Sue­ños ar­dien­tes en co­lor naranja

La Voz de Galicia (A Coruña) - La Voz de la Escuela - - PALABRAS - > Moncho Nú­ñez Cen­te­lla

En mar­zo de 1895, diez me­ses an­tes de ser nom­bra­do pri­mer ba­rón Leigh­ton (y de fa­lle­cer el po­bre de un in­far­to al día si­guien­te), Fre­de­ric Leigh­ton re­ma­tó y pu­so el tí­tu­lo de Fla­ming Ju­ne (Ar­dien­te ju­nio) a su obra maes­tra, un lien­zo cua­dra­do de 120 cen­tí­me­tros de la­do. Se tra­ta de una obra con­tro­ver­ti­da, que ha si­do ad­mi­ra­da por mu­chos, pe­ro til­da­da de kitsch (de es­té­ti­ca pre­ten­cio­sa y po­pu­lar) por al­gu­nos crí­ti­cos. Quie­nes ad­mi­ran es­te cua­dro des­ta­can su ex­hi­bi­ción de co­lor y trans­pa­ren­cia, la es­tu­dia­da pos­tu­ra de la mo­de­lo, la sen­sua­li­dad que ex­pre­sa — con su de­li­ca­do pun­to de ero­tis­mo—, y un am­bien­te ge­ne­ral de cá­li­da pla­ci­dez. Es una bo­rra­che­ra en naranja. En 1860 Leigh­ton se ha­bía aso­cia­do a la Her­man­dad Pre­rra­fae­li­ta, cu­yos miem­bros cri­ti­ca­ban la pin­tu­ra aca­dé­mi­ca que im­pe­ra­ba en In­gla­te­rra a me­dia­dos del XIX, acu­sán­do­la de pre­sen­tar «com­po­si­cio­nes ele­gan­tes, pe­ro fal­tas de sin­ce­ri­dad» y pro­pug­na­ban el co­lo­ri­do lu­mi­no­so de los pin­to­res del Re­na­ci­mien­to, es de­cir, an­te­rio­res a Rafael San­zio (de ahí el nom­bre que adop­ta­ron). El pri­mer ob­je­ti­vo de aque­lla her­man­dad era «ex­pre­sar ideas au­tén­ti­cas y sin­ce­ras». Sin du­da, bue­na in­ten­ción.

Tras el im­pac­to ini­cial fren­te a es­ta au­tén­ti­ca oda a la be­lle­za vic­to­ria­na, uno pien­sa —so­bre to­do en año de ce­le­bra­ción cen­te­na­ria— en Sha­kes­pea­re y su co­me­dia El sue­ño de una no­che de ve­rano; tam­bién en lo fá­cil que re­sul­ta com­par­tir fan­ta­sías y en la ne­ce­si­dad de se­pa­rar la ra­zón de aque­llo que se ama, se quie­re, se desea o se sue­ña. Con me­su­ra, pues sa­be­mos que los sue­ños son ne­ce­sa­rios pa­ra vi­vir (de ilu­sión tam­bién se vi­ve), e in­clu­so po­dría­mos con­si­de­rar un pa­so más y tra­tar de en­ten­der lo que Anaïs Nin es­cri­bió en su Dia­rio I (1931-34): «El sue­ño es mi ver­da­de­ra vi­da. Veo en él los ecos que me de­vuel­ven las úni­cas trans­fi­gu­ra­cio­nes que con­ser­van lo ma­ra­vi­llo­so en to­da su pu­re­za. Fue­ra, to­da la ma­gia se pierde. Fue­ra, la vi­da re­ve­la sus im­per­fec­cio­nes». Co­mo di­ría Ar­se­nio (Igle­sias), ¡qué du­da ca­be! ¿De ver­dad se pue­de sus­ti­tuir la vi­da por un sue­ño? For­zo­sa­men­te he de ce­rrar es­ta idea con el más fa­mo­so mo­nó­lo­go de Se­gis­mun­do, el que da tí­tu­lo a la obra de Cal­de­rón: «Que to­da la vi­da es sue­ño y los sue­ños sue­ños son». Amén.

