EL CAILE

LA AR­TÍ­FI­CE DE PAL­ME­RAS EN LA NIE­VE NOS RE­GA­LA EN ES­TE RE­LA­TO UNA HIS­TO­RIA DE AMOR MÁS ALLÁ DEL TIEM­PO, GRA­CIAS AL PO­DER DE LA MÚ­SI­CA. ILUS­TRA­CIÓN: MAI­TE NIE­BLA

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Adolescente A Bordo - LUZ GABÁS, es­cri­to­ra

ebo dar­me pri­sa. Pron­to so­na­rá la mú­si­ca. Mis de­dos es­tán más tor­pes que de cos­tum­bre. Se­rán los ner­vios. El úl­ti­mo bo­tón no quie­re atra­ve­sar el ojal. No quie­re y no quie­re. Pues no lo fuer­zo más y que se me vea un po­qui­to el es­co­te. Le gus­ta­ba mi es­co­te. Cuan­do es­ta­ba tris­te, se in­cli­na­ba y hun­día la na­riz en mi pe­cho, pa­ra in­ha­lar al­go de cal­ma, de­cía, pa­ra ol­vi­dar­se de to­do lo que no fue­ra piel, ca­ri­cia, ca­lor hú­me­do. Se aga­cha­ba por­que soy ba­ji­ta. Y ce­rra­ba los ojos y me olía co­mo si hu­bie­ra es­ta­do fue­ra du­ran­te me­ses y me re­co­no­cie­ra, aun­que so­lo hu­bie­ran pa­sa­do ape­nas unas ho­ras des­de la vez an­te­rior. Me pre­gun­to por dón­de an­da­rá, aho­ra que el tiem­po ya no tie­ne el mis­mo sig­ni­fi­ca­do pa­ra nin­guno de los dos. Tal vez me lo en­cuen­tre lue­go, y se me acer­que, y me in­vi­te a to­mar al­go, o a bai­lar, co­mo hi­zo la pri­me­ra vez, con los ojos cla­ros bri­llan­tes de no­che y los la­bios en su jus­ta me­di­da de son­ri­sa, cor­dial, edu­ca­do, sen­sual, sin­ce­ro. So­lo de pen­sar­lo me pon­go más ner­vio­sa y me cues­ta re­pa­sar­me los la­bios con el car­mín de tono sua­ve. Me mi­ro por úl­ti­ma vez y me re­to­co una on­da del ca­be­llo tan cas­ta­ño co­mo el de tan­tas. Des­pués de to­do, no me dis­gus­ta la ima­gen que me de­vuel­ve el es­pe­jo. Sé que le gus­ta­ría ver­me exac­ta­men­te así. Co­jo un chal de se­da y me lo co­lo­co so­bre los hom­bros. Ha­ce mu­cho ca­lor, pe­ro nun­ca se sa­be có­mo pue­de ter­mi­nar una no­che. Sal­go de la ha­bi­ta­ción y des­de las es­ca­le­ras es­cu­cho los pri­me­ros acor­des de una trom­pe­ta. Es­toy se­gu­ra de que no me equi­vo­co al pen­sar que to­das las or­ques­tas de to­das las fies­tas de to­dos los pue­blos en ho­nor a sus san­tos pa­tro­nes co­mien­zan con un pa­so­do­ble, aun cuan­do ca­da vez lo bai­len me­nos pa­re­jas. Hay al­go tris­te en el de­seo for­za­do de con­ta­giar ale­gría a una au­dien­cia pa­si­va que me­ro­dea sin sa­ber muy bien có­mo o en qué mo­men­to pre­ci­so co­men­zar la fies­ta. A mí no me gus­ta es­ta mú­si­ca es­pe­cial­men­te, soy me­nos clá­si­ca, pe­ro me ale­gra que exis­ta. Mar­ca los años. Los que to­da­vía vi­vi­mos nos jun­ta­mos un ra­to en la pla­za. A ver quién vie­ne. A ver quién va. Qué lle­va pues­to. Qué me cuen­ta. No es­tá mal la or­ques­ta. No to­can mal. Cuán­ta len­te­jue­la. Otra co­pa, ven­ga. Un año más. Un año me­nos. Me ale­gra que se cue­le la mú­si­ca por los ca­lle­jo­nes, por los res­qui­cios de las puer­tas, que vi­bren las pa­re­des, que el so­ni­do in­ne­ce­sa­ria­men­te al­to te im­pi­da pen­sar con cla­ri­dad. Es un pa­rén­te­sis que abar­ca un aban­dono, que en­mar­ca un va­cío. Bueno, aho­ra es un va­cío. Pe­ro lle­gó a ser una se­cuen­cia her­mo­sa. Tal vez es­ta no­che de verano pue­da vol­ver a es­cri­bir un bo­ni­to enun­cia­do. —¿Vas a la fies­ta? —en el tono de la voz de mi her­mano ma­yor no hay ni sor­pre­sa ni re­pro­che. — Una vuelta —le di­go. — ¿Quie­res que te acom­pa­ñe? Nie­go con la ca­be­za. — No co­jas frío...—me son­ríe con los ojos.

