Soy un Qui­jo­te que se ra­ya has­ta la ob­se­sión”

Ha si­do Camarón y Can­tin­flas, sue­ña con ser Prin­ce o Da­lí, pe­ro aho­ra se es­tre­na con «El hom­bre que ma­tó a don Qui­jo­te», el fil­me de Terry Gilliam, uno de los Monty Pyt­hon, que vuel­ve a po­ner al ac­tor ca­ta­lán en lo más al­to. Y ya van 25 años de éxi­to

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - CINE - TEX­TO: SAN­DRA FAGINAS

Ós­car Jae­na­da (Es­plu­gas de Llobregat, 1975) tie­ne la ca­pa­ci­dad de mi­me­ti­zar­se co­mo po­cos ac­to­res con la per­so­na que in­ter­pre­ta, has­ta el pun­to de que pa­ra el pú­bli­co ya es Camarón o Can­tin­flas. Su ca­ra se apo­de­ra de cual­quie­ra, y eso que su ima­gen es lo su­fi­cien­te­men­te par­ti­cu­lar co­mo pa­ra pro­vo­car lo con­tra­rio. Pe­ro Ós­car, que lle­va 25 años ro­dan­do, ase­gu­ra que no hay más tru­co que el es­fuer­zo, el te­són y un es­tu­dio fé­rreo. Aho­ra pre­sen­ta El hom­bre que ma­tó a

don Qui­jo­te, una pe­lí­cu­la que ha si­do pa­ra el di­rec­tor Terry Gilliam to­da una odisea, pe­ro que des­pués de mu­chos años de lu­cha por fin ve la luz hoy en los cines. —¿Qué ha su­pues­to es­te Qui­jo­te pa­ra ti?

—¡Es es es­tar con Terry Gilliam! A él lo co­noz­co des­de ha­ce años y siem­pre me de­cía: «Un día te voy a dar al­go, un día te voy a dar al­go». Y un día me lo cru­cé en Ibi­za, jus­to aca­ba­ba de ha­cer Can­ti­flas, y me ex­pli­có que se iba a me­ter con es­te pro­yec­to y que que­ría que es­tu­vie­ra ahí. Son esas co­sas que ya han pa­sa­do va­rias ve­ces con al­gu­nos di­rec­to­res y que uno no se aca­ba de creer has­ta que fir­ma el con­tra­to. Pa­ra mí fue un chu­te de ci­ne, de cul­tu­ra, un chu­te de vi­da es­tar con él en una pe­lí­cu­la. —Pa­ra él fue un pro­yec­to su­per­la­bo­rio­so, que le cos­tó años sa­car ade­lan­te. ¿Có­mo has vis­to el re­sul­ta­do? —Pa­ra mí es di­fí­cil te­ner una opi­nión ob­je­ti­va de to­do es­to, yo ya so­lo co­mo aman­te del ci­ne, en­tro a tra­ba­jar mi per­so­na­je con la piel de ga­lli­na. Pa­ra mí es un sue­ño tra­ba­jar con el di­rec­tor de Bra­zil, de pe­lí­cu­las que me han mar­ca­do tan­to.Ver que él te pi­de con­se­jo es in­creí­ble. Lo que sé es que el pú­bli­co se va a en­con­trar con al­go que no se es­pe­ra: es una vi­sión del Qui­jo­te pa­sa­do por el fil­tro de Terry Gilliam y eso es una ma­ra­vi­lla. —¿Ha ha­bi­do al­gún ti­po de di­fi­cul­tad? ¿Qué fue lo más com­pli­ca­do pa­ra ti? —Terry es un di­rec­tor muy vo­lá­til ar­tís­ti­ca­men­te ha­blan­do, ne­ce­si­ta ver­lo y sen­tir­lo, y el tra­ba­jo tie­ne que ser muy me­ticu­loso. Él tie­ne muy, muy cla­ro lo que quie­re, pe­ro su men­te es- tá por en­ci­ma de mi ex­pe­rien­cia, qui­zá, y de mi ba­ga­je, yo me de­ja­ba lle­var por él, pe­ro mu­chas ve­ces sin en­ten­der­lo [ri­sas]. A mí me cos­ta­ba en­ten­der­lo, al ser un ti­po tan pa­sio­nal, tan vo­lá­til, me cos­tó. Es muy ac­ti­vo, no pa­ra­ba, no pa­ra­ba, es un ti­po úni­co, un ge­nio.

