10 años de Ga­la

Aca­ba de pre­sen­tar su li­bro «Ga­la Con­fi­den­tial. 10 años de in­fluen­cer» en el que cuen­ta có­mo esa chi­ca que se fue de A Co­ru­ña con so­lo 17 añi­tos ha con­se­gui­do lle­gar a lo más al­to y tra­ba­jar con Louis Vuit­ton, Dior, Ca­ro­li­na He­rre­ra o Loe­we en­tre otros. A

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: MA­RÍA VIDAL Ga­la González

De­rro­cha es­ti­lo en las re­des y des­par­pa­jo por te­lé­fono. Cer­ca­na, sen­ci­lla y sim­pá­ti­ca. Así es Ga­la González (A Co­ru­ña, 1986), una de las in­fluen­cers es­pa­ño­las más im­por­tan­tes del mun­do. Es cons­cien­te de que trans­mi­te otra ima­gen. No le im­por­ta, for­ma par­te del jue­go, por­que sa­be que en las dis­tan­cias cor­tas no tie­ne ri­val. En el li­bro que aca­ba de pu­bli­car, #Ga­la Con­fi­den­tial. 10 años de in­fluen­cer, uno de los más ven­di­dos de Ama­zon, se abre en ca­nal. Re­la­ta anéc­do­tas que nun­ca ha­bía con­ta­do has­ta aho­ra, ex­pli­ca có­mo es la ca­ra B de un mun­do de en­sue­ño o lo que le mar­có ser hi­ja úni­ca. —¿Qué que­da de la Ga­la que se fue de A Co­ru­ña con 17 años? —Yo creo que que­da to­do por­que si­go sien­do la mis­ma per­so­na, y cuan­do vuel­vo a ca­sa y me en­cuen­tro con mis ami­gas pa­re­ce ser que les di­cen: ‘Oye, ¿tú fuis­te al co­le­gio con Ga­la?, ¿có­mo es...? Y ellas res­pon­den: «Es la mis­ma per­so­na». Creo que eso es lo im­por­tan­te, cla­ro que cam­bias, pe­ro lo bueno es te­ner la mis­ma esen­cia.

—¿Có­mo es eso de que tú a los 6 años ya te­nías el pre­sen­ti­mien­to de que tu vi­da no iba a ser igual que la de los de­más?

—Siem­pre me gus­tó to­do lo plás­ti­co y lo crea­ti­vo. Soy hi­ja úni­ca y tam­bién pa­sé mu­cho tiem­po so­la. Te­nía esa in­tui­ción, que iba a ha­cer al­go en la vi­da, aun­que no sa­bía muy bien qué. Evi­den­te­men­te no me lo po­día ima­gi­nar ni de le­jos, pe­ro sí que sa­bía que no me iba a con­for­mar con lo que la so­cie­dad o el en­torno me es­ta­ba ofre­cien­do, sa­bía que ha­bía más ahí fue­ra. Cuan­do mis pa­dres qui­sie­ron man­dar­me a es­tu­diar fue­ra, mi pri­me­ra reac­ción fue la de re­cha­zo. Te­nía un en­torno ma­ra­vi­llo­so, es­ta­ba muy con­ten­ta y no se me per­día na­da fue­ra. Sin em­bar­go, cuan­do lo pro­bé di­je: «Cla­ro, es­to te­nía que ser así». A mí siem­pre me fas­ci­nó lo vi­sual y lo que pue­des ha­cer a ni­vel crea­ti­vo, y real­men­te en mi ge­ne­ra­ción no se ex­plo­ra­ban es­tas op­cio­nes tan­to. Yo no hi­ce el ba­chi­lle­ra­to ar­tís­ti­co por que­dar­me en mi co­le­gio con mis ami­gas, por­que no lo ha­bía, no me cam­bié por eso, pe­ro lo hu­bie­se dis­fru­ta­do más.

—Cuan­do eras ado­les­cen­te an­sia­bas más li­ber­tad, sin em­bar­go con 17 años te la die­ron to­da al man­dar­te a In­gla­te­rra.

