La ale­gría de ser pin­tor

LOS AR­TIS­TAS GA­LLE­GOS ÁLVARO NE­GRO, TEO SO­RIANO Y MA­NUEL EI­RÍS COÍNCIDEN EN MA­DRID

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - AGENDA -

VÍTOR ME­JU­TO | Un ar­tis­ta con­tem­po­rá­neo sien­te a me­nu­do la ne­ce­si­dad de res­pon­der a las pre­gun­tas de su tiem­po. Ma­ne­jar bue­na in­for­ma­ción y ha­cer­lo rá­pi­do. No des­de­ñar la tec­no­lo­gía ni los nue­vos so­por­tes. Ser ac­tual. Pe­ro un buen día le asal­tan los re­cuer­dos. La ma­ne­ra vo­lup­tuo­sa en la que el lino re­ci­be el óleo. La de­li­ca­de­za de una ve­la­du­ra. Las vie­jas le­yes de la com­po­si­ción. La utó­pi­ca pre­ten­sión de tra­du­cir la se­re­na con­tem­pla­ción de un pai­sa­je en un cua­dro. Un buen día re­cuer­da que era pin­tor. Más que cual­quier otra co­sa. Co­mo Paul Klee cuan­do des­cu­brió la luz en el puer­to de Tú­nez y cam­bió el pe­sa­do ar­ma­zón teó­ri­co de la Bauhaus por la sen­ci­lla ale­gría del co­lor.

La ex­po­si­ción de Álvaro Ne­gro (Lalín, 1973) en la ga­le­ría ma­dri­le­ña F2 re­co­ge, de al­gu­na for­ma, es­ta in­quie­tud. Ade­más, la mues­tra de Álvaro coin­ci­dió en el tiem­po, al me­nos por unos días, con las de los pin­to­res ga­lle­gos Teo So­riano en Magda Be­llot­ti y Ma­nuel Ei­rís en Ba­ce­los. Ma­drid to­ma­do.

Teo So­riano bro­mea­ba di­cien­do que la pró­xi­ma vez no lle­va­ría obra al­gu­na del es­tu­dio. La se­ma­na an­tes de mon­tar re­co­rre­ría las ca­lles de Ma­drid y ob­ten­dría de ellas las pie­zas que ne­ce­si­ta. Teo So­riano es un pin­tor que pin­ta sin pin­tu­ra y es el más pin­tor de to­dos. Es­to pue­de en­trar en con­tra­dic­ción con la so­fla­ma pic­tó­ri­ca des­cri­ta un po­co más arri­ba, pe­ro un pin­tor no lo es más por mo­jar el pin­cel en la pa­le­ta. Su ex­po­si­ción en Ma­drid es la con­fir­ma­ción de una obra só­li­da en la que las du­das y los erro­res, es­to es, las pre­gun­tas de la pin­tu­ra, con­vier­ten su tra­ba­jo en al­go vi­vo que avan­za y se va cons­tru­yen­do con sol­ven­cia y sin ras­tro de ma­nie­ris­mo. Aho­ra mis­mo tra­ba­ja sin des­can­so con acua­re­las. Cam­bian­do plá­ci­da­men­te es­com­bro por su­ti­le­za. Ese es Teo.

Ma­nuel Ei­rís por su par­te re­fle­xio­na so­bre la pin­tu­ra a par­tir de su apa­ren­te des­pis­te. Lo ha­ce des­de una cier­ta iro­nía con­cep­tual. Pe­ro la pin­tu­ra es un len­gua­je ar­cano que dor­mi­ta en los lí­mi­tes y que re­apa­re­ce ines­pe­ra­da­men­te. Ei­rís do­cu­men­ta los pro­ce­sos y tra­ta el ma­te­rial co­mo si fue­ra un len­gua­je bi­na­rio y asép­ti­co. Pe­ro el ma­te­rial se re­ve­la y un ama­ri­llo de cad­mio siem­pre se com­por­ta co­mo tal. Sus mo­no­cro­mos nos lle­gan co­mo pin­tu­ra. Pe­ro de­ba­jo de la úl­ti­ma ca­pa ocu­rren mu­chas co­sas. Ba­jo la piel de la pin­tu­ra pue­de ha­bi­tar un re­tra­to y siem­pre hay una idea. Y un tí­tu­lo, una na­rra­ción. Ei­rís me­ca­no­gra­fía con be­lla tor­pe­za el re­la­to so­bre sen­ci­llos fo­lios que com­ple­tan la obra con na­tu­ra­li­dad. A ve­ces el re­la­to es un hi­la­ran­te lis­ta­do de to­dos los co­lo­res em­plea­dos. Mar­cas in­clui­das. Be­lle­za la­có­ni­ca.

Álvaro pre­sen­ta una pro­pues­ta trans­ver­sal en la que com­bi­na pin­tu­ra con una ins­ta­la­ción au­dio­vi­sual y aún en la pin­tu­ra es de­li­cio­sa­men­te he­te­ro­gé­neo po­nien­do pa­red con­tra pa­red dos pie­zas de tres me­tros: una gran abs­trac­ción de es­mal­te so­bre cristal fren­te a un pai­sa­je pin­ta­do a la ma­ne­ra tra­di­cio­nal con óleo so­bre lino. Las dos pie­zas ha­blan de lo mis­mo. Des­mon­tan una vez más la abu­rri­da y ca­du­ca fron­te­ra fi­gu­ra­ción-abs­trac­ción. Son, de al­gu­na for­ma, in­ter­cam­bia­bles. Co­mo si una se re­fle­ja­se en la otra.

To­do par­te de su an­te­rior y ce­le­bra­do mon­ta­je, Na­tu­ra­le­za! es­tás soa, que tu­vo lu­gar en el Pa­lex­co co­ru­ñés y en el que Álvaro fil­mó con fir­me fron­ta­li­dad los mo­no­li­tos que Ul­rich Rüc­kreim plan­tó en Mon­tea­gu­do. El mo­no­li­to se trans­for­ma en hi­to y lue­go en fran­ja ver­ti­cal. Y to­do co­bra sen­ti­do. El mo­men­to cla­ve so­bre­vie­ne cuan­do Álvaro de­ci­de con va­len­tía afron­tar el pai­sa­je a la ma­ne­ra clá­si­ca. Quie­re ex­pli­car de otro mo­do lo que ha sen­ti­do. Sien­te esa ne­ce­si­dad. Cuan­do un ar­tis­ta res­pon­de a un im­pul­so que na­ce de sus en­tra­ñas no hay na­da más ver­da­de­ro. El ga­le­ris­ta tiem­bla.

UN BUEN DÍA RE­CUER­DA QUE ERA PIN­TOR. MÁS QUE CUAL­QUIER OTRA CO­SA»

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