LLUÍS HO­MAR

«SIEN­TO QUE ES A LOS 60 AÑOS CUAN­DO EM­PIE­ZA TO­DO»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: ANA ABE­LEN­DA FO­TO: XAVIER TO­RRES-BACCHETTA

Lluí­sHo­mar (Bar­ce­lo­na, 1957) que­ría ser Mar­lon Bran­do. «Yo que­da­ba hip­no­ti­za­do por aque­lla fuer­za, aque­lla pre­sen­cia, aquel mag­ne­tis­mo. Que­ría ser Mar­lon Bran­do, pe­ro el pe­lo no me ayu­da­ba. Em­pe­zó a caér­se­me a los die­ci­nue­ve», cuen­ta. Hoy Ho­mar quie­re ser Lluís. Y vuel­ve a Sha­kes­pea­re. Es un Ri­car­do III dia­bó­li­co con 40 años de ta­blas. Aho­ra em­pie­za to­do, di­ce se­gu­ro a sus 60. El que fue el rey Juan Carlos en su día más di­fí­cil, lan­za en Now Books un li­bro de me­mo­rias que des­cu­bre su or­gu­llo, su in­se­gu­ri­dad, el mie­do gran­de que le acom­pa­ña des­de ni­ño, su de­but a los 6 años, la lle­ga­da a Nue­va York en los 80, los sue­ños de ci­ne, los gol­pes de la vi­da y su pa­sión por su ofi­cio. «Es aho­ra cuan­do sien­to que to­das las co­sas que me han pa­sa­do las ten­go en su si­tio. Es im­por­tan­te per­do­nar. En el mo­men­to en que per­do­nas acep­tas có­mo han si­do las co­sas», ase­gu­ra el ac­tor y di­rec­tor tea­tral. A pe­sar de las di­fi­cul­ta­des, él siem­pre ha en­con­tra­do me­ca­nis­mos pa­ra co­nec­tar con el en­tu­sias­mo: «Si eso no se pro­du­ce es que la agu­ja mar­ca que al­go no va, hay al­go que no va bien. Yo ten­go una gran do­sis de en­tu­sias­mo en re­ser­va». —Vuel­ves atrás mi­ran­do ade­lan­te, sin­tien­do que em­pie­za to­do. Y re­ve­las que de ni­ño eras muy ma­lo y muy sim­pá­ti­co, co­mo de­cía tu pro­fe­so­ra Ro­ser. —Ro­ser Cap­de­vi­la, la di­bu­jan­te de Las

tres me­lli­zas. Bueno... ¡eso de­cía ella!, que era muy ma­lo, muy ma­lo, muy ma­lo... ¡pe­ro tan sim­pá­ti­co! —¿De­ja­mos de ser al­gu­na vez los ni­ños que fui­mos? —No, y de eso se tra­ta, de no sol­tar de la mano a ese ni­ño. Du­ran­te mu­cho tiem­po he te­ni­do a la sen­sa­ción de de­cir­le a mi ni­ño «tú ca­lla, tú no, tú mo­les­tas». Pe­ro to­dos so­mos úni­cos y nues­tra ge­nui­ni­dad tie­ne que ver con nues­tro ni­ño, con acep­tar la par­te frá­gil que te­ne­mos aun­que an­te el mun­do nos mos­tre­mos con nues­tra ar­ma­du­ra, co­mo si fué­se­mos gi­gan­tes. —«Aho­ra em­pie­za to­do» nos de­ja con el co­ra­zón en un pu­ño: a los 2 años es­tu­vis­te a pun­to de mo­rir des­hi­dra­ta­do. Por des­con­sue­lo. Por una en­fer­me­dad de tu ma­dre. —Sí... por una cir­cuns­tan­cia que vi­ví co­mo un aban­dono. Al­guien me ex­pli­có que cuan­do un ni­ño pe­que­ño se sien­te aban­do­na­do la ten­den­cia es de­jar­se mo­rir. Y eso me pa­só. Mi her­ma­na ma­yor de­cía: «Lluís se va a mo­rir», me cuen­tan. Su­pon­go que al no po­der acer­car­me a mi ma­dre du­ran­te esos seis me­ses que es­tu­vo en­fer­ma de he­pa­ti­tis mi re­la­ción con el mun­do cam­bió.

