sa, En el nom- bre del hi­jo (1996), de Terry Geor­ge, y otro triun­fo en Can­nes con La lo­cu­ra del rey Jor­ge (1994), adap­ta­ción de la obra de Ben­net.

Su Isa­bel II fue una co­ro­na­ción –Os­car, Globo de Oro y Baf­ta– y así hoy dis­fru­ta de la li­ge­re­za de po­der pa­sar de ma­du­ra mujer de ac­ción – La du­da (2010) y Red 2 (2013)– a ha­cer Cli­tem­nes­tras de al­to co­pe­te, tal la es­po­sa de Tols­toi en La úl­ti­ma es­ta­ción (2009). Ella pue­de. Y pun­to.

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