Aquí hue­le a abue­lo

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - ¡ QUÉ CO SAS! -

Por mu­cho que los per­fu­mes ha­yan do­mes­ti­ca­do nues­tra pi­tui­ta­ria, hay al­go in­sus­ti­tui­ble en el olor de las per­so­nas pró­xi­mas. Se pue­de abrir un ar­ma­rio y sen­tir al ser que­ri­do que se ha ido co­mo si no se hu­bie­se mar­cha­do. De he­cho pue­de que la eter­ni­dad es­té en los olo­res y que el cie­lo sea un lu­gar por el que ca­mi­nas olien­do a to­dos los que se fue­ron. La piel, ese ór­gano in­men­so que cu­bre nues­tras ver­güen­zas, es en reali­dad una pis­ta de ate­rri­za­je que di­ce tan­to de nues­tra iden­ti­dad co­mo las in­trin­ca­das hue­llas dac­ti­la­res o la geo­gra­fía alea­to­ria de nues­tro iris. En es­te afán en­fer­mi­zo por te­ner a to­do el mun­do fi­cha­do e iden­ti­fi­ca­do, hay quien pro­nos­ti­ca la apa­ri­ción de má­qui­nas que atra­pa­rán la su­ti­le­za de nues­tro aro­ma, per­so­nal r in­trans­fe­ri­ble, sub­yu­ga­dor o do­lo­ro­so. En ca­da olor hay una mag­da­le­na ca­paz de arras­trar­te a un tú­nel en el que los re­cuer­dos se ape­lo­to­nan a una ve­lo­ci­dad in­con­tro­la­ble. Nun­ca sa­bes muy bien a dón­de lle­gas, pe­ro de­tec­tas que has al­can­za­do un es­ta­do de fe­li­ci­dad pu­ra, o de tris­te­za to­tal o que me­ro­deas ese lu­gar en el que es im­po­si­ble con­so­lar­se.

A ve­ces la cien­cia sir­ve para con­fir­mar nues­tras cer­te­zas, bom­bar­dear nues­tros pre­jui­cios, y así ha su­ce­di­do aho­ra con los olo­res. En es­te mun­do de ju­ven­tud por de­cre­to una in­ves­ti­ga­ción ha se­ña­la­do que el olor a vie­jo es un buen olor. Uno de esos olo­res que te lle­va al ron­ro­neo, que te apla­ca y tran­qui­li­za, que te per­mi­te res­pi­rar sin sen­tir­te ato­si­ga­do por la muer­te. Las per­so­nas ma­yo­res y las muy jó­ve­nes exu­dan un aro­ma tran­qui­li­za­dor com­pro­ba­do a tra­vés del mé­to­do cien­tí­fi­co. Se­gún la in­ves­ti­ga­ción es en la su­per­edad, ese tiem­po en el que te su­po­nes in­mor­tal, ese que se si­túa en torno a los trein­ta años, el mo­men­to en el que se hue­le peor. Hay cul­tu­ras que se per­ca­tan del es­truen­do que pro­vo­ca la flo­ra­ción de un ce­re­zo y que cons­tru­yen pa­la­bras para nom­brar el olor a abue­lo. En ja­po­nés se di­ce ka­reis­hu, que tie­ne una fo­né­ti­ca co­mo de Ca­ma­ri­ñas. Ka­reis­hu. Esa fra­gan­cia que te en­vuel­ve co­mo un ovi­llo.

En esa su­per­fi­cie que es la piel se li­bra a dia­rio una ba­ta­lla a muer­te en la que par­ti­ci­pan has­ta diez mil es­pe­cies di­fe­ren­tes de bac­te­rias. Su di­ver­si­dad de­pen­de de mu­chos fac­to­res in­clui­da la ge­né­ti­ca, la sa­lud, la die­ta, el gé­ne­ro, la ac­ti­vi­dad o la edad. Cuan­do la piel su­da, man­da una sin­fo­nía de se­ña­les que la evo­lu­ción y la se­lec­ción na­tu­ral han ido so­fis­ti­can­do. Ese se­llo per­so­nal que es nues­tro olor va cam­bian­do con los años has­ta lle­gar al tra­mo fi­nal en el que, aho­ra lo sa­be­mos, se vuel­ve más apa­ci­ble.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.