En­tre­vis­ta.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - GOITIA / FO­TO­GRA­FÍA: DEAN FREEMAN POR FER­NAN­DO

El can­tan­te Mi­chael Bu­blé, el ca­na­dien­se de oro, pen­só se­ria­men­te en de­jar­lo to­do tras sa­ber que su hi­jo de tres años te­nía cán­cer de hí­ga­do. Hoy, con Noah ya cu­ra­do, ha­bla de ello sin ta­pu­jos.

Su hi­jo te­nía tres años cuan­do le diag­nos­ti­ca­ron un cán­cer de hí­ga­do. De gol­pe, to­do per­dió el sen­ti­do. La mú­si­ca, los nú­me­ros uno, los mi­llo­nes de dis­cos ven­di­dos... Hoy Noah es­tá cu­ra­do, pe­ro la ex­pe­rien­cia ha trans­for­ma­do a su pa­dre. El ca­na­dien­se de oro ha­bla de ello sin ta­pu­jos.

Soy Mi­guel Bur­bu­jas », di­ce Mi­chael Bu­blé, bro­mis­ta, son­rien­te, en un es­pa­ñol de so­no­ri­dad ar­gen­ti­na. A pri­me­ra vis­ta, es­te ca­na­dien­se con más de 75 mi­llo­nes de dis­cos en el zu­rrón no pa­re­ce un hom­bre que ha­ya mi­ra­do de cer­ca a la muer­te. En cuan­to se sien­ta –en el di­ván de una lu­jo­sa ha­bi­ta­ción de ho­tel en Lon­dres– y em­pie­za a ha­blar, sin em­bar­go, un in­con­te­ni­ble alu­vión emo­cio­nal le bro­ta del pe­cho. A sus 43 años, es­te croo­ner –ya sa­ben, can­tan­tes al es­ti­lo de Si­na­tra, Tony Ben­nett o Mel Tor­mé– se con­fie­sa re­na­ci­do tras ha­ber vis­to co­mo su hi­jo Noah su­pe­ra­ba un cán­cer de hí­ga­do. El in­fierno se desató en 2016, cuan­do el pe­que­ño te­nía 3 años. El can­tan­te era en­ton­ces un hom­bre exul­tan­te, con nue­vo dis­co en el mer­ca­do y gi­ra mun­dial en cier­nes, po­co des­pués de que él y su mu­jer, la ac­triz ar­gen­ti­na Lui­sa­na Lo­pi­la­to, aca­ba­ran de dar­le a Noah un her­mano; es de­cir, Bu­blé no po­día pe­dir más. Pe­ro, de pron­to, el ma­za­zo. El hom­bre lo can­ce­ló to­do y, du­ran­te un in­ter­mi­na­ble año de tra­ta­mien­to, no se des­pe­gó de Noah. Hu­bo fi­nal fe­liz, pe­ro aque­lla ex­pe­rien­cia su­mió a su pa­dre en re­fle­xio­nes de ca­la­do vi­tal don­de se le cru­za­ron las pa­la­bras de Ste­ve Jobs en su le­cho de muer­te; pen­só in­clu­so que nun­ca vol­ve­ría a can­tar. Sin em­bar­go, aquí es­tá, con un dis­co cu­yo tí­tu­lo es un co­ra­zón, un emo­ji (a la ven­ta el 16 de no­viem­bre), de­di­ca­do, di­ce, a to­do lo que ama. Mi­rán­do­te a los ojos, afe­rrán­do­te por mo­men­tos del bra­zo pa­ra cer­cio­rar­se de que le de­di­cas aten­ción com­ple­ta, Bu­blé –pa­dre, en ju­lio, de una ni­ña– ha­bla sin freno de su 're­su­rrec­ción' y de su fa­mi­lia, de las pe­nu­rias de su as­cen­sión a la fa­ma y de las tur­bu­len­cias del mun­do ac­tual.

