“La edad te mar­ca, co­mo un vino con un tro­zo de que­so”

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - ESCENA - TEX­TO: VIR­GI­NIA MA­DRID

Su per­so­na­je de ve­cino mal­va­do en «La co­mu­ni­dad» le va­lió su pri­mer Go­ya, el se­gun­do se lo lle­vó por «El cie­lo abier­to», pe­ro lle­va más de cin­cuen­ta años en­car­nan­do vi­das aje­nas «pa­ra emo­cio­nar al pú­bli­co». A sus 75 años si­gue lle­nan­do con su pre­sen­cia los es­ce­na­rios y con­fie­sa: «De no ser ac­tor, me ha­bría de­can­ta­do por ser escritor o pe­rio­dis­ta».

He vi­vi­do in­ten­sa­men­te y eso da una sen­sa­ción de triun­fo

Per­te­ne­ce a una de las sa­gas más em­ble­má­ti­cas de las ar­tes es­cé­ni­cas de nues­tro país. Es bis­nie­to, nie­to, hi­jo, her­mano y tío de ac­to­res y su des­tino es­ta­ba ya ca­si pre­de­ter­mi­na­do cuan­do na­ció en me­dio de una gi­ra tea­tral. A sus 75 años, Emilio Gu­tié­rrez Ca­ba (Va­lla­do­lid, 1942) si­gue dis­fru­tan­do de su ofi­cio con pa­sión y en­tu­sias­mo, por­que le ha­ce sen­tir­se vi­vo y por­que ac­tuar es lo que más le «gus­ta ha­cer en la vi­da». Hom­bre tí­mi­do y re­ser­va­do, ase­gu­ra que dis­fru­ta de las pe­que­ñas co­sas: «Echar­me la sies­ta, to­mar­me un ver­mú y una con­ver­sa­ción in­tere­san­te con un ami­go me ha­cen fe­liz». Ad­mi­ra­do por el gran pú­bli­co y re­co­no­ci­do co­mo un ac­tor de pres­ti­gio, con­fie­sa: «Lo más com­pli­ca­do es lle­gar a la edad de la ju­bi­la­ción. He vi­vi­do in­ten­sa­men­te y eso te da una sen­sa­ción de triun­fo so­bre la vi­da y el tiem­po».

—«Después del en­sa­yo» es su úl­ti­mo tra­ba­jo, en el que in­ter­pre­ta al di­rec­tor de ci­ne Ing­mar Berg­man y don­de se abor­da el pa­so del tiem­po. ¿Se sien­te iden­ti­fi­ca­do de al­gún mo­do con las re­fle­xio­nes del tex­to?

—Cuan­do se lle­ga a una edad, lo que em­pie­zas a va­lo­rar son co­sas na­da abs­trac­tas sino muy con­cre­tas. El té del desa­yuno, el ai­re cuan­do abres la ven­ta­na, que te va lle­van­do a co­sas... Los re­cuer­dos son co­mo pu­ñe­ta­zos que te van dan­do cons­tan­te­men­te.

—Es­ta obra es un ho­me­na­je al tea­tro y a los ac­to­res.

—Sí. Ha­bla de las re­la­cio­nes de un di­rec­tor de tea­tro con dos ac­tri­ces, esa re­la­ción que exis­te en­tre una ge­ne­ra­ción y otras y lo que ha des­en­ca­de­na­do sen­ti­men­tal­men­te en él ese mon­ta­je de tea­tro. Es una obra en la que se des­ve­la un po­co có­mo es el mun­do del tea­tro, lo que opi­na un di­rec­tor so­bre los ac­to­res y de­ja en­tre­ver que lo que es­tá vien­do el pú­bli­co ese día es al­go irre­pe­ti­ble.

—¿Y pa­ra qué sir­ve el tea­tro?

—Sir­ve pa­ra co­no­cer­se me­jor, pa­ra co­no­cer me­jor a los de­más, pa­ra dar­se cuen­ta de que hay bon­dad y mal­dad en el mun­do y que to­do es­to es co­mo es y no co­mo no­so­tros que­re­mos que sea. La in­fan­cia es un cuen­to de al­go que lue­go va a es­ta­llar­nos en la ca­ra, que es la vi­da. Y eso el tea­tro te lo mues­tra en ca­da una de sus obras y por dis­tin­tas ra­zo­nes có­mo te es­ta­lla: a tra­vés del amor, del tra­ba­jo, de la po­lí­ti­ca, de la ve­cin­dad.

