Cien años de Glo­ria

LA POE­TA DE GUAR­DIA RE­VE­LA SU GRAN­DE­ZA CIEN AÑOS DES­PUÉS DE VER LA LUZ EN MA­DRID. VA­RIOS AU­TO­RES IN­VI­TAN A REDESCUBRIRLA

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - PORTADA - FO­TO: BLAC­KIE BOOKS FUN­DA­CIÓN GLO­RIA FUER­TES

Ave­ces es­cri­bo de­li­be­ra­da­men­te mal pa­ra que os lle­gue bien», di­jo Glo­ria Fuer­tes (Ma­drid 1917-1998). Sa­bien­do que ten­dría que ex­pli­car­se, ha­cer as­pa­vien­tos con sus in­ten­cio­nes de poe­ta pa­ra to­dos. «Glo­ria tie­ne eso tan es­pe­cial de ser co­mo una ami­ga, es in­ge­nio­sa pe­ro de una me­lan­co­lía pro­fun­da, y mu­chas de las co­sas que ha lle­ga­do a de­cir mu­cha gen­te ni las ima­gi­na», apun­ta Jor­ge de Cas­can­te en El li­bro de Glo­ria Fuer­tes, an­to­lo­gía de poe­mas y vi­da con que Blac­kie Books ha­ce jus­ti­cia al ol­vi­do. Aún aho­ra sa­be­mos po­co más que Glo­ria na­ció a los dos días de edad («pues fue muy la­bo­rio­so el par­to de mi ma­dre que si se des­cui­da mue­re por vi­vir­me»). Ella que­ría que la poe­sía lle­ga­ra a to­das par­tes, sub­ra­ya Luis An­to­nio de Vi­lle­na, ami­go de Glo­ria, a la que tra­tó en los 90, y au­tor del pró­lo­go de Geo­gra­fía humana y otros poe­mas (Nór­di­ca). En los 60, re­cuer­da el au­tor, leía sus poe­mas en los pubs mien­tras los no­vios se es­ta­ban achu­chan­do.

¿Qué la ha­ce gran­de? «Glo­ria lo­gró un gra­do de co­lo­quia­lis­mo muy es­pe­cial. Tie­ne una voz in­con­fun­di­ble, y ese tono co­lo­quial pro­pio, úni­co, fue lo que vio en­se­gui­da Gil de Bied­ma, que la in­clu­yó en los 50 en una an­to­lo­gía en la co­lec­ción Co­lliu­re, mi­no­ri­ta­ria pe­ro ab­so­lu­ta­men­te de éli­te», di­ce Vi­lle­na. Pe­ro has­ta hoy, has­ta es­te 2017 cen­te­na­rio, cun­den las ri­mas de la oca lo­ca, el dra­gón tra­gón, es­truen­do sim­pá­ti­co de Fuer­tes que aca­lla su do­lor, su cru­de­za, lo Otro que es­cri­bió. Esos Ver­sos en Fal­das con que sa­cu­dió la ton­te­ría ce­ná­cu­la de los 50. «Yo lo úni­co que hi­ce fue in­ven­tar­me el nom­bre —ad­vir­tió Glo­ria, se­gún De Cas­can­te—; [con Ver­sos en Fal­das] que­ría­mos aca­bar con el “si me lees te leo, tí­pi­co de las ter­tu­lias de hom­bres que nos ig­no­ra­ban y que tan po­cas ga­nas te­nían de leer nues­tros poe­mas, que ya en­ton­ces eran tan bue­nos o me­jo­res que los su­yos». Glo­ria fue más le­jos, tam­bién se atre­vió con es­to: «La poe­ta es siem­pre mu­jer. La mu­jer que es­cri­be poe­sía es una poe­ta. El hom­bre que es­cri­be poe­sía, un poe­to». «Lo di­jo en 1951, ¡fue co­mo ti­rar una bom­ba en me­dio de la pla­za!», va­lo­ra De Cas­can­te.

