Des­pi­dos

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - ACTUALIDAD - Juan Car­los Mar­tí­nez

Uno de los mu­chos as­pec­tos ex­tra­ños que tu­vo la elección de Do­nald Trump fue el al­to apre­cio que sus se­gui­do­res ma­ni­fes­ta­ban por la fa­ci­li­dad con que el mag­na­te des­pe­día a los em­plea­dos. Aquí cho­có, por­que no te­nía­mos pre­sen­te que se ha­bía pa­sa­do 14 tem­po­ra­das haciendo de juez úni­co en el pro­gra­ma de te­le­vi­sión El apren­diz, una es­pe­cie de Mas­te­rchef de los ne­go­cios, que so­lía aca­bar con Trump di­cién­do­le al con­cur­san­te: «You are fi­red!» (¡Es­tás des­pe­di­do!). Pro­ba­ble­men­te esos vo­tan­tes pen­sa­ran que Trump, en la Ca­sa Blan­ca, se ce­pi­lla­ría a tan­tos y tan­tos man­da­ta­rios obe­dien­tes a la co­rrup­te­la de los po­de­res es­ta­ble­ci­dos, a quie­nes pa­re­cía re­pre­sen­tar más cla­ra­men­te Hi­llary Clin­ton.

En Es­pa­ña, de mo­men­to, el que des­pi­de no tie­ne na­da de ad­mi­ra­ble. Aún re­cor­da­mos có­mo aca­bó Ma­fo, el go­ber­na­dor del Ban­co de Es­pa­ña que re­co­men­dó eli­mi­nar las in­dem­ni­za­cio­nes por des­pi­do (aca­bó des­pe­di­do; eso sí, con in­dem­ni­za­ción mi­llo­na­ria), o su al­ter ego Díaz-Fe­rrán, el pre­si­den­te de la CEOE que re­cla­ma­ba equi­pa­rar los des­pi­dos im­pro­ce­den­tes con los pro­ce­den­tes. Es­te no aca­bó des­pe­di­do, sino ad­mi­ti­do por Ins­ti­tu­cio­nes Pe­ni­ten­cia­rias.

Aquí no gus­tan los des­pi­dos, por­que aún so­mos sen­si­bles al do­lor ajeno. Na­da más des­ta­par­se la cri­sis, en el 2009, hu­bo en Es­pa­ña un mi­llón de des­pi­dos, más del do­ble que el año an­te­rior. Ese ejer­ci­cio y el si­guien­te, es­te mé­to­do de in­gre­so en el pa­ro su­pe­ró el 25 % de to­dos los ce­ses en la ac­ti­vi­dad la­bo­ral. Ya ocu­pa­ba el pri­mer lu­gar, con el 50 %, el fin de con­tra­to, mé­to­do más neu­tro, fa­ci­li­ta­do por la re­for­ma la­bo­ral de 1994. En el 2017, los 365.000 des­pi­dos re­gis­tra­dos su­pu­sie­ron so­lo el 10,3 % de los ce­ses y es­ta sí es una bue­na se­ñal de sa­li­da de la cri­sis.

Vol­vien­do a Trump, hay que de­cir que ha cum­pli­do las ex­pec­ta­ti­vas. No hay se­ma­na en que no des­pi­da a un fis­cal, a un di­rec­tor ge­ne­ral o a un se­cre­ta­rio eje­cu­ti­vo. Su agre­si­va de­fen­sa con­tra los que pro­mue­ven su pro­pio des­pi­do, el im­peach­ment, no ca­sa mucho con los prin­ci­pios que de­fen­día en la te­le y en la cam­pa­ña. Se en­tien­de: a na­die le gus­ta pre­di­car con el ejem­plo.

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