—Exac­to, es que los hi­jos úni­cos su­fri­mos bas­tan­te por­que o te­ne­mos to­da la aten­ción o na­da, no es­tá bien ad­mi­nis­tra­da. Pri­me­ro eran su­per­pro­tec­to­res, no me de­ja­ban sa­lir más de las 22.30, yo me vol­vía lo­ca, ima­gí­na­te en Co­ru­ña, y de re­pen­te a Lon­dres, que es una ciu­dad más pe­li­gro­sa, y «¡ven­ga sá­ca­te las cas­ta­ñas del fue­go!» Co­mo pa­sar de 0 a 100, ver có­mo so­bre­vi­ves, có­mo no se te va de las ma­nos por­que con esa edad lo nor­mal es que quie­ras pro­bar de to­do, que lle­gues a las mil, que ten­gas un mon­tón de ami­gos, y a la vez sa­car­te el úl­ti­mo cur­so del co­le­gio... es un po­co com­pli­ca­do. Me hi­zo ma­du­rar y ver el mun­do de una ma­ne­ra di­fe­ren­te. Pa­ra mí fue sa­lir de la zo­na de con­fort, don­de to­do lo co­no­ces... De re­pen­te te das cuen­ta de que el mun­do es tan gran­de y ofre­ce tan­tas po­si­bi­li­da­des y quie­res ha­cer to­das.

—¿En qué mo­men­to te dis­te cuen­ta de que eras in­fluen­cer?

—Por las her­ma­nas pe­que­ñas de mis ami­gas... Yo no te­nía ni idea de que po­dían in­tere­sar­se en mi vi­da lo más mí­ni­mo. Me di cuen­ta tam-

bién de que cuan­do iba a Ma­drid la gen­te me se­guía, sa­bía lo que ha­cía, me pa­ra­ban, o no se te acer­ca­ban pa­ra de­cír­te­lo pe­ro te mi­ra­ban, y lue­go me man­da­ban un men­sa­je: «Te vi en tal si­tio». Ahí su­pe que la gen­te es­ta­ba pen­dien­te de lo que ha­cía y de lo que de­cía. En­ton­ces no lo lla­má­ba­mos in­fluen­cer, sino blog­ger o lo que fue­se...

—¿Cuán­tos años te­nías ahí?

—Unos 19 o 20. En ese mo­men­to no pen­sa­ba en es­to co­mo un tra­ba­jo ni mu­cho me­nos, sim­ple­men­te me ha­cía gra­cia que lo que yo pu­die­se pen­sar, de­cir u opi­nar le pu­die­se in­tere­sar a los de­más. No fue has­ta que apa­re­cí en las pri­me­ras re­vis­tas cuan­do pen­sé: «Va­le, es­to ya es­tá te­nien­do una re­per­cu­sión ma­yor, si per­so­nas y ca­be­ce­ras im­por­tan­tes es­tán in­tere­sa­dos en sa­car­me y com­par­tir mi vi­sión con el res­to del mun­do, es que tie­ne un pe­so ma­yor».

—Es un mun­do en el que muy fá­cil­men­te se te pue­den des­pe­gar los pies del sue­lo, ¿qué co­sas te ha­cen a ti to­car la reali­dad?

—Siem­pre pien­so: «Di­me de qué pre­su­mes y te di­ré de qué ca­re­ces». Creo que si siem­pre has es­ta­do tran­qui­lo y sa­bes cuá­les son tus ob­je­ti­vos, tam­bién sa­bes tus prio­ri­da­des en la vi­da... Yo soy muy am­bi­cio­sa y muy com­pe­ti­ti­va, pe­ro con­mi­go mis­ma. A mí no me ha­ce su­frir que a los de­más les va­ya bien, al con­tra­rio, me ale­gra. Es un sen­ti­mien­to que en Es­pa­ña no es tan com­par­ti­do por lo ge­ne­ral, cul­tu­ral­men­te no nos gus­ta ale­grar­nos por lo ajeno, pe­ro siem­pre eché en fal­ta que no hu­bie­se otras ni­ñas co­mo yo que hi­cie­sen lo mis­mo, con las que po­der com­par­tir lo que nos es­ta­ba pa­san­do.

