El cro­nis­ta de la muer­te

Prac­ti­ca el lu­to co­mo gé­ne­ro li­te­ra­rio: pri­me­ro con «La ho­ra vio­le­ta» —la pér­di­da de su hi­jo— y cua­tro años des­pués, con «La mirada de los pe­ces» —el sui­ci­dio de su profesor—. Pe­ro no es en reali­dad del due­lo de lo que que­ría ha­blar­nos. Es­car­be­mos

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - LIBROS . ACTUALIDAD - TEX­TO: MA­RÍA VIÑAS

El mar­tes 5 de ju­lio del 2016, An­to­nio Ara­ma­yo­na —ac­ti­vis­ta, co­le­ga de Eche­ni­que, una de las vo­ces can­tan­tes del 15M, co­lum­nis­ta y profesor de Filosofía, con una dis­ca­pa­ci­dad del 65 % que le obli­gó a des­pla­zar­se sus úl­ti­mos años en si­lla de rue­das— se qui­tó la vi­da. An­tes de ha­cer­lo, ar­ti­cu­ló una apa­ra­to­sa fun­ción: de­jó pro­gra­ma­da en su blog una sin­ce­rí­si­ma y desafian­te des­pe­di­da pós­tu­ma, con­ven­ció a Jon Sis­tia­ga pa­ra que de­ja­se tes­ti­mo­nio au­dio­vi­sual de su «ha­za­ña» —do­cu­men­tal, in­te­gra­do en su se­rie Ta­bú, que se es­tre­nó ha­ce un año— y pi­dió al que un día ha­bía si­do uno de sus alum­nos pre­di­lec­tos, el es­cri­tor Ser­gio del Mo­lino, que hi­cie­se lo pro­pio en las pá­gi­nas de un li­bro. El re­sul­ta­do fue La mirada de los pe­ces, el se­gun­do de sus tex­tos que pla­nea so­bre la muer­te. El pri­me­ro sa­lió pu­bli­ca­do ha­ce cua­tro años, des­pués de que una ra­ra y agre­si­va leu­ce­mia se lle­va­se a su hi­jo. ¿Son es­tas me­mo­rias una he­rra­mien­ta de su­pera­ción? «To­do el asun­to de que la es­cri­tu­ra sir­ve pa­ra su­pe­rar co­sas es una men­ti­ra ab­so­lu­ta —ex­po­ne, lo más fran­co po­si­ble—. To­do lo con­tra­rio, si es­tás ahon­dan­do y ha­cien­do in­tros­pec­ción, lo que ha­ces es am­pli­fi­car el su­fri­mien­to. Pe­ro sí que me sir­vió pa­ra li­brar­me de un mun­do muy agre­si­vo, un mun­do que no com­pren­día el do­lor, el due­lo y la ne­ce­si­dad de que uno lo pue­da vi­vir a su ma­ne­ra». Se re­fie­re Del Mo­lino al re­la­to so­bre la pér­di­da del pe­que­ño Pa­blo. «Fue mi for­ma de en­ce­rrar­me, de que me de­ja­sen en paz, de es­ca­par de un mun­do que exi­gía nor­ma­li­dad, su­pera­ción, se­guir ade­lan­te».

De ese me­ca­nis­mo —la hoy tan so­ba­da au­to­fic­ción y a la que él pre­fie­re re­fe­rir­se co­mo con­fe­sión— echó mano de nue­vo Del Mo­lino cuan­do el profesor que le con­ven­ció en el ins­ti­tu­to de que lo su­yo era jun­tar le­tras de­le­gó en él la res­pon­sa­bi­li­dad de con­tar su his­to­ria. «Ese uso de lo que lla­mo una pri­me­ra per­so­na tram­po­sa es mi for­ma de en­fren­tar­me a los he­chos bio­grá­fi­cos que me per­tur­ban mu­cho, que me ha­cen plan­tear­me du­das, con la que ex­ca­vo en re­co­ve­cos don­de no ten­go cla­ro qué es lo que hay que pen­sar». La muer­te es uno de esos lu­ga­res; qui­zá por eso el ara­go­nés es hoy uno de los má­xi­mos ex­po­nen­tes de la ya eti­que­ta­da co­mo li­te­ra­tu­ra de due­lo —Di­dion, Um­bral, Aus­ter in­clu­so—. Sin em­bar­go, La mirada de los pe­ces no es un lu­to di­vi­di­do en cin­co ca­pí­tu­los, co­mo tam­po­co La ho­ra vio­le­ta fue un la­men­to di­la­ta­do. Am­bos —y el res­to de tí­tu­los que in­te­gran su bibliografía— son las vuel­tas, los ata­jos de un ca­mino sin áni­mo de mo­ra­le­ja y, es­pe­cial­men­te es­te úl­ti­mo, una ojea­da a la es­cri­tu­ra co­mo ofi­cio y, con la ex­cu­sa del sui­ci­dio de Ara­ma­yo­na, a unos años tan fun­da­men­ta­les, cree, co­mo los de la ado­les­cen­cia.

