PACA CAGUIRRE

45 años des­pués de su pu­bli­ca­ción se re­cu­pe­ra Íta­ca, un hi­to en la poe­sía es­pa­ño­la con­tem­po­rá­nea. Au­to­di­dac­ta, iró­ni­ca y sen­ti­men­tal (a su ma­ne­ra), Aguirre de­fien­de su ver­dad y con­ser­va in­tac­ta la me­mo­ria de un tiem­po de mi­se­ria. Por Isa­bel Na­va­rro / Fo­to

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Protagonista -

“Cual­quie­ra se pue­de mo­rir, pe­ro mo­rir a so­las es más lar­go”. Lo es­cri­be Paca Aguirre en Íta­ca, ese tí­tu­lo cru­cial en la poe­sía es­pa­ño­la (que aho­ra re­edi­tan Ti­gres de Pa­pel y la Aso­cia­ción Ge­nia­lo­gías). Era el año 1971, y la eter­na com­pa­ñe­ra de Fé­lix Gran­de le de­cía al mun­do: “Yo tam­bién soy poe­ta”. Paca te­nía en­ton­ces 40 años, era su pri­mer li­bro y ga­nó el pre­mio Leo­pol­do Pa­ne­ro ha­blan­do de lo que me­jor co­no­cía: la vi­da de puer­tas aden­tro, cuan­do Uli­ses se aven­tu­ra ha­cia el Me­di­te­rrá­neo y Pe­né­lo­pe se que­da al otro la­do de la ven­ta­na (o del pa­si­llo), es­pe­ran­do su regreso. La mu­jer que vi­ve en Íta­ca mira ha­cia el ho­ri­zon­te “con la avi­dez del fu­gi­ti­vo”; y ha­ce un tra­ba­jo “pun­tual, mi­nu­cio­so y siem­pre inú­til”. Has­ta que el otro re­gre­sa, pe­ro no es el mis­mo: “(...) A mi me­sa se sien­tan Cir­ce con sus si­re­nas, Nau­si­caa con su ju­ven­tud./ (...) Ha vuel­to, no sa­be bien a qué. / Sos­pe­cha de la cal­ma co­mo si tu­vie­ra un vi­rus”. Aho­ra Paca tie­ne 86 lú­ci­dos años y si­gue, co­mo en­ton­ces, an­cla­da a la tierra, y an­tes de ha­blar de li­te­ra­tu­ra, me cuen­ta el se­cre­to de su tor­ti­lla de pa­ta­tas. Da la sen­sa­ción de que se sien­te más or­gu­llo­sa de su re­ce­ta que del Pre­mio Na­cio­nal que re­ci­bió en 2011 por His­to­ria de una anato­mía. Su hi­ja Lu­pe, tam­bién poe­ta, la re­cuer­da dor­mi­da de pie, con la ra­se­ra en la mano, apo­ya­da en la bi­blio­te­ca del pa­si­llo, mien­tras en el sa­lón es­cri­to­res co­mo Cor­tá­zar, Onet­ti, Jo­sé Hie­rro o Qui­ño­nes ejer­cían jun­to a Fé­lix Gran­de el hu­mo, la lí­ri­ca y la po­lí­ti­ca has­ta la ma­dru­ga­da. “Aquí siem­pre se dur­mió po­co”. En sus res­pues­tas, Paca sal­pi­ca sus re­cuer­dos de vo­ces aje­nas, que in­ter­pre­ta, a ve­ces, con el tim­bre im­pos­ta­do de una actriz de ra­dio­tea­tro. Na­ció en Ali­can­te, en 1930, pe­ro la ma­yor par­te de su vi­da ha trans­cu­rri­do en es­te mis­mo pi­so de Cham­be­rí, que al­qui­ló su abue­la al fi­nal de la gue­rra y fue el tris­te es­ce­na­rio de un ham­bre atroz. Hoy Paca lle­va un co­llar de per­las fal­sas y, a su edad, tie­ne el mis­mo pe­lo ri­za­do, ne­gro y vi­vo de su in­fan­cia, por el que la lla­ma­ban Ki­ki. Di­ce que nun­ca se ha te­ñi­do, y al­go de la niña se le ha que­da­do en el pe­lo, en el hu­mor y en las pa­re­des, don­de los cua­dros de su pa­dre, Lo­ren­zo Aguirre, la con­ser­van a sus ocho años, ves­ti­da de ja­po­ne­sa y con los ojos ras­ga­dos.

