JOSÉ LUIS PERALES

«CON CAL­MA YO HE DI­CHO VER­DA­DES CO­MO PUÑOS»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: ANA ABELENDA

Mi ma­dre me de­cía «¡Con lo bueno que eres y la gue­rra que me das!», cuen­ta Jo­se Luis Perales. Cues­ta creer­lo por­que con él lle­gó la paz. Es­te con­tan­te de his­to­rias, co­mo él se di­ce, na­ció en el 45. El 18 de enero; en un pue­blo de Cuen­ca al que 71 años des­pués no ha de­ja­do de vol­ver. «No so­lo al pue­blo, sino a mi ca­sa del cam­po, que es­tá en mi­tad de la na­da. En la Al­ca­rria más ol­vi­da­da por los po­lí­ti­cos y los no po­lí­ti­cos. Allí he es­cri­to to­das mis can­cio­nes. Ne­ce­si­to ir, al me­nos, un día a la se­ma­na». Aho­ra que ha lle­ga­do su ter­ce­ra nie­ta —«Noa, ¡tie­ne unos ojos pre­cio­sí­si­mos! » — pre­sen­ta un nue­vo tra­ba­jo que sue­na «muy ame­ri­cano». Cal­ma lo lle­va­rá de gi­ra por Es­pa­ña has­ta sep­tiem­bre y cru­za­rá el char­co des­pués. El pro­duc­tor del dis­co es su hi­jo, Pa­blo. ¿Pa­blo el de la can­ción, el ni­ño al que su pa­dre le can­ta eso de «por ha­ber­te to­ma­do el ja­ra­be que sa­be tan mal»? «¡Sí! Mi hi­jo». Yo me pre­gun­ta­ba ¿có­mo se pue­de ha­cer de es­ta fra­se can­ción? «Es po­ner­le mú­si­ca a la co­ti­dia­ni­dad. Lo que me gus­ta más a mí», di­ce Perales.

—Mu­chos he­mos cre­ci­do con tus vi­ni­los. Con Pa­blo y con Ma­ría...

—Ja ja ja ¡Y con Ma­nue­la!, ¿no? Pues que te di­gan es­to por las ma­ña­nas es un subidón.

—¿A es­tas al­tu­ras, con tan­to de­trás?

—Es que cuan­tas más al­tu­ras, ¡más subidón!

—Y es­to di­cho con «Cal­ma», dis­co que arran­ca en ma­yo una gi­ra que no tie­ne pa­ra­da en Ga­li­cia. ¿Y eso?

—Pues... fí­ja­te que no, ¿por qué no me lla­man de Ga­li­cia? Ya me es­toy preo­cu­pan­do... Cuan­do em­pe­cé, en mis pri­me­ros años, los in­vier­nos me los pa­sa­ba en­tre Bil­bao, San Sebastián y Ga­li­cia. El nue­va Olim­pia de Vi­go lo re­ven­té, iba a Ourense, a As Ne­ves... An­tes me pa­sa­ba el año en­te­ro ha­cien­do gi­ras, aho­ra es dis­tin­to. Te ha­ces ma­yor y te vas pro­di­gan­do un po­co me­nos. No por no pro­di­gar­te, sino por te­ner tiem­po para otras co­sas. Quie­ro tiem­po para mis li­bros, mi ce­rá­mi­ca, mi es­cul­tu­ra, mi jar­di­ne­ría, para via­jar a Italia...

—Pe­ro no has de­ja­do nun­ca de es­cri­bir. ¿Qué le das al tiem­po para que se en­tre­gue?

—No es que no ten­ga tiem­po, es que me so­bra.

—Di­nos el se­cre­to...

—Or­ga­ni­zar­se. Pe­ro lo más im­por­tan­te es la pa­sión. La pa­sión por las co­sas nos ha­ce es­tar vi­vos.

—¿Se apren­de a vi­vir con «cal­ma»?

—Hay que dis­tin­guir lo im­por­tan­te de lo que no lo es. Y a las co­sas pe­que­ñas hay que pres­tar­les aten­ción, son las que más fe­liz te pue­den ha­cer.