—Lo im­por­tan­te es dis­fru­tar, ¿no?

—Sí, es­tá ge­nial que pue­das te­ner un tra­ba­jo en el que tú eres tu pro­pia je­fa, pe­ro es im­por­tan­te que dis­fru­tes, si no, ¿cuál es el sen­ti­do de to­do es­to? Si lue­go tú te con­vier­tes en una es­cla­va de to­do es­to, ya eres tan es­cla­vo co­mo cual­quier otro con unos ho­ra­rios más mar­ca­dos. Siem­pre hay que ha­cer una pau­sa, des­co­nec­tar un par de ve­ces al año o las que uno ne­ce­si­te, y ver­lo des­de fue­ra.

—¿Tú eres ca­paz de des­co­nec­tar? De de­cir: «He aca­ba­do por hoy, aho­ra es mi tiem­po li­bre».

—Así no. In­clu­so cuan­do es­ta­mos de va­ca­cio­nes si no subes una fo­to la gen­te te man­da men­sa­jes de: «¿Oye, si­gues vi­va?». Sí, si­go vi­va, de he­cho nun­ca he es­ta­do me­jor. Por­que si no es­toy postean­do quie­re de­cir que me lo es­toy pa­san­do in­creí­ble, que no ten­go ni tiem­po. Tam­bién si es­tás postean­do mu­cho, quie­re de­cir que no tie­nes mu­cha vi­da, por­que es­tás de­ma­sia­do pen­dien­te de mos­trar­lo al mun­do.

Los cum­plea­ños me dan un po­co de ba­jón, siem­pre in­ten­to es­ca­par­me”

