«CON MI HER­MA­NA HA­GO UNA VI­DA MUY MA­RU­JA»

Top Dan­ce no ha con­se­gui­do cua­jar pe­ro ella si­gue con pro­yec­tos. Con el cine vol­vien­do a to­car su puer­ta el pró­xi­mo oto­ño y fue­ra de Es­pa­ña, Mó­ni­ca se man­tie­ne mien­tras tan­to uni­da al di­se­ño, siem­pre en pa­re­ja con su her­ma­na Pe­né­lo­pe.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: ANA MON­TES

Sen­ci­llay cer­ca­na, Mó­ni­ca Cruz es una mu­jer de tra­to fá­cil. A pe­sar del gla­mur que la en­vuel­ve, ella va al grano, a lo im­por­tan­te de la vi­da, que la dis­ci­pli­na del bai­le le ha ayu­da­do a le­van­tar. Jun­to a su her­ma­na Pe­né­lo­pe es­tá vol­ca­da en crear nue­vas co­lec­cio­nes de len­ce­ría pa­ra la des­pam­pa­nan­te firma bri­tá­ni­ca Agent Pro­vo­ca­teur y los ecléc­ti­cos bol­sos de la mar­ca ita­lia­na Car­pi­sa. Una de cal, di­ría­mos, y otra de are­na. Y en­tre via­jes es­po­rá­di­cos a Londres y Nápoles, Mó­ni­ca man­tie­ne los pies bien en la tie­rra, en Ma­drid, jun­to a su pe­que­ña An­to­ne­lla, con ape­nas 4 añi­tos cum­pli­dos. Gra­cias a ella sien­te ha­ber sa­ca­do el ins­tin­to más bá­si­co y ani­mal que po­see una ma­dre. Y que, co­mo mu­jer, sa­be es­cu­char. Una lec­ción que ha apren­di­do pa­ra res­pe­tar­se, cuen­ta.

—¿Lo tu­yo y el di­se­ño ya es una co­ne­xión in­di­so­lu­ble?

—Lle­vo ya 5 años di­se­ñan­do pa­ra Agent Pro­vo­ca­teur y es­ta­mos pre­pa­ran­do la co­lec­ción 2017 de L’agent, se­gun­da lí­nea de la mar­ca en la que es­ta­mos Pe­né­lo­pe y yo con la di­se­ña­do­ra, Va tan bien que es­tán abrien­do tien­das en Nue­va York, Londres, Los Ángeles y al­gu­na más. Oja­lá en Ma­drid por­que de mo­men­to so­lo te­ne­mos un rin­cón en El Corte In­glés de Nue­vos Mi­nis­te­rios de Ma­drid. La re­la­ción va pa­ra lar­go, apren­dien­do un mon­tón y dis­fru­tan­do por­que es al­go que me en­can­ta.

—¿Se es­tá po­nien­do la len­ce­ría eró­ti­ca un po­co a lo «50 Som­bras de Grey»?

—Sí, aun­que aho­ra lo es­tá un po­co me­nos por­que cuan­do sa­lie­ron to­dos es­tos li­bros era to­do así. Den­tro de los que ha­ce­mos, hay al­gu­nas pren­das que son muy heavy y otras que son más pa­ra el día a día. La mar­ca tie­ne esa lí­nea en sus co­lec­cio­nes que a no­so­tras nos en­can­ta por­que per­mi­te ha­cer­la va­ria­da con una mez­cla de co­lo­res muy au­da­ces co­mo com­bi­nar un ro­sa con un ama­ri­llo.

—Es­ta mar­ca no di­se­ña so­lo pa­ra mu­je­res es­cul­tu­ra­les. ¿Ya era ho­ra de que se po­pu­la­ri­za­ra tam­bién el cuer­po de la mu­jer más real?

—De he­cho no­so­tras he­mos lu­cha­do por eso en la cam­pa­ña ¡la mo­de­lo no era na­da fla­ca! ¡Ya es­tá bien! Eso no ayu­da a la mu­jer. Y lue­go ca­da una es un mun­do y es be­lla se­gún sus for­mas y, si se sien­te bien, hay que res­pe­tar­lo. No te­ne­mos que ser to­das igua­les por­que es al­go que pa­re­ce de men­ti­ra. Hay que lu­char por eso y siem­pre lo pe­di­mos en to­das las co­lec­cio­nes. Nin­gu­na mu­jer de­be ser un es­te­reo­ti­po y to­das las co­lec­cio­nes de­ben ser va­ria­das en ta­llas.

—Los ita­lia­nos son muy exi­gen­tes con los di­se­ños y la es­té­ti­ca. ¿Tam­bién lo son los de Car­pi­sa con vues­tras pro­pues­tas de bol­sos?