—¿Qué ha­ce us­ted después del en­sa­yo de la obra de turno?

—Ir a co­mer, o si es por la tar­de, nos que­da­mos un ra­to char­lan­do el gru­po de ac­to­res pa­ra in­ter­cam­biar im­pre­sio­nes so­bre el tex­to y los per­so­na­jes, pa­ra co­no­cer­nos me­jor.

—Vi­vien­do tan­tas vi­das a tra­vés de sus per­so­na­jes, ¿uno lle­ga a co­no­cer­se de ver­dad?

—No. Uno apren­de a co­no­cer­se to­dos los días y des­cu­bres co­sas nue­vas. Ade­más, la vi­da te cam­bia y te obli­ga a cam­biar y tam­bién la edad te mar­ca, co­mo lo ha­ce to­mar­te un buen vino con un tro­zo de que­so.

—¿Qué le em­pu­ja a su­bir­se al es­ce­na­rio con tan­to en­tu­sias­mo?

—La mo­ti­va­ción. El sen­tir lo que ha­go, el dis­fru­tar de mi ofi­cio y el tra­ba­jar pa­ra po­der vi­vir.

—¿Pe­san mu­cho los años so­bre el es­ce­na­rio?

—Sí. Uno se fa­ti­ga más, la li­mi­ta­ción fí­si­ca es­tá ahí por la edad, pe­ro no lo lle­vo mal del to­do. Aquí es­toy.

—¿Ha pen­sa­do ya en su re­ti­ra­da? ¿En des­pe­dir­se de­fi­ni­ti­va­men­te de los es­ce­na­rios?

—Co­mo no ha­go la com­pe­ten­cia a los jó­ve­nes, si­go dis­fru­tan­do y me sien­to bien, se­gui­ré. No pien­so re­ti­rar­me to­da­vía. Y no sé cuán­do lle­ga­rá ese mo­men­to.

—Dí­ga­me, ¿hoy en día qué su­po­ne pa­ra us­ted ac­tuar?

—El tea­tro es el re­fe­ren­te de que aún eres ca­paz de en­fren­tar­te al pú­bli­co y co­nec­tar. Te ha­ce sen­tir­te vi­vo, por­que los ac­to­res ju­ga­mos con sen­ti­mien­tos y emo­cio­nes y eso se ex­pe­ri­men­ta con gran in­ten­si­dad.

— Más de cin­cuen­ta años de ca­rre­ra dan pa­ra mu­cho. Cuan­do echa la vis­ta atrás, ¿qué re­fle­xión ha­ce de su tra­yec­to­ria?

—Pues se­gún el día, pien­so que ha es­ta­do bien, regular o que ha si­do un desas­tre. Pe­ro siem­pre que sal­go al es­ce­na­rio, lo ha­go con la in­ten­ción de emo­cio­nar, de ha­cer dis­fru­tar al pú­bli­co, de con­mo­ver­lo, por­que ac­tuar es lo que más me gus­ta ha­cer en la vi­da.

—El ac­tor, ¿na­ce o se ha­ce?

—Hay un po­co de to­do. Apren­des a lo lar­go de la vi­da, por­que vas asi­mi­lan­do el día a día, pe­ro so­lo en los es­ce­na­rios, sino en la vi­da. No hay ca­mino exac­to pa­ra ser ac­tor.

—El pú­bli­co le ad­mi­ra y es re­co­no­ci­do co­mo un ac­tor de pres­ti­gio. ¿En qué mo­men­to se da cuen­ta de que ha triun­fa­do?

—Nun­ca te das cuen­ta, por­que triun­far, no triun­fas nun­ca.

—¿En­ton­ces, lo más di­fí­cil en­ton­ces es per­ma­ne­cer?

—Sí. Lo más com­pli­ca­do es lle­gar a la edad de la ju­bi­la­ción. He po­di­do ha­cer ci­ne, tea­tro y te­le­vi­sión, por­que me han per­mi­ti­do ha­cer­lo y me sien­to sa­tis­fe­cho. He vi­vi­do in­ten­sa­men­te y eso te da una sen­sa­ción de triun­fo so­bre la vi­da y el tiem­po.

—Tras ha­ber ro­da­do más de cien pe­lí­cu­las, ¿qué per­so­na­jes le han de­ja­do una hue­lla más pro­fun­da? ¿Por cuá­les sien­te cier­ta pre­di­lec­ción?