—Un equi­li­brio di­fí­cil. —Sí, es­to es muy am­bi­guo. Yo he en­con­tra­do un buen gru­po de ami­gos pa­ra re­la­jar­me. Creo que es esen­cial, y so­bre to­do que no se de­di­quen exac­ta­men­te a lo mis­mo que tú. A ve­ces ne­ce­si­tas que la gen­te se ría un po­co, mis ami­gos a mí siem­pre me di­cen: «A ver, la blog­ger, la in­fluen­cer..», de bro­ma, cla­ro, por­que ellos no lo son. Y a mí es­to me ha­ce gra­cia, me gus­ta ver­lo des­de su pun­to de vis­ta, y tam­bién me gus­ta co­ger la mo­chi­la e ir­me a si­tios en don­de no ne­ce­si­tas na­da. Hay vi­da más allá de In­ter­net, de es­tar postean­do siem­pre una fo­to fe­liz en un lu­gar in­creí­ble. La vi­da tam­bién hay que vi­vir­la. —¿Te pue­des per­mi­tir el lu­jo de un día no su­bir na­da a las re­des? —No siem­pre. Mu­chas ve­ces te le­van­tas can­sa­da, hay tem­po­ra­das, so­bre to­do des­pués de la se­ma­na de la moda que llevas cin­co se­ma­nas sin pa­rar dur­mien­do po­co y con un vo­lu­men de tra­ba­jo ex­ce­si­vo, yo ahí es cuan­do me co­jo va­ca­cio­nes, pe­ro hay gen­te que no pue­de. A mí un año me to­có que no pu­de y a los ocho me­ses di­je: «Me voy yo so­la, por­que co­mo no ha­ga una pau­sa...». Tam­bién se lo di­go a las ni­ñas que vie­nen aho­ra, con to­das las pi­las car­ga­das, les di­go: «Tran­qui­las, to­máos­lo con cal­ma por­que to­do lo que tie­ne que lle­gar, lle­ga­rá. Es una pro­fe­sión que se pue­de rea­li­zar has­ta el fi­nal de tus días, si quie­res. Por­que hay in­fluen­cers de to­das las eda­des, de to­dos los co­lo­res y de to­das las for­mas. —¿Tú te ves den­tro de diez años ha­cien­do lo mis­mo? —Lo ha­ré has­ta que me de­je de ha­cer fe­liz, y eso pue­de ser ma­ña­na o den­tro de quin­ce años. De he­cho aho­ra es­toy pre­pa­ran­do el lan­za­mien­to de mi mar­ca. He tra­ba­ja­do pa­ra los de­más, pe­ro nun­ca he he­cho la mía, y es al­go que te­nía ga­nas de ha­cer jus­to en el mo­men­to que en­ten­día que po­día dar­le el tiem­po ne­ce­sa­rio. A mí ha­ce diez años me pre­gun­ta­ron có­mo me veía den­tro de diez y no me ima­gi­na­ba aquí ni por aso­mo. —Y cuan­do re­gre­sas aquí, a A Co­ru­ña, ¿si­gues que­dan­do con las ami­gas de siem­pre? —Siem­pre me río con mis ami­gas y les di­go: «¿Os acor­dáis de esos de 30 de El Pla­ya que nos ho­rro­ri­za­ban? Pues so­mos esas per­so­nas aho­ra». Aho­ra me to­ca ir más, por­que por fin han de­ci­di­do em­pe­zar a ca­sar­se, que ya era ho­ra, por­que aquí na­die se ca­sa­ba. Voy más y las veo; me da mu­cha nos­tal­gia, pre­ci­sa­men­te por eso, por­que no ha cam­bia­do na­da. So­mos los mis­mos con más ca­nas y un po­co más re­ven­ta­dos. —Ga­la es mu­cha Ga­la, con al­gu­nas de las anéc­do­tas del li­bro des­mon­tas un po­co la ima­gen de chi­ca bue­na que po­de­mos te­ner: car­nés fal­sos, no­ches a la in­tem­pe­rie, pren­das usa­das que de­vuel­ves a la tien­da... ¿Has si­do muy tras­te de ado­les­cen­te? —Yo pen­sa­ba que es­to de ser man­do­na era por ser ga­lle­ga, pe­ro lue­go me he da­do cuen­ta de que me ve­nía más por ser au­to­su­fi­cien­te, por te­ner que ha­ber es­pa­bi­la­do en la vi­da. Pre­fie­ro arre­pen­tir­me de lo que he he­cho que que­dar­me con la du­da de si de­be­ría ha­ber­lo he­cho o no. Siem­pre he te­ni­do un po­co ese le­ma, que hay que ti­rar­se de ca­be­za al río y que si te pe­gas un plan­cha­zo, pues te lo pe­gas­te. Pe­ro pre­fie­ro eso a ha­ber­me que­da­do sin el re­mo­jón. —En un shoo­ting, por ejem­plo, ¿de quién te fías más: de la opi­nión de una mu­jer o de un hom­bre?

—Siem­pre de la mu­jer, por su­pues­to, aun­que hay hom­bres que tie­nen mu­cha sen­si­bi­li­dad. Creo que las mu­je­res y los hom­bres nos ob­ser­va­mos con di­fe­ren­tes ojos: la mu­jer bus­ca más pun­tos de fuer­za y de su­pera­ción, y el hom­bre igual ob­ser­va a la mu­jer des­de un pun­to de vis­ta más se­xual, in­cons­cien­te­men­te. Me gus­ta la vi­sión de la mu­jer siem­pre, por­que creo que las mu­je­res bus­ca­mos la apro­ba­ción de otras mu­je­res y no del hom­bre. No­so­tras so­mos mu­cho más crí­ti­cas las unas con las otras. Real­men­te nos ma­cha­ca­mos mu­cho en vez de apo­yar­nos, y creo que ahí es­tá el fa­llo, hay que ver a otra mu­jer co­mo ami­ga y no co­mo ri­val. —¿Tú en­tien­des que las crí­ti­cas forman par­te de es­to? —Me afec­ta­ban cuan­do era más pe­que­ña por­que era más in­se­gu­ra, no en­ten­día muy bien lo que es­ta­ba ha­cien­do o si lo es­ta­ba ha­cien­do bien. To­do el mun­do me es­ta­ba bom­bar­dean­do cons­tan­te­men­te con que se iba a aca­bar y me entraban du­das. Lo que más me do­lió fue sa­ber que las crí­ti­cas ve­nían de gen­te que te co­no­cía, per­so­nas de tu en­torno, que es muy co­mún, que al que más le mo­les­ta que tú triun­fes es el que más cer­ca es­tá de ti. Es­to fue al­go que me de­jó un po­co des­co­lo­ca­da, por­que yo soy un po­co in­ge­nua y no sue­lo ver la ma­li­cia en las per­so­nas y me do-

