SE­XÓ­LO­GA «Mu­chos cas­ti­gan a los ni­ños si se to­can los ge­ni­ta­les y eso ge­ne­ra pro­ble­mas a lar­go pla­zo»

Es­ta pro­fe­sio­nal da char­las en co­le­gios y man­tie­ne una cuen­ta de You­Tu­be que tie­ne 400.000 se­gui­do­res

La Voz de Galicia (A Coruña) - - SOCIEDAD -

«Ho­la bom­bo­nes, ¿qué tal?». Así sa­lu­da Ra­quel Gra­ña (Pon­te­ve­dra, 1990) a sus se­gui­do­res en ca­da uno de sus ví­deos que sube a su ca­nal de You­Tu­be. Cuen­ta ya con 400.000 sus­crip­to­res. En ellos ha­bla de se­xo con el mis­mo tono de­sen­fa­da­do con el que da char­las y ta­lle­res en co­le­gios.

—¿Por qué se ha lan­za­do a la di­vul­ga­ción por You­Tu­be?

—El jue­ves pa­sa­do gra­bé un ví­deo so­bre ello. De­ci­dí ha­cer­lo pa­ra dar una edu­ca­ción se­xual de ca­li­dad, por­que soy cons­cien­te de que mu­cha gen­te no tie­ne ac­ce­so a ella. No so­lo en Es­pa­ña, sino en La­ti­noa­mé­ri­ca.

—¿Qué se en­cuen­tra cuan­do tra­ta con ado­les­cen­tes?

—En ellas, los ce­los. Mu­chas con­si­de­ran que si su no­vio los tie­ne es me­jor, por­que eso de­mues­tra su in­te­rés. Ima­gí­na­te la edu­ca­ción que tie­nen. Ellos pien­san que to­do es tal cual co­mo en el porno, que sin coi­to no hay re­la­ción se­xual. Tam­bién es cho­can­te lo de la mas­tur­ba­ción fe­me­ni­na. Pien­san que es me­ter­se de- dos. Cuan­do les en­se­ñan la ana­to­mía no en­se­ñan los ór­ga­nos ge­ni­ta­les ex­te­rio­res. Na­die sa­be lo que es el clí­to­ris.

—¿Los pa­dres de esos jó­ve­nes no re­ce­lan de sus ta­lle­res?

—Nun­ca me ha pa­sa­do na­da. En 5.º de pri­ma­ria ha­go un ejer­ci­cio. Ellas y ellos tie­nen que ha­cer un pe­ne y una vul­va. Les di­go que se lo lle­ven a ca­sa. Unos po­cos no lo ha­cen, pe­ro la ma­yo­ría sí. Nun­ca he te­ni­do una pro­tes­ta.

—Hay pro­fe­sio­na­les que con­si­de­ran que la edu­ca­ción se­xual de­be­ría em­pe­zar a los tres años. ¿Es esa una edad ade­cua­da?

—Con tres años los ni­ños em­pie­zan a ex­plo­rar­se. De re­pen­te se to­can los ge­ni­ta­les y las fa­mi­lias no sa­ben có­mo abor­dar­lo. Pa­ra el ni­ño eso no tie­ne nin­gu­na con­no­ta­ción se­xual. Quie­re sa­ber que hay ahí, en esa zo­na que es­ta­ba ta­pa­da por el pa­ñal y les da gus­ti­to. Pe­ro lo mis­mo que chu­par­se un de­do. Mu­chos cas­ti­gan a los ni­ños si se los to­can. Y eso ge­ne­ra mu­cha frus­tra­ción y pro­ble­mas de se­xua­li­dad a lar­go pla­zo. Hay que reac­cio­nar de otro mo­do. De­cir­le que lo pue­de ha­cer, pe­ro que es una con­duc­ta pri­va­da. En esas eda­des hay que ha­blar mu­cho con los pa­dres. Me he en­con­tra­do a pa­dres que le cuen­tan a los ni­ños el cuen­to de la ove­ji­ta y la flor en lu­gar de la reali­dad.

—¿Cuán­do hay que em­pe­zar en ca­sa a ha­blar de se­xo con ellos?

—Des­de el mo­men­to en el que ellos pre­gun­tan. Los ni­ños pre- gun­tan y con­fían que sus pa­dres les van a de­cir la ver­dad. Cuan­do se em­pie­za a men­tir o ocul­tar ese ni­ño no va a vol­ver a pre­gun­tar. A lo me­jor lo ha­ce una se­gun­da o ter­ce­ra vez. Lue­go bus­ca­rá otras fuen­tes pa­ra in­for­mar­se.

