El rey Pedro I, ¿cruel o jus­ti­cie­ro?

«Unos di­cen que fue jus­to, otros que mal he­cho, que el rey no es cruel si nace en tiem­po que im­por­ta ser­lo». (Ro­man­ce­ro)

La Voz de Galicia (A Coruña) - A Coruña local - - A CORUÑA -

Cruel pa­ra sus enemi­gos, Jus­ti­cie­ro pa­ra sus par­ti­da­rios. Pedro I de Cas­ti­lla, León y Ga­li­cia fue un rey po­lé­mi­co. En sus mo­ne­das, acu­ña­das so­lo en las ce­cas de A Co­ru­ña, Bur­gos y Se­vi­lla, po­de­mos ver có­mo le gus­ta­ba que le vie­sen. En los cor­na­dos de Bur­gos y en las do­blas de oro de Se­vi­lla, apa­re­ce su bus­to, de fren­te o de per­fil, con co­ro­na y man­to real, na­riz agui­le­ña y una lar­ga me­le­na con bu­cles.

En los reales de pla­ta de A Co­ru­ña y en las do­blas es­tán ins­cri­tas las pa­la­bras «Do­mi­nus mi­chi adiu­tor et ego dis­pi­ciam inimi­cos meos», ver­sícu­lo bí­bli­co con el que nos ad­vier­te: «El Se­ñor es mi ayu­da y des­pre­cia­ré a mis enemi­gos». El men­sa­je es cla­ro: él es el rey, tie­ne el po­der y no du­da­rá en ejer­cer­lo con­tra sus ad­ver­sa­rios. Y así lo hi­zo.

Cró­ni­ca y trai­ción de Aya­la

Fue­ron los cro­nis­tas ofi­cia­les los que di­vul­ga­ron la vi­sión his­tó­ri­ca que ha pre­va­le­ci­do de rey cruel. En esa ta­rea des­ta­có Pe­ro Ló­pez de Aya­la quién, coe­tá­neo de los he­chos, es­cri­bió la cró­ni­ca del rey don Pedro. En su na­rra­ción, Aya­la, que lo ha­bía trai­cio­na­do pa­sán­do­se al ban­do de su ri­val el rey En­ri­que, su­til­men­te acen­túa los tra­zos san­gui­na­rios y ne­ga­ti­vos del mo­nar­ca: «E fue el rey don Pedro asaz gran­de de cuer­po, e blan­co e ru­bio, e ce­cea­ba un po­co en la fa­bla. Era muy ca­za­dor de aves. Fue muy so­fri­dor de tra­ba­jos. Era muy tem­pra­do e bien acos­tum­bra­do en el co­mer e be­ber. Dor­mía po­co, e amó mu­cho mu­ge­res. Fue muy tra­ba­ja­dor en gue­rra. Fue cob­di­cio­so de alle­gar tesoros e jo­yas (…). E ma­tó mu­chos en su regno».

Por di­cha cró­ni­ca sa­be­mos que en el mes de mar­zo de 1366, En­ri­que de Tras­tá­ma­ra, her­ma­nas­tro del rey, en­tró en Cas­ti­lla con nu­me­ro­sas com­pa­ñías de mer­ce­na­rios fran­ce­ses. Con­tan­do con el apo­yo de los no­bles cas­te­lla­nos que es­ta­ban des­con­ten­tos, se pro­cla­mó rey y avan­zó ha­cia el in­te­rior.

El rey Pedro, que estaba en Bur­gos, re­tro­ce­dió y mar­chó a To­le­do y des­pués a Se­vi­lla dón­de se en­con­tra­ban sus hi­jas y tam­bién el te­so­ro real.

No­bles y ciu­da­des di­vi­die­ron su obe­dien­cia y en po­cos días gran par­te de Cas­ti­lla pa­só a ma­nos de En­ri­que, man­te­nién­do­se fie­les Ga­li­cia y par­te del reino de León.

En su hui­da, el rey Pedro atra­ve­só Por­tu­gal y en­tró en Ga­li­cia, apo­sen­tán­do­se en el cas­ti­llo de Mon­te­rrei, en Ou­ren­se. Allí de­ci­dió pe­dir ayu­da al rey de In­gla­te­rra, que era un enemi­go de los fran­ce­ses. Pa­ra ello de­bía ir por mar has­ta la Ba­yo­na de Gas­cu­ña que era po­se­sión in­gle­sa.

De A Co­ru­ña a San Se­bas­tián

Des­pués de pa­sar por Santiago, don­de man­dó ma­tar, por su fi­de­li­dad du­do­sa, al ar­zo­bis­po Sue­ro Gómez de To­le­do, lle­gó a co­mien­zos del mes de julio a la vi­lla de A Co­ru­ña.

La cró­ni­ca de Pe­ro Ló­pez de Aya­la nos cuen­ta lo que hi­zo Pedro I des­pués de su estancia en la ciu­dad: «Y el rey par­tió de la Cu­ru­ña, y lle­vo con­si­go veyn­te y dos naos, y una ca­rra­ca y una ga­lea (…), y un pan­fil [bar­co de re­mos] que to­mó a unos gi­no­ve­ses, y el Rey yva en una ca­rra­ca, y lle­va­va con­si­go sus hi­jas las in­fan­tas que eran tres, do­ña Bea­triz, do­ña Cons­tan­za y do­ña Ysa­bel (…). Pu­so­se en la mar en la Co­ru­ña, y fue­se pa­ra una su vi­lla de Le­puz­cua, que di­zen sant Se­bas­tián, lle­vo con­si­go el te­so­ro (…), que eran trein­ta y seys mil do­blas, y no mas en mo­ne­da de oro».

Con ese te­so­ro pa­ga­ría a los in­gle­ses pa­ra vol­ver a pe­lear por el trono. A Co­ru­ña le se­ría siem­pre fiel.

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