—Le­de la has vi­da, can­ta­do­tú que mu­chohas co­no­ci­doa los ci­clos sus eda­des.—Muy bien, ¿Qué ¡aho­ra­tal co­mo ten­go abue­lo?un ter­cer nieto! Ma­nue­la tie­ne su can­ción; Gui­ller­mo, la su­ya en es­te dis­co, y de pron­to... me vie­ne Noa. Y aho­ra ¿qué ha­go yo? ¡Ten­dré que ha­cer otro dis­co! Es­to es una mo­ti­va­ción con­ti­nua. —¿Qué nos dan los hi­jos que se lo da­mos to­do? Es­to de la crian­za con ape­go, que le di­cen, es una «es­cla­vi­tud». —Pe­ro tie­ne sus com­pen­sa­cio­nes. Un hi­jo es un re­ga­lo. Mi­ra, ¿quién me iba a de­cir a mí que Pa­blo, el ni­ño al que le can­ta­ba lo de «por ha­ber­te to­ma­do el ja­ra­be que sa­be tan mal», es el pro­duc­tor ma­ra­vi­llo­so de es­te tra­ba­jo? ¿Quién me iba a de­cir a mí que mi hi­jo me iba a acom­pa­ñar a mis con­cier­tos? Es­ta es una unión que no se ha per­di­do nun­ca.

—¿Có­mo se man­tie­ne el la­zo?

—Con los hi­jos tie­ne que ha­ber ape­go, pe­ro res­pe­to a su in­de­pen­den­cia.

—No has si­do un pa­dre he­li­cóp­te­ro.

—No. Ab­sor­ber su vi­da... eso no lo he­mos he­cho nun­ca ni Ma­nue­la ni yo. Y aho­ra a nues­tros hi­jos ¡los te­ne­mos de clien­tes ca­da dos por tres! [ri­sas]. —¿Eras tes­ta­ru­do y te­me­ra­rio, co­mo di­ce una can­ción de «Cal­ma»? —De pe­que­ño bus­ca­ba los ni­dos de los pá­ja­ros has­ta en la úl­ti­ma ra­ma de un no­gal muy al­to. —Te ha mar­ca­do ser hi­jo de un lu­gar.

— Has­ta el pun­to de que a mis 71 años, vi­vien­do en Madrid des­de ha­ce 20, ne­ce­si­to ir a mi pue­blo ca­da se­ma­na, no ya al pue­blo, sino a mi ca­sa del cam­po. Allí he es­cri­to to­das mis can­cio­nes. Ne­ce­si­to el olor del ár­bol del pa­raí­so. Ten­go una pe­que­ña vi­ña de tem­pra­ni­llo, 300 o 200 ce­pas... Pe­que­ña, pe­ro ten­go que ver­la. Ver cuán­to ha cre­ci­do el úl­ti­mo ár­bol que plan­té. Lo ne­ce­si­to. Me sien­to muy ga­lle­go en la mo­rri­ña.

—¿Qué le ha­ce la me­mo­ria al pa­sa­do?

—La me­mo­ria es ge­ne­ro­sa, sue­le que­rer bo­rrar aque­llo que no fue tan bueno para que­dar­se con lo me­jor. —Cuán­tas co­sas du­ras nos ha di­cho Perales de dul­ce ma­ne­ra... —[Ri­sas] Lo que nun­ca he he­cho yo es aban­de­rar la pro­tes­ta, pe­ro no he de­ja­do de de­cir las co­sas que que­ría. Se pue­den de­cir co­sas du­rí­si­mas con su­ti­le­za, la gen­te lo en­tien­de igual o me­jor. La agre­si­vi­dad es lo úl­ti­mo. Con cal­ma se pue­den de­cir ver­da­des co­mo puños.

—¿Qué can­ción ha­bla más de tu vi­da?

–-Es di­fí­cil de­cir­lo. En ca­da can­ción es­toy yo. Soy ex­ce­si­va­men­te trans­pa­ren­te en lo que es­cri­bo. Es­cu­chan­do una can­ción pue­des sa­ber có­mo soy.