—¿Tú eres muy Qui­jo­te? ¿Tie­nes mu­cho idea­lis­mo?

—Sí, yo lu­cho por eso, por­que no me cam­bie la so­cie­dad que me ro­dea. In­ten­to ser pu­ro con lo que uno pien­sa por mu­cho que la so­cie­dad te con­tra­di­ga con lo que tú pien­sas, co­mo nos es­tá pa­san­do aho­ra en es­te país. Uno no se pue­de con­ver­tir del PP, es im­po­si­ble. Uno va a in­ten­tar aho­ra ser más revolucionario que nun­ca.

—Es ne­ce­sa­rio ese pun­to de re­bel­día siem­pre, ¿no?

—Sí, ade­más una de las co­sas que nos ex­pli­ca Gilliam con su Qui­jo­te, es que no de­be­mos per­mi­tir que se ex­tin­gan es­tos ti­pos. No po­de­mos per­mi­tir­lo, si no va­mos a crear una so­cie­dad gris y es­tú­pi­da, muy je­rar­qui­za­da. Hay que de­jar pa­so a es­tos Qui­jo­tes, a es­tos ti­pos que a prio­ri ven co­sas que los de­más no so­mos ca­pa­ces de ver, por­que tie­nen ra­zón.

—En la pe­li el protagonista mi­ra ha­cia atrás, ha­cia quien fue y en lo que se ha con­ver­ti­do. ¿Tú te veías ha­ce años sien­do el que eres aho­ra?

—Yo creo que sí por­que no me ha cam­bia­do na­da. He subido los es­ca­lo­nes pro­pios de mi ca­rre­ra y de mi es­ca­le­ra po­co a po­co, in­ten­tan­do no fa­llar. In­ten­tan­do te­ner mu­cho res­pe­to a lo que ha­go, con mu­cho tra­ba­jo, mu­cho es­fuer­zo, mu­chas ho­ras de es­tu­dio y al fi­nal, oye, uno es­tá don­de cree que tie­ne que es­tar tam­bién.

—Has he­cho pa­pe­lo­nes: Camarón, Can­tin­flas... Aho­ra eres el pa­dre del can­tan­te Luis Mi­guel. Ca­da vez que te ve­mos en un bio­pic, aca­bas mi­me­ti­za­do en esa per­so­na, ¿có­mo lo con­si­gues?

—Es mi de­di­ca­ción, yo in­ten­to ser

ese per­so­na­je las 24 ho­ras del día has­ta en­trar en co­ne­xión con cier­tos as­pec­tos del per­so­na­je que si no, no hu­bie­ra co­nec­ta­do. Lo ha­go pa­ra que ten­gan ese pun­to de cre­di­bi­li­dad que otros no tie­nen. Yo ra­yo mu­cho mis per­so­na­jes. Lle­go a ser ob­se­si­vo, y eso me da mu­chos pro­ble­mas en lo per­so­nal. Pe­ro en lo pro­fe­sio­nal, en cam­bio, me da mu­chos éxi­tos.

—Tú te me­tes en Can­ti­flas y eres Can­tin­flas. Ha­blas con acen­to me­xi­cano to­do el día...

