TRES VE­CES CASADOS

LA TRI­PLE BO­DA DE PE­LÍ­CU­LA DE UN CARBALLÉS Y UNA CHI­NA

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: MELISSA RODRÍGUEZ

Dos­con­ti­nen­tes, dos cul­tu­ras y dos re­li­gio­nes con un «sí, quie­ro» de por me­dio. Ima­gí­nen­se us­te­des la si­tua­ción. Se pue­de ar­mar la Ma­ri­mo­re­na, la de San Quin­tín y to­das las que ven­gan de­trás. Pe­ro don­de hay amor, no hay ex­cu­sas que val­gan. Si no, que se lo pre­gun­ten al carballés Adán Manuel Serrano (Carballo, 1977) y a la chi­na Xiao Hong Xu (Zhang­jia­kou, He­bei, 1986). Su his­to­ria y sus has­ta tres bo­das de pe­lí­cu­la con unos tra­jes que no pa­sa­ron des­aper­ci­bi­dos ni en Ga­li­cia ni en Chi­na — com­prué­ben­lo us­te­des mis­mos en la ima­gen— han se­lla­do su re­la­ción pa­ra siem­pre.

UNA FO­TO, EL ORI­GEN DE TO­DO

Fue un via­je que el carballés de 40 años hi­zo a Chi­na con un ami­go en agos­to del año 2015 el que mar­có el co­mien­zo de to­do. Ya an­tes ha­bía es­ta­do en Ja­pón, y Asia ca­da vez le gus­ta­ba más. Ade­más, la aven­tu­ra lo co­gió en un mo­men­to de su vi­da en el que es­ta­ba abier­to a co­no­cer gen­te. Y la ca­sua­li­dad hi­zo que se en­con­tra­ra con la chi­na de 31 años en Xián, la tu­rís­ti­ca ciu­dad de los sol­da­dos de te­rra­co­ta. «Le di­je a mi ami­go: «‘Mi­ra qué chi­cas tan bo­ni­tas. Voy a de­cir­les que me ha­gan una fo­to’. Y co­mo allí los ex­tran­je­ros lla­ma­mos mu­cho la aten­ción, al fi­nal aca­ba­mos sa­cán­do­nos una to­dos jun­tos y em­pe­za­mos a ha­blar, ya que ella en­ten­día un po­co el es­pa­ñol al tra­ba­jar co­mo acró­ba­ta en va­rios cir­cos fa­mo­sos del país du­ran­te dos años. Y nos in­ter­cam­bia­mos los te­lé­fo­nos», cuen­ta Adán.

Lo que vino des­pués fue «tan fuer­te», que a los tres me­ses el ga­lle­go ya es­ta­ba de vuel­ta en Chi­na. «Que­ría co­no­cer­la más pa­ra ver si era de ver­dad to­do lo que sen­tía­mos por men­sa­je­ría», ex­pli­ca. Hi­cie­ron va­rios via­jes jun­tos y fue­ron a pa­rar a Pe­kín, don­de apro­ve­cha­ron pa­ra vi­si­tar el con­su­la­do e in­for­mar­se so­bre có­mo con­se­guir un vi­sa­do pa­ra que Xiao pu­die­se ve­nir a vi­vir a Ga­li­cia. Y en­tre otras mu­chas aven­tu­ras vi­vi­das jun­tos, en abril del 2017 Adán re­gre­só a Chi­na con to­do el pa­pe­leo he­cho pa­ra pe­dir­le ca­sa­mien­to. El sí fue tan gran­de que ce­le­bra­ron dos bo­das allí.

Am­bas ce­le­bra­cio­nes fue­ron ci­vi­les pues, se­gún ex­pli­ca Xiao, al tra­tar­se de un país co­mu­nis­ta no hay bo­das re­li­gio­sas. «Lo que de ver­dad im­por­ta es el pa­pel», cuen­ta. Pe­ro, ¿có­mo fue­ron? La pri­me­ra, en una ofi­ci­na del go­bierno de Chi­na en Zhengz­hou (He­nan), ciu­dad en la que la chi­na tra­ba­ja­ba en un gim­na­sio dan­do cla­ses de yo­ga. «Fir­ma­mos, y lue­go hi­ci­mos una co­mi­da en un res­tau­ran­te con mis ami­gos, pe­ro sen­ci­lla; sin gas­tar tan­to di­ne­ro co­mo es ha­bi­tual allí», ex­pli­ca Xiao. Y la se­gun­da, en el pue­blo de su fa­mi­lia, ya que la dis­tan­cia que se­pa­ra am­bos lu­ga­res es bas­tan­te gran­de. La ce­re­mo­nia fue si­mi­lar, pe­ro con una ex­cep­ción: Adán, jun­to con su her­ma­na, fue­ron los pri­me­ros ex­tran­je­ros en vi­si­tar­lo, pues tie­ne 400 ha­bi­tan­tes. Ya us­te­des van vien­do las di­men­sio­nes de es­ta his­to­ria.

