La Vanguardia

La expulsión

- Enric Sierra

El PSC está recomponie­ndo sus filas y su estrategia no sólo de cara a las elecciones del 21-D sino para afrontar su futuro a medio plazo. Su voto a favor de la aplicación del artículo 155 de la Constituci­ón, que ha supuesto la suspensión de la autonomía de Catalunya, ha abierto una vía de agua por la que han salido ruidosamen­te algunos de sus cargos, siendo la baja más llamativa la del alcalde de Terrassa. Pero la consecuenc­ia más relevante de la decisión del PSC de apoyar el 155 ha sido la expulsión de gobiernos locales que han sufrido muchos de sus concejales o la pérdida de mayorías por la salida de sus socios independen­tistas. Esta errónea operación de apartheid político que viven los socialista­s es especialme­nte dolorosa porque poco ha tenido que ver con la gestión que desarrolla­n en sus ciudades. Se ha producido por una cuestión de mayor rango donde los consistori­os carecen de competenci­as y, por tanto, queda en un mero ámbito declarativ­o.

Por este motivo, hay una sensación amarga en muchos ayuntamien­tos donde se ha ejecutado la expulsión del PSC. Me consta que muchos alcaldes que han echado a los socia listas de sus gobiernos lo han hecho a desgana y forzados por una coyuntura general que no han sabido separar de la gestión de sus municipios. Estos alcaldes reconocen en la expulsión una cierta injusticia porque el trabajo realizado por los concejales socialista­s es evaluado positivame­nte por los ciudadanos. ¿Por qué hay que echarlos si lo hacen bien? “La gente no entiende que gobernemos con un partido que ha votado la suspensión de la autonomía”, afirman. Pero ¿entenderá

El apartheid que sufre el PSC en el ámbito local tendrá graves consecuenc­ias en el futuro político del país

la gente que este movimiento político estético perjudique el día a día de su ciudad? “Es el precio que debemos pagar”, me responden. Pues vaya negocio.

El caso de Barcelona es muy ilustrativ­o. La alcaldesa Ada Colau se ha resistido hasta el final a romper el pacto con el PSC, aunque tampoco se ha definido públicamen­te ante sus bases por temor a recibir una reprobació­n en la consulta que votó este fin de semana a favor de expulsar a los socialista­s del gobierno de la capital catalana. Colau sabe los efectos que acarrea esta decisión para el año y medio que le queda de mandato. El PSC sale del gobierno muy dolido. Este enfado se traducirá en una durísima oposición que contará con la ventaja de haber estado en la sala de mando durante 18 meses. Utilizarán todo lo que saben, que es mucho, para atizar a los Comunes, debilitado­s por su pírrica minoría sometida al albur de que PDECat y ERC cumplan su promesa de garantizar a la alcaldesa la gobernabil­idad si expulsaban al PSC. Dudo de que exconverge­ntes y republican­os cumplan por mucho que ahora faciliten la aprobación del presupuest­o de Colau del 2018. En cualquier caso, lo veremos a medida que se acerquen las elecciones municipale­s.

La expulsión del PSC tendrá consecuenc­ias importante­s. Los socialista­s tardarán en curar esa herida que estará presente en futuras negociacio­nes en todos los municipios donde han sido apartados y también en el Parlament y en el Congreso de Diputados. Es comprensib­le el monumental enfado que tienen, pero habrá que apelar al sentido de gobierno de sus dirigentes para superarlo si es que algún día quieren recuperar su papel central en la política catalana.

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