Alaska nos derrite

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - PORTADA - TEX­TO: CAR­LOS PEREIRO

La «Geo­me­tría po­li­sen­ti­men­tal» de Alaska y Na­cho Ca­nut, Fan­go­ria, se­rá la asig­na­tu­ra más desea­da de las fies­tas pon­te­ve­dre­sas de A Pe­re­gri­na JUE­VES, 17, 22.30. PRA­ZA DE ES­PA­ÑA DE PON­TE­VE­DRA

Hi­ja de un exi­lia­do es­pa­ñol y de ma­dre cu­ba­na, Ol­vi­do Ga­ra (Ciu­dad de México, 1963) aca­bó por con­ver­tir­se en una de las fi­gu­ras más vi­si­bles de la mo­vi­da ma­dri­le­ña. Ba­jo el nom­bre de Alaska y con la com­pa­ñía de Na­cho Ca­nut ideó una ca­rre­ra mu­si­cal car­ga­da de éxi­tos. Nin­gu­na opi­nión ha po­di­do con ella. —¿Era po­si­ble ima­gi­nar, du­ran­te los años 80, que hoy es­ta­ría lle­nan­do pla­zas ma­yo­res? —La pre­gun­ta es fá­cil de con­tes­tar. Na­die pen­sa­ba en el 2017. Qui­zás en el 2000, pero los que na­ci­mos en la se­gun­da mi­tad del si­glo XX fan­ta­seá­ba­mos con cues­tio­nes como qué edad ten­dría en ese cam­bio de mi­le­nio, la ver­dad, y ahí me que­da­ba a la ho­ra de pen­sar so­bre ese fu­tu­ro a tan lar­go pla­zo. —Pero us­ted se con­vir­tió en una ar­tis­ta in­creí­ble­men­te co­no­ci­da, ¿se veía en la te­le­vi­sión más que en la mú­si­ca? Al fin y al ca­bo, el éxi­to de «De­seo Car­nal», con Di­na­ra­ma, coin­ci­dió con ese co­mien­zo tam­bién de «La bo­la de cris­tal». —No lo creo. La mú­si­ca es al­go que ele­gí. Es el pro­yec­to en el que pla­ni­fi­co to­do: quién ha­rá una por­ta­da, quién lo pro­du­ci­rá, có­mo se­rá una le­tra… El res­to de co­sas que he he­cho lo con­si­de­ro pro­yec­tos de otros, de los de­más. Si al­guien ha­ce un pro­gra­ma de te­le­vi­sión y cuen­ta con­ti­go, si al­guien ha­ce una pe­lí­cu­la y te lla­ma… Son co­sas que ado­ro ha­cer, pero no son mi pro­yec­to. Tra­to de ha­cer­las to­das, co­sa que igual es una lo­cu­ra [ríe], pero las com­bi­né con la mú­si­ca des­de el prin­ci­pio. Don­de yo me re­creo, don­de yo pla­ni­fi­co, es en la mú­si­ca. —¿Qué le di­ría a aque­lla ju­ve­nil Alaska de los años 80? —Tran­qui­la, que pa­se lo que pa­se no pa­sa na­da. ¿Si te mue­res? Pues te mo­ris­te. To­dos lo va­mos a ha­cer y así es la vida. Hay que ac­tuar se­gún vienen las co­sas, pero es me­jor no dar­le más vuel­tas de las ne­ce­sa­rias. —«An­te to­do mu­cha calma» di­ría Si­nies­tro To­tal. —No es tan­to calma como tranquilidad, que es un po­co di­fe­ren­te. —Sor­pren­de que ca­si cua­ren­ta años des­pués de aquel ini­cio ar­tís­ti­co, el pú­bli­co de Fan­go­ria mues­tre una va­rie­dad y una he­te­ro­ge­nei­dad tan dis­par. Los adul­tos se mez­clan con los ado­les­cen­tes, y al fi­nal to­do el mun­do lo pa­sa bien. —Se