“Por fin a los 47 oí la pa­la­bra ma­má”

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - VA POR ELLAS - TEX­TO: SANDRA FAGINAS

Qué fá­cil sa­le a ve­ces que te lla­men ma­má y qué di­fí­cil re­sul­ta otras. A Cha­ro no se le va a ol­vi­dar ja­más el día que oyó de sus hi­jas ese nom­bre. Lle­va­ba más de tres años es­pe­rán­do­lo, por­que los em­ba­ra­zos del co­ra­zón son mu­cho más lar­gos que los bio­ló­gi­cos, la es­pe­ra se ha­ce eter­na y el par­to sue­le ser, en cam­bio, tan cor­to que te tie­nes que pe­lliz­car para ver que no es un sue­ño te­ner a tu hi­jo en bra­zos. Cha­ro lo cuen­ta aún con la emo­ción del re­cuer­do vi­vo y con la cer­te­za de que ha cum­pli­do el ma­yor de sus de­seos: ser ma­dre. Siem­pre su­po que lo se­ría, y siem­pre ba­ra­jó co­mo pri­me­ra po­si­bi­li­dad la adop­ción des­de que vio en te­le­vi­sión un re­por­ta­je so­bre un or­fa­na­to de ni­ñas chi­nas. «Esa se­mi­lla que­dó plan­ta­da en mí, pe­ro pa­só mu­cho tiem­po has­ta que ma­du­ré la idea y mi si­tua­ción la­bo­ral se es­ta­bi­li­zó y me de­ci­dí», cuen­ta. En mu­chas oca­sio­nes la vi­da de­ci­de por uno y el des­tino se mar­ca por el te­rre­mo­to de la ca­sua­li­dad: «Yo no sa­bía en qué país adop­tar, lla­mé por te­lé­fono a una en­ti­dad y la per­so­na que me co­gió el te­lé­fono fue tan ama­ble, me ex­pli­có to­do tan bien que sin sa­ber có­mo me de­ci­dí por Mé­xi­co cuan­do mi idea era Hon­du­ras».

La suer­te no tie­ne ex­pli­ca­ción, así que su unión con Mé­xi­co se fue for­ta­le­cien­do des­de que se ani­mó a te­ner dos ni­ñas de gol­pe en ese país. «Lo ha­blé con mi fa­mi­lia, yo no ten­go pa­re­ja, soy hi­ja úni­ca, y aun­que es­toy en­can­ta­da, siem­pre eché de me­nos una her­ma­na. Eso no lo que­ría para mi hi­ja». Cha­ro piensa en fe­me­nino por­que la idea de dos va­ro­nes la asus­ta­ba un po­co: «Me pa­re­cía que con dos ni­ñas, al ser yo so­la, lo iba a ha­cer me­jor». A los 47 años, con me­dia vi­da he­cha, el cie­lo se le abrió en dos mi­ta­des: Ale­jan­dra, que en­ton­ces te­nía 12 años, y An­gé­li­ca, de 4. «Ese pri­mer mo­men­to de ver­las, uf..., to­dos los que te­ne­mos hi­jos sa­be­mos que es una ex­pe­rien­cia que no se ol­vi­da, muy emo­cio­nan­te. Yo ten­go to­da esa luz gra­ba­da, era por la ma­ña­na, pri­me­ro lle­gó mi hi­ja la ma­yor... Lue­go la pe­que­ña. Ese abra­zo es in­des­crip­ti­ble, pe­ro pue­do de­cir con or­gu­llo que ya ese día sa­lí de la ca­sa ho­gar don­de vi­vían oyen­do la pa­la­bra ma­má, por­que yo las ha­bía desea­do mu­cho, pe­ro ellas tam­bién una ma­dre, tie­nen mu­cha for­ta­le­za in­te­rior y es­ta­ban con­ven­ci­das de que lo que te­nía que lle­gar iba a lle­gar».

LAS SORPRESAS DE LA VI­DA

Cha­ro no pue­de más que es­tar agra­de­ci­da de la fa­mi­lia que ha for­ma­do y la bo­ca se le lle­na de ad­je­ti­vos en gra­do su­per­la­ti­vo para sus ni­ñas: bue­ní­si­mas, es­tu­dio­sí­si­mas, muy obe­dien­tes, muy res­pon­sa­bles, ca­ri­ño­sí­si­mas... Y so­lo ha­ce una re­fle­xión para quie­nes es­tén en su si­tua­ción: «Los hi­jos no son para cu­brir ca­ren­cias ni para cu­rar cri­sis y creo que lo me­jor es no te­ner ideas pre­con­ce­bi­das; lo que no­so­tros pro­yec­ta­mos a ve­ces no es lo me­jor, a ve­ces las sorpresas que te da la vi­da son mu­cho me­jo­res —apun­ta—. Exis­ten pre­jui­cios so­bre la adop­ción de ni­ños ma­yo­res y de ver­dad que dan unas sa­tis­fac­cio­nes muy gran­des. Un hi­jo ma­yor te va a re­co­no­cer co­mo su ma­dre exac­ta­men­te igual, yo en eso ja­más no­té di­fe­ren­cias». Cha­ro, Ale­jan­dra y An­gé­li­ca son un ejem­plo del amor me­re­ci­dí­si­mo.

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