—Al ve­cino te­rri­ble de La co­mu­ni­dad, el Don Die­go de El sí de las ni­ñas y el de Ol­vi­da los tam­bo­res los re­cuer­do con es­pe­cial ca­ri­ño. Fue­ron gran­des per­so­na­jes.

—¿Y al­guno que se ha­ya que­da­do pen­dien­te?

—Co­rio­lano, de Sha­kes­pea­re. Pe­ro los me­jo­res per­so­na­jes son los que es­tán por lle­gar y te sor­pren­den.

—Pre­ci­sa­men­te, por su per­so­na­je de «La co­mu­ni­dad» ga­nó el Go­ya al me­jor ac­tor de re­par­to.

—Sí. Aque­lla no­che fue una de las más fe­li­ces de mi vi­da, por­que re­co­no­cie­ron mi tra­ba­jo en es­ta pe­lí­cu­la y mi her­ma­na Ju­lia tam­bién se lle­vó el Go­ya por You Are The One. Fue una no­che inol­vi­da­ble.

—La es­tir­pe tea­tral con­ti­núa con su so­bri­na Ire­ne Es­co­lar.

—Pues sí. Es una mag­ní­fi­ca ac­triz. Da bas­tan­te pla­cer pen­sar que hay otra ge­ne­ra­ción que con­ti­núa y más si es una mu­jer la que to­ma las rien­das.

—¿Siem­pre qui­so ser ac­tor o le mar­ca­ron el pe­so de los ge­nes y la tra­di­ción fa­mi­liar?

—Fí­ja­te, yo em­pe­cé tra­ba­jan­do co­mo téc­ni­co de re­ve­la­do a co­lor en un la­bo­ra­to­rio de ci­ne y re­ve­lé pe­lí­cu­las en las que ac­tua­ban ac­to­res que después fue­ron com­pa­ñe­ros míos. Co­sas de la vi­da. Pe­ro en al­gún mo­men­to pen­sé: ¿por qué no ha­cer tea­tro?

—¿Có­mo re­cuer­da aque­llos años de ni­ñez en­tre en­sa­yos y gi­ras?

—Con emo­ción y mu­cha ilu­sión. Los ve­ra­nos eran es­tu­pen­dos, por­que co­mo mis pa­dres ha­cían gi­ras, pues iba con ellos y eso sig­ni­fi­ca­ba via­jar, ir a la pla­ya, ver otras ciu­da­des, vi­vir los en­sa­yos en otros tea­tros… fue­ron años es­tu­pen­dos.

—Y si no hu­bie­se si­do ele­gi­do el ca­mino de la in­ter­pre­ta­ción, ¿qué le hu­bie­se gus­ta­do ha­cer?

—Me ha­bría de­can­ta­do por ser escritor o pe­rio­dis­ta. Ser un buen li­te­ra­to y es­cri­bir una bue­na no­ve­la ha­bría es­ta­do bien.

—¿Qué le que­da por ha­cer?

—Es­cri­bir, di­ri­gir, ver pe­lí­cu­las, to­mar una ce­na ri­ca. Tan­tas co­sas...

—Tie­ne fa­ma de ser un hom­bre tran­qui­lo que hu­ye de los fo­cos y los flashes.

—No hu­yo de los fo­cos. Soy un hom­bre tí­mi­do, al­go que he­re­dé de mi ma­dre y mi tía. Y cuan­do acu­do a un es­treno sa­le a re­lu­cir mi ti­mi­dez. No me sien­to có­mo­do an­te tan­ta ex­po­si­ción.

—¿Qué le ha­ce fe­liz?

—Las pe­que­ñas co­sas co­mo echar­me la sies­ta, to­mar­me un ver­mú, una con­ver­sa­ción in­tere­san­te con un ami­go. Soy de buen con­for­mar.

—¿Y qué le lle­na de ilu­sión?

—Los vie­jos amo­res y las an­ti­guas pa­sio­nes que ya no se al­can­zan, pe­ro se re­cuer­dan con emo­ción.

—¿Qué le bo­rra la son­ri­sa?

—Los tra­fi­can­tes de ar­mas y de per­so­nas, la gen­te que pa­sa ham­bre, sed y frío y la fal­ta de tra­ba­jo me lle­nan de in­dig­na­ción.

—Un de­seo.

—Que el mun­do sea un po­co me­jor y que ca­da uno de no­so­tros pon­ga­mos un gra­ni­to de are­na pa­ra lo­grar­lo.

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