han ido jun­tan­do va­rias ge­ne­ra­cio­nes a lo lar­go de to­dos es­tos años. Hay un pú­bli­co que fun­cio­na y cre­ce con­ti­go, que sien­te afi­ni­dad por lo que ha­ces y sien­tes se­gún vas cam­bian­do; y otro que no. Por ejem­plo, cuan­do se aca­bó Ka­ka de Lu­xe algunos no si­guie­ron con los Pe­ga­moi­des, pero lle­ga­ron otros. Y esos mis­mos no son los de Fan­go­ria, o sí. Y lue­go es­tá la gen­te que va lle­gan­do, los que no ha­bían ni na­ci­do cuan­do exis­tían esos pro­yec­tos. Di­ces ado­les­cen­tes, yo has­ta me atre­ve­ría a de­cir me­nos. Es un pú­bli­co que oye por pri­me­ra vez a Bo­wie, o a Los Ra­mo­nes, o te ven con una ca­mi­se­ta de cier­ta ban­da e in­ves­ti­gan so­bre ello. No me gus­ta de­cir «pú­bli­co», que cons­te. Son in­di­vi­duos, per­so­nas; y es­tán em­pe­zan­do a des­cu­brir co­sas. —Es cu­rio­so como Bo­wie siem­pre aca­ba por apa­re­cer en una con­ver­sa­ción so­bre mú­si­ca. Ten­go en­ten­di­do que us­ted lo ado­ra­ba. —A mí se me mu­rió El­vis con tre­ce o ca­tor­ce años y a par­tir de ahí ya me fui acos­tum­bran­do a per­der ído­los [ríe]. Y lue­go Sid Vi­cious… La muer­te es al­go nor­mal, y no es que ha­ya una per­so­na más im- por­tan­te que otra a la ho­ra de mo­rir­se; pero probablemente Bo­wie, cuan­do yo te­nía 12 años, me con­vir­tió en lo que soy. No ha­blo so­lo de mú­si­ca, ha­blo de to­do. Un día te le­van­tas y ya no es­tá en es­te pla­ne­ta. Te de­ja cier­ta ca­ren­cia. —Cuan­do lan­zó el año pa­sa­do «Can­cio­nes pa­ra ro­bots ro­mán­ti­cos», co­men­tó que me­jor nos iría a los hu­ma­nos si hu­bie­se más de es­tos in­ge­nios me­ca­ni­za­dos. ¿A qué se re­fe­ría? —Es una teo­ría, o más bien una uto­pía que no fun­cio­na, como to­das. Si to­má­ra­mos las de­ci­sio­nes de ma­ne­ra más fría, me­nos lle­va­dos por las pa­sio­nes, probablemente se­rían elec­cio­nes más ra­cio­na­les. Esas de­ci­sio­nes ca­re­ce­rían de hu­ma­ni­dad, cier­to, y en­tra­rían ca­si en la eu­ge­ne­sia en un mo­men­to da­do. ¿Es­te ser es dé­bil? Pues lo qui­ta­mos, que re­tra­sa el avan­ce. No es una teo­ría bue­na, pero sí creo que tenemos so­bre­va­lo­ra­do el mun­do de los sen­ti­mien­tos. Cuan­do di­ces es­to la gen­te ya te sal­ta: «¿Pero vi­vi­rías en un mun­do sin amor y sin com­pa­sión?». El pro­ble­ma es que tam­bién el odio, la en­vi­dia y la mal­dad son sen­ti­mien­tos. —Y a su ve­ra con­ti­núa Na­cho Ca­nut des­pués de tan­tos pro­yec­tos, nom­bres y can­cio­nes. ¿Có­mo se man­tie­ne un tán­dem tan fruc­tí­fe­ro y efec­ti­vo? —Su­pon­go que es una es­pe­cie de se­lec­ción na­tu­ral. Al prin­ci­pio Na­cho y yo no éra­mos las per­so­nas más afi­nes del mun­do, pero se­gún vas tra­ba­jan­do