—Sí, sí. Yo me fui a Mé­xi­co pa­ra la au­di­ción y me que­dé cin­co me­ses pa­ra la pre­pa­ra­ción. En ese mo­men­to tú ya no es­tás ni en tu con­ti­nen­te ni con tu fa­mi­lia, ni con tu his­to­ria, ni en tus za­pa­tos, es­tás en otro la­do. E in­ten­to to­már­me­lo así y apro­ve­char eso: no vol­ver a ca­sa. Y al fi­nal sin dar­te cuen­ta, se pro­du­ce una co­mu­nión ar­tís­ti­ca que pi­de mu­cho tra­ba­jo y es­fuer­zo. De ese mo­do con­si­gues tras­pa­sar eso a la pan­ta­lla y que la gen­te re­ci­ba un po­co más. O lo que de­be­ría ser nor­mal, lo que pa­sa es que es­tán acos­tum­bra­dos a mu­cho me­nos, a tra­ba­jos más ba­na­les. Cuan­do un ac­tor se lo tra­ba­ja y se lo to­ma con hu­mil­dad sa­len per­so­na­jes así.

—Tú sa­bías que Mé­xi­co te iba a mar­car pa­ra to­da la vi­da.

—Sí, te­nía esa in­tui­ción. Mi­ra que hay paí­ses en el mun­do, pe­ro no sé por qué ca­da po­co apa­re­ce al­go en Mé­xi­co. Yo des­de pe­que­ño lo sa­bía, que me iba a mar­car y, sí, me tra­tan muy bien allí.

—Has di­cho que que­rías ha­cer de Prin­ce, de Da­lí... Y es in­creí­ble por­que ya te ima­gi­na­mos, te pe­gan.

—Sí, sí. Yo los quie­ro ha­cer to­dos, mi ham­bre pa­ra es­to es tal que a ve­ces veo una sim­ple no­ta in­for­ma­ti­va y ya quie­ro ser esos per­so­na­jes [ri­sas]. A mí me apa­sio­na es­to.

—Hi­cis­te de Camarón y aho­ra ya na­die nos qui­ta esa ima­gen de la ca­be­za, eres él.

—Sí, ha­ce diez años de esa pe­lí­cu­la y aún me en­cuen­tro con anéc­do­tas ma­ra­vi­llo­sas de en­ton­ces. Es un ho­nor, tam­bién que si­gan re­cor­dán­do­te por eso, es un or­gu­llo, un sín­to­ma de que lo hi­ce bien.

—¿Tú di­rías que es­tás en un es­ta­do de gra­cia?

—Ja, ja. Pre­ci­sa­men­te hoy cuan­do me he le­van­ta­do, de ca­sua­li­dad me en­con­tré con un pre­mio que de­cía que era el hom­bre del año en el 2008 [ri­sas]. Y otro en el que era el Hom­bre GQ en el 2004 [ri­sas]. ¡Si es que yo he oí­do es­to de que soy el hom­bre de mo­da y ya no me lo creo! Lle­vo 25 años en es­to y uno no quie­re es­tar de mo­da ni es­tar ol­vi­da­do. Uno sim­ple­men­te quie­re tra­ba­jar, y a ve­ces se dan cir­cuns­tan­cias co­mo es­ta en que sa­len va­rios tra­ba­jos a la vez. Pe­ro uno ni es tan bueno ni es tan ma­lo, uno es­tá ahí.

—¿Tie­nes al­gu­na ma­nía tra­ba­jan­do?

—No, yo siem­pre di­go que tra­ba­jo con una ca­ja de he­rra­mien­tas y se­gún el per­so­na­je sa­co unas u otras. A ve­ces es más dic­ción, mo­vi­mien­to, un acen­to... Ne­ce­si­to mis co­sas, pe­ro na­da es­pe­cial. Y es lo bo­ni­to tam­bién de es­to, que a ve­ces te des­cu­bres tam­bién a ti mis­mo, y sa­les con al­go que no sa­bías que te­nías den­tro.

He oí­do tan­tas ve­ces que soy el hom­bre de mo­da que ya no me lo creo”

STEP­HA­NE MAHE / REU­TERS

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