Y aho­ra es cuan­do lle­ga el gran enig­ma. ¿Por qué se ca­sa­ron con los tra­jes que apa­re­cen en la ima­gen? El pro­pio Adán lo ex­pli­ca, en­tre ri­sas: «En Chi­na, el ves­ti­do tra­di­cio­nal pa­ra la bo­da es el ro­jo, aun­que aho­ra, ca­da vez más, imi­tan la mo­da oc­ci­den­tal de ca­sar­se de blan­co. Y yo, al co­no­cer lo des­pam­pa­nan­te que era el tra­je, di­je: ‘Va­ya car­na­val. Pues pa­ra pin­tar la mo­na la pin­ta­mos los dos’. Y de­ci­dí po­ner­me el uni­for­me de gran ga­la de po­li­cía na­cio­nal, ya que me de­di­co a eso».

JUN­TOS, EN GA­LI­CIA

A par­tir de ese mo­men­to y con el vi­sa­do ya en mano, Xiao no se lo pen­só dos ve­ces. Jus­to cuan­do se cum­plían dos años exac­tos de co­no­cer­se, lo de­jó to­do por amor. Se vino a vi­vir a Ga­li­cia, y más con­cre­ta­men­te a Carballo. La suer­te le son­rió de su par­te: «En so­lo dos se­ma­nas y vi­si­tan­do tres em­pre­sas en­con­tré tra­ba­jo de lo mío, dan­do cla­ses de yo­ga», ex­pli­ca. Y lo que le está apor­tan­do la Cos­ta da Mor­te es im­pa­ga­ble, di­ce: «Aquí ha­ce me­jor tiem­po, es­toy cer­ca de la pla­ya, hay mu­cha na­tu­ra­le­za, es un lu­gar pe­que­ño y tran­qui­lo y con me­nos trá­fi­co». Tam­bién le gus­ta nues­tra cul­tu­ra, por eso está apren­dien­do a ha­blar ga­lle­go a tra­vés de un cur­so gra­tui­to. Y su ni­vel es ya avan­za­do.

Pe­ro, ¿qué hay de la ter­ce­ra bo­da? De nue­vo, se tra­ta de una ca­sua­li­dad de la vi­da, se­gún cuen­ta Adán: «Yo cuan­do me ca­sé en Chi­na, no en­ten­dí na­da de lo que me di­je­ron. En­ton­ces, no me sen­tía to­tal­men­te ca­sa­do. Y mi pa­dre me de­cía: ‘Ca­sou o meu fi­llo e nin un­ha ma­ris­ca­da co­mín’. En­ton­ces, íba­mos a ha­cer una co­mi­da sin más con fa­mi­lia­res y ami­gos, pe­ro yo que soy ca­tó­li­co y que en la in­fan­cia co­la­bo­ré con la igle­sia, pues le pe­dí al pá­rro­co de Carballo, don Jo­sé, que me ben­di­je­ra las alian­zas nue­vas [en Chi­na se ca­sa­ron con unas de bi­su­te­ría al no co­no­cer la ta­lla de ca­da uno]. Fue cuan­do él se en­te­ró de que me unie­ra con una chi­na y yo de que me po­día ca­sar con ella por la Igle­sia, aun­que fue­ra de otra religión, ha­cien­do unos trá­mi­tes. Y se me en­cen­dió la bom­bi­lla».

El pa­sa­do día 4 de es­te mes se di­je­ron por ter­ce­ra vez «sí, quie­ro». Y vol­vie­ron a sor­pren­der con sus tra­jes: «El cu­ra fli­pó al ver­nos y los in­vi­ta­dos tam­bién», re­cuer­da el carballés. El mo­men­to más emo­ti­vo que sin­tió la ex­tran­je­ra, en es­te ca­so, fue el ca­mino ha­cia el al­tar: «En Chi­na es­cu­cha­mos la mú­si­ca en las pe­lí­cu­las y so­ña­mos con vi­vir ese ins­tan­te. Des­de que co­no­cí a Adán, aún tu­ve el de­seo más pre­sen­te», re­la­ta ella. Por su par­te, el ga­lle­go re­su­me su fe­li­ci­dad en ha­ber­se ca­sa­do con una mu­jer «tan di­fe­ren­te a su cul­tu­ra».

Pa­ra los cu­rio­sos, Xiao fue acep­ta­da en Carballo co­mo una más, mien­tras que Adán no tu­vo la mis­ma suer­te en Chi­na: «Allí co­rre el bu­lo de que los ex­tran­je­ros tra­tan mal a las mu­je­res, por eso mi fa­mi­lia no lo to­mó muy bien», ex­pli­ca la pro­ta­go­nis­ta. Ellos son fe­li­ces y ya es­tán de vuel­ta de la lu­na de miel por Ita­lia, Fran­cia y Sui­za; su via­je «más tran­qui­lo»... Has­ta aho­ra.

FO­TO: ANA GARCÍA

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