NI­ÑA PAS­TO­RI

Aque­lla ni­ña que des­lum­bró a Ca­ma­rón ya tie­ne dos hi­jas, cua­tro Grammys La­ti­nos y un nue­vo dis­co, Ba­jo tus alas. Una ar­tis­ta que for­ma par­te de esa ge­ne­ra­ción de fla­men­cas que no re­nun­cia a sus raí­ces ni a su li­ber­tad.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Sumario - Por VIR­GI­NIA DRAKE / Fotos: AN­TÓN GOIRI

Se lla­ma Ma­ría Ro­sa Gar­cía Gar­cía, na­ció en San Fer­nan­do (Cá­diz) ha­ce 40 años y can­ta des­de los ocho, cuan­do acom­pa­ña­ba a su ma­dre por los ta­blaos. Hi­ja de mi­li­tar pa­yo y can­tao­ra gi­ta­na, es la pe­que­ña de cin­co her­ma­nos y la úni­ca ni­ña. Cuan­do te­nía 12 años, Ca­ma­rón le pi­dió que can­ta­ra un po­qui­to con él en un con­cier­to. Y ya no hu­bo marcha atrás. Ca­si 30 años des­pués, Ni­ña Pas­to­ri, con dos mi­llo­nes de co­pias ven­di­das, pu­bli­ca su dé­ci­mo dis­co, Ba­jo tus alas, que pre­sen­ta­rá en una gi­ra por to­do el país du­ran­te es­te ve­rano.

Mu­jer hoy.

¿Le ha sen­ta­do mal cam­biar de dé­ca­da y cum­plir 40?

Ni­ña Pas­to­ri. Me ha sen­ta­do muy bien. [Ri­sas]. Qui­zá por­que me en­cuen­tro con mu­cha ener­gía y por­que mis hi­jas son más gran­de­ci­tas y ya pue­do dor­mir.

Ase­gu­ra que aho­ra tie­ne más po­de­río que nun­ca, ¿en qué lo no­ta? En la fuer­za que ten­go por den­tro. Di­cen que las mu­je­res so­mos el se­xo dé­bil y de eso, na­da: so­mos fuer­tí­si­mas y unas au­tén­ti­cas su­per­vi­vien­tes. No­so­tras so­mos ca­pa­ces de lle­var pa­ra de­lan­te mu­chas co­sas y, ade­más, sin ato­si­gar­nos.

“MI MA­RI­DO ES­TÁ EN­CAN­TA­DO DE ES­TAR EN UN SE­GUN­DO PLANO”

Lle­va 20 años con Cha­bo­li, que es su ma­ri­do, pe­ro tam­bién su pro­duc­tor. ¿Cuál es el se­cre­to pa­ra du­rar tan­to tiem­po jun­tos, en un mundo tan com­pli­ca­do co­mo el su­yo? [Cha­bo­li es hi­jo de Jero, com­po­nen­te de Los Chi­chos]. Apar­te de te­ner­nos mu­cho amor, que eso es lo que su­pera to­do, Cha­bo­li y yo tra­ba­ja­mos jun­tos por­que so­mos muy bue­nos ami­gos. Con­ge­nia­mos y te­ne­mos una re­la­ción de mu­cho res­pe­to. A ve­ces lo mi­ro y pien­so que pa­re­ce­mos her­ma­nos. Nos gustan las mis­mas co­sas.

No siem­pre el hom­bre en­ca­ja bien que su mu­jer ten­ga más éxi­to que él, ni que sea él quien de­pen­da pro­fe­sio­nal­men­te de ella… Es ver­dad que esas si­tua­cio­nes sue­len ha­cer me­lla en los ma­tri­mo­nios: lo sé por­que lo he vis­to en ami­gos nuestros. Pe­ro Cha­bo­li es un hom­bre muy abier­to. Mu­chas ve­ces le di­go: “Tú no eres gi­tano”… y él se ríe. Cha­bo­li es un gran co­no­ce­dor del fla­men­co y es muy res­pe­tuo­so, pe­ro tam­bién es un gran ad­mi­ra­dor mío y es­tá en­can­ta­do de es­tar en un se­gun­do plano.

¿Edu­ca a sus hi­jas de for­ma di­fe­ren­te a co­mo lo ha­ría si fue­ron chi­cos?

