El ído­lo ado­les­cen­te cre­ce

Des­pués de pro­vo­car la lo­cu­ra con One Di­rec­tion, el mú­si­co ha que­ri­do de­mos­trar que es mu­cho más que una ma­rio­ne­ta al ser­vi­cio de la in­dus­tria mu­si­cal. Su dis­co de de­but ha si­do to­da una sor­pre­sa que lo mues­tra co­mo un ta­len­to­so ar­tis­ta con mu­cho que de­ci

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - EL PERSONAJE . EL ARTISTA REVELACIÓN - TEX­TO: JAVIER BECERRA

No te­nía la me­jor ima­gen Harry Sty­les pa­ra ser to­ma­do en se­rio en­tre el pú­bli­co en­ten­di­do.

Dos no­tas lo afea­ban. Pri­me­ro, ser uno de los lí­de­res de One Di­rec­tion, pro­duc­to que en­ca­ja per­fec­ta­men­te en las boy-bands pa­ra ado­les­cen­tes. Se­gun­do, que esa for­ma­ción de­ri­va de un pro­gra­ma de ta­lent show co­mo The X Fac­tor. Am­bos as­pec­tos lo si­tua­ban en el com­par­ti­men­to del pop pre­fa­bri­ca­do y los ar­tis­tas de usar y ti­rar. Ra­ra vez van más allá de la ex­plo­sión hor­mo­nal, la decadencia y el olvido pos­te­rior. Pe­ro en es­te ca­so, co­mo ocu­rrió en su día con Rob­bie Wi­lliams cuan­do de­jó Ta­ke That, ha ocu­rri­do. Ha ha­bi­do mi­la­gro.

Hay que to­mar­se a Harry Sty­les muy en se­rio. El ál­bum con el que edi­tó es­te año, Sign of the Ti­mes, de­jó bo­quia­bier­to a más de uno. Le obli­gó a fro­tar los ojos y ver que aquí hay al­go más allá, mu­cho más allá, del pop de plás­ti­co y el fa­mo­seo. El pri­mer sin­gle, que se ti­tu­la igual que el ál­bum, re­sul­ta gran­dio­so. Se tra­ta de un ba­la­dón or­ques­ta­do en el que el ar­tis­ta pa­sa del fal­se­te al po­de­río vo­cal en ape­nas un sus­pi­ro. Igual re­cuer­da a El­ton John que a Mer­cury Rev o Ra­diohead. Igual en­co­ge al oyen­te co­mo lo ele­va en una nube de en­so­ña­ción. Pe­ro, so­bre to­do, ad­vier­te que la ca­ra bo­ni­ta que ha­ce na­da re­vo­lu­cio­na­ba al pú­bli­co quin­cea­ñe­ro bri­tá­ni­co es un gran ar­tis­ta.

Por su­pues­to, el rui­do me­diá­ti­co si­gue a su al­re­de­dor. Y es­te no se li­mi­ta a lo es­tric­ta­men­te mu­si­cal. Pa­ra los ta­bloi­des bri­tá­ni­cos es­te mo­zal­be­te es al­go así co­mo el sol­te­ro de oro. Sus ro­man­ces se si­guen en el Reino Uni­do con enor­me in­te­rés. En el mo­men­to de sa­li­da del dis­co, la su­pues­ta pa­re­ja del can­tan­te era Tess Ward, una jo­ven chef bri­tá­ni­ca con gran pro­yec­ción en las re­des so­cia­les. Pe­ro an­tes de ello, el cha­val que aho­ra tie­ne 23 años, pu­do sa­bo­rear en su car­nes la ma­la ba­ba del co­ra­zón bri­tá­ni­co cuan­do en el 2011 se su­po que es­ta­ba con Lucy Ho­ro­bin, una mu­jer ca­sa­da 14 años ma­yor. Tam­bién fue so­na­do su ro­man­ce con la pop-star Taylor Swift o el bre­ve idi­lio que man­tu­vo con la pre­sen­ta­do­ra Ca­ro­li­ne Loui­se Flack.

Si to­do es­to no fue­se su­fi­cien­te, du­ran­te la pro­mo­ción del dis­co se pu­so so­bre la me­sa su su­pues­ta bi­se­xua­li­dad, al­go con lo que siem­pre se ha es­pe­cu­la­do. En una en­tre­vis­ta al pe­rió­di­co Sun, él op­tó por de­jar­lo en pun­tos sus­pen­si­vos: «No, la ver­dad es que nun­ca he sen­ti­do la ne­ce­si­dad de de­fi­nir mi se­xua­li­dad o de po­ner­le una eti­que­ta. No creo que sea un te­ma del que me vea obli­ga­do a dar ex­pli­ca­cio­nes, por­que es muy per­so­nal».

Al mar­gen de to­do ello, con su dis­co de de­but, el mú­si­co ha da­do un pa­so al fren­te pa­ra que se lo va­lo­re co­mo lo que es, un no­ta­ble com­po­si­tor que se ma­ne­ja en múl­ti­ples re­gis­tros con sol­tu­ra y ca­li­dad. En Ki­wi, el sen­ci­llo que aca­ba de ver la luz, de­mues­tra su acier­to al usar la mus­cu­la­tu­ra del rock gui­ta­rre­ro pa­ra pro­pi­ciar gol­pes cer­te­ros. En Meet Me In The Hall­way, una pie­za acús­ti­ca que re­mi­te a Pink Floyd, cons­ta­ta su ca­pa­ci­dad de crear am­bien­tes psi­co­dé­li­cos en me­dio de la má­xi­ma sim­pli­ci­dad. Y Ca­ro­li­na cer­ti­fi­ca que do­mi­na los có­di­gos de Beck pa­ra ha­cer pie­zas pe­re­zo­sas con ese sa­bor clá­si­co pe­ro, a la vez, mo­derno. El dis­co si­gue con cer­te­ros me­dios tiem­pos co­mo Two Ghosts, de­li­cias de folk co­mo Sweet Crea­tu­re o rock ju­gue­tón pa­ra to­dos los pú­bli­cos co­mo Only Angel. Y to­das es­tas vi­bra­cio­nes con­ti­núan has­ta el fi­nal de un ál­bum que de­be­ría obli­gar a cam­biar la mirada so­bre Harry Sty­les. Pa­ra aque­llos que aún lo ha­gan por en­ci­ma del hom­bro, cla­ro. Los de­más ya lle­van me­ses dis­fru­tan­do de es­ta de­li­cia. Uno de los dis­cos del año.

Co­mo ocu­rrió con Rob­bie, Wi­lliams ha ha­bi­do mi­la­gro”

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