Mu­jer­hoy. ¿Por qué es­cri­bió ¿Des­de dón­de? Paca Aguirre.

Íta­ca? La res­pues­ta es­tá en el pro­pio li­bro. Yo me pa­sé la vi­da aguan­tan­do a Fé­lix, y Fé­lix se pa­só la vi­da aguan­tán­do­me a mí. Por­que la con­vi­ven­cia entre dos per­so­nas que tie­nen una ca­be­za que fun­cio­na y que pien­sa –que pien­sa, in­clu­so, cuan­do no quie­re pen­sar– siem­pre tie­ne un pre­cio. En el li­bro, yo que­ría de­mos­trar que las co­sas que le pa­sa­ban a Pe­né­lo­pe eran, se­gu­ra­men­te, muy pa­re­ci­das a las que le pa­sa­ban a Uli­ses. Por eso Íta­ca ter­mi­na di­cien­do: “Soy pa­ra él peor que una trai­ción, soy tan inex­pli­ca­ble co­mo él mis­mo”, por­que los se­res hu­ma­nos so­mos inex­pli­ca­bles los unos pa­ra los otros y Fé­lix y yo nun­ca nos men­ti­mos.

¿A su ma­ri­do le gus­tó el li­bro? ¿Le sor­pren­dió?

Le gus­tó y le sor­pren­dió mu­chí­si­mo. Yo es­cri­bí Íta­ca sin pe­dir per­mi­so a na­die. Y al pri­me­ro a quien se lo en­se­ñé fue a él. Y ya sé que es… ¿Có­mo de­cir­lo? Du­ri­to... pe­ro soy in­ca­paz de men­tir, so­bre to­do en poe­sía. Yo siem­pre ha­blo de lo que he vi­vi­do.

El li­bro tie­ne im­preg­na­do un sen­ti­mien­to de de­rro­ta...

De de­rro­ta no, de so­le­dad sí. Pe­né­lo­pe no fue nun­ca una de­rro­ta­da. Pe­né­lo­pe es­pe­ró por al­go, pe­ro cuan­do Uli­ses re­gre­só y se ex­pli­ca­ron, la re­la­ción que­dó en lo que que­dó. “Si te­ne­mos que vi­vir, vi­va­mos con lo que hay, pe­ro no me ven­das otra co­sa”. [Le di­ce a un in­ter­lo­cu­tor in­vi­si­ble].

El ham­bre te vuel­ve lo­ca. Yo me acuer­do “Mis her­ma­nas y yo jun­tá­ba­mos mo­ne­das co­mo tres urra­cas pa­ra po­der al­qui­lar li­bros”.

¿La so­le­dad es al­go in­he­ren­te al ser hu­mano?

Pa­ra mí, sí; y eso es al­go que apren­dí muy pron­to. [Ba­ja la voz con dra­ma­tis­mo…]. Las pri­me­ras no­ti­cias de la so­le­dad las tu­vi­mos mis her­ma­nas y yo en Va­len­cia, y lue­go en Bar­ce­lo­na, ba­jo las bom­bas. El re­ma­te fue cuan­do es­tá­ba­mos en Fran­cia, es­pe­ran­do pa­ra co­ger un bar­co que nos lle­va­ra a Amé­ri­ca. Vi­vía­mos en un ho­tel. [Tra­za una es­pe­cie de plano con los ob­je­tos de la me­sa: el azu­ca­re­ro, la ta­za, el pla­to…]. Ve­nían los avio­nes ale­ma­nes y bom­bar­dea­ban el puer­to y lue­go la es­ta­ción. Es­tá­ba­mos aco­rra­la­dos. Íba­mos por las ha­bi­ta­cio­nes a ga­tas y mi madre de­ci­dió ha­cer las ma­le­tas: “Si nos que­da­mos nos ma­tan”. Pe­ro a mi pa­dre ese regreso le cos­tó la vi­da. Na­die se ex­pli­ca por qué. Se­gu­ra­men­te aca­bó en el ga­rro­te vil por­que, co­mo me di­jo una vez Luis Ro­sa­les, la en­vi­dia ma­ta más que el odio.