Glo­ria per­so­na­je en­gu­lló pa­ra el gran pú­bli­co la gran His­to­ria de Glo­ria, Có­mo atar los bi­go­tes del ti­gre, el Ni ti­ro ni ve­neno ni na­va­ja di­rec­to al te­ma del sui­ci­dio o el Mu­jer de ver­so en pe­cho que pre­sen­tó Ca­mi­lo Jo­sé Ce­la. La te­le, ad­vier­te Luis An­to­nio de Vi­lle­na, sor­pren­dió a Glo­ria y le pa­sa­ría fac­tu­ra. «Glo­ria se en­con­tró la sorpresa de que en la te­le ga­na­ba mu­chí­si­mo di­ne­ro tras una vi­da du­ra, de di­fi­cul­ta­des eco­nó­mi­cas —sos­tie­ne—. Se con­vir­tió en ese per­so­na­je pú­bli­co, un po­co ri­dícu­lo, que pa­ro­dia­ban Mar­tes y Tre­ce. Un per­so­na­je enor­me­men­te co­no­ci­do pe­ro por lo peor que ha­bía he­cho. Ella que en los 50 ha­bía si­do de la pri­me­ra fi­la en Es­pa­ña pa­só en los 80 a la quin­ta». El amor, la in­fan­cia sin mu­ñe­cas, la gue­rra in­ci­vil, el do­lor y el des­ca­ro poé­ti­co co­mo res­pues­ta a un mun­do hos­til es­tán en Glo­ria. ¿Lo sa­ben? «Glo­ria se la ju­gó a la Es­pa­ña más ran­cia», ase­gu­ra Jor­ge de Cas­can­te. Él, que es del 83 y co­no­ció a Glo­ria por una pro­fe­so­ra de la Uni­ver­si­dad que le re­ga­ló su His­to­ria, «no se­pa­ra­ría a la Glo­ria pa­ra ni­ños de la au­to­ra pa­ra adultos. Ella es un to­do. So­lo que de­cía que cuan­do es­ta­ba ale­gre es­cri­bía pa­ra ni­ños, y pa­ra adultos cuan­do le da­ba el ba­jón, que so­lía ser por las no­ches... y la ma­yo­ría de las ve­ces. Ella de­bía de creer que era más fá­cil cam­biar el mun­do, con­se­guir ese mun­do me­jor que que­ría, di­ri­gién­do­se a los ni­ños».

Lec­tu­ra obli­ga­to­ria en uni­ver­si­da­des de Es­ta­dos Uni­dos, don­de coin­ci­dió con Jo­sé Hie­rro (buen ami­go su­yo) y dio cla­ses de español en los se­sen­ta gra­cias a su amor, Phy­llis (a la que De Vi­lle­na lla­ma por error Gladys en la an­to­lo­gía de Nór­di­ca), Glo­ria si­gue sien­do aquí la es­cri­to­ra a la que nun­ca co­no­ci­mos. «In­sis­tir en el ró­tu­lo de ‘Glo­ria, poe­ta de los ni­ños’ es dar­le una bo­fe­ta­da a su ca­dá­ver —pre­vie­ne De Vi­lle­na—. Si in­sis­tes, ven­drá una mano por la no­che, una mei­ga o un fan­tas­ma, a dar­te tu me­re­ci­do». A la poe­ta que nos per­di­mos la re­cu­pe­ran la ex­po­si­ción Glo­ria Fuer­tes, cen­te­na­rio, que se ce­le­bra en Ma­drid has­ta el 14 de ma­yo, y obras co­mo Geo­gra­fía humana y otros poe­mas, y El li­bro de Glo­ria. «Más que re­cu­pe­rar­la, a Glo­ria la es­ta­mos des­cu­brien­do», ma­ti­za glo­ris­ta Jor­ge de Cas­can­te. No sé si co­no­cen el poe­ma... «Me di­je­ron: -O te subes al ca­rro o ten­drás que em­pu­jar­lo. Ni me subí ni lo em­pu­jé. Me sen­té en la cu­ne­ta, y al­re­de­dor de mí, a a su de­bi­do tiem­po, bro­ta­ron las ama­po­las».

Lla­mar­le hoy ‘la poe­ta de los ni­ños’ es dar­le una bo­fe­ta­da a su ca­dá­ver”

Qué ver­dad y qué pa­cien­cia. Se­rá que a la glo­ria se le da bien la es­pe­ra.

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