—Y ahí es don­de apa­re­ce el porno.

—Sí, los amigos y, lue­go, el porno.

—¿Es el gran enemi­go, igual que en otro mo­men­to pu­do ha­ber si­do la re­pre­sión se­xual?

—De­pen­de de có­mo lo en­fo­ques. Tam­bién hay porno fe­mi­nis­ta. Es com­ple­jo. El porno al que ac­ce­den se cen­tra en que la mu­jer su­fre, to­do el mun­do lle­ga al or­gas­mo y la reali­dad no es así. Tie­nen una di­so­cia­ción en­tre la reali­dad y la fic­ción. Y pien­san que una re­la­ción es eso. Es un pro­ble­ma. Apren­den así y lue­go tie­nen que vol­ver a apren­der.

—¿Qué efec­to tie­ne?

—Nor­ma­li­zan lo que ven. De he­cho, al­gu­nos asu­men que cuan­do una mu­jer di­ce no es que sí. Eso ge­ne­ra mu­chí­si­mos pro­ble­mas.

—Hay una idea que di­ce que ca­sos co­mo del de La Ma­na­da tie­nen una re­la­ción con es­te ti­po de edu­ca­ción. ¿Lo com­par­te?

—Yo creo que sí, que tie­ne in­fluen­cia. No di­rec­ta, por­que eso de­pen­de de la per­so­na­li­dad de ca­da uno. Quien ten­ga unos va­lo­res de­cen­tes sa­be que eso no es­tá bien. Pe­ro ¿qué ejem­plo tie­nes de un com­por­ta­mien­to si­mi­lar? El úni­co ejem­plo es el porno.

—¿Cuál se­ría el es­ce­na­rio ideal pa­ra edu­car a los chi­cos? ¿Una asig­na­tu­ra co­mo Ma­te­má­ti­cas?

—Si no fue­ra anual, que al me­nos fue­ra de la mi­tad del cur­so. Y que si les sur­gie­ra al­gu­na du­da tu­vie­ran un pro­fe­sio­nal con el que po­der con­tac­tar. Cuan­do doy los pro­gra­mas me doy cuen­ta que du­ran­te la cla­se hay quien no quie­re pre­gun­tar, pe­ro cuan­do es­toy a so­las vie­nen. Ne­ce­si­tan te­ner la cer­ca­nía de al­guien que les pue­da ayu­dar en el mo­men­to que sea. Ha­ce dos años em­pe­cé en la cos­ta de Lu­go. Ha­blé de mi­tos de se­xua­li­dad y, en­tre ellos, la mar­cha atrás. Una chi­ca me vino llo­ran­do al fi­nal de la cla­se. «Es que yo hi­ce eso y pen­sa­ba que no po­día que­dar­me em­ba­ra­za­da», me de­cía.

—¿Có­mo reac­cio­nan los chi­cos cuan­do lle­ga una per­so­na ex- ter­na al co­le­gio a ha­blar­les de esas co­sas?

—En mi ca­so ten­go bue­na acep­ta­ción. En cuan­do les di­go que ten­go un ca­nal de You­Tu­be con tan­tos se­gui­do­res y que uso mu­cho las re­des so­cia­les co­nec­to con ellos en na­da.

—Les ha­bla tam­bién de las di­fe­ren­tes orien­ta­cio­nes se­xua­les, del amor romántico...

—Cla­ro, ese amor de Dis­ney de la prin­ce­sa ha cam­bia­do. Aho­ra son las mu­je­res lu­cha­do­ras y pro­ta­go­nis­tas. Han cam­bia­do por­que la gen­te ha cam­bia­do.

—¿Y ha ca­la­do?

—No.

—¿Na­da?

—Hay gen­te que de­fien­de que mi­rar­se el mó­vil o que ten­gan sus con­tra­se­ñas es po­si­ti­vo. Aho­ra, ade­más, se man­dan fo­tos se­mi­des­nu­dos en los mó­vi­les y lue­go se ex­tien­den por to­do el ins­ti­tu­to. Hay un pro­ble­ma muy gor­do con es­to. Eso tam­bién hay que tra­ba­jar­lo. Pe­ro tam­bién hay chi­cas que han abier­to los ojos y di­cen: «Si me es­tá con­tro­lan­do no lo quie­ro». Te en­cuen­tras ya los dos po­los, no so­lo uno.

Ra­quel Gra­ña con uno de los pe­lu­ches que usa en sus ví­deos y ta­lle­res.

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