Al prin­ci­pio, Na­cho Ca­nut y yo no éra­mos muy afi­nes

y pa­san los años, la co­sa cam­bia. Creo que he­mos si­do siem­pre muy pa­re­ci­dos a la ho­ra de sa­ber lo que no que­re­mos. En­ten­de­mos có­mo tra­ba­ja­mos y có­mo no tra­ba­ja­mos. Lle­ga un pun­to en que no es una cues­tión de amis­tad o sim­pa­tía, por­que aun­que tú te lle­vas me­jor con otras per­so­nas del gru­po, bus­cas la me­jor ma­ne­ra de rea­li­zar un pro­yec­to. Por ejem­plo, con Car­los (Ber­lan­ga), fue más fá­cil ser ami­gos ín­ti­mos cuan­do de­ja­mos de tra­ba­jar con él [ríe]. Bueno, al me­nos en Di­na­ra­ma, por­que lue­go se­gui­mos tra­ba­jan­do [ríe]. —¿Es po­si­ble que a ve­ces sea más fá­cil tra­ba­jar de una ma­ne­ra com­ple­men­ta­ria más que de una ma­ne­ra pa­re­ci­da? —Creo que eso fun­cio­na más a ni­vel vi­tal. Por ejem­plo, el es­tar con una per­so­na que no se al­te­ra, cuan­do tú te al­te­ras más. A la ho­ra de tra­ba­jar, o de ha­cer mú­si­ca en es­te ca­so, ne­ce­si­tas te­ner una vi­sión con­jun­ta, una am­bi­ción si­mi­lar. Y des­pués, cla­ro, el fac­tor suer­te que ne­ce­si­ta­rás con tu pa­re­ja, tus pa­dres o tus ami­gos; que los cam­bios de la vida os va­yan lle­van­do por el mis­mo si­tio. Has­ta aho­ra, a Na­cho y a mí nos ha ido igual. Siem­pre he­mos to­ma­do el mis­mo camino. —¿No da vér­ti­go que sus can­cio­nes re­ci­ban la ca­li­fi­ca­ción de himno? —Cuan­do ya tie­nes una edad te pa­re­ce más nor­mal. Es de­cir, se­ría ra­ro es­cu­char eso de una can­ción que aca­bas de sa­car y tie­nes die­ci­ocho; pero si han pa­sa­do trein­ta años y te di­cen que al­go es un himno, pue­des en­ten­der­lo. El tiem­po la co­lo­có en un si­tio. Ha so­bre­vi­vi­do a va­rias dé­ca­das y eso le otor­ga un es­ta­tus di­fe­ren­te so­bre can­cio­nes más jó­ve­nes. —¿Al­gu­na vez, real­men­te, le ha im­por­ta­do lo que pen­sa­ra la gen­te de us­te­des? —Cuan­do éra­mos jó­ve­nes fun­cio­ná­ba­mos muy bien con la reac­ción, so­bre to­do la ne­ga­ti­va. ¿Sa­ca­bas un dis­co y un crí­ti­co te de­cía que era una mier­da? Eso era pu­ra ga­so­li­na pa­ra se­guir. Pero cla­ro, ya lo di­ce la can­ción, «no te tie­ne que im­por­tar». A Fan­go­ria nos pu­sie­ron a pa­rir al prin­ci­pio: «Nun­ca vais a te­ner hits», «Di­na­ra­ma sí que era bueno», «La mú­si­ca elec­tró­ni­ca no pue­de ser en es­pa­ñol». To­do ello fue fue­go pa­ra pen­sar que te­nía­mos ra­zón. Aho­ra po­de­mos mi­rar, con cier­ta iro­nía, por en­ci­ma del hom­bro. —Los artistas siem­pre ha­blan es­tu­pen­da­men­te de Ga­li­cia, ¿hay al­gu­na cons­pi­ra­ción en­tre us­te­des pa­ra so­lo de­cir bue­nas pa­la­bras en las en­tre­vis­tas y que se les tra­ta es­tu­pen­da­men­te? —¡Es que siem­pre nos tra­táis muy bien! [ríe]. Te lo pue­do de­cir des­de to­dos los as­pec­tos de mi ca­rre­ra. Te po­dría de­cir que ve­nir a Ga­li­cia siem­pre es una gran ex­pe­rien­cia. Des­de la pla­za del Obra­doi­ro a un club pa­ra dos­cien­tas per­so­nas, por­que lo he­mos he­cho to­do aquí. Es un lu­gar muy agra­de­ci­do.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.