“Pue­do ase­gu­rar que en es­ta obra na­die se abu­rre”

Por las ve­nas de Em­ma Ozo­res co­rre el ge­nio y el in­ge­nio. Y más en la obra con la que lle­ga a Vi­go, ya que su pa­dre fue el au­tor de «El úl­ti­mo que apa­gue la luz»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - ESCENA . LA HIJA INTERPRETA LA OBRA DE SU PADRE - TEX­TO: BE­GO­ÑA R. SOTELINO

Po­cas obras de tea­tro hay en el mun­do que den tan­tas vuel­tas co­mo los clá­si­cos. El úl­ti­mo

que apa­gue la luz no lo es, pe­ro lle­va ca­mino de con­ver­tir­se en uno de ellos y ade­más, co­lo­car­se en la ci­ma del olim­po del hu­mor. La co­me­dia que es­cri­bió Antonio Ozo­res (sí, aquel ac­tor que nos ha­cía reír con su ver­bo­rrea in­ven­ta­da) la pro­ta­go­ni­za su hi­ja Em­ma Ozo­res. La ac­triz, per­te­ne­cien­te a una fantástica sa­ga de ac­to­res (pri­ma de Adria­na Ozo­res y so­bri­na de Em­ma Pe­ne­lla y Te­re­le Pá­vez), la pro­ta­go­ni­za jun­to a Al­fon­so Delgado. Es­te fin de semana es­tá en Ga­li­cia, con se­sio­nes en Pon­te­ve­dra, el sá­ba­do, y Vi­go, el do­min­go. —¿Cuán­to tiem­po lle­va con es­ta obra?

—Diez años. ¡No se­gui­dos! A ve­ces pa­ra­ba para ha­cer una se­rie u otros tra­ba­jos, pe­ro lue­go la vol­vía a re­to­mar por­que fun­cio­na y la gen­te se ríe mu­cho. He­mos es­ta­do con ella mu­cho tiem­po en Ma­drid y era ho­ra de ha­cer una gi­ra en con­di­cio­nes para que la vea to­do el mun­do. La obra fue Premio Na­cio­nal de Tea­tro en el 2010 y tu­vo tam­bién pre­mios en el Fes­ti­val de Edim­bur­go y en el de Nue­va York. Una com­pa­ñía in­gle­sa nos com­pró los de­re­chos tam­bién. —¿Qué tie­ne de di­fe­ren­te?

—Aquí el pú­bli­co en mu­chos mo­men­tos tie­ne que uti­li­zar la ima­gi­na­ción. Por ejem­plo, se di­ce que hay un mu­ñe­co ves­ti­do de bom­be­ro y tie­nen

que ima­gi­nar­lo. O cuan­do ha­ce­mos de pa­dres pri­me­ri­zos se su­po­ne que te­ne­mos un be­bé en bra­zos, pe­ro no es­tá. O al­guien lee un pe­rió­di­co, pe­ro no hay nin­guno. He­mos com­pro­ba­do que fun­cio­na. Lle­ga un mo­men­to en que se re­cuer­da co­mo real. Has­ta una ami­ga mía me di­jo ha­ce po­co: “Oye, qué lío lo de lle­var de gi­ra al bom­be­ro, ¿no?” Y yo le de­cía: “¡qué di­ces, pe­ro si no sa­le!” Y ella in­sis­tía, “pues te ju­ro que yo lo he vis­to”. Pues así les pa­sa a mu­chos. —¿Cuál es la his­to­ria?

—No es una. Son mu­chas. No hay plan­tea­mien­to, nu­do y desen­la­ce. En­tre Al­fon­so y yo ha­ce­mos to­dos los pa­pe­les. Nos cam­bia­mos rá­pi­da­men­te y ca­da vez que sa­li­mos y en­tra­mos, so­mos otros per­so­na­jes. Es co­mo ha­cer zap­ping. Hay co­sas muy gra­cio­sas y muy dis­tin­tas. En otro mo­men­to ha­ce­mos co­mo que so­mos dos ac­to­res que le ha­blan al pú­bli­co des­de el es­ce­na­rio y les con­ta­mos co­sas de có­mo se ha­cía an­tes el tea­tro. Por ejem­plo, que cuan­do no gus­ta­ba al­go la gen­te pa­tea­ba con los pies so­bre el sue­lo para mos­trar su dis­con­for­mi­dad. En un mo­men­to él re­ci­ta un ver­so muy mal e in­vi­to al pú­bli­co a ha­cer eso. Tam­bién con­ta­mos al­gu­nos tru­cos que ha­cían los ac­to­res para con­se­guir aplau­sos, y es que cuan­do se iban, dan­do la es­pal­da a los es­pec­ta­do­res, se aplau­dían a ellos mis­mos y eso era con­ta­gio­so. —Así que, ade­más, se apren­de. —Sí. Y ade­más pue­do ase­gu­rar que no se abu­rre na­die, es to­do muy di­ver­ti­do y muy rá­pi­do. Y lo bo­ni­to es que la gen­te des­co­nec­ta de sus tris­te­zas. Yo creo que es por­que es­tá es­cri­to por mi pa­dre, que apli­ca­ba el sen­ti­do del hu­mor a to­do en la vi­da co­ti­dia­na. —¿Obli­gar al pú­bli­co a ima­gi­nar no es un ries­go cuan­do hoy es­ta­mos ha­bi­tua­dos a que nos lo den to­do mas­ca­do? —Sí. Y al prin­ci­pio se que­dan un po­co sor­pren­di­dos, pe­ro les gus­ta. Es al­go dis­tin­to. Esa cuar­ta pa­red en­tre los ac­to­res y el pú­bli­co se rom­pe. Nos di­ver­ti­mos jun­tos con ese jue­go. —¿En to­do ese tiem­po, la obra ha cam­bia­do?

—No, ca­si na­da. A mi pa­dre no le gus-

ta­ba. De­cía que na­da de mor­ci­llas. Que si fue­ra gra­cio­so, ya se le ha­bría ocu­rri­do a él. He­mos cam­bia­do al­gu­na co­si­lla co­mo el nom­bre de un po­lí­ti­co para dar­le ac­tua­li­dad, pe­ro na­da más. —¿Él la lle­gó a ver re­pre­sen­ta­da?

—Sí, la dis­fru­tó mu­cho. Sa­lía a sa­lu­dar al ter­mi­nar. Él em­pe­zó a es­cri­bir ya ma­yor, cuan­do de­jó de ac­tuar. Me gus­ta pen­sar que mi pa­dre si­gue ha­cien­do fe­liz a la gen­te a tra­vés de mi tra­ba­jo y el de Al­fon­so. An­tes de sa­lir a es­ce­na siem­pre di­go: “Pa­pá, va por ti”. Sien­to que bue­na par­te de los es­pec­ta­do­res son su pú­bli­co, que aho­ra vie­ne a ver a su hi­ja. Es al­go en­tra­ña­ble para mi. —An­tes siem­pre via­ja­ba con su pe­rro. ¿Si­gue ha­cién­do­lo?

—No. Es que aho­ra ten­go cuatro y no me lle­vo a nin­guno, no por­que no quie­ra, sino por­que es muy com­pli­ca­do. Cuan­do íba­mos de gi­ra y pa­rá­ba­mos en un res­tau­ran­te, yo siem­pre me que­da­ba fue­ra.

Es una obra dis­tin­ta. Has­ta se ani­ma al pú­bli­co a pa­tear al ac­tor

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