No, a mis hi­jas las edu­co en la igual­dad to­tal. Las co­sas tam­bién han cam­bia­do mu­cho. Mis pa­dres no me pu­sie­ron im­pe­di­men­tos a que me vi­nie­ra a Ma­drid a can­tar con 17 años. Y se­gu­ro que, en su día, si mi ma­dre [la can­tao­ra Pas­to­ri de la Is­la] qui­so ha­cer­lo, mis abue­los no la de­ja­ron.

¿Y Cha­bo­li?

Mi ma­ri­do no es­tá edu­ca­do en la igual­dad: él es gi­tano y mi sue­gra tie­ne otras cos­tum­bres. Pe­ro no es un hom­bre ma­chis­ta, ni mu­cho me­nos.

Pe­ro Ni­ña Pas­to­ri tam­bién es gi­ta­na.

Ya, pe­ro él es dis­tin­to. Cha­bo­li no es un hom­bre que lle­ve las le­yes y la cul­tu­ra gi­ta­na a ra­ja­ta­bla. Cuan­do me co­no­ció, yo ya era una ar­tis­ta, así que ha via­ja­do mu­cho con­mi­go, pe­ro tam­bién se ha ocu­pa­do de mis ni­ñas él so­li­to. Aho­ra,

que yo es­toy de pro­mo­ción, es él quien es­tá en ca­sa con ellas y las lle­va al co­le­gio, las ba­ña y les ha­ce co­le­tas. Por­que él tam­bién ha te­ni­do el pe­lo lar­go y se ma­ne­ja di­vi­na­men­te.

Si al­gu­na de sus hi­jas de­ci­die­ra se­guir sus pa­sos, ¿qué le di­ría? Que nun­ca tu­vie­ran pri­sa pa­ra na­da, ha­gan lo que ha­gan. Que ca­mi­nen des­pa­ci­to, muy tran­qui­la­men­te. Pe­ro no me ha­ce una es­pe­cial ilu­sión que mis hi­jas se de­di­quen a can­tar: pre­fe­ri­ría que es­tu­dia­ran, que fue­ran a la uni­ver­si­dad y se pre­pa­ra­ran bien. Y que des­pués, si les ape­te­ce, se va­yan al cir­co o ha­gan lo que quie­ran. Es­tá la vi­da muy di­fí­cil.

Una de las can­cio­nes de es­te dis­co es­tá com­pues­ta a par­tir de lo que un día oyó ta­ra­rear a su hi­ja ma­yor. Así es, creo que mi hi­ja Pas­to­ra de­be de ser la com­po­si­to­ra más jo­ven en es­te mo­men­to.

Tie­ne a quien sa­lir. Us­ted em­pe­zó a can­tar a los ocho años. Sí, pe­ro yo so­lo can­ta­ba, no com­po­nía. Mi ma­dre de­ja­ba a mis her­ma­nos ma­yo­res con la ta­ta y a mí me lle­va­ba a to­das par­tes con ella. Me pro­te­gía mu­cho por ser la más pe­que­ña y la úni­ca ni­ña. Ella siem­pre tu­vo la ilu­sión de te­ner una hi­ja, des­pués de cua­tro va­ro­nes.

Fue en­ton­ces cuan­do Ca­ma­rón se im­pre­sio­nó al oír­la can­tar; pe­ro, años más tar­de, tam­bién lla­mó la aten­ción de Alejandro Sanz, que se con­vir­tió en al­go pa­re­ci­do a su pa­drino. A ve­ces las co­sas pa­san por­que se jun­ta la suer­te o por es­tar un día en el si­tio opor­tuno. Alejandro me es­cu­chó can­tar en el Ras­tri­llo de Nue­vo Fu­tu­ro, don­de yo es­ta­ba ac­tuan­do con Sa­ra Ba­ras. Lue­go vino a ver­me can­tar a Cá­diz y, des­pués, me lle­vó a ha­blar con la ca­sa de dis­cos.

Pro­tes­tó en su día por­que en te­le­vi­sión im­por­ta­ba más lo que opi­na­ra Be­lén Es­te­ban de cual­quier asun­to que cu­brir la no­ti­cia del Grammy que aca­ba­ba de ga­nar. Es que fue así. Pa­re­ce que a na­die le in­te- re­sa­ba cu­brir mi Grammy La­tino [aho­ra tie­ne cua­tro]. Así que es evi­den­te que no se va­lo­ra el es­fuer­zo ni el sa­cri­fi­cio que ha­ce un ar­tis­ta. En te­le­vi­sión hay muy po­co es­pa­cio pa­ra los can­tan­tes. Es más, a mí me cor­tan las can­cio­nes, y si can­to una que du­ra tres mi­nu­tos, la ten­go que edi­tar pa­ra de­jar­la en uno y me­dio; pe­ro pa­ra ha­blar y cri­ti­car no te cor­ta na­die. No di­go que esos de­ba­tes de­jen de exis­tir, pe­ro ha­cen fal­ta más pro­gra­mas pa­ra in­for­mar de noticias cul­tu­ra­les y mu­si­ca­les.