Hay que ver a otra mu­jer co­mo ami­ga, no co­mo ri­val”

lió que vi­nie­sen por ahí los ti­ros. Lue­go me di cuen­ta de que no hay que cul­par a na­die, que uno tie­ne que ha­cer las co­sas co­mo tie­ne que ha­cer­las, y que siem­pre van a ha­blar, pe­ro tam­bién es cier­to que mien­tras ha­blen quie­re de­cir que si­gues vi­vo. Las co­sas hay siem­pre que ver­las des­de la po­si­ti­vi­dad, aun­que sean ma­las. —¿Por el día sen­ci­lla y por la no­che bri­llan­te, po­dría ser tu fi­lo­so­fía? —No. Yo creo que mi fi­lo­so­fía se­ría: el mis­mo ves­ti­do du­ran­te el día y la no­che, pe­ro con com­bi­na­cio­nes dis­tin­tas. Yo cuan­do me com­pro la ro­pa pien­so en có­mo sa­car­le par­ti­do: «Es­te ves­ti­do me lo pue­do po­ner en una bo­da y un día con unos tenis por la ca­lle». Me gus­tan las pren­das que se adap­tan a mí. Pre­fie­ro ca­li­dad an­tes que can­ti­dad. —Di­ces que ni tie­nes las me­di­das per­fec­tas ni eres una mu­jer des­pam­pa­nan­te, ¿qué crees que es lo que más gus­ta de ti? —Cuan­do me co­no­cen siem­pre me di­cen: «No eres co­mo pen­sa­ba». Y yo siem­pre di­go: «Ya sé có­mo pen­sa­bas que era». Yo de puer­tas adentro soy más un ni­ño que una ni­ña, la que siem­pre ha­ce el co­men­ta­rio inapro­pia­do... Des­de fue­ra igual pa­re­ce que soy una per­so­na tran­qui­la y cal­ma­da y qué va, pa­ra na­daaa. Si vie­nes a con­vi­vir con­mi­go se te va a caer el mito pa­ra bien, me adap­to a cual­quier co­sa. Des­de fue­ra pue­den pen­sar que se me ha subido un po­co, pe­ro no, en ab­so­lu­to. De he­cho no me gus­tan na­da las per­so­nas es­nob, es al­go que siem­pre me ha mo­les­ta­do bas­tan­te. —Has si­do muy cui­da­do­sa siem­pre con tu vi­da pri­va­da, sin em­bar­go en el li­bro te abres bas­tan­te, ¿quién o qué te ani­mó a dar es­te pa­so? —Siem­pre me dio re­ce­lo por­que yo no que­ría ser co­no­ci­da y es al­go que me pro­du­jo bas­tan­te an­sie­dad, ser co­no­ci­da por ser la no­via de... Yo no quie­ro ser la no­via de, ¡se­rán ellos mis no­vios! En­ton­ces me di­je: «Pa­ra di­va yo, que pa­ra eso me lo he cu­rra­do». Que­ría es­ca­par de to­do ese ro­llo de los no­vios, los pa­dres y los abue­los... —¿Si­gues te­nien­do la sen­sa­ción de ser co­no­ci­da por ser la so­bri­na de Adol­fo Do­mín­guez? —Aho­ra ya no. Cuan­do tra­ba­jé con él fue la me­jor opor­tu­ni­dad pe­ro tam­bién ese puntito de co­ña­zo que tie­nes de­trás de ti. Era co­mo que me que­rían des­acre­di­tar un po­co, de­cían: «Lle­ga has­ta aquí por­que tie­ne esa ayu­da». Y yo siem­pre con­tes­to: «Pe­ro si mi tío tie­ne un mon­tón de so­bri­nas y a to­das les va ge­nial por di­fe­ren­tes mo­ti­vos». Sim­ple­men­te que yo he te­ni­do la suer­te de po­der apren­der con él cua­tro años ma­ra­vi­llo­sos, y eso es al­go que cual­quier