A la som­bra de Man­za­ne­da

El pa­zo de San Lo­ren­zo es una an­ti­gua ca­sa rec­to­ral del si­glo XVI

La Voz de Galicia (A Coruña) - La Voz de Galicia (OneOff ALL) - - TERRA - CRIS­TÓ­BAL RA­MÍ­REZ

Las ca­rre­te­ras que con­du­cen o sa­len de A Po­bra de Tri­ves, ex­cep­tuan­do la prin­ci­pal que la une con Ou­ren­se por un la­do y mar­cha ha­cia O Bar­co por el otro, son fran­ca­men­te me­jo­ra­bles. La más desas­tro­sa de to­das no es la que arran­ca ha­cia Ca­be­za de Man­za­ne­da y su estación de es­quí, pe­ro co­mo de­cía un ve­cino re­fi­rién­do­se a ella, «xa lle va­le». En efec­to, el co­che no pa­ra da dar bo­tes en los po­co más de me­dia do­ce­na de ki­ló­me­tros que se­pa­ran esa pe­que­ña lo­ca­li­dad del pa­zo de San Lo­ren­zo. Y la co­sa no va a ir a me­jor por­que, cla­ro es­tá, so­bre to­do en tem­po­ra­da de nie­ve pe­ro tam­bién du­ran­te las va­ca­cio­nes es­ti­va­les, el nú­me­ro de vehícu­los que la tran­si­tan es muy al­to.

Aho­ra no. Aho­ra, en pri­ma­ve­ra, ni exis­te la po­si­bi­li­dad de es­quiar ni es­ta­mos en ve­rano, así que hay ho­ras en las que cruzarse con un co­che es ca­si un mi­la­gro, de ma­ne­ra que esa dis­tan­cia se cu­bre en na­da. Pe­ro —pro­ce­de in­sis­tir— con el co­che sal­tan­do a ca­da me­tro.

De ma­ne­ra que no hay for­ma de fi­jar­se en un pai­sa­je de me­dia mon­ta­ña, cuan­do el as­fal­to aún no ha co­men­za­do a em­pi­nar­se. Pri­me­ro apa­re­ce ante los ojos, a la dies­tra, la igle­sia de bo­ni­ta fa­cha­da románica y, al pa­re­cer, vi­gi­la­da cons­tan­te­men­te por dos pe­rros que des­de lue­go mu­dos no son. Fren­te a ella sur­ge el pa­zo San Lo­ren­zo, pe­ga­do a la ca­rre­te­ra, pie­dras por lo ge­ne­ral lim­pias, mam­pos­te­ría de la bue­na en las pa­re­des re­for­za­da por si­lla­res en las es­qui­nas y en los va­nos, con el apar­ca­mien­to (gran­de) allí mis­mo.

La en­tra­da mues­tra un tono so­lem­ne. A ello ayu­da el que a medida que el vi­si­tan­te se acer­ca com­prue­ba que la puer­ta es­tá abier­ta y que allá, al fondo, es­pe­ra un pa­tio pre­cio­so, con un po­zo (con re­ji­lla su­pe­rior pa­ra que no ha­ya po­si­bi­li­dad de ac­ci­den­te) y una ex­ce­len­te má­qui­na lim­pia­do­ra que se usa­ba años ha en las la­bo­res del cam­po. Ade­más, una fuen­te ocu­pa el cen­tro, mu­chas ma­ce­tas, dos «es­ca­nos» (uno de ellos real­men­te ve­ne­ra­ble) y un buen nú­me­ro de ob­je­tos de­co­ra­ti­vos que ge­ne­ran un am­bien­te cier­to es que un po­co car­ga­do de or­na­men­tos, pe­ro tam­bién muy aco­ge­dor, un pe­que­ño pa­raí­so en el cual des­can­sar o leer o es­cri­bir un ra­to se con­vier­te en un au­tén­ti­co pla­cer. Por cier­to, en ese pa­tio no se per­mi­te fu­mar.