Tra­ba­jó co­mo se­cre­ta­ria de Luis Ro­sa­les du­ran­te dé­ca­das. ¿Po­día ha­blar li­bre­men­te con él de po­lí­ti­ca y de re­pre­sión fran­quis­ta, a pe­sar de que era un poe­ta del ré­gi­men? No, Ro­sa­les nun­ca fue un poe­ta del ré­gi­men. Era un poe­ta al que al­gu­na gen­te del ré­gi­men res­pe­ta­ba. Era un ca­tó­li­co, eso sí, un hom­bre que creía en Dios y era mo­nár­qui­co. Pe­ro con él no ha­bía ta­búes. Yo ha­blé con Luis Ro­sa­les de to­do y de to­dos. De he­cho, Ro­sa­les era un fe­roz an­ti­po­lí­ti­co y siem­pre so­lía de­cir que ha­bía al­go pe­ga­jo­so y muy tur­bio en el po­der. Sen­tía una enor­me tris­te­za. Y ayu­dó en to­do lo que pu­do a los es­cri­to­res sud­ame­ri­ca­nos que ve­nían per­di­dos y des­com­pues­tos, hu­yen­do de las dic­ta­du­ras. Juan Car­los Onet­ti fue ín­ti­mo ami­go su­yo. De he­cho, to­dos los que ve­nían hu­yen­do de las dic­ta­du­ras la­ti­noa­me­ri­ca­nas, an­tes o des­pués, pa­sa­ban por el en­ton­ces Ins­ti­tu­to de Cul­tu­ra His­pá­ni­ca; allí se ha­cían ter­tu­lias, se bus­ca­ban be­cas, tra­ba­jos… To­dos pa­sa­ban por el des­pa­cho de Luis Ro­sa­les, por la Bi­blio­te­ca His­pá­ni­ca, por Cua­der­nos His­pa­noa­me­ri­ca­nos [don­de Fé­lix Gran­de era re­dac­tor je­fe]… y mu­chos ter­mi­na­ban co­mien­do tor­ti­lla de pa­ta­ta en mi ca­sa. La re­la­ción con La­ti­noa­mé­ri­ca fue im­por­tan­tí­si­ma pa­ra no­so­tros.

La su­per­vi­ven­cia y, en es­pe­cial, el te­ma del ham­bre, ha si­do cru­cial en su li­te­ra­tu­ra. Sí, por­que una co­sa es co­mer po­co y otra el ham­bre. Y

el ham­bre no se te ol­vi­da nun­ca. Me acuer­do un día, en es­ta ha­bi­ta­ción, que mi tío Pe­pe y yo es­tá­ba­mos ti­ra­dos en el sue­lo, los dos pre­gun­tán­do­nos el uno al otro: “Y tú, ¿qué te co­me­rías?”. Y él me de­cía: “Mira, Ki­ki, yo me co­me­ría un po­lli­to, un po­llo pe­que­ñi­to pe­ro muy fri­ti­to. Y tú Ki­ki, ¿qué te co­me­rías?”. “Yo mu­chos hue­vos fri­tos con pa­ta­tas fri­tas, mu­chas pa­ta­ti­tas”… De­li­rá­ba­mos y ve­nía mi abue­la con unas ja­rri­tas lle­nas de agua y nos de­cía: “Vo­so­tros ha­blad lo que que­ráis, pe­ro a ca­da ra­ti­to be­béis un po­co de agua, que ya ve­réis co­mo así se os va pa­san­do el ham­bre”. Y era ver­dad.

Paca, ¿qué ha­ce el ham­bre en la ca­be­za?

Te vuel­ve lo­ca. La gen­te cuan­do ha­bla de ma­las épo­cas yo no sé de qué ha­blan, pe­ro yo de lo que ha­blo es del ham­bre. Te ju­ro que fue un tiem­po muy ma­lo y la co­sa se pu­so tan fie­ra que mi madre nos aca­bó lle­van­do a un co­le­gio pa­ra hi­jas de pre­sos po­lí­ti­cos, por­que en es­ta ca­sa no ha­bía na­da que echar­se a la bo­ca. Na­die te­nía di­ne­ro, pe­ro es que ni con di­ne­ro se po­día co­mer, por­que tam­po­co ha­bía ví­ve­res y en las ace­ras no cre­cía na­da. Fé­lix, que ve­nía de cul­tu­ra cam­pe­si­na y de po­bre­za más an­ces­tral, al vi­vir en un pue­blo siem­pre tu­vo al­gún hier­ba­jo o ga­lli­nas... Pe­ro es que Ma­drid, en 1940, era una ciu­dad de más de un mi­llón de ca­dá­ve­res, co­mo es­cri­bió Dá­ma­so Alon­so en Hi­jos de la ira. A la gen­te se le no­ta­ban los hue­sos de la ca­ra.