—No, hay muy bue­na co­mu­ni­ca­ción. Tra­ba­ja­mos en equi­po. Ellos con­tro­lan más cier­tas co­sas y si ven que al­go no se va a ven­der, nos lo di­cen y no­so­tras nos amol­da­mos y va­mos cam­bian­do co­sas. Pe­ro tam­bién nos lo po­nen muy fá­cil, nos es­cu­chan y lo ha­ce­mos tal cual lo que­re­mos ha­cer. No es so­lo po­ner el nom­bre: ha­ce­mos to­do.

—¿Có­mo es tu fon­do de ar­ma­rio de bol­sos? ¿Cuán­tos tie­nes?

—Ten­go mu­chos por­que las co­lec­cio­nes que ha­ce­mos nos las van man­dan­do. Y en­tre esos y al­guno que me com­pro… Pe­ro tam­bién me gus­ta re­ga­lar a mis ami­gas y mi ma­dre al­guno de las co­lec­cio­nes que di­se­ña­mos.

—¿Có­mo es el bol­so de una ma­dre aho­ra que ya es­tás en esa fa­ce­ta?

—Pues muy gran­de. Hoy ten­go una co­mi­da de tra­ba­jo y lle­vo uno pe­que­ño que ya se me ha­ce ra­ro. In­ten­to se­guir po­nién­do­me mis bol­sos pe­ro los lle­vo lle­nos de los pa­ña­les, la co­mi­da, ro­pa ex­tra por­que los ni­ños siem­pre se man­chan. ¡De to­do! Y si­go usan­do mis shop­pers gran­des que tam­bién va­len.

—¿Qué ha pa­sa­do con Top Dan­ce?

—Ha si­do una pe­na pe­ro no­so­tros no po­de­mos con­tro­lar las co­sas de la te­le.

—¿Qué te dio la dis­ci­pli­na del bai­le?

—Es un mun­do ma­ra­vi­llo­so pe­ro es­tá muy po­co cui­da­do en la pro­fe­sión. Por eso, cuan­do me di­je­ron que ter­mi­na­ba el pro­gra­ma, me dio mu­cha pe­na por­que los bai­la­ri­nes es­ta­ban tra­ba­jan­do du­ro pre­pa­ran­do co­reo­gra­fías. Yo he te­ni­do mu­cha suer­te y no pue­do que­jar­me. Em­pe­cé a los 16 años en la com­pa­ñía de Joa­quín Cortés y ya no pa­ré . Fue un re­ga­lo ma­ra­vi­llo­so por­que pu­de bai­lar en los me­jo­res tea­tros del mun­do y con eso me que­do. Pe­ro no to­dos los bai­la­ri­nes tie­nen esa suer­te. Hay muy po­co tra­ba­jo y muy po­cas ayu­das.

—¿Qué be­ne­fi­cios del bai­le se po­drían lle­var a la educación?

—El res­pe­to, lo cual pa­ra los ni­ños es muy bueno por­que apren­den que to­do se con­si­gue con tra­ba­jo y es­fuer­zo que es lo que se pre­ten­de en la dan­za. Yo sé que aun­que no me hu­bie­ra de­di­ca­do pro­fe­sio­nal­men­te, la dis­ci­pli­na que me ha da­do el bai­le la he pues­to en ca­da co­sa que he he­cho en mi vi­da.

—¿Qué crí­ti­cas no hay que ha­cer­le nun­ca a un bai­la­rín?

—So­bre el as­pec­to, en es­pe­cial cuan­do uno se es­tá for­man­do y si son ni­ñas pe­que­ñas. Siem­pre hay al­gún idio­ta que te di­ce al­go y eso pue­de crear mu­chos pro­ble­mas. Y cla­ro que un bai­la­rín se tie­ne que cui­dar, pe­ro ca­da uno te­ne­mos un cuer­po y no se pue­de pre­ten­der que to­dos sea­mos igua­les.

—¿Y a ti al­gu­na de es­tas crí­ti­cas te hi­zo es­pe­cial­men­te da­ño cuan­do bai­la­bas?

—Sí, en la ado­les­cen­cia. Nos to­có un bi­cho ra­ro de es­tos y me­nos mal que sa­li­mos to­das bien por­que te­nía­mos 12 o 13 años. A esa edad no tie­nes la fuer­za pa­ra de­fen­der­te y ha­bría­mos po­di­do ter­mi­nar to­das anoré­xi­cas. Gra­cias a Dios no fue así.

—Y aho­ra ¿ne­ce­si­tas bai­lar ca­da día?

—No, qué va. No pue­do. Lle­vo tiem­po sin es­tar en ac­ti­vo.

—¿Nun­ca has pen­sa­do en mon­tar una aca­de­mia de bai­le?

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