«El­vi­ra Ma­di­gan», el ser con alas

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - CINE -

CÉ­SAR AN­TO­NIO MO­LI­NA | En 1889, un te­nien­te del ejér­ci­to sue­co, el conde Six­ten Spa­rre, y una acró­ba­ta da­ne­sa, El­vi­ra Ma­di­gan, alias Hed­vig Jen­sen, se sui­ci­dan en un bos­que de Di­na­mar­ca. An­tes se ha­bían es­ca­pa­do, de­jan­do el pri­me­ro a su mu­jer e hi­jos, y la se­gun­da, a sus pa­dres y al cir­co. Una acró­ba­ta es un ser con alas, las alas mar­can la di­fe­ren­cia en­tre una his­to­ria de amor mor­tal y otra in­mor­tal. Pla­tón, en Fe­dro, di­ce: «Lla­man, por cier­to, a Eros ala­do los mor­ta­les, los in­mor­ta­les Pte­ros, por­que fuer­za a criar alas». Six­ten y El­vi­ra son se­mi­dio­ses, sin que ellos lo se­pan, aun­que la tra­pe­cis­ta es más cons­cien­te del ho­nor y la car­ga que es­to les va a traer. Lo de­jan to­do por el amor y se de­jan con­du­cir por el de­sig­nio del dios que es dul­ce al co­mien­zo y agrio al fi­nal. Co­mo los dio­ses tie­nen su pro­pio idio­ma, en es­te ca­so: las mi­ra­das, el si­len­cio y esa mú­si­ca de Mo­zart que los acom­pa­ña­rá en su hui­da ha­cia nin­gu­na par­te. «Mu­chas pa­la­bras han per­di­do sen­ti­do pa­ra mí y otras des­co­no­ci­das han co­bra­do vi­da», di­ce Six­ten. Eros pro­vo­ca el de­seo en los hu­ma­nos, Pte­ros es el de­seo mis­mo. Six­ten y El­vi­ra ven la reali­dad de ma­ne­ra di­fe­ren­te, se bas­tan ellos mis­mos y to­do lo de­más les es­tor­ba. Al de­jar el ejér­ci­to se ha con­ver­ti­do en un de­ser­tor, en un pa­ci­fis­ta que quie­re com­par­tir el amor con la na­tu­ra­le­za.

El­vi­ra si­gue prac­ti­can­do sus equi­li­brios, con las cuer­das de col­gar la ro­pa que ella re­afir­ma. El­vi­ra tie­ne alas, cría alas, con­ser­va las alas en ple­ni­tud y es­ta ca­pa­ci­dad, que su aman­te no tie­ne, la ha­ce ser más fuer­te y más cons­cien­te que él, a pe­sar de que su ros­tro be­llí­si­mo le da una apa­rien­cia de fra­gi­li­dad. El­vi­ra enamo­ró a Six­ten aun­que él pien­se lo con­tra­rio pa­ra echar­se la cul­pa de los ma­les que es­te acon­te­ci­mien­to les es­tá pro­du­cien­do. Los enamo­ra­dos han aban­do­na­do to­das las for­mas de vi­da nor­mal. La úni­ca preo­cu­pa­ción que tie­nen es la de es­tar el uno con el otro, to­do lo de­más no tie­ne la más mí­ni­ma im­por­tan­cia. Ya lo es­cri­bió Pla­tón, igual­men­te en el Fe­dro y en el mis­mo pa­sa­je an­tes men­cio­na­do: «Ol­vi­da a ma­dre, her­ma­nos y ami­gos; a la rui­na de su for­tu­na, oca­sio­na­da por su des­cui­do, no le con­ce­de nin­gu­na im­por­tan­cia, me­nos­pre­cian­do to­das las nor­mas de con­duc­ta y to­das las bue­nas ma­ne­ras de que an­tes se va­na­glo­ria­ba, y dis­pues­ta a la es­cla­vi­tud y a dor­mir don­de se le per­mi­ta, con tal de que sea lo más cer­ca po­si­ble del ob­je­to de su de­seo».