Ten­go la sen­sa­ción de que nin­gún es­cri­tor en es­te país ha con­ta­do el ham­bre en pri­me­ra per­so­na y de ma­ne­ra tan cru­da co­mo us­ted. ¿Es cons­cien­te? Es que yo lo he con­ta­do por­que lo he vi­vi­do. He vis­to a gen­te en las es­ca­le­ras del me­tro que pa­sa­ba del sue­ño a la muer­te. Hom­bres apo­ya­dos en la pa­red pa­ra bus­car el ca­lor, fa­mé­li­cos, que se iban es­cu­rrien­do po­co a po­co y ama­ne­cían muer­tos. Nun­ca se me ol­vi­da­rá un día que di­lu­vió y mi madre me man­dó a Cua­tro Ca­mi­nos pa­ra que con­si­guie­ra una ba­rra de pan de es­tra­per­lo. Era una cría. Lle­va­ba unos za­pa­tos gi­gan­tes que eran del tío Pe­pe y me ha­bían me­ti­do den­tro unos cal­ce­ti­nes en­ro­lla­dos pa­ra que no se me sa­lie­ran. Me pu­sie­ron un pa­ñue­li­to ata­do a la ca­be­za y lue­go, por en­ci­ma, un tro­ci­to de hu­le co­mo de cas­co pa­ra que no me mo­ja­ra de­ma­sia­do, y de esa gui­sa me fui yo a por el pan. La ba­rra la en­con­tré con Dios y ayu­da, pe­ro de re­pen­te me cru­cé con una niña que co­no­cía del co­le­gio y que iba con sus pa­dres de­ba­jo de un pa­ra­güi­tas, to­dos muy fi­nos y muy ele­gan­tes, muy bien ves­ti­dos. Yo de­bía de ser una co­sa ra­rí­si­ma de mi­rar. ¡Ay!

¿To­da­vía le aver­güen­za aquel mo­men­to?

Sí, la ver­dad es que to­da­vía me muero de ver­güen­za. [Ri­sas]. Me acuer­do per­fec­ta­men­te de la ca­ra de aque­llos tres di­cién­do­me: “Adiós, Pa­qui­ta”. Me vol­ví a mi ca­sa llo­ran­do, des­com­pues­ta, con la ba­rra es­con­di­da pa­ra que no se me mo­ja­ra. De­jé de que­rer ir al co­le­gio pa­ra no en­con­trar­me con aque­lla niña.

Ape­nas pu­do ir a la es­cue­la. ¿Cuán­do em­pe­zó a cre­cer in­te­lec­tual­men­te? En la épo­ca de la ter­tu­lia del Gi­jón. Pe­ro la lec­tu­ra em­pe­zó a ser una par­te muy im­por­tan­te de mi vi­da des­de ado­les­cen­te, gra­cias a la Tien­da Ver­de de la ca­lle Pon­zano, don­de un se­ñor al­qui­la­ba li­bros muy ba­ra­tos. Mis her­ma­nas y yo jun­tá­ba­mos mo­ne­di­tas co­mo tres urra­cas pa­ra po­der traer­nos los li­bros a ca­sa. Lo úni­co que ha­bía­mos he­cho has­ta en­ton­ces era ju­gar con el Dic­cio­na­rio Es­pa­sa Abre­via­do. Allí bus­cá­ba­mos “to­ma­te”, “pe­lo­na”… La Tien­da Ver­de fue pa­ra mí co­mo el

“Fé­lix [Gran­de] y yo nun­ca nos men­ti­mos. La con­vi­ven­cia siem­pre tie­ne un pre­cio”.

des­cu­bri­mien­to de Amé­ri­ca. ¿Qué es­toy di­cien­do? El des­cu­bri­mien­to de Amé­ri­ca fue una fil­fa com­pa­ra­do con el de la Tien­da Ver­de. [Ri­sas]. ¡Qué des­cu­bri­mien­to ese el de que los li­bros po­dían ha­blar! Por­que los li­bros te ha­blan y va­mos, ¡las co­sas que te di­cen! En es­te an­tro, mi abue­la, mi madre, mis her­ma­nas y yo he­mos leí­do has­ta caer­nos. Leer era nues­tra li­ber­tad.