Es­tos 2 úl­ti­mos años han si­do pa­ra us­ted una mon­ta­ña ru­sa, pe­ro... Mi­chael Bu­blé. Sí, ese es el di­cho, aun­que una mon­ta­ña ru­sa es al­go di­ver­ti­do [son­ríe], na­da que ver con lo que mi fa­mi­lia y yo he­mos vi­vi­do. XL. Han vi­vi­do tam­bién un fi­nal fe­liz. No es­ta­ría ha­blan­do con­mi­go de no ser así. M.B. Sí, cla­ro, to­do ha pa­sa­do. Fue un año de tra­ta­mien­to de Noah, con qui­mio­te­ra­pia y de­más, y otro año de re­cu­pe­rar nues­tra vi­da co­mo fa­mi­lia: ir a la igle­sia, al hoc­key... En fin, sé que con la pro­mo­ción del nue­vo dis­co los pe­rio­dis­tas me vais a pre­gun­tar por Noah, pe­ro hay una del­ga­da lí­nea ro­ja por­que es su his­to­ria, no la mía. Los de­ta­lles per­te­ne­cen a la vi­da de mi hi­jo. Cuan­do él crez­ca, po­drá con­tar­la. XL. En­tien­do. Pe­ro la en­fer­me­dad de su hi­jo, su ex­pe­rien­cia y vi­sión de la mis­ma for­man par­te del via­je que lo ha lle­va­do has­ta es­te nue­vo dis­co... M.B. Eso es ver­dad... [To­ma mi mu­ñe­ca, me mi­ra a los ojos]. ¿Sa­bes una co­sa? Mu­chas ve­ces, sen­ta­do en el hos­pi­tal an­te mi hi­jo, pen­sé: «Voy a lla­mar a mi má­na­ger y a la com­pa­ñía pa­ra de­cir­les que...» [abre los bra­zos y re­so­pla; no aca­ba la fra­se]. XL. ... ¿que se aca­bó? M.B. Eso es. De­di­car­me a mi fa­mi­lia, ser so­lo un pa­dre... [Lar­ga pau­sa]. Es que mi pro­fe­sión, ser fa­mo­so, im­pli­ca mu­chas co­sas, no es so­lo ha­cer mú­si­ca y con­cier­tos. XL. ¿A qué se re­fie­re? M.B. Ve­rás, me mar­có mu­cho un even­to be­né­fi­co que hi­ce en Da­llas, con Noah ya en el hos­pi­tal. Me ha­bía com­pro­me­ti­do an­tes del diag­nós­ti­co y les di­je que, por ra­zo­nes ob­vias, no acu­di­ría, pe­ro in­sis­tie­ron tan­to que... XL. ¡De ver­dad le in­sis­tie­ron! M.B. Sí, en fin, el ca­so es que ac­ce­dí, can­té y aguan­té el ti­po en el es­ce­na­rio. El pro­ble­ma fue al ba­jar, cuan­do la gen­te em­pe­zó a de­cir­me que re­za­ban por no­so­tros, que a un ami­go su­yo le pa­só lo mis­mo y se re­cu­pe­ró... Eran de­seos sin­ce­ros, pe­ro tan­tos a la vez que lle­gó un mo­men­to en que ya no po­día más. ¡Ha­ble­mos de otra co­sa, por Dios! [Se ríe]. Y al sa­lir con Noah del hos­pi­tal tam­bién; sa­lía a com­prar el pan y la gen­te: «Hey, tío, ¿es­tás bien?». Y to­do vol­vía a mi ca­be­za. Era cons­tan­te. XL. ¿Se en­ce­rró en ca­sa en­ton­ces? M.B. Na­die sa­be es­to, pe­ro sí, de­jé de sa­lir a la ca­lle, ni a com­prar el pan, du­ran­te sie­te me­ses. Iba a los mé­di­cos, pe­ro ir y vol­ver. No po­día. Y em­pe­cé a pen­sar que can­tar no sig­ni­fi­ca­ba na­da pa­ra mí. El ar­tis­ta Mi­chael Bu­blé, el croo­ner, es una mier­da, no es lo que soy. Es una par­te im­por­tan­te de mi vi­da, des­de lue­go, pe­ro es un per­so­na­je que pro­yec­ta una ima­gen, al­guien que ac­túa en un