—Pe­ro pu­do el ins­tin­to de vi­vir. —Y mi ma­dre, que era muy cre­yen­te, mu­rió con­ven­ci­da de que yo me ha­bía sal­va­do por un mi­la­gro de la Vir­gen de Lour­des. Siem­pre me de­cía: «Ve a Lour­des a dar las gra­cias»... co­sa que no hi­ce.

—«Des­de pe­que­ño, yo era el her­mano que te­nía mie­do». Pe­ro el pri­me de los ocho en echar­se al agua, el pr me­ro en apren­der a na­dar. ¿Qué otr co­sas te gus­ta­ban de pe­que­ño? —Me gus­ta­ba mu­cho ju­gar con mis he ma­nos... siem­pre me gus­tó el Sca­lextr y el gus­to por el jue­go vol­vió cuan­do n ció mi hi­jo Isaac, el de sa­bo­rear las cos en sí mis­mas, sin ne­ce­si­dad de que si van de al­go. Ten­go la sen­sa­ción de q mi ju­gar es un dis­fru­tar de las co­sas p lo que son. Un sa­ber dis­fru­tar del no h cer. La vi­da con­sis­te a ve­ces en su­per prue­bas y el jue­go es el an­tí­do­to a est —El Go­ya lle­gó por «Eva» en el 201 por un ro­bot que te­nía su co­ra­zón. —Fue uno de esos per­so­na­jes que ca en gra­cia y que ha­bía que cons­truir. Po que un ro­bot hu­ma­noi­de... ¿có­mo se h ce, có­mo tie­ne que ser? Creo que nun en mi vi­da he tra­ba­ja­do más pa­ra prep rar un per­so­na­je en el ci­ne. El ro­bot

Eva era, al fi­nal, el más hu­mano. Esa p ra­do­ja es­ta­ba en el guion y es al­go esp cial. Yo me he enamo­ra­do de to­dos m per­so­na­jes, pe­ro hay al­gu­nos que se r sis­ten más. Y qui­zá por mi pro­ce­denc del tea­tro yo no es­ta­ba le­jos de ese pap —Qui­sis­te ser el me­jor ac­tor del mu do, pe­ro «la vic­to­ria no es­tá en ser me­jor —se­ña­las—, sino en sen­tir­te v vo con lo que ha­ces». ¿Cuál es el gra pre­mio? —Los premios im­por­tan... Yo me he se ti­do tris­te cuan­do no me los die­ron, p ro al fi­nal el pre­mio im­por­tan­te es el q uno se da a sí mis­mo. Que tú te con­sid res en fun­ción de lo que otros opi­nen ti es... no me sa­le la palabra, una ma

ca­nça, da­ña tu au­to­es­ti­ma. —¿Te ha cos­ta­do mu­cho tiem­po y t ra­pia de­cir­te: Yo val­go por lo que so —Sí... 27 años de te­ra­pia. Siem­pre he t ni­do un pro­ble­ma de in­se­gu­ri­dad. O gu­llo tam­bién, pe­ro el or­gu­llo es otra c sa. Siem­pre ha ha­bi­do en mí una par de au­to­es­ti­ma ba­ja. Hay un pun­to de­pen­den­cia de lo que otros pien­sa tal que, cuan­do hay cier­to des­en­cue tro, el abis­mo pue­de ser te­rri­ble. Me p só con Al­mo­dó­var. Eso no es co­sa bu na. Es cier­to el di­cho: «Soy lo me­jor q ten­go a pe­sar de mí mis­mo». Si te h cen una bue­na crí­ti­ca o te dan un pr mio, pues qué bien, ¿no?, pe­ro in­sist tie­nes que creer en ti. —Con Al­mo­dó­var fue to­car el ci lo con «La ma­la edu­ca­ción» y baj al in­fierno en «Los abra­zos ro­tos El li­bro re­ve­la que a Al­mo­dó­var ta das­te mu­cho en per­do­nar­le.

