ROSSY DE PAL­MA “Ten­go el co­ra­zón ocu­pa­do”.

NI PUE­DE NI QUIE­RE NE­GAR­LO: ES­TÁ ENAMO­RA­DA. LA AC­TRIZ NOS HA­BLA DE ES­TA RE­LA­CIÓN QUE ES­TÁ VI­VIEN­DO EN TO­DA SU PLE­NI­TUD TRAS PA­SAR DIEZ AÑOS SIN PA­RE­JA DE­DI­CÁN­DO­SE A VALORARARSE Y A QUE­RER­SE.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Hoy Corazón - - SUMARIO - FO­TOS: M. VA­QUE­RO

La pa­la­bra rein­ven­tar­se se que­da cor­ta a la ho­ra de ha­blar de Rossy de Pal­ma. Se­ría una mu­jer del Re­na­ci­mien­to por su ca­pa­ci­dad crea­ti­va y es que se no­ta que va so­bra­da de ta­len­to. Su úl­ti­ma aven­tu­ra ha si­do abrir las puer­tas del club G.H. Mumm y des­nu­dar su co­ra­zón en una en­tre­vis­ta con bien de bur­bu­jas.

¿Real­men­te con quién dis­fru­ta una co­pa de cham­pán a gus­to?

Re­cuer­do una vez que to­mé con Lo­les León una pae­lla con cham­pán que nos en­can­tó. Y es­ta­ba dán­do­le vuel­tas a la idea de co­ci­nar una tor­ti­lla de pa­ta­ta mo­jan­do el hue­vo en cham­pán pa­ra que que­de más es­pon­jo­sa.

¿Es de las que ha mar­ca­do un boi­cot al ca­va ca­ta­lán?

No, pa­ra na­da. Me en­can­ta el ca­va y lo be­bo siem­pre que hay opor­tu­ni­dad pa­ra ello.

Hoy la no­to tran­qui­la con su co­pa, pe­ro lle­va unos me­ses que no hay quien la co­ja ni a la­zo.

Siem­pre es­toy a to­pe. Lo que pa­sa es que aho­ra se han jun­ta­do una se­rie de co­sas y por eso se me ve has­ta en la so­pa. He te­ni­do la suer­te de es­tar en el Tea­tro de la Zar­zue­la con El can­tor de Mé­xi­co, que ya lo hi­ci­mos en el año 2006 con Emi­lio Sa­gi en el Châ­te­let. Me ha da­do una ale­gría enor­me vol­ver a rea­li­zar­lo, 11 años des­pués de aquel éxi­to, con Daniel Bianco. El 31 lo voy a pa­sar en el tea­tro de Lau­san­ne con el pú­bli­co, que da mu­cha ale­gría. Lue­go co­nec­ta­ré on li­ne con España pa­ra to­mar las uvas. No soy muy na­vi­de­ña por­que siem­pre me acuer­do de los que no pue­den te­ner una fe­liz Na­vi­dad, pe­ro eso no qui­ta pa­ra que mis hi­jos via­jen con­mi­go pa­ra es­tar ese día jun­tos. Es ver­dad que mi hi­ja es muy na­vi­de­ña y me fas­ci­na su en­tu­sias­mo, ya que dis­fru­ta mu­chí­si­mo con to­do. Mi hi­jo en eso es más pa­re­ci­do a mí.

¿Qué re­cuer­dos le que­dan de es­tas fies­tas?

Los ten­go medio bo­rra­dos. Me gus­ta­ba es­tar cer­ca de mis pa­dres, las ce­nas fa­mi­lia­res… Cuan­do vi­vía en Pa­rís no en­ten­día que no to­ma­ran las uvas. Me pa­re­cía una no­che de lo más so­sa. Yo siem­pre via­jo con uvas y se­gu­ro que me las lle­vo a Sui­za. Lo que no so­por­to son los es­pa­cios con mu­cha gen­te, por eso nun­ca fui a la puer­ta del Sol. Co­mo sue­lo re­pe­tir: amo la hu­ma­ni­dad, odio la mul­ti­tud.

Si­gue con un pie en Pa­rís don­de no pa­ra de tra­ba­jar.

Aca­bo de es­tre­nar una pe­lí­cu­la en Fran­cia que lle­ga­rá en bre­ve a España. Se lla­ma Ma­da­me y la es­cri­bió pa­ra mí Aman­da St­hers, una au­to­ra fran­ce­sa fan­tás­ti­ca. En ella he tra­ba­ja­do con Har­vey Kei­tel y To­ni Co­llet­te. Nos ha que­da­do ge­nial. Es una fá­bu­la mo­der­na y va a sor­pren­der.

¿Si­gue con la sen­sa­ción de que la va­lo­ran más fue­ra de España?

So­lo creo en las fron­te­ras gas­tro­nó­mi­cas, por lo que me sien­to que­ri­da en to­das par­tes. Soy una des­arrai­ga­da y por eso me arrai­go a to­dos los si­tios por don­de pa­so. Pien­so que las co­sas que me su­ce­den son bue­nas y no bus­co na­da for­za­do ni soy de co­mer­me el co­co. La gen­te me da mu­cho ca­ri­ño y por eso no ten­go sen­sa­ción ex­tra­ña en nin­gu­na par­te. Ló­gi­ca­men­te mi ba­se es­tá en Ma­drid por­que la ca­li­dad de vi­da que yo ten­go en Boa­di­lla del Monte no la cam­bio por na­da. Pa­rís es muy bo­ni­to pe­ro no po­dría vi­vir co­mo aquí. Ma­drid tie­ne muy bue­na ener­gía y aco­ge muy bien a to­do el mun­do, co­mo ocu­rre con Nue­va York. Pue­de que ha­ya otros des­ti­nos más osa­dos en ves­ti­men­ta pe­ro la men­ta­li­dad es más ce­rra­da, co­sa que en Ma­drid es jus­to al con­tra­rio. Pien­sa que a los 18 me ins­ta­lé aquí cuan­do lle­gué de Ma­llor­ca y es don­de me sien­to fe­liz.