ví­deo, en un es­ce­na­rio, pe­ro no es­tá en­tre las co­sas im­por­tan­tes de la vi­da... Qui­zá no pu­die­ra vol­ver a ser él. «¿Pue­do sa­lir de nue­vo ahí fue­ra?», me pre­gun­ta­ba. XL. ¿Có­mo su­peró esos pen­sa­mien­tos? M.B. Ya de vuel­ta en ca­sa, in­vi­té un día a mis mú­si­cos, que son co­mo de la fa­mi­lia, nos to­ma­mos al­go y nos pu­si­mos a to­car [sa­ca el mó­vil y mues­tra un ví­deo de aquel día]. Fue co­mo: «¡Dios mío, sí, mú­si­ca! ¡Có­mo la ne­ce­si­ta­ba!». To­do em­pe­zó con aque­lla se­sión. Lla­mé a mi má­na­ger, de­ci­di­do a vol­ver, y le di­je: «Es­cu­cha, Da­vid, ca­da día ha de ser una ben­di­ción; en cuan­to no sien­ta fe­li­ci­dad pu­ra, se aca­bó». XL. ¿Su­pe­rar es­ta ex­pe­rien­cia lo ha con­ver­ti­do en un hom­bre más fe­liz? M.B. Bueno, me ha pro­por­cio­na­do una nue­va cla­ri­dad, nue­vas pers­pec­ti­vas. Atra­ve­sar pa­ra­jes os­cu­ros nos per­mi­te dis­cer­nir cuá­les son las co­sas im­por­tan­tes de la vi­da. Mi­ra lo que le pa­só a Ste­ve Jobs. ¿Sa­bes qué di­jo en su le­cho de muer­te? «Es­cu­cha. Soy ri­co, la gen­te cree que soy el hom­bre más exi­to­so del mun­do, pe­ro soy un fra­ca­so. Co­nec­ta­do a es­tas má­qui­nas que pi­tan en es­te úl­ti­mo alien­to de mi vi­da, no ten­go na­da. To­das las co­sas im­por­tan­tes que po­drían ha­cer­me fe­liz: el amor, la fa­mi­lia, los ami­gos y las ex­pe­rien­cias que pro­vie­nen de esas re­la­cio­nes, las he jo­di­do to­das por acu­mu­lar po­der y di­ne­ro». Es muy tris­te. Sen­tir esa cla­ri­dad en ese mo­men­to es tre­men­do. XL. Sí, cuan­do ya no tie­ne re­me­dio. M.B. Eso es, y yo no soy Ste­ve Jobs ni de le­jos, pe­ro no quie­ro aca­bar así. Ver a mi hi­jo cer­ca de... [no aca­ba la fra­se]. XL. Su hi­jo le ha da­do, di­ga­mos, la opor­tu­ni­dad que Jobs no tu­vo. M.B. Bueno, qui­zá sue­ne ho­rri­ble, pe­ro sí, no tu­ve que es­pe­rar al mo­men­to fi­nal pa­ra plan­tear­me es­tas co­sas. Lo he vis­to cla­ro. Soy más cons­cien­te que nun­ca de la mor­ta­li­dad y me he pre­gun­ta­do qué me ha­ce fe­liz, qué es lo que más quie­ro. Y no es el tra­ba­jo ni con­se­guir un éxi­to ni gran­des ci­fras de ven­tas ni de en­tra­das; esa no pue­de vol­ver a ser mi ma­yor preo­cu­pa­ción. Ten­go tres hi­jos y hay que de­di­car­les to­da tu aten­ción. ¡To­da! Ano­che es­tu­ve has­ta las cua­tro de la ma­ña­na con la pe­que­ña Vi­da en bra­zos. «Duér­me­te, ca­ri­ño, por fa­vor». Y na­da. No duer­me muy bien, que di­ga­mos. A ve­ces te aso­ma la frus­tra­ción, por el can­san­cio. Es co­mo una pe­que­ña vam­pi­ra [se ríe]. XL. En el dis­co in­clu­ye Fo­re­ver now, una de­cla­ra­ción de amor a un hi­jo en to­da

"Iba a por pan y to­dos me pa­ra­ban en la ca­lle, me trans­mi­tían bue­nos de­seos... Era al­go cons­tan­te. Tu­ve que de­jar de sa­lir a la ca­lle" "Ste­ve Jobs di­jo al mo­rir: 'Soy un fra­ca­so. He jo­di­do lo im­por­tan­te, el amor, la fa­mi­lia, los ami­gos...'. Yo no quie­ro aca­bar co­mo él"