«Aun­que soy muy rea­cio al pensamiento má­gi­co, ten­go la sen­sa­ción de que es­te li­bro lo te­nía ya es­cri­to —re­ve­la—. Yo le ha­bía da­do mu­chas vuel­tas a la fi­gu­ra de An­to­nio y te­nía muy pen­sa­do es­cri­bir al­go so­bre él y la ado­les­cen­cia, pe­ro qui­zá no lo ha­bría es­cri­to has­ta den­tro de vein­te años. Cuan­do él ha­bló con­mi­go, me vino to­do de gol­pe, lo te­nía en la ca­be­za». Ar­mó en­ton­ces, a sal­tos, un puz­le de re­cuer­dos en el que en­ca­jó, a ba­se de ad­mi­ra­ción y al­go de cul­pa, el re­tra­to del hom­bre que ac­cio­nó to­dos sus re­sor­tes pa­ra sa­lir de un ba­rrio gris; pe­ri­fé­ri­co, in­dus­trial, aburrido e in­có­mo­do. Ni es un ho­me­na­je a An­to­nio, ni mu­cho me­nos un ajus­te de cuen­tas, avi­sa Del Mo­lino. «Es una mirada —in­sis­te—, una mirada com­pren­si­va. Lo que in­ten­to es com­pren­der­me a mí mis­mo y a mi ge­ne­ra­ción, y lo que re­pre­sen­tó él».

Tie­ne, ade­más, un pun­to de «fal­sa no­ve­la de apren­di­za­je», aña­de, por­que es la ado­les­cen­cia vis­ta des­de la pers­pec­ti­va de un adul­to. «Pe­ro lo fun­da­men­tal, lo que yo bus­ca­ba, era re­cons­truir o re­mi­rar ese mun­do ado­les­cen­te que me fas­ci­na, in­da­gar en él». ¿Se­duc­to­ra la ado­les­cen­cia? «Te­ne­mos una re­la­ción muy con­flic­ti­va con esa eta­pa —ar­gu­men­ta—. Sir­ve pa­ra di­so­ciar­nos: nos re­co­no­cer­nos y no a la vez, nos sen­tir­nos ex­tra­ños con la per­so­na que fui­mos, a ve­ces aver­gon­za­dos, a ve­ces me­nos or­gu­llo­sos, es don­de co­me­te­mos los pri­me­ros erro­res... y hay un mon­tón de pri­me­ras ve­ces, un mon­tón de idio­te­ces que no es­tán con­ta­mi­na­das por el ci­nis­mo del adul­to». Un «la­bo­ra­to­rio», di­ce. Un «lu­gar de ex­pe­ri­men­ta­ción sin con­se­cuen­cias» de lo que al­gún día se­re­mos. «Una cons­truc­ción de la iden­ti­dad bá­si­ca». «Cuan­do uno quie­re com­pren­der quién es y cuál es el lu­gar que ocu­pa en el mun­do, en al­gún mo­men­to tie­ne que mi­rar ha­cia esos años. Es don­de to­do se for­ma y don­de to­do se em­pie­za a echar a per­der».

SAN­DRA ALON­SO

LA MIRADA DE LOS PE­CES AU­TOR

SER­GIO DEL MO­LINO EDI­TO­RIAL

LI­TE­RA­TU­RA RAN­DOM HOU­SE

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