Mo­ral, bue­nas cos­tum­bres, or­den, to­do que­da pos­ter­ga­do fren­te al en­si­mis­ma­mien­to del de­seo y del amor. ¿Ha­bría que huir de Eros y vol­ver a la nor­ma­li­dad? Pe­ro cuan­do se es la en­car­na­ción mis­ma no se pue­de huir. El­vi­ra lo sa­be, ella ya te­nía alas, a Six­ten le es­tán sa­lien­do, por eso tie­ne do­lo­ro­sas y agra­da­bles sen­sa­cio­nes, son sus alas que le es­tán bro­tan­do, es el des­tino que le es­tá na­cien­do sin que él pue­da to­mar de­ci­sión al­gu­na. El amor cam­bia por com­ple­to a los aman­tes y les ha­ce co­men­zar un tiem­po nue­vo que so­lo es pre­sen­te. Eros lo ex­tin­gue to­do y pro­vo­ca una lo­cu­ra, y le ha­ce cre­cer alas a las al­mas de los aman­tes. Eros es una in­va­sión, una en­fer­me­dad que que­ma, as­fi­xia, de­vo­ra los sen­ti­dos y to­dos los ór­ga­nos. Nadie lo pue­de com­ba­tir cuan­do se posesiona de sus «víc­ti­mas». El te­nien­te Six­ten ha si­do de­rro­ta­do por el dios ala­do. Al­go ines­pe­ra­do. En una de las co­mi­das cam­pes­tres, una bo­te­lla de vino se de­rra­ma so­bre el man­tel blan­co y un cu­chi­llo jun­to a una man­za­na (fue Sa­fo quien com­pa­ró a una mu­cha­cha con una man­za­na) to­da­vía sin mondar. Mal agüe­ro. Se aca­ban de co­no­cer y no ne­ce­si­tan con­tar­se na­da. El­vi­ra es una co­no­ci­da ar­tis­ta que ac­tuó en las más im­por­tan­tes ciu­da­des de Eu­ro­pa, en­tre ellas Ve­ne­cia, don­de cru­zó uno de los ca­na­les a la luz de las an­tor­chas y con el so­ni­do de una gran or­ques­ta.

El te­nien­te le pre­gun­ta a su ama­da si tie­nen de­re­cho a ser tan fe­li­ces, si se pue­de ser tan fe­liz: —¿Nos es­tá per­mi­ti­do te­ner es­to? Al­gún día po­dre­mos es­co­ger nues­tra for­ma de vi­da. Más de una. Cuan­do la gen­te ad­mi­ta que uno cam­bia.

Pien­sa el te­nien­te que se han ade­lan­ta­do a su tiem­po, pe­ro es­tá equi­vo­ca­do, pues to­dos los aman­tes lo es­tán en cual­quier tiem­po, pues el tiem­po con­ven­cio­nal no in­flu­ye en ellos. La pa­re­ja va­ga­bun­dea por en me­dio de un pai­sa­je acor­de con la be­lle­za de su amor: la­gos, ríos, du­nas, el mar. «El amor no es to­mar los ojos de otra per­so­na pa­ra ex­pe­ri­men­tar el mun­do co­mo el ser ama­do lo ve y lo sien­te ¿No es eso el amor?». Six­ten es el más teó­ri­co, a El­vi­ra le so­bran las teo­rías, sa­be que con amor no se pue­de «un­tar el pan». Pe­ro cuan­do la pa­sión ha pren­di­do en los cuer­pos es ya de­ma­sia­do tar­de pa­ra re­com­po­ner lo roto. Y si es­te amor es per­se­gui­do y cas­ti­ga­do so­lo hay un ca­mino pa­ra man­te­ner­lo in­có­lu­me. El te­nien­te reúne pan, hue­vos, man­te­qui­lla y en­vuel­ve su pis­to­la en la servilleta. Lo co­lo­ca y dis­po­ne to­do acor­de en la ces­ta de mim­bre que los acom­pa­ña. El­vi­ra no sa­be na­da pe­ro lo pre­sien­te to­do. Ca­mi­nan, se cru­zan con ni­ños ju­gan­do en el cam­po. Ella des­fa­lle­ce y se sien­tan a co­mer. Él co­ge la pis­to­la y le di­ce a la mu­cha­cha que no pue­de ha­cer­lo, pe­ro El­vi­ra (que co­mo he di­cho an­tes es la más fuer­te de am­bos) le con­mi­na a que lo ha­ga, pues no tie­nen otra al­ter­na­ti­va pa­ra sal­var su amor. Él du­da. Ella se po­ne a per­se­guir ma­ri­po­sas. En­ton­ces sue­na un ti­ro e, in­me­dia­ta­men­te des­pués, otro. El de­seo, la pa­sión es un ins­tan­te sin es­ca­pa­to­ria. ¿Quién no hu­bie­ra hui­do con El­vi­ra Ma­di­gan? Crear alas, ali­men­tar alas, nun­ca cor­tar­las. ¡Qué mejor mo­rir con­tem­plan­do se­me­jan­te ros­tro an­ge­li­cal! He­le­na no mu­rió en Tro­ya, He­le­na si­gue vi­vien­do en ca­da ge­ne­ra­ción y en ca­da uno de no­so­tros. Por tan­to, con per­mi­so de Ho­me­ro, «no es ex­tra­ño que aún los hom­bres / del si­glo XXI / por una mu­jer tal si­gan pa­de­cien­do / du­ra­de­ros do­lo­res».

LLA­MAN A EROS ALA­DO LOS MOR­TA­LES POR­QUE FUER­ZA A CRIAR ALAS, DI­CE PLA­TÓN

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