El rit­mo ga­lle­go de Im­ma­cu­la­te Fools

Su nom­bre es­tá más que con­so­li­da­do en el mun­do del jazz. Los mú­si­cos con­sa­gra­dos la quie­ren en sus for­ma­cio­nes, pe­ro ella no se cie­rra a nin­gún es­ti­lo. En unas se­ma­nas lle­ga a Ga­li­cia a los man­dos de la ba­te­ría de Im­ma­cu­la­te Fools

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - MÚSICA . ESTÁ SONANDO - TEX­TO: GLADYS VÁZ­QUEZ

Co­mo bue­na pro­fe­sio­nal de la mú­si­ca, Naíma Acuña (Lon­dres, 1988) va­lo­ra mu­cho los si­len­cios. Al ha­blar pa­re­ce que va le­van­tan­do sus ba­que­tas. Se pien­sa las res­pues­tas, sobre todo pa­ra in­ten­tar cen­trar­se en qué día vi­ve y en qué lu­gar se su­birá al pró­xi­mo es­ce­na­rio. «No me pue­do que­jar. Es­toy via­jan­do cons­tan­te­men­te y es­te 2018 se pre­sen­ta muy com­ple­to».

Su fa­ce­ta más co­no­ci­da es la de ba­te­ría de jazz. Y aun­que es una de las in­tér­pre­tes con más ta­len­to de nues­tro país en ese es­ti­lo, su mun­do mu­si­cal es mu­cho más am­plio. «En­ce­rrar­me en una so­la co­sa no me gus­ta. No soy ‘pro­fe­sio­nal de’. Me gus­ta la mú­si­ca y pun­to». Su ca­rre­ra así lo re­co­no­ce. No so­lo la re­quie­ren des­de am­bien­tes jaz­zís­ti­cos. «He to­ca­do has­ta soul. Aho­ra es­toy gi­ran­do con Im­ma­cu­la­te Fools. Y es una nue­va aven­tu­ra, es pop rock». Pre­ci­sa­men­te con los bri­tá­ni­cos pi­sa­rá pron­to los es­ce­na­rios de Ga­li­cia. «¡Por fin!», ex­cla­ma. El 10 de fe­bre­ro des­ple­ga­rán to­da su po­ten­cia en Vi­go, en la sa­la Mas­ter­club. El 10 de mar­zo se­rá el turno del Pla­ya Club, en A Co­ru­ña. «Con ellos me sien­to en ca­sa. Es­tá Paco Char­lín, que es uno de los me­jo­res con­tra­ba­jis­tas de jazz. Ade­más, Ke­vin Weat­he­rill —el lí­der de la ban­da— es un amor». Ha­ce so­lo unos días se en­te­ra­ba de que es­te año to­ca­rá tam­bién en Lu­xem­bur­go y Los Án­ge­les. Lo ha­rá con una for­ma­ción en la que com­par­ti­rá no­tas con Mark Tur­ner, uno de los gran­des sa­xo­fo­nis­tas de su ge­ne­ra­ción. Y todo es­to ade­re­za­do con que Naíma tam­bién tie­ne su pro­pia for­ma­ción de jazz. «A ve­ces cam­bio de es­ti­lo en ho­ras. Y de es­ce­na­rios enor­mes a sa­las mu­cho más ín­ti­mas».

Aun­que Naíma na­ció en Lon­dres, ella se con­si­de­ra co­ru­ñe­sa. Cre­ció en uno de esos ho­ga­res en los que la mú­si­ca es el pan de ca­da día. Su pa­dre es Jo­sé Antonio Acuña, di­rec­tor de la Es­cue­la Mu- ni­ci­pal de Mú­si­ca. Un hom­bre de jazz. «Mi pri­me­ra elec­ción fue el piano. Mi pa­dre da­ba cla­se y me gus­ta­ba. Si­gue sien­do mi se­gun­do ins­tru­men­to. Me da re­fe­ren­cias pa­ra com­po­ner y nun­ca lo he de­ja­do. Realmente la ba­te­ría lle­gó por una sus­ti­tu­ción que hi­ce de un com­pa­ñe­ro», ex­pli­ca rien­do. Una tran­si­ción na­tu­ral pa­ra una mu­jer con nom­bre de mú­si­ca. Se lo pu­sie­ron por un te­ma de John Col­tra­ne. Na­da ex­tra­ño te­nien­do en cuen­ta que sien­do un be­bé es­cu­chó a Mi­les Da­vis en di­rec­to. Des­pués se con­vir­tió en esa ado­les­cen­te que co­gía avio­nes el fin de se­ma­na pa­ra for­mar­se en el Guild­hall School of Mu­sic and Dra­ma de Lon­dres y en el Con­ser­va­to­rio de Mú­si­ca de A Co­ru­ña.

A pe­sar de su ju­ven­tud, Naíma no vi­ve en la nu­be. «Mi tiem­po en ca­sa es pa­ra com­po­ner, es­tu­diar y se­guir tra­ba­jan­do». No se de­ja lle­var por los cantos de sirena de la par­te dul­ce de los ar­tis­tas. Es más, sa­be que es co­no­ci­da co­mo baterista de jazz, es­ti­lo que no se can­sa de reivin­di­car. «Aho­ra hay más in­tere­sa­dos. Más gen­te de mi ge­ne­ra­ción que lo es­cu­cha. An­tes pa­re­cía ex­clu­si­vo. Aho­ra la gen­te via­ja más y se en­gan­cha. El jazz no de­be­ría es­tar tan le­jos de nues­tra vi­da. En Es­pa­ña es di­fí­cil lle­gar a es­te ni­vel. No se apues­ta lo su­fi­cien­te por la gen­te jo­ven y hay mú­si­cos in­creí­bles que aca­ban de ve­nir de Nue­va York y aquí na­da. Les va­lo­ran más fue­ra».

A Naíma la ava­lan al­gu­nos de los mú­si­cos más im­por­tan­tes del pa­no­ra­ma. Mú­si­cos en mas­cu­lino. Pe­ro a pe­sar de su ju­ven­tud, ha te­ni­do que en­fren­tar­se a co­men­ta­rios que po­co tie­nen que ver con rit­mos y ar­mo­nías. «La co­sa es­tá cam­bian­do, pe­ro hay gen­te que se si­gue sor­pren­dien­do e in­clu­so me re­cha­za: ¿pe­ro es­ta chi­ca to­ca? Las ba­te­ris­tas se­gui­mos sien­do po­cas». Todo es­to lo di­ce con una tran­qui­li­dad pas­mo­sa. Una mu­jer que tu­vo que su­frir có­mo en una jam se­sión, al co­ger las ba­que­tas, va­rios mú­si­cos hom­bres se ba­ja­ron del es­ce­na­rio.

ÓSCAR COMPANIONI

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