—Es­te dis­co ha­bla de los go­ber­nan­tes que lo des­go­bier­nan to­do. ¿Dón­de nos han... o nos he­mos me­ti­do? —Los go­ber­nan­tes, en ge­ne­ral, se mi­ran el om­bli­go con­ti­nua­men­te y se creen los due­ños del mun­do. De­be­rían ser­vir­nos en ban­de­ja. No po­de­mos es­tar esperando has­ta que se les ocu­rra a ellos de­cir sí. —Una de tus can­cio­nes, que mi ma­dre me can­ta­ba a mí, de­cía «Es­cú­cha­me, yo tam­bién tu­ve 15 años, y ya lo ves, es­toy ro­zan­do los 40». Yo te­nía 15. Aho­ra que ro­zo los 40, ¿qué me di­rías tras ha­ber cum­pli­do 70?

—¡Que te que­des ahí! —¿No di­rás que los 40 son la me­jor eta­pa de la vi­da? —No, no, no, sin­ce­ra­men­te no. La me­jor eta­pa de la vi­da la es­toy vi­vien­do aho­ra. De ver­dad. He te­ni­do unos hi­jos es­tu­pen­dos, he he­cho de mi pro­fe­sión al­go vo­ca­cio­nal y la gen­te lo ha ad­mi­ti­do con tal ca­ri­ño... co­mo tú me di­ces. ¿Qué más se pue­de pe­dir? —¿Es cier­to eso de que cuan­do em­pe­zas­te te di­je­ron que no te­nías fí­si­co ni voz? —Bueno... me di­je­ron la ver­dad. Yo no soy Paul New­man ni Ca­ru­so, pe­ro me ha ido muy bien. —Has es­cri­to el «Por­que te vas» de Jea­net­te, para Mi­guel Bo­sé o para Pa­lo­ma San Ba­si­lio. ¿Có­mo es es­to de es­cri­bir para otros? —En el com­po­si­tor hay una par­ce­la de ac­tor. De trans­for­mis­mo: te trans­for­mas en ese per­so­na­je para el que es­cri­bes la can­ción, para que le que­de a la me­di­da y la sien­ta co­mo si la hu­bie­ra he­cho él. Es una ser­vi­dum­bre que me obli­ga a «tra­ves­tir­me» [ri­sas]. —Inol­vi­da­ble tu «Ma­ri­ne­ro de lu­ces» para Isa­bel Pan­to­ja. 1985. Dis­co de pla­tino. 800.000 co­pias...

— Ma­ri­ne­ro por­que era de Bar­ba­te y de lu­ces por­que era to­re­ro... Para es­cri­bir una his­to­ria hay que sen­tir­la. En el ca­so de Isa­bel Pan­to­ja era una ar­tis­ta muy fa­mo­sa an­te una gran pér­di­da. Un cu­plé an­ti­guo. El to­re­ro y la fol­cló­ri­ca. Esa

Es­pa­ña nues­tra lo en­ten­dió muy bien. En esa ser­vi­dum­bre me me­tí con mu­cha res­pon­sa­bi­li­dad y mu­cho mie­do, por­que no de­ja­ba de ser Isa­bel Pan­to­ja en la cres­ta de la ola, con el to­re­ro muer­to, sin que­rer sa­lir nun­ca más a can­tar. Me cos­tó un po­qui­to, pe­ro la con­se­guí.

—¿Ta­len­to o es­fuer­zo?

—Las dos co­sas. Pe­ro si no hay ins­pi­ra­ción no me pon­go a es­cri­bir. ¡Yo de­jo que las mu­sas lle­guen, se re­creen, me den be­sos, me abra­cen...! —¿Y qué te pa­re­ce que te ver­sio­nen Ele­fan­tes, có­mo te sue­na tu «Te quie­ro» en esa ver­sión que can­tan con Lo­ve of Les­bian y Si­do­nie? —Que gen­te tan mo­der­na, tan in­die, di­ga que soy un ejem­plo... sien­do un tío de 71, ¡ima­gí­na­te! Es una gran fe­li­ci­dad. Lo han he­cho muy bien. Son una gen­te es­tu­pen­da.

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