re­gla. Re­fle­ja el mo­do en que afron­tó la en­fer­me­dad de Noah, ¿no? M.B. Sí, y te con­fie­so que no sé có­mo con­se­guí gra­bar­la, en el es­tu­dio me sen­tía al bor­de de... Fue du­rí­si­mo. Has­ta el úl­ti­mo mi­nu­to, de he­cho, no qui­se in­cluir­la; es de­ma­sia­do per­so­nal. Mi es­po­sa, mi ma­dre y más gen­te me di­je­ron: «Es­cu­cha, Mi­ke, es de ver­dad, eres tú, tu ex­pe­rien­cia y es her­mo­sa. Bus­ca la fuer­za. In­clú­ye­la». Al fi­nal lo hi­ce, pe­ro pon­go el dis­co y me la sal­to. En fe­bre­ro sal­go de gi­ra mun­dial y va a ser di­fí­cil can­tar­la... En fin, ya ve­re­mos, ten­dré que su­pe­rar­lo. XL. La hos­pi­ta­li­za­ción de su hi­jo Noah coin­ci­dió, por cier­to, con la vic­to­ria de Trump. Pa­só un año ais­la­do de to­do. ¿Có­mo vio el mun­do al sa­lir del hos­pi­tal? M.B. Pues fue ex­tra­ño, la ver­dad. Pa­re­cía es­tar to­do pa­tas arri­ba, co­mo si fue­ra a ha­ber otra gue­rra mun­dial. Te lo di­go en se­rio. Qui­zá por eso sen­tí que lo más ade­cua­do en es­tos tiem­pos es ha­cer un dis­co ale­gre que ha­ble del amor. XL. Su pri­mer mi­nis­tro, Jus­tin Tru­deau, ha te­ni­do al­gún que otro des­en­cuen­tro con Trump. ¿Su Pre­si­den­cia es­tá afec­tan­do al mo­do en que sus pai­sa­nos ven la re­la­ción con Es­ta­dos Uni­dos? M.B. En ab­so­lu­to. Hay que di­fe­ren­ciar en­tre el pre­si­den­te y la gen­te. To­do de­pen­de, ade­más, de qué me­dios eli­ja ca­da uno pa­ra in­for­mar­se. Ca­da día es más di­fí­cil co­no­cer la ver­dad, los he­chos ob­je­ti­vos, por­que nos cuen­tan las no­ti­cias des­de pun­tos de vis­ta en­fren­ta­dos. Po­nes la te­le­vi­sión y la mi­tad de los ca­na­les son li­be­ra­les y la otra mi­tad, con­ser­va­do­res. XL. ¿Y no con­fía en nin­guno de ellos? M.B. Bueno, hay si­tios que cuen­tan las co­sas de un mo­do más ob­je­ti­vo, pe­ro ca­da vez es más di­fí­cil fiar­te de los me­dios. El pú­bli­co, por otro la­do, bus­ca las no­ti­cias que sus­ten­ten su mo­do de ver el mun­do, que los re­afir­men en sus con­vic­cio­nes. Ca­da vez veo más en­fren­ta­mien­to en la so­cie­dad, más di­vi­sión. Eso ge­ne­ra tam­bién ma­yor des­con­fian­za. Co­mo ca­na­dien­se po­dría ale­grar­me an­te la de­ca­den­cia de nues­tro ve­cino del sur, pe­ro no hay ra­zo­nes pa­ra ale­grar­se. XL. ¿Qué tie­nen los es­ta­dou­ni­den­ses con­tra los ca­na­dien­ses? Siem­pre es­tán me­tién­do­se con us­te­des. M.B. Sí, mis ami­gos del sur siem­pre me va­ci­lan por ser ca­na­dien­se; nos tie­nen en­vi­dia [se ríe]. No sé, es al­go que nos ha de­ja­do siem­pre in­se­gu­ros; en Es­ta­dos Uni­dos nos lo pen­sa­mos bien an­tes de de­cir que so­mos ca­na­dien­ses. Creo que em­pe­za­mos a su­pe­rar­lo.