Me acer­co y de­po­si­to un be­so en su ca­be­za. Es un hom­bre tran­qui­lo de gus­tos sen­ci­llos. Se en­tre­tie­ne vien­do la te­le­vi­sión y to­do le pa­re­ce bien. No cri­ti­ca a na­die y na­die le cri­ti­ca a él. Sé que sa­be por qué lo ha­go, pe­ro nun­ca sa­ca­rá el te­ma. Por eso siem­pre nos he­mos lle­va­do tan bien. Lo com­pren­de to­do. Su vi­da no ha si­do fá­cil, pe­ro no sien­te re­sen­ti­mien­to. Ca­mino des­pa­cio por la ca­lle en la que gru­pos de jó­ve­nes con va­sos en la mano ríen y ríen. Me gus­ta es­ta mo­da de­sen­fa­da­da de te­ja­nos ro­tos, me­le­nas lar­gas y tu­pés. Va­rios de ellos me re­co­no­cen, me sa­lu­dan con afec­to fes­ti­vo y me ofre­cen un va­so que yo re­cha­zo con una son­ri­sa. El al­cohol no me sien­ta bien. Les pre­gun­to si tam­bién van al bai­le y me res­pon­den que des­pués, cuan­do es­té más ani­ma­do. Les di­go que có­mo se va a ani­mar si ellos no es­tán y se en­co­gen de hom­bros. Su­pon­go que cuan­do ellos va­yan, yo ya me ha­bré acos­ta­do. Tras­no­char tam­po­co me sien­ta bien. omo vi­vo en un lu­gar pe­que­ño, co­mo tan­tos en los que ca­da ca­lle de ca­sas ba­jas con­du­ce has­ta la pla­za, en­se­gui­da lle­go al bai­le. So­bre un es­ce­na­rio, los mú­si­cos to­can de es­pal­das a la igle­sia. Un gru­po de ni­ños ato­lon­dra­dos por la hora tar­día co­rre­tean, bai­lan, se cho­can en­tre sí y se acer­can a los al­ta­vo­ces en­sor­de­ce­do­res pa­ra sen­tir sus vi­bra­cio­nes. Me en­can­tan los ni­ños; có­mo los en­vi­dio. Per­so­nas de di­fe­ren­tes eda­des se arra­ci­man jun­to a la ba­rra del bar ha­blan­do y con­tem­plan­do a las pri­me­ras pa­re­jas de bai­la­ri­nes que des­li­zan sus pies guia­dos por la cos­tum­bre más que por el en­tu­sias­mo, que lle­ga­rá cuan­do sue­nen las pie­zas más mo­vi­das. Yo bus­co asien­to jun­to a unas ami­gas en uno de los ban­cos dis­pues­tos al­re­de­dor de la pla­za, a una dis­tan­cia que me per­mi­ta ob­ser­var­lo to­do sin que me atur­da de­ma­sia­do el so­ni­do. De nor­mal soy ha­bla­do­ra, pe­ro en días co­mo el de hoy no me ape­te­ce char­lar, así que agra­dez­co que re­sul­te di­fí­cil man­te­ner una con­ver­sa­ción con mis com­pa­ñe­ras de ban­co. Al po­co, no­to que uno de mis pies co­mien­za a acom­pa­sar el rit­mo de la mú­si­ca. Pre­sien­to que el mo­men­to se acer­ca y cie­rro los ojos. De­seo con to­da mi al­ma sa­bo­rear­lo. Ima­gino en­ton­ces que to­do co­mien­za de nue­vo. Las mi­ra­das. Las ri­sas. El ro­ce. El parpadeo que nu­bla la ra­zón. —Es­ta­ría siem­pre así —me su­su­rra, por fin—, co­mo aho­ra, con­ti­go en­tre mis bra­zos. Y yo río y le creo por­que a mí me su­ce­de lo mis­mo. Nin­gún vals