¿La Tien­da Ver­de fue des­pués de los or­fe­li­na­tos?

Sí, allí no te­nía­mos tiem­po de leer ni de na­da. Lo úni­co que ha­cía­mos era la­var y plan­char; y mi her­ma­na Su­si, re­pa­sar y co­ser man­te­les.

¿Cuán­to tiem­po es­tu­vie­ron allí?

Al­go me­nos de un año, ¡pe­ro se nos hi­zo eterno! En ca­sa pa­sá­ba­mos ham­bre, pe­ro allí te­nía­mos las ma­nos de­solla­das de tan­to tra­ba­jar. Así que, al fi­nal, mi abue­la se fue y ha­bló con las mon­jas del Sa­gra­do Co­ra­zón de Je­sús pa­ra que nos ayu­da­sen. Aque­llas mon­jas no ol­vi­da­ban que mi abue­la les ha­bía echa­do una mano en el fra­gor de la gue­rra. Así que nos pa­ga­ron un co­le­gio a mis her­ma­nas y a mí don­de nos en­se­ña­ron lo bá­si­co. Lue­go en una aca­de­mia apren­di­mos ortografía y ta­qui­gra­fía, y gra­cias a eso pu­di­mos ser se­cre­ta­rias y co­mer.

Te­nía pri­sa en ha­cer­se ma­yor pa­ra po­der tra­ba­jar.

Sí, so­lo te­nía­mos una ilu­sión: cre­cer pa­ra con­se­guir un tra­ba­jo, traer co­mi­da a ca­sa y lle­var a mi madre al ci­ne… La pri­me­ra vez que fui­mos al ci­ne, la abue­la ca­si se nos mue­re de un ata­que de ri­sa. No po­día pa­rar y ma­má y yo dán­do­le en la es­pal­da: “¡Abue­la, res­pi­ra, res­pi­ra!”. [Ri­sas]. Can­tin­flas ca­si nos la ma­ta. ¿El se­gun­do se­xo, de Si­mo­ne de Beau­voir, su­pu­so al­gún ti­po de rup­tu­ra o im­pac­to pa­ra us­ted y pa­ra las mu­je­res de su al­re­de­dor? Más que el li­bro, lo que me im­pac­ta­ron fue­ron sus me­mo­rias, don­de se con­ta­ban los en­tre­si­jos de la re­la­ción de Sar­tre y le re­tra­ta­ba de una ma­ne­ra muy cruel. Ella era una mu­jer muy in­tere­san­te, pe­ro de cual­quier ma­ne­ra nos dá­ba­mos cuen­ta de que eran unos su­per­do­ta­dos con mu­cho di­ne­ro y no­so­tros unos in­te­lec­tua­les sin un du­ro que nos veía­mos obli­ga­dos a ha­cer mi­la­gros pa­ra com­prar un li­bro de Dos­toievs­ki. Aho­ra es­tá to­do ahí, a mano, en in­ter­net o don­de sea, pe­ro en­ton­ces es­ta­ba to­do vo­lan­do y ha­bía que con­quis­tar­lo. Leí­mos a la vez a Sar­tre y a Ca­mus, pe­ro la emo­ción más fuer­te fue con Ca­mus, por­que te­nía una ma­ne­ra de es­cri­bir que te de­ja­ba tem­blan­do. En Sar­tre fun­cio­na­ba mu­cho la ca­be­za. Tam­bién nos in­tere­só, pe­ro era otra co­sa.

¿Cuán­do fue a Pa­rís por pri­me­ra vez?

No he ido nun­ca a Pa­rís de adul­ta. Du­ran­te mu­chos años, fue el sue­ño do­ra­do... pe­ro yo no pu­de, entre otras co­sas, por fal­ta de di­ne­ro. So­lo re­cuer­do el Pa­rís de mi in­fan­cia.

Pe­ro sí que ha­brá via­ja­do fue­ra de Es­pa­ña, ¿no?

