Hay Verónica des­pués de la Jua­ni

La Jua­ni la con­vir­tió en la po­li­go­ne­ra más se­xi. Des­de su de­but han pa­sa­do ya 12 años. «Echo de me­nos em­pe­zar, lan­zar­me al mun­do sin red», re­ve­la. Verónica Eche­gui, que cre­ció mon­tán­do­se pe­lí­cu­las, di­ce, se mul­ti­pli­ca en pan­ta­lla es­te 2018. Y sue­ña con ir

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: ANA ABE­LEN­DA FO­TO: JUAN CAR­LOS HI­DAL­GO

Es di­rec­ta, es­pon­tá­nea e «hi­per­cu­rio­sa» y su pri­mer sue­ño por cum­plir es­te año que arran­ca en cua­tro fren­tes (Apa­ches, Me es­tás ma­tan­do, Susana;

El aman­te y Trust) es via­jar, dis­fru­tar de unas va­ca­cio­nes con su pa­re­ja «que van a ser ¡ya!». Tie­nen la pa­la­bra de Verónica Eche­gui (Ma­drid, 1983), que do­ce años des­pués de ser la Jua­ni no di­ce eso de «Voy a ser ac­triz y que na­die lo du­de por­que lo con­se­gui­ré». So­bra. La po­li­go­ne­ra más se­xi del ci­ne es una ac­triz ga­nan­do mun­do. «A la Jua­ni la quie­ro mu­cho y la echo de me­nos... Echo de me­nos ese mo­men­to de em­pe­zar y no sa­ber, de lan­zar­me al mun­do sin red», con­fie­sa Verónica. Hoy es Ca­rol en Apa­ches (An­te­na 3), una chi­ca que afron­ta su ado­les­cen­cia en el ba­rrio ma­dri­le­ño de Te­tuán, años 90.

—Ac­ción, amor, ero­tis­mo, me­lo­dra­ma. Hay de to­do en «Apa­ches», se­gún su di­rec­tor, Da­niel Cal­par­so­ro. ¿Qué nos

avan­zas so­bre es­ta nue­va se­rie?

—Es una his­to­ria au­to­bio­grá­fi­ca. Una his­to­ria per­so­nal que le ocu­rrió al au­tor de es­ta no­ve­la bes­tse­ller. Hay mu­cho mis­te­rio en torno a esa his­to­ria. El au­tor, Mi­guel Sáez Carral, no re­ve­la qué co­sas son reales y cuá­les no, pe­ro los per­so­na­jes son de ver­dad. Yo al mío no lo pu­de co­no­cer, pe­ro Mi­guel me ha­bló mu­cho de ella. Es­ta es una his­to­ria de ven­gan­za que a mí me ha he­cho re­fle­xio­nar. ¿Qué ha­rías si su­pie­ras que a tu fa­mi­lia le van a qui­tar to­do lo que tie­ne, que se va a que­dar en la ca­lle por­que un sin­ver­güen­za le ha ro­ba­do y la ley no ac­túa?

—¿Qué ha­rías tú en un ca­so así?

—No sé, por­que es di­fí­cil sa­ber sin ver­se ahí, pe­ro creo que no me que­da­ría de bra­zos cru­za­dos. Si tu­vie­ra un ami­go co­mo Sastre, po­si­ble­men­te ha­ría al­go pa­re­ci­do...

—Has ce­rra­do un año lleno de pro­yec­tos. Y em­pie­zas otro in­ten­so que te lle­va­rá, en­tre otras co­sas, a ser la «aman­te» de Do­nald Sut­her­land...

—Se­ré una de las novias de Do­nald Sut­her­land en Trust, que se va a es­tre­nar en pri­ma­ve­ra. So­mos cua­tro novias las que vi­vi­mos con él en una man­sión de In­gla­te­rra. Él es el mul­ti­mi­llo­na­rio John Paul Getty, un per­so­na­je real mon­ta­do en el dó­lar, un mag­na­te del petróleo. Es una se­rie que di­ri­ge Danny Boy­le y cuen­ta el se­cues­tro del nieto de es­te mag­na­te.

—En car­tel con «Me es­tás ma­tan­do, Susana», con Gael Gar­cía-Ber­nal, so­bre una re­la­ción de pa­re­ja par­ti­cu­lar.

—Va so­bre el amor de dos que se quie­ren mu­cho pe­ro no sa­ben ges­tio­nar su re­la­ción. La su­ya es una re­la­ción bas­tan­te tó­xi­ca, de esas de «Ni con­ti­go ni sin ti». Una tra­ge­dia có­mi­ca... o una co­me­dia trá­gi­ca.

—En bre­ve ten­drás también en pan­ta­lla una aven­tu­ra a la ita­lia­na.

—Las­cia­ti an­da­re, ‘Dé­ja­te lle­var’, una co­me­dia que hi­ce en Ro­ma con Toni Ser­vi­llo y es­treno el día 22. ¡Muy di­ver­ti­da! La his­to­ria de dos per­so­na­jes opues­tos que, por esas co­sas de la vi­da, se cru­zan, y se cam­bian la vi­da el uno al otro. Él un psi­quia­tra es­tric­to ha­cién­do­se ma­yor, y ella, una bus­ca­vi­das que se me­te en to­dos los líos.

—Te me­tis­te pron­to en el lío del ci­ne. A los 17 años te pa­gas­te un cur­so de im­pro­vi­sa­ción con lo que te sa­ca­bas en el Vips, ven­cien­do el no de tus pa­dres a ser ac­triz.