sue­na tris­te o re­sul­ta te­dio­so. Nin­gu­na pie­za es lo su­fi­cien­te­men­te lar­ga. Un, dos, tres, un, dos, tres… To­do es una vuelta eterna en un es­pa­cio sin obs­tácu­los, sin dis­tan­cias. El tiem­po sus­pen­di­do, el segundo an­tes de un sal­to des­de una al­tu­ra in­fi­ni­ta. Un, dos, tres, un, dos, tres, un, dos tres… es­pi­ro hon­do pa­ra re­cu­pe­rar el alien­to. De re­pen­te me sien­to can­sa­da. Con lo que a mí me ha gus­ta­do siem­pre bai­lar, ca­da día me cues­ta más. Me des­pi­do de él, has­ta pron­to, has­ta cual­quier otro mo­men­to, has­ta que me bus­ques, has­ta que me en­cuen­tres, has­ta siem­pre. Me des­pi­do de mis ami­gas, que no in­sis­ten pa­ra que me que­de por­que me co­no­cen, y re­to­mo el ca­mino de vuelta a ca­sa. La mú­si­ca re­sue­na en mis oí­dos a lo lar­go de las ca­lles va­cías mien­tras el co­ra­zón me pal­pi­ta ex­ci­ta­do. En­cuen­tro a mi her­mano dor­mi­do fren­te al te­le­vi­sor. Lo apa­go y se des­pier­ta. — Ya es­tás aquí… —di­ce, con una son­ri­sa des­pis­ta­da. Lo acom­pa­ño a su ha­bi­ta­ción. Ca­mi­na­mos des­pa­cio, co­mo los dos vie­jos que so­mos, aun­que por unas ho­ras lo ha­ya ol­vi­da­do. — ¿Lo has pa­sa­do bien? —me pregunta. Asien­to con la ca­be­za. — Por un mo­men­to pen­sé… —no ter­mino la fra­se, no es ne­ce­sa­rio. —Lo sé —me aca­ri­cia la mano le­ve­men­te y emi­te un sus­pi­ro bre­ve, tris­te. Es me­jor no ha­blar de la so­le­dad. Re­gre­so a mi ha­bi­ta­ción y co­mien­zo a des­ves­tir­me —los bo­to­nes se li­be­ran con fa­ci­li­dad—, mien­tras com­ple­to el pen­sa­mien­to en mi ca­be­za. Por un mo­men­to pen­sé que no te­nía los años que ten­go. Pen­sé que to­do co­men­za­ba en ese mo­men­to. Que to­da­vía no me ha­bía ca­sa­do ni te­nía hi­jos que aho­ra vi­ven le­jos. Que no ha­bía en­viu­da­do. Que na­da ha­bía su­ce­di­do. Que no ha­bía re­gre­sa­do a la ca­sa don­de na­cí, con mi her­mano sol­te­ro, por­que to­da­vía no me ha­bía ido. Que no ha­bía vi­vi­do una gue­rra y dé­ca­das de cam­bios. Que mis pier­nas vo­la­ban so­bre la pis­ta de bai­le. Pe­ro la ima­gen que me de­vuel­ve el es­pe­jo so­bre la có­mo­da es inequí­vo­ca. Ten­go 93 años, el cuer­po gas­ta­do y la men­te lú­ci­da. Me tum­bo en la ca­ma. Pen­sé tam­bién, lo re­co­noz­co, que nun­ca se ha­bía ido. Que se­guía a mi la­do. Y ador­me­cién­do­me con la mú­si­ca que si­gue so­nan­do de fondo, co­mo el año an­te­rior y quién sa­be si tam­bién el pró­xi­mo, re­cuer­do có­mo es­te cuer­po lo ama­ba. Un, dos, tres… Oh, Dios. Có­mo lo ama­ba.

Por un mo­men­to pen­sé que no te­nía los años que ten­go. Que co­men­za­ba de nue­vo.

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