per­so­na en mi si­tua­ción hu­bie­se apro­ve­cha­do si le gus­ta la moda. Pe­ro evi­den­te­men­te siem­pre he in­ten­ta­do que la gen­te re­cuer­de que mi pri­mer ape­lli­do es González y pun­to. Me gus­ta des­mar­car­me por eso, él tie­ne su ca­rre­ra y yo ten­go la mía. Creo que si no hu­bie­se es­ta­do en la mis­ma fa­mi­lia hu­bie­se to­ma­do el mis­mo ca­mino. Él sim­ple­men­te me dio la es­pe­ran­za de de­cir: «Sí te pue­des de­di­car a la moda, sí pue­des vi­vir de ello», por­que él lo con­si­guió an­tes que yo, cuan­do era más com­pli­ca­do. —En el li­bro ha­blas de la di­fi­cul­tad pa­ra en­con­trar pa­re­ja y que usas­te apps que to­do el mun­do uti­li­za pa­ra en­con­trar­la, ¿di­rías que des­de que te con­ver­tis­te en una per­so­na co­no­ci­da la gen­te se acer­ca me­nos en es­te sen­ti­do? —No, no creo que ha­ya in­flui­do en ab­so­lu­to. A lo me­jor sí que les cues­ta en­ten­der­lo por­que yo nun­ca he sa­li­do con un chi­co que se de­di­que a es­to, no he mez­cla­do tra­ba­jo y pla­cer. Pe­ro sí, mis ami­gos me han co­men­ta­do que in­ti­mi­do un po­co a los hom­bres por­que en­tro, sal­go, ha­go mis co­sas, lo que me da la ga­na to­do el san­to día. Y ellos igual es­tán acos­tum­bra­dos a es­tar con per­so­nas que tie­nen un tra­ba­jo más tran­qui­lo y es­to pue­de des­co­lo­car. Pe­ro yo creo que des­co­lo­ca al que es un po­co po­se­si­vo, al hom­bre que le gus­ta sa­ber dón­de es­ta su mu­jer to­do el tiem­po, pe­ro co­mo yo no ten­go la suer­te de sa­lir con es­te ti­po de se­ño­res no me sue­lo en­fren­tar. Pe­ro hay ve­ces que la re­la­ción no lle­ga a na­da por­que igual al chi­co no le gus­ta es­te ti­po de vi­da, no la com­par­te, y es nor­mal. Si un chi­co se de­di­ca a lo mis­mo que yo, y yo tra­ba­jo en un ban­co, igual no quie­re es­tar dos se­ma­nas sin ver a su no­via y quie­re que to­das las no­ches es­té con­mi­go ce­nan­do con él, eso lo en­tien­do tam­bién. —Al­guien que lo tie­ne apa­ren­te­men­te to­do, ¿qué pi­dió en su úl­ti­mo cum­plea­ños? —No pe­dí na­da de na­da de na­da. Los cum­plea­ños me dan un po­co de ba­jón. Si pue­do, in­ten­to es­ca­par­me a un si­tio don­de es­tar ba­jo una pal­me­ra en bi­ki­ni pa­ra no pen­sar que me es­toy ha­cien­do más ma­yor. Lo úni­co que le pi­do al cuer­po es que me aguan­te más años sin te­ner que ha­cer de­por­te co­mien­do cho­co­la­te. Y tam­po­co me ha­cen re­ga­los: co­mo to­do el mun­do pien­sa que lo tie­nes to­do lue­go na­die te re­ga­la na­da... En cam­bio, a mí los de­ta­lles siem­pre me ha­cen ilu­sión, los de­ta­lles de la vi­da, que me lle­ven un día a ce­nar a un si­tio que no co­noz­co... No siem­pre tie­ne que ser al­go ma­te­rial.

FO­TO: BE­NI­TO OR­DÓ­ÑEZ

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