En Ca­na­dá te­ne­mos mu­cho de lo que pre­su­mir. XL. ¿Ha ayu­da­do en ese as­pec­to te­ner a Tru­deau de pri­mer mi­nis­tro? Un po­lí­ti­co que es una es­pe­cie de sex sym­bol, po­sa pa­ra Vo­gue con su es­po­sa, ha­ce surf y bo­xeo, ce­le­bra el Or­gu­llo gay... M.B. So­bre Tru­deau, so­lo te pue­do de­cir que nun­ca ha­bía vis­to a mi mu­jer mi­rar a un po­lí­ti­co co­mo lo mi­ra a él [se ríe]. ¡Ni que fue­ra Luis Mi­guel, por Dios! XL. ¿Luis Mi­guel? M.B. Sí, es que me aca­ba de de­jar por él... XL. ¿Per­dón? M.B. Sí, se aca­ba de ir a Las Ve­gas so­lo pa­ra ver­lo... En con­cier­to, cla­ro [se ríe y po­ne otro ví­deo en el mó­vil]. Mi­ra, es­tas son Lui­sa­na y su her­ma­na vien­do a Luis Mi­guel. Can­ta­ron sin pa­rar. Y es­te po­bre hom­bre que es­tá de­lan­te de ellas aguan­tó el con­cier­to en­te­ro con el co­ro de las Lo­pi­la­to de­trás [car­ca­ja­da]. XL. Y us­ted ¿tam­bién es fan de Luis Mi­guel? M.B. En ca­sa, to­dos so­mos gran­des fans de Luis Mi­guel. ¿Has vis­to es­te ví­deo en You­tu­be en que, con 15 años, can­ta Cu­cu­rru­cu­cú, pa­lo­ma? ¡Es im­pre­sio­nan­te! Yo sue­ño con ha­cer un due­to con él. Ten­go in­clu­so una idea pa­ra ha­cer una can­ción jun­tos. No se lo he pro­pues­to, pe­ro igual si lee tu re­vis­ta... ¿Pue­des po­ner­lo, por fa­vor? Y pue­de ser en in­glés, en cas­te­llano, no im­por­ta. XL. Us­ted, co­mo él, em­pe­zó jo­ven­ci­to. ¿Re­cuer­da có­mo reac­cio­na­ba la gen­te cuan­do le oía can­tar? M.B. Bueno, has­ta los 14, en que me ma­du­ró la voz, no im­pre­sio­na­ba a na­die, la ver­dad [se ríe]. Lue­go, ya con 15, iba con mis ami­gos a un si­tio en Vancouver, mi ciu­dad, con DNI fal­sos, a be­ber y can­tar en un ka­rao­ke. Cuan­do la gen­te me es­cu­cha­ba, se sor­pren­día, sí. Aun­que tam­po­co era Luis Mi­guel [se ríe]. XL. ¿Po­dría am­pliar eso de los DNI fal­sos? M.B. Lo ha­cen to­dos los jó­ve­nes. Es la cul­tu­ra ca­na­dien­se, se be­be mu­cho en Ca­na­dá. Bue­na par­te de mi ju­ven­tud con­sis­tió en be­ber. Aun­que tam­po­co tu­ve una ju­ven­tud nor­mal. A los 13 ya tra­ba­ja­ba en ve­rano en el bar­co de mi pa­dre, y así 6 años. Y be­bía. To­dos be­bía­mos mu­cho. XL. ¿Con 13 años? M.B. Bueno, igual un po­co des­pués. XL. ¿Y les can­ta­ba a los ru­dos ma­ri­ne­ros? M.B. Oh, sí [se ríe], to­do el ra­to. Siem­pre que te­nía opor­tu­ni­dad. Can­tá­ba­mos to­dos, mu­chí­si­mo. Yo era uno más. Tra­ba­ja­ba co­mo un hom­bre, me tra­ta­ban co­mo a un hom­bre y be­bía co­mo un hom­bre. Mis ami­gos del co­le­gio se­guían yen­do de ba­res y an­dan­do con chi­cas, mien­tras yo tra­ba­ja­ba con adul­tos y pa­sa­ba se­ma­nas sin to­car puer­to. Des­pués, ya con 15 o 16 años, em­pe­cé a can­tar en ba­res y clu­bes noc­tur­nos a los que iba acom­pa­ña­do de mi abue­lo. Él era fon­ta­ne­ro y se pa­tea­ba los ga­ri­tos abrién­do­me ca­mino. XL. ¿Qué pa­sa, sa­ca­ba la lla­ve in­gle­sa? M.B. [Car­ca­ja­das]. Pues más o me­nos, sí. Ha­bla­ba con el due­ño y le ofre­cía sus ser­vi­cios