Sus hi­jos ya son ma­yo­res. ¿Qué tal lo lle­va?

Bien. Son idea­les y los veo bien en sus vi­das. Evi­den­te­men­te, ten­go la nos­tal­gia del be­bé por­que es el amor en es­ta­do pu­ro. Nun­ca te can­sas de mi­rar­los y abra­zar­los. A mis hi­jos no les pi­do que me den nie­tos por­que son muy jó­ve­nes pe­ro, en cuan­to veo un be­bé por la ca­lle, me lan­zo a abra­zar­lo. Me en­can­ta su olor y en to­das las ca­sas ha­bría que te­ner un be­bé.

¿Le gus­ta­ría que su hi­ja si­guie­ra sus pa­sos?

Mi hi­ja que, por cier­to, se lla­ma Lu­na y no Lu­na Mai, co­mo di­cen por ahí, tie­ne una vi­da muy lle­na. Los hi­jos de hoy vie­nen muy com­ple­tos.

¿No le ha lle­ga­do el mo­men­to de pen­sar en echar el freno?

Ten­go mu­chas co­sas que ha­cer, crea­ti­va­men­te ha­blan­do, y eso que el mun­do es­tá he­cho de tal

So­lo creo en las fron­te­ras gas­tro­nó­mi­cas: me sien­to que­ri­da en to­das par­tes

ma­ne­ra que siem­pre an­da­mos medio en­deu­da­dos. En Es­ta­dos Uni­dos das un pe­lo­ta­zo y vi­ves de eso to­da la vi­da, si no mi­ra a las Kar­das­hian. Re­co­noz­co que nun­ca he pen­sa­do mu­cho en el di­ne­ro y que me que­dan ta­reas pen­dien­tes en la mú­si­ca, la es­cri­tu­ra… La Rossy de Pal­ma qui­ta mu­cho es­pa­cio a las otras Rossys anó­ni­mas que es­tán can­sa­das de no te­ner tiem­po pa­ra de­di­car­se a sus crea­cio­nes. Me gus­ta tra­ba­jar con las ma­nos y, si no lo con­si­go, mi otra Rossy se que­da frus­tra­da. Tam­bién bus­co un men­sa­je so­cial en mis tra­ba­jos y ten­go esa in­quie­tud de sen­tir­me más útil en el te­rreno hu­ma­ni­ta­rio.

¿Y de amo­res có­mo es­ta­mos? Se la vio es­te ve­rano con un im­pre­sio­nan­te hom­bre afro­ame­ri­cano de me­di­das es­pec­ta­cu­la­res.

Ten­go el co­ra­zón ocu­pa­do. Ya me pi­lla­ron con mi chi­co to­mán­do­me un arroz en la Bar­ce­lo­ne­ta y no pue­do ne­gar­lo. Siem­pre he si­do de re­la­cio­nes lar­gas. Es­tu­ve diez años, de los 40 a los 50, so­la y de­di­cán­do­me a mí mis­ma, a va­lo­rar­me y que­rer­me bien. Hay un mo­men­to en que las mu­je­res te­ne­mos que ser to­do pa­ra no­so­tras, nues­tras ma­dres, nues­tros aman­tes, nues­tras ami­gas… Aho­ra hay has­ta mu­je­res que se ca­san con­si­go mis­mas y, aun­que sea sim­bó­li­ca­men­te, es muy im­por­tan­te dar ese pa­so. Cuan­do pa­sas por esa fa­se, en­tien­des que pue­des vi­vir per­fec­ta­men­te so­la y que no ne­ce­si­tas a na­die. Es nues­tra ge­ne­ra­ción la que ha apren­di­do es­ta lec­ción y po­der pres­cin­dir de la mi­ra­da del hom­bre. Y cuan­do ya es­tás así, es cuan­do re­sul­ta que te apa­re­ce el amor de nue­vo y, aun­que no lo ne­ce­si­tes, no lo vas a de­jar pa­sar. No te pue­des ne­gar pe­ro es un amor des­de otro pun­to. A los hom­bres tam­bién les pa­sa. En es­ta fa­se es­tás pro­te­gi­do de amo­res tó­xi­cos. Es­tos diez años me han sen­ta­do de ma­ra­vi­lla, no he ne­ce­si­ta­do a na­die. Aho­ra vi­bro con una ex­pe­rien­cia po­si­ti­va y bue­na.

¿Va a dar al­gún pa­so im­por­tan­te con su pa­re­ja?

Nun­ca sa­bes lo que vas a ha­cer. Lo im­por­tan­te es se­guir sien­do tú mis­ma y lue­go ya ve­re­mos.

“Mi ba­se es­tá en Ma­drid. Tie­ne muy bue­na ener­gía y aco­ge muy bien a to­do el mun­do, co­mo ocu­rre con Nue­va York”.

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