—Sí. La opo­si­ción de mis pa­dres siem­pre ha si­do un mo­tor pa­ra mí. A mí la opo­si­ción es que me ac­ti­va mu­cho. Por suer­te, yo lo te­nía muy cla­ro. Y el que mis pa­dres no lo su­pie­ran ver a mí me en­cen­día. Esa ra­bia era un mo­tor. Mi pos­tu­ra era un «Bueno, muy bien, pues si no lo ha­céis vo­so­tros, lo voy a ha­cer yo».

La ra­bia pue­de ser un buen mo­tor si sa­bes ma­ne­jar­la”

Por esa opo­si­ción pu­de ac­ce­der con fuer­za a lo que que­ría. Al no te­ner el res­pal­do de mis pa­dres, fui a muer­te.

—¿La ra­bia es un com­bus­ti­ble, pue­de ser un mo­tor vi­tal?

—Pue­de ser­lo y fun­cio­nar... si eres cons­cien­te. Si sa­bes iden­ti­fi­car­la y ma­ne­jar­la. Pe­ro si no sa­bes que lo que te mue­ve es la ra­bia, si no la iden­ti­fi­cas y la

con­tro­las, pue­des sa­lir per­ju­di­ca­da.

—En­tras­te a sa­co en el ci­ne con «La Jua­ni», la Lo­li­ta de ex­tra­rra­dio que se con­vir­tió en un icono ibé­ri­co. ¿Có­mo la ves hoy, do­ce años des­pués?

—Con ca­ri­ño, con nos­tal­gia... la echo de me­nos. Echo de me­nos ese mo­men­to de em- pe­zar y no sa­ber, de lan­zar­me al mun­do sin red. To­do lo que pa­só a raíz de

La Jua­ni ha­ce que el re­cuer­do sea pa­ra mí im­por­tan­te, muy emo­ti­vo.

—¿El más im­por­tan­te?

—De mi ca­rre­ra sí, por par­ti­da do­ble. Por ser ese per­so­na­je, y por co­no­cer a Bi­gas Lu­na, por ha­ber­le tra­ta­do en una pri­me­ra pe­lí­cu­la. Bi­gas era un ser muy­muy es­pe­cial. Ge­nuino. Aun­ten­ti­quí­si­mo. Yo em­pe­za­ba a ca­mi­nar y fue con él. Una de las mu­chas vir­tu­des que te­nía Bi­gas era que con­fia­ba en la gen­te. Él de­cía: «Yo cuan­do ha­go cás­tings co­jo a la gen­te con la que me iría a ce­nar». To­do el equi­po se com­po­nía de gen­te que a él le caía bien, que le gus­ta­ba, gen­te la ma­yo­ría jo­ven, que es­ta­ba con su pri­me­ra o se­gun­da pe­li, to­dos con un ham­bre de crear y de ha­cer co­sas que él sa­bía ex­pri­mir. Bi­gas per­mi­tía que pa­sa­ran co­sas. Cuan­do no te­nía muy cla­ro qué ha­cer, él te de­ja­ba. A mí me de­cía: «A ver, va­mos a ha­cer una to­ma aquí en Ma­drid, ¿tú qué ha­rías? Pon­te ahí y haz al­go, ven­ga, no­so­tros te gra­ba­mos. ¡Era di­ver­ti­dí­si­mo eso! Y de una li­ber­tad...

Si sa­bes con­cen­trar­te, te mon­tas tu pe­li en cual­quier lu­gar”

—En «El aman­te» tra­ba­jas con tu pa­re­ja, Álex Gar­cía. «Mi ser fa­vo­ri­to del pla­ne­ta», así le eti­que­tas­te ha­ce dos me­ses, por su cum­ple, en Instagram...

—Síí, es mi ser fa­vo­ri­to. En El aman­te él es­tá en la di­rec­ción ar­tís­ti­ca. Yo ac­túo con Da­niel Pé­rez. Es una obra de Ha­rold Pin­ter que va de un ma­tri­mo­nio que lle­va años ca­sa­do y hay un aman­te... La co­sa es­tá al lí­mi­te en la pa­re­ja. Es una si­tua­ción ex­tre­ma y lo­ca pe­ro, en reali­dad, muy creí­ble. Cual­quie­ra se sen­ti­ría iden­ti­fi­ca­do con mu­chas co­sas y si­tua­cio­nes que se dan en­tre ellos.

—Di­ces que pa­ra que una pa­re­ja fun­cio­ne lo más im­por­tan­te es, pri­me­ro, co­no­cer­te a ti mis­mo. ¿Có­mo eres tú?

—Es di­fí­cil au­to­de­fi­nir­se... por­que li­mi­ta, y por­que uno va cam­bian­do con el tiem­po. Yo no soy la mis­ma de ha­ce cin­co años...

—Pe­ro si­gues sien­do es­pon­tá­nea...

—Sí, sí, eso sí, soy es­pon­tá­nea, ex­tro­ver­ti­da, so­cial, pe­ro ten­go mis mo­men­tos de re­fle­xión. Y soy cu­rio­sa, hi­per­cu­rio­sa. Me gus­ta em­pa­par­me de las co­sas, ab­sor­ber­las, apren­der, cre­cer.

—¿Qué es lo que más va­lo­ras en es­te mo­men­to, con 34 cum­pli­dos? La Uni­ver­si­dad de Ya­le con­clu­yó que esa es la edad a la que so­mos más fe­li­ces...

—Yo va­lo­ro po­der dis­fru­tar de la gen­te que quie­ro. Con los años ca­da vez lo

no­tas más, el po­co tiem­po que en reali­dad tie­nes pa­ra dis­fru­tar de los que más quie­res. Nun­ca sa­bes cuán­do se te