pro­fe­sio­na­les pa­ra lo que ne­ce­si­ta­ra si de­ja­ba que su nie­to can­ta­ra con la ban­da esa no­che. Una vez lo acom­pa­ñé a la ca­sa de uno pa­ra re­pa­rar­le el tri­tu­ra­dor de ba­su­ras; el hom­bre fue muy des­agra­da­ble, lo tra­tó fa­tal, pe­ro mi abue­lo aguan­tó es­toi­ca­men­te pa­ra que yo pu­die­ra to­car en su club. XL. ¿Dón­de dio su pri­mer con­cier­to? M.B. En una reunión de ven­de­do­res de co­ches. Gra­cias, por su­pues­to, a mi abue­lo. Can­ta­ría so­lo una can­ción, pe­ro el or­ga­ni­za­dor pi­dió a la ban­da que me de­ja­ran al­gu­nas más. Y así em­pe­zó to­do, con mi abue­lo tra­ba­jan­do pa­ra to­do el que qui­sie­ra dar­me una opor­tu­ni­dad. Si­gue vi­vo, por cier­to, y siem­pre me di­ce lo que pien­sa de mis dis­cos. El úl­ti­mo le gus­ta, sal­vo la can­ción My funny Va­len­ti­ne. «Muy os­cu­ra», me di­ce [se ríe]. XL. El éxi­to le lle­gó a los 26, una dé­ca­da des­pués. ¿Nun­ca fla­queó su vo­lun­tad? M.B. Uf, des­de lue­go, pa­sé unos años muy du­ros. To­do lo que ga­na­ba se me iba en pa­gar a los mú­si­cos. No me lle­ga­ba ni pa­ra el al­qui­ler. «Lo has in­ten­ta­do, Mi­ke, te has es­for­za­do –me de­cía–. Se te da bien, pe­ro igual no es­tás lla­ma­do a es­to. Quién sa­be, en otra vi­da...» [se ríe]. Y la gen­te del ne­go­cio me de­cía: «Eres un gran ani­ma­dor, tie­nes una gran voz, pe­ro na­die te va a fir­mar un con­tra­to. No ga­na­rás di­ne­ro con es­to». To­do el mun­do, du­ran­te 10 años, me re­pi­tió ese ti­po de co­sas. XL. Pues sí que le pu­so us­ted em­pe­ño... M.B. Mu­chí­si­mo. Lle­gó un mo­men­to, con 26 años, en que em­pe­cé a pen­sar que me gus­ta­ría ca­sar­me y te­ner hi­jos, pe­ro que si con­ti­nua­ba así... El pe­si­mis­mo, di­ga­mos, me ha­bía ven­ci­do. Vi­vía en To­ron­to y ya pen­sa­ba en re­gre­sar a Vancouver, cuan­do un ti­po y su mu­jer se me acer­ca­ron tras una ac­tua­ción en un even­to cor­po­ra­ti­vo. Les ha­bía gus­ta­do y les re­ga­lé uno de los CD que ha­bía gra­ba­do de for­ma in­de­pen­dien­te. «Si no os gus­ta, siem­pre os pue­de ser­vir de po­sa­va­sos», les di­je [se ríe]. Ima­gí­na­te, y al día si­guien­te me lla­ma es­te hom­bre y me di­ce que es la mano de­re­cha del pri­mer mi­nis­tro Brian Mul­ro­ney, que le ha ha­bla­do de mí y que si pue­do to­car en la bo­da de su hi­ja, a la que acu­di­ría el pro­duc­tor Da­vid Foster. No me lo po­día creer. Y al po­co fir­mé mi pri­mer con­tra­to dis­co­grá­fi­co.

"Tras pa­sar un año ais­la­do en el hos­pi­tal con mi hi­jo, to­do pa­re­cía es­tar pa­tas arri­ba, co­mo si fue­ra a ha­ber otra gue­rra mun­dial" "Mi abue­lo me abrió el ca­mino. Era fon­ta­ne­ro y se ofre­cía a los due­ños de ba­res a cam­bio de que de­ja­ran can­tar a su nie­to de 15 años"

MI FA­MI­LIA Bu­blé y Lui­sa­na Lo­pi­la­to con sus hi­jos: Noah, Elías y Vi­da. A la de­re­cha: Bu­blé con Noah. La fa­mi­lia vi­ve a ca­ba­llo en­tre Vancouver (fo­to) y Bue­nos Ai­res.

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