Una en­can­ta­do­ra ru­ma­na ha­ce de guía. No es que ha­ya mu­cho que ver, pues­to que so­lo es­tá in­te­gra­do en la red de tu­ris­mo ru­ral el edi­fi­cio gran­de, el prin­ci­pal, y el otro es re­si­den­cia pri­va­da. Pe­ro ahí es­tá la de­pen­den­cia más fre­cuen­ta­da, el co­me­dor, pues­to que tam­bién se atien­de a gen­te de fue­ra si bien aho­ra no se re­gis­tra ava­lan­cha al­gu­na, «es­tos me­ses son ba­jos», acla­ra. Y a la hora de ha­blar de con­du­mio se re­fie­re a las car­nes, ser­vi­das en abun­dan­cia en un lo­cal algo os­cu­ro

pe­ro au­tén­ti­co.

Y es que no se pue­de pe­dir to­do. Es­te es­ta­ble­ci­mien­to que co­mo tal va ha­cia los 20 años de vi­da es una an­ti­gua ca­sa rec­to­ral re­con­ver­ti­da que hunde sus raí­ces en el si­glo XVI, cuan­do des­de lue­go na­die se iba a po­ner a pen­sar en los gus­tos del si­glo XXI. Así que lo prin­ci­pal era le­van­tar mu­ros muy grue­sos que so­por­ta­ran tan­to pe­so, y la luz era eso, se­cun­da­ria. ¿Se po­drían ha­ber abier­to aho­ra más ven­ta­nas? Téc­ni­ca­men­te sí, le­gal­men­te no. Por­que la Di­rec­ción Xe­ral de Pa­tri­mo­nio vi­gi­la (y eso lo ha­ce muy bien) pa­ra que se res­pe­ten los edi­fi­cios his­tó­ri­cos. Por su­pues­to, le me­ten go­les, a los cua­les no son aje­nos al­gu­nos al­cal­des y mu­chos ve­ci­nos, pe­ro esa es otra his­to­ria.

El ni­vel su­pe­rior del pa­tio tie­ne un grue­so cris­tal to­do alrededor pa­ra que nin­gún in­fan­te se va­ya pa­ra aba­jo. Ade­más de las ha­bi­ta­cio­nes, ahí es­tá a dis­po­si­ción de los hués­pe­des una sa­la de es­tar con uno de los ele­men­tos que po­ca gen­te rehú­sa to­car: el bi­llar, jus­to al la­do de un horno de so­bre­sa­lien­te, una pe­que­ña jo­ya et­no­grá­fi­ca.

Lo pri­me­ro que des­ta­ca de las ha­bi­ta­cio­nes es que son to­do me­nos pe­que­ñas. Ahí sí hay luz, mu­cha luz, con bue­nas vis­tas en ge­ne­ral. Unos cor­ti­no­nes grue­sos ga­ran­ti­zan la os­cu­ri­dad por la noche. Las ca­mas, só­li­das, gran­des, sin nin­gu­na con­ce­sión a mo­der­nis­mos o van­guar­dias: to­do es muy tra­di­cio­nal, así co­mo el cuar­to de ba­ño. Tam­bién el te­cho es tra­di­cio­nal. La en­car­ga­da ase­gu­ra que no re­sul­ta muy di­fí­cil ca­len­tar­las.

El pa­zo San Lo­ren­zo, con sus vir­tu­des y de­fec­tos, per­mi­te in­ci­dir en el de­ba­te tan en bo­ga: ¿Hay que su­bir los pre­cios o no? Mien­tras un sim­ple ho­tel de tres es­tre­llas es­tá por en­ci­ma de los 100 eu­ros en In­gla­te­rra... ¿Es po­si­ti­vo o ne­ga­ti­vo que en el pa­zo San Lo­ren­zo, al la­do de Tri­ves y su cas­co vie­jo, muy cer­ca de Ca­be­za de Man­za­ne­da, se pa­guen 39 eu­ros por ha­bi­ta­ción y noche?

CRIS­TÓ­BAL RA­MÍ­REZ

Pa­tio in­te­rior del pa­zo San Lo­ren­zo, un lu­gar lleno de ma­ce­tas y ob­je­tos de­co­ra­ti­vos tra­di­cio­na­les idó­neo pa­ra des­can­sar.

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