Sí, he es­ta­do en Ita­lia… A Sa-

ra­je­vo fui a un festival que or­ga­ni­za­ba la Ca­sa de­lla Poe­sia de Sa­lerno. Ha­ce mu­chos años fui a Brasil pa­ra ver a Ro­sa Cha­cel y lue­go a Argentina, con Fé­lix... pe­ro él era el que más via­ja­ba.

¿Có­mo fue su re­la­ción con la es­cri­to­ra Ro­sa Cha­cel?

He co­no­ci­do po­ca gen­te tan in­de­pen­dien­te co­mo ella. Des­de que su madre la tra­jo al mun­do, tu­vo sus le­yes mar­ca­das. Le es­cri­bí pa­ra de­cir­le lo mu­cho que me ha­bía gus­ta­do Me­mo­rias de Le­ti­cia Va­lle y em­pe­za­mos a car­tear­nos. Ro­sa es­tu­vo mu­chos años en Brasil y se vol­vió sin ha­blar ni una pa­la­bra de por­tu­gués. Te­nía unas vis­tas ma­ra­vi­llo­sas des- de su ca­sa y me acuer­do que pen­sé: “Es­to es exac­ta­men­te lo que a ti te gus­ta: ma­ra­vi­llo­so y le­jos”. Era muy in­te­li­gen­te, pe­ro te­nía una re­ba­ba… Hi­ce un re­ci­tal de poe­sía en Ma­drid y cuan­do ter­mi­né, la gen­te es­ta­ba aplau­dien­do y, de re­pen­te, oi­go la voz de Ro­sa Cha­cel, que me gri­ta des­de el fon­do con su voz gra­ve: “¡Paca, te es­tás ablan­dan­do…!”. Así era ella. [Ri­sas].

¿To­da­vía di­ce aque­llo de “que plan­che Ro­sa Lu­xem­bur­go”, co­mo en su li­bro de cuen­tos?

[Ri­sas]. Es que en esa épo­ca yo es­ta­ba más que har­ta de que es­ta ca­sa es­tu­vie­ra lle­na de gen­te, to­dos y to­das muy li­be­ra­dos, to­dos con ese se­gun­do se­xo de­ba­jo del bra­zo. Y yo tra­ba­jan­do to­do el día, tras­no­chan­do has­ta las tan­tas y co­ci­nan­do y po­nien­do vino pa­ra to­do quis­que. Y cla­ro, hu­bo un mo­men­to en que te­nía tan­ta sa­tu­ra­ción que me di­je: “¿Qué ha­go aquí to­do el día de co­ci­ne­ra de es­tos y es­tas bru­jas del averno? [Ri­sas] ¡Qué plan­che Ro­sa Lu­xem­bur­go, por­que yo me voy a mi ca­lle!”. Por­que yo he es­cri­to mu­cho en la ca­lle, ca­mi­nan­do, en los ba­res.

En Íta­ca, aca­ba di­cién­do­se a sí mis­ma: “Esos que lla­mas otros son tu his­to­ria / di­ví­de­te a ti mis­ma y per­de­rás. / ¿Quién cui­da­rá de ti cuan­do se te res­ba­le el nom­bre que te ocul­ta? / Fran­cis­ca Aguirre, acom­pá­ña­te”. Es que, co­mo tú muy bien sa­bes, vi­vir es una de las co­sas más com­pli­ca­das que hay en es­te mun­do. Y si no eres ton­ta, pues to­da­vía más. Eso es al­go que es­cri­bí, que me di­je a mí mis­ma y que tam­bién le he di­cho a otras mu­chas mu­je­res que es­ta­ban su­frien­do. “Dé­ja­le a tu tris­te­za el lu­gar que le co­rres­pon­de”. Y acom­pá­ña­te a ti mis­ma. ¿Quién si no?

“Mi ca­sa siem­pre es­ta­ba lle­na de gen­te, así que he es­cri­to mu­cho en la ca­lle y en los ba­res”.

Arri­ba, con su ma­ri­do Fé­lix Gran­de en 1970, cuan­do ella es­cri­bía Íta­ca y en 2008, seis años an­tes de que él mu­rie­ra. De­trás­de Paca se ve el cua­dro que le pin­tó su pa­dre cuan­do vi­vían en Fran­cia, ves­ti­da de ja­po­ne­sa y con una dia­de­ma de pen­sa­mien­tos. Aba­jo, la poe­ta en 1970 y en los años 50.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.