—Sí, sí, pe­ro yo no quie­ro ha­cer una v

lo­ra­ción de Pe­dro, sino ha­blar de una si­tua­ción con­cre­ta. Hay una fra­se que di­ce: «Lo que ha pa­sa­do es lo me­jor que po­día ha­ber pa­sa­do por­que es lo que ha pa­sa­do». Pa­ra mí, Pe­dro era ca­si Dios y con La ma­la edu­ca­ción vi­vi­mos un idi­lio pro­fe­sio­nal. En Los abra­zos ro­tos sen­tí que no ha­bía... «Que no, que no, que no, no me gus­ta lo que ha­ces, que me sue­na tea­tral», te di­cen. Y te sien­tes cues­tio­na­do en to­do. Yo so­ña­ba con ese pa­pel con Al­mo­dó­var, es co­mo si se te abrie­se el mun­do. Y cuan­do pa­re­ce que vas a vi­vir lo más ma­ra­vi­llo­so re­sul­ta que se con­vier­te en lo úl­ti­mo que po­drías desear. Fue una lec­ción de vi­da. Cuan­do al­guien co­mo Al­mo­dó­var sien­te que no cum­ples sus ex­pec­ta­ti­vas, pa­re­ce que no vas a vol­ver a le­van­tar ca­be­za. A ve­ces to­do se gi­ra en con­tra cuan­do pue­de pa­re­cer que tie­nes lo más... Ese más se pue­de con­ver­tir en lo más jo­di­do [ri­sas] La vi­da tam­bién es eso. Me han he­cho da­ño, pe­ro yo tam­bién he he­cho da­ño. —Cua­tro mi­llo­nes de es­pec­ta­do­res te si­guie­ron co­mo el rey Juan Carlos. Pa­ra lle­nar­se de or­gu­llo y sa­tis­fac­ción. —Fue­ron 6,5 mi­llo­nes el pri­mer ca­pí­tu­lo y 7 el se­gun­do. ¡Lo di­go por­que no me ha­bía pa­sa­do nun­ca! Fue un pa­pel que pre­pa­ré con ayu­da de Ma­nel Fuen­tes. Era el imi­ta­dor más hu­mano del rey, los de­más eran muy pa­ró­di­cos. Yo tu­ve la opor­tu­ni­dad de ha­blar con él y me fue muy útil. Yo no te­nía que imi­tar al rey, te­nía que ser el rey. Al prin­ci­pio los pro­duc­to­res te­nían un po­co de mie­do por­que que­rían que ha­bla­ra nor­mal... o sea, nor­mal, ¿no? Y yo pen­sa­ba: con ese ha­blar tan ca­rac­te­rís­ti­co del rey, ¿có­mo se pue­de ha­cer? Y cuan­do se en­fa­da­ba so­lo te­nía­mos la re­fe­ren­cia del «¿Por qué no te ca­llas?» que le di­jo a Chá­vez. Así que cuan­do se en­fa­da­ba, el per­so­na­je se me iba... Me dio mu­cha im­pre­sión in­ter­pre­tar a un per­so­na­je real, nun­ca me­jor di­cho.

—¿Es la te­le un me­dio me­nor? —No, y aho­ra me­nos que nun­ca. Es una vi­sión que han des­ban­ca­do los he­chos. Creo que fue Jo­die Fos­ter quien di­jo que hoy el ries­go y la ver­da­de­ra apues­ta ar­tís­ti­ca no es­tá en el ci­ne, sino en las series de las te­le­vi­sio­nes. —El rey en «El día más di­fí­cil del rey». ¿Cuál fue ese día pa­ra Lluís? —Pues... No lo ha­bía pen­sa­do. Di­ría an­tes los más fe­li­ces... El na­ci­mien­to de mis hi­jos, el día que co­gí de la mano a una chi­ca por pri­me­ra vez, con 14 años; el pri­mer be­so; o cuan­do me di­je­ron de en­trar a for­mar par­te del Tea­tre Lliu­re; te­nía 19 años, me pa­re­cía un sue­ño he­cho reali­dad.

—El éxi­to pa­ra ti aho­ra es «otra co­sa». —Tra­ba­jar en pro­yec­tos en los que me pue­da sen­tir im­pli­ca­do. Vi­vo. Y si tie­ne que lle­gar el gran pa­pel de mi vi­da, que to­da­vía sue­ño, ya lle­ga­rá. Y si no, no pa­sa na­da. Ha­bré lle­ga­do has­ta aquí.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.