“Vi­vi­mos en una so­cie­dad que le ha da­do la es­pal­da a la pa­la­bra”

El can­tau­tor fe­rro­lano se ha con­ver­ti­do en uno de los ar­tis­tas más exi­to­sos del país, pe­ro no ol­vi­da los ba­res don­de cre­ció ni la fra­gi­li­dad de la in­dus­tria mu­si­cal y el éxi­to

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - MÚSICA . ENTREVISTA - TEX­TO: CAR­LOS PE­REI­RO

Ha­ce tiem­po que An­drés Suá­rez es un nom­bre pro­pio tan re­co­no­ci­ble que ha pa­sa­do a co­lar­se en­tre ese se­lec­to gru­po de ar­tis­tas —aun­que él no es muy fan de esa pa­la­bra— que cuel­gan el cartel de «sin en­tra­das» en la puer­ta del re­cin­to don­de to­ca ca­da no­che. Echa de me­nos Ga­li­cia, y es­te ve­rano ape­nas ten­drá un par de oca­sio­nes pa­ra ver­lo. Una se­rá en Pontevedra, en sus fies­tas pa­tro­na­les, gra­tis. El lleno se sien­te tan pre­de­ci­ble que ya hoy qui­zás al­guien de­ci­da acam­par pa­ra co­ger si­tio. Y eso que fal­tan se­ma­nas.

—¿Le si­gue cos­tan­do a Es­pa­ña en­ten­der el tér­mino can­tau­tor co­mo al­go mo­derno, ac­tual?

—To­tal­men­te, es al­go que he co­men­ta­do y tra­ta­do de cam­biar a lo lar­go de mi ca­rre­ra. Si tú te vas a La­ti­noa­mé­ri­ca y ha­blas de Víc­tor Ma­nuel, Pe­dro Gue­rra, Is­mael Serrano... Joa­quín Sa­bi­na, Se­rrat o Au­te, sin co­men­ta­rios. Los tie­nen co­mo au­tén­ti­cos dio­ses, co­mo ver­da­de­ros re­si­den­tes de la pa­la­bra «maes­tros». Tie­nen un legado his­tó­ri­co, so­cial y cul­tu­ral que los con­vier­te en la mú­si­ca clásica del futuro.

—¿Y aquí?

—Aquí la gen­te te di­ce que de­bes te­ner cui­da­do con lo que co­men­tas, no va­ya a ser que di­gas que eres can­tau­tor y no ven­das dis­cos. Por fa­vor, vá­ya­se a pa­seo. Yo soy can­tau­tor y a mu­cha hon­ra. Ha­go mi mú­si­ca y mi le­tra. Ojo, que no di­go que los can­tau­to­res no sean que­ri­dos en Es­pa­ña, pe­ro pi­do un po­co más de res­pe­to por ellos. So­bre to­do cuan­do te­ne­mos a al­gu­nos de los me­jo­res, de esos que han cam­bia­do el mun­do. Pa­re­ce que los va­lo­ra­re­mos más muer­tos que en vi­da. Se­ría una pe­na. Me gus­ta ser can­tau­tor, esa fi­gu­ra de trans­mi­sor del pue­blo, de en­car­ga­do de en­mar­car vi­das e his­to­rias.

—Nos gus­ta ser cri­ti­co­nes. Es­tá ahí

MAR­TES, 14 DE AGOSTO, 22.30. PLA­ZA DE ES­PA­ÑA, PONTEVEDRA

tam­bién ese eterno de­ba­te en­tre el mú­si­co que sa­le de un pro­gra­ma de la te­le­vi­sión, y el que cre­ce en los ba­res y, con suer­te y ta­len­to, triun­fa fi­nal­men­te. Pa­re­ce que el se­gun­do, po­pu­lar­men­te, es­tá mu­chí­si­mo me­jor vis­to que el pri­me­ro. ¿Por qué?

—Yo no soy na­die pa­ra juz­gar la ca­rre­ra pro­fe­sio­nal de na­die. Que un cha­val ten­ga un ta­len­to o cier­ta gra­cia pa­ra can­tar, y ha­ya de­ci­di­do pre­sen­tar­se a un cas­ting... ¿Quié­nes somos no­so­tros GRA­TUI­TO es lo ob­vio, eso es lo fá­cil. Hay que mi­rar ha­cia los po­lí­ti­cos de es­te país, que des­de ha­ce años se han en­car­ga­do de ir ma­tan­do la cul­tu­ra, de prohi­bir­la, de qui­tar la mú­si­ca de los me­dios por­que se­gún ellos no in­tere­sa. Se ha ge­ne­ra­do una so­cie­dad de con­te­ni­dos ba­su­ra, ve­loz, de es­pal­das a la pa­la­bra, don­de una per­so­na de 14 años es ca­si im­po­si­ble que co­noz­ca a Pa­blo Mi­la­nés.

—¿Qué en­con­tró en Ma­drid?

—Mi­ra que yo aho­ra ten­go una mo­rri­ña ex­tre­ma. Me ven­go siem­pre llo­ran­do de Ga­li­cia, y eso que yo es­toy a seis ho­ras de co­che. Ten­go suer­te. ¿Ma­drid? Pues me brin­dó to­do. Te­nía 18 años y te­nía mu­cha sed y ga­nas de des­cu­brir el mun­do. Allí es­tá to­do, cla­ro. Si no me hu­bie­ra ido de Pan­tín, di­fí­cil­men­te es­ta­ría aquí aho­ra. Ma­drid me ofre­ció una li­ber­tad y un li­ber­ti­na­je ex­qui­si­to.

—Hay una can­ción de su úl­ti­mo dis­co, «Desami­ga». Se ha­bla po­co de ese do­lor y sue­le ser más duro que el del amor ro­mán­ti­co.

—Su­ce­dió en Ga­li­cia, co­mo no po­día ser de otra ma­ne­ra. Una trai­ción ami­ga. Co­no­cí los lí­mi­tes del do­lor ahí, na­da com­pa­ra­do a un amor no co­rres­pon­di­do o al­go si­mi­lar. Que­da pa­ra siem­pre. El desamor se cu­ra con el te­qui­la, pe­ro la desami­ga que­da ahí, con su lla­ga.

—Y la can­ta con Ro­za­lén, otra voz que es­tá triun­fan­do.

—¿Sabías que ha­bía un ru­mor en el mun­di­llo que de­cía que nos lle­vá­ba­mos mal? [se ríe] Y eso que so­lo ha­bía­mos com­par­ti­do tres fra­ses tal vez. Ima­gí­na­te cuan­do su­pi­mos los dos de es­to, y las ri­sas que nos echa­mos cuan­do le di­je que can­ta­ra es­ta. No sa­bes cuán­to me ale­gro de que es­té te­nien­do el éxi­to que es­tá arras­tran­do. Más del que pue­do ex­pli­car. Una can­tau­to­ra de Al­ba­ce­te con to­do por ha­cer.

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