Lau­ra MOON, la novia ca­dá­ver

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Qué Hay De Nuevo - JOR­GE CARRIÓN*

La ma­gia no exis­te por­que la vi­da no es tan in­tere­san­te”.

En el bri­llan­tí­si­mo cuar­to ca­pí­tu­lo (Git go­ne) de la se­rie Ame­ri­can Gods se na­rra, en un flash-back, có­mo se co­no­cen Lau­ra y Sha­dow Moon. Có­mo él la se­du­jo; có­mo ella se de­jó. Ella es cru­pier en un ca­sino y él, un es­ta­fa­dor de tres al cuar­to. Pe­ro la cor­te­ja y ella se de­ja que­rer, y el se­xo y la de­pre­sión ca­mu­fla­da, y la vi­da co­ti­dia­na y, de pron­to, una bo­da. Es Lau­ra quien le pro­po­ne a Sha­dow el atra­co per­fec­to. Pe­ro los dio­ses han cons­pi­ra­do pa­ra adue­ñar­se del des­tino de su es­po­so: el gol­pe per­fec­to se re­ve­la im­per­fec­to y Sha­dow aca­ba con sus hue­sos en la cár­cel. Y co­mo ella no es­ta­ba enamo­ra­da, se acues­ta con el ami­go de su ma­ri­do y es­po­so de su me­jor ami­ga. Y así has­ta el ac­ci­den­te au­to­mo­vi­lís­ti­co do­ble­men­te mor­tal del pri­mer epi­so­dio. Esa his­to­ria or­di­na­ria se vuelve ori­gi­nal en el mo­men­to en que Lau­ra le da es­qui­na­zo, en un plano so­bre­na­tu­ral, a la mis­mí­si­ma Muer­te. Y regresa al mun­do de los vi­vos. Y lu­cha con­tra la des­com­po­si­ción de su cuer­po y esas mos­cas tan mo­les­tas que la ro­dean pa­ra re­cu­pe­rar a su amor. O pa­ra in­ven­tar­lo. Pa­ra que Sha­dow Moon vuel­va a sus bra­zos, que se caen a pe­da­zos. Pa­ra que es­ta vez el amor sea real­men­te co­rres­pon­di­do. Tal vez el poe­ma más per­fec­to ja­más escrito sea el que la tra­di­ción ha ti­tu­la­do Amor cons­tan­te más allá de la muer­te, de Francisco de Que­ve­do. Es el re­sul­ta­do de la su­ma im­po­si­ble de dos cuar­te­tos ma­gis­tra­les (“Ce­rrar po­drá mis ojos la pos­tre­ra / som­bra... / y per­der el res­pe­to a ley se­ve­ra”) y de dos ter­ce­tos que desafían las le­yes de la re­tó­ri­ca y de la ter­mo­di­ná­mi­ca, con su­je­tos y pre­di­ca­dos que em­pie­zan y ter­mi­nan don­de les da la ga­na. Y ese fi­nal, por dios: “Polvo se­rán, mas polvo enamo­ra­do”. La pa­sión es tan fuer­te que per­vi­ve has­ta en el más allá. Or­feo y Eu­rí­di­ce; Pao­lo y Fran­ces­ca; mi­les de pa­re­jas de fic­ción han in­sis­ti­do en esa hi­pér­bo­le a lo lar­go de los si­glos sin cuestionar su esen­cia. Has­ta que ha lle­ga­do Lau­ra Moon con una vuelta de tuer­ca ra­di­cal. Por­que Lau­ra mue­re en el epi­so­dio pi­lo­to con (va­ya, va­ya) el pe­ne de su aman­te en la bo­ca. Por­que Lau­ra (sa­cri­le­gio) no es­ta­ba real­men­te enamo­ra­da de Sha­dow cuan­do es­ta­ba vi­va. Por­que Lau­ra (aplau­so) se enamo­ra de su amor lo­ca­men­te des­pués de su muer­te. El su­yo es un amor pu­tre­fac­to que pa­sa de la muer­te. Ella es la novia ca­dá­ver que se re­be­la con­tra la tra­di­ción ma­chis­ta y ar­tís­ti­ca oc­ci­den­tal. *Jor­ge Carrión es au­tor de Te­les­ha­kes­pea­re (Erra­ta Na­tu­rae).

La ac­triz Emily Brow­ning in­ter­pre­ta a Lau­ra Moon en Ame­ri­can Gods.

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