Una vez des­pier­tos, va­ya­mos al grano; co­men­ce­mos por pen­sar que naranja es el co­lor de una fru­ta. Y que fue fru­ta an­tes de ser co­lor. El pri­mer uso en cas­te­llano de la pa­la­bra con que se de­sig­na el fru­to del na­ran­jo es del si­glo XIII, cuan­do los ára­bes in­tro­du­cen el ár­bol en Es­pa­ña, mien­tras que el tér­mino no se em­plea pa­ra co­lor has­ta el XVI. El co­lor naranja, se­gui­do de ro­jo y ama­ri­llo, es el pre­fe­ri­do de fru­tos y fru­tas (co­mo se di­ce aho­ra). No son las na­ran­jas y sus pa­rien­tes los úni­cos co­mes­ti­bles de ese mun­do cro­má­ti­co, pues hay mu­chos otros miem­bros del gru­po, co­mo me­lo­co­to­nes, al­ba­ri­co­ques, nís­pe­ros, ca­quis, me­lo­nes, ca­la­ba­zas, man­gos y de­más. La cul­pa del co­lor naranja es ca­si siem­pre de los lla­ma­dos ca­ro­te­noi­des, pig­men­tos cu­yo ejem­plo más co­no­ci­do es el ca­ro­teno, que es el que da co­lor a las za­naho­rias y cu­ya im­por­tan­cia die­té­ti­ca ra­di­ca en ser ori­gen de la vi­ta­mi­na A. Por cier­to, pa­re­ce ser que el con­su­mo de be­ta-ca­ro­teno pue­de ac­tuar co­mo pro­tec­tor an­te las ra­dia­cio­nes ul­tra­vio­le­tas. Di­cho que­da.

Pe­ro tam­bién hay naranja des­pués de la vi­da. Y si no, que se lo di­gan a los in­sec­tos y otros bi­chos pe­que­ños de ha­ce mi­llo­nes de años que que­da­ron atra­pa­dos en ám­bar, una re­si­na fó­sil que por su co­lor y be­lle­za se ha uti­li­za­do co­mo pie­dra de adorno des­de el Neo­lí­ti­co. Por cier­to, que el ám­bar es pa­rien­te quí­mi­co de la za­naho­ria y el na­ran­jo. Tam­bién lo es la co­lo­fo­nia, una re­si­na na­tu­ral pe­ga­jo­sa, que se ex­trae del pino y se co­no­ce tam­bién co­mo re­si­na de vio­li­nis­ta, pues se usa pa­ra im­pe­dir que el ar­co res­ba­le so­bre las cuer­das. Con el mis­mo fin la usan en la dan­za y el al­pi­nis­mo. Por úl­ti­mo, y co­mo anéc­do­ta, sé­pa­se que la re­si­na naranja de co­lo­fo­nia es cla­ve pa­ra ob­te­ner la fu­ma­ta blan­ca, que anun­cia la fi­na­li­za­ción del cón­cla­ve por elec­ción de nue­vo pa­pa. Ese hu­mo pro­vie­ne de la que­ma de las pa­pe­le­tas de vo­ta­ción que han uti­li­za­do los car­de­na­les, aña­dien­do una mez­cla quí­mi­ca que da el co­lor. La usa­da pa­ra blan­co tie­ne tres in­gre­dien­tes: clo­ra­to de po­ta­sio, lac­to­sa y co­lo­fo­nia. ¿Na­da de po­lí­ti­ca? Re­cor­de­mos la lla­ma­da ley de Cam­poa­mor: «En es­te mun­do trai­dor, na­da es ver­dad ni es men­ti­ra, to­do es se­gún el co­lor del cris­tal con que se mi­ra».

La re­si­na naranja de co­lo­fo­nia es in­gre­dien­te cla­ve de la fu­ma­ta blan­ca

«Sol ar­dien­te de ju­nio». Óleo so­bre lien­zo de Fre­de­ric Leigh­ton (1895). Mu­seo de Pon­ce (Puer­to Rico)

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.