«Pa­ra no­so­tros, to­do son pro­ble­mas y exi­gen­cias»

EMI­LIO RO­MA­NOS FO­TÓ­GRA­FO

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - EN PORTADA - } R. Es­té­vez

Emi­lio es­tu­dió In­for­má­ti­ca. Con su tí­tu­lo ba­jo el bra­zo, en­con­tró tra­ba­jo en una em­pre­sa de Mon­for­te. Ha­ce unos años, la ines­ta­bi­li­dad la­bo­ral y los re­cor­tes sa­la­ria­les lla­ma­ron a la puer­ta de esa firma. Él, di­ce, era una per­so­na va­lo­ra­da des­pués de vein­te años dan­do el do de pe­cho, y «te­nía el tra­ba­jo ase­gu­ra­do» a pe­sar de la tor­men­ta. Pe­ro aque­llo no era lo su­yo. «Re­ci­bí una pe­que­ña he­ren­cia, eché cuen­tas, y de­ci­dí in­ten­tar vi­vir de la fo­to­gra­fía», re­la­ta. La apues­ta era arries­ga­da —¿quién de­ja un tra­ba­jo en ple­na cri­sis?—. Pe­ro cua­tro años des­pués, Emi­lio Ro­ma­nos ase­gu­ra que va­lió la pe­na dar aquel sal­to sin red. Se de­di­ca a la fo­to­gra­fía de even­tos so­cia­les y ce­re­mo­nias. «Apos­té por la ca­li­dad, me for­mé y me si­go for­man­do pa­ra eso, pa­ra ha­cer un tra­ba­jo di­fe­ren­te a lo que hay por ahí, fue­ra de lo ha­bi­tual, y ha re­sul­ta­do muy bien... Y eso que mis ta­ri­fas no son ba­ra­tas», se­ña­la.

En su ne­go­cio, él lo ha­ce to­do. Él se en­tre­vis­ta con los po­si­bles clien­tes, ha­ce pre­su­pues­tos, dis­pa­ra cien­tos de fo­tos en lar­gas se­sio­nes; se­lec­cio­na, de en­tre los cien­tos de ins­tan­tá­neas, las mejores. Las edi­ta, las or­de­na pa­ra dar for­ma a ál­bu­mes y li­bros... To­do eso, evi­den­te­men­te, le con­su­me lar­gas ho­ras de tra­ba­jo. «Nor­mal­men­te, des­de las ocho de la mañana a las diez de la no­che, con una pa­ra­da pa­ra co­mer, cla­ro», re­la­ta es­te in­fa­ti­ga­ble au­tó­no­mo. Si to­do el tiem­po fue­se pa­ra eso, pa­ra ha­cer lo que le gus­ta, la co­sa se­ría más lle­va­de­ra. Pe­ro es que, ade­más de ha­cer las ta­reas de un buen fo­tó­gra­fo, a Emi­lio le to­ca li­diar con to­dos esos otros asun­tos que traen de ca­be­za a las em­pre­sas. «Lo lle­vo to­do, la con­ta­bi­li­dad, el pa­pe­leo... To­do». Y él, co­mo ca­si to­dos los au­tó­no­mos del país, sa­be que to­do es mu­cho. De­ma­sia­do. «Pa­ra em­pre­sas co­mo la mía to­do son pro­ble­mas y exi­gen­cias», di­ce. «En la em­pre­sa que tra­ba­ja­ba an­tes, que fac­tu­ra mi­llo­nes de eu­ros al año, creo que hi­cie­ron cua­ren­ta ins­pec­cio­nes en vein­te años que yo es­tu­ve allí. Aho­ra, des­de que ten­go la mía, ca­da vez que pre­sen­to la de­cla­ra­ción de la Ren­ta me lo re­vi­san ab­so­lu­ta­men­te to­do va­rias ve­ces y me pi­den pa­pe­les de to­das las cla­ses. Me ha­cen per­der un mon­tón de tiem­po», cuen­ta Ro­ma­nos. Y el tiem­po, pa­ra al­guien que ges­tio­na de ca­bo a ra­bo su pro­pia em­pre­sa, es al­go ca­si más va­lio­so que el oro.

Emi­lio lle­va años sin co­ger­se va­ca­cio­nes. «Mis va­ca­cio­nes son los tres días del Re­su­rrec­tion Fest; esos no los per­dono», di­ce.

| ROI FER­NÁN­DEZ

Emi­lio es­tu­dió in­for­má­ti­ca pe­ro ama la fo­to­gra­fía.

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