Es­te año ha re­ci­bi­do la Me­da­lla de Oro de Andalucía y can­tó el himno de la Co­mu­ni­dad. Me emo­cio­né mu­cho. Siem­pre que can­to me emo­ciono, pe­ro a ve­ces me emo­cio­na más es­cu­char can­tar a otros.

Tam­bién se emo­cio­nó can­tan­do an­te el pa­pa Juan Pablo II, de­lan­te de más de un mi­llón de per­so­nas. Es ver­dad. Ha­bía mu­chí­si­ma gen­te, se unían las ca­be­zas con el cie­lo, fue im­pre­sio­nan­te. Eso fue cuan­do vino el Pa­pa a Ma­drid, en Tres Can­tos.

¿Can­ta­ría pa­ra Pu­tin o Trump si se lo pi­die­ran?

No creo que a Pu­tin ni a Trump les gus­te el can­te mío ni el fla­men­co en ge­ne­ral. [Ríe]. Los po­lí­ti­cos nun­ca me han ofre­ci­do lle­var­me a na­da, y yo siem­pre me he man­te­ni­do al mar­gen de ellos.

¿Por de­silu­sión o por fal­ta de in­te­rés?

La política me in­tere­sa bas­tan­te, pe­ro es una co­sa pri­va­da que no mez­clo con mi pro­fe­sión.

¿Es op­ti­mis­ta?

Sí, mu­cho. To­dos los días cae un cha­pa­rrón gor­do, pe­ro es­toy se­gu­ra de que las co­sas van a ir a me­jor y que un día lle­ga­rá al­guien que ver­da­de­ra­men­te nos quie­ra. En Andalucía te­ne­mos una for­ma de pen­sar que ha­ce que nos con­for­me­mos con muy po­qui­to y eso hay que cam­biar­lo. En mi tie­rra la gen­te se con­for­ma con te­ner a su ma­dre cer­ca, a su tía cer­ca, a los ni­ños ju­gan­do en la pla­za…, y to­dos con sa­lud y con la cer­ve­ci­ta y la ta­pi­ta, pa­re­ce que no que­re­mos más na.

Oi­ga, cuan­do se po­ne tris­te, ¿qué ha­ce?

Pues de­pen­de, por­que hay co­sas que es me­jor no com­par­tir con los que te ro­dean pa­ra no ha­cer su­frir a quie­nes te quie­ren. A ve­ces pre­fie­ro ca­llar y llo­rar yo so­li­ta.

¿A qué co­sas se re­fie­re?

Pues, por ejem­plo, a la muer­te de mi pri­ma. Fue ha­ce dos años, pe­ro yo sé que mi ma­dre es­tá mal con ese te­ma y por eso no pue­do llo­rar con ella; por­que, si lo ha­go, ma­to a mi ma­dre, que es­tá he­cha pol­vo. Mi pri­ma te­nía 37 años, nos lle­vá­ba­mos jus­to un año, y fue de gol­pe, no es­ta­ba en­fer­ma, fue una muer­te sú­bi­ta; sin te­ner na­da, le dio una em­bo­lia pul­mo­nar. Las dos nos lla­má­ba­mos Ma­ría Ro­sa Gar­cía, y es­tá­ba­mos muy uni­das. Eso me ha he­cho cam­biar mu­cho. Ha­bía­mos es­ta­do unos días an­tes las dos en el par­que rién­do­nos con las ni­ñas… Cuan­do al­guien se te va des­pués de una en­fer­me­dad te co­ge más pre­pa­ra­da por­que lo es­tás vien­do, pe­ro no fue así. Ha­bía­mos ha­bla­do por What­sapp la no­che an­te­rior y es­ta­ba per­fec­ta­men­te cuan­do se acos­tó; pe­ro, cuan­do se le­van­tó, di­jo que te­nía un po­co de ma­reo, se sen­tó en una si­lla y se quedó ahí.

¿Qué cam­bió en us­ted es­te tris­te epi­so­dio?

Pues mu­cho. Vivir eso ha­ce que to­do pase a un se­gun­do plano: ya no te vas a so­fo­car por­que el so­ni­do ha­ya sa­li­do me­jor o peor... En es­te dis­co hay una can­ción muy bo­ni­ta que se lla­ma Ro­sa y que es­tá de­di­ca­da a mi pri­ma y a su pa­dre.

¿Ni­ña Pas­to­ri es de las que se de­ja lle­var o im­po­ne mu­cho su cri­te­rio?

Me de­jo lle­var bas­tan­te, me gus­ta es­cu­char a la gen­te por­que hay mu­chas co­sas que des­co­noz­co y que du­do mu­chí­si­mo. Creo que no ten­go un ca­rác­ter muy fuer­te, aun­que cuan­do ten­go cla­ro que al­go no me gus­ta lo di­go y pro­cu­ro man­te­ner­me fir­me.

¿Gas­ta mu­cho en ro­pa, en cui­da­dos fí­si­cos…?

Creo que se ve un po­qui­to que no soy de las que se preo­cu­pan mu­cho por su ima­gen. [Ri­sas]. Evi­den­te­men­te, me gus­ta sen­tir­me bien y es­tar gua­pa, pe­ro no es una co­sa que me qui­te el sue­ño. Al prin­ci­pio, me gas­ta­ba más en ro­pa; aho­ra, me­nos. Pa­ra que me com­pre al­go ca­ro tie­ne que ser una co­sa que me gus­te ver­da­de­ra­men­te. En el fon­do, gas­tar mu­cho en ro­pa ca­ra me pa­re­ce muy ca­te­to.

¿Qué ha­ce con la que ya no usa?

La re­ga­lo, ten­go mu­cha fa­mi­lia –cu­ña­das y pri­mas– y voy dan­do lo que no me pon­go; aun­que hay co­si­tas que guar­do.

Veo que tam­bién se ta­túa.

Sí, mi her­mano el ma­yor ha­ce ta­tua­jes des­de los 15 años y aho­ra su hi­ja tam­bién vi­ve de es­to. Yo ten­go tres: los nom­bres de mis dos hi­jas y un mu­ñe­co por ahí atrás, en la pa­le­ti­lla, que me hi­ce con 20 años. En ca­sa es­ta­mos to­dos ta­tua­dos y, cuan­do mi her­mano em­pe­zó a ha­cer­los, mi pa­dre se en­fa­dó mu­chí­si­mo por­que de­cía que los ta­tua­jes eran co­sa de pre­sos en la cár­cel.

¿Vi­ve preo­cu­pa­da por el fu­tu­ro?

Has­ta aho­ra vi­vía el día a día, pe­ro ya me em­pie­za a preo­cu­par bas­tan­te el fu­tu­ro. Cuan­do tie­nes hi­jos es cuan­do co­mien­zas a mi­rar por ellos y la pe­lí­cu­la em­pie­za a cam­biar. Me gus­ta­ría po­der pa­gar­les una bue­na for­ma­ción, aun­que es­tá muy com­pli­ca­do aho­rrar: ¡no nos de­jan!

¿Vi­vi­ría fue­ra de Es­pa­ña?

Un tiem­po sí, con mis hi­jas y mi ma­ri­do, pe­ro siem­pre que sea por me­jo­rar. No me im­por­ta­ría es­tar unos años en Los Án­ge­les o en Mia­mi… Si mi carrera die­ra gran­des pa­sos y yo cre­cie­ra co­mo ar­tis­ta. Me iría a Ru­sia si hi­cie­ra fal­ta, por­que soy ambiciosa en mi pro­fe­sión.

¿Tie­nes las co­sas tan claras co­mo pa­re­ce?

La ver­dad es que no... [Ri­sas] En es­te mo­men­to pien­so to­do lo que te he di­cho, pe­ro a lo me­jor ma­ña­na por la ma­ña­na la co­sa cam­bia to­tal­men­te.

“En la te­le me obli­gan a cor­tar las can­cio­nes, pe­ro pa­ra ha­blar y cri­ti­car siem­pre hay tiem­po”. “Soy de las que pre­fie­re ca­llar y llo­rar so­li­ta. Hay co­sas que me­jor no com­par­tir”.

La ar­tis­ta con una cha­que­ta de Ten to Hun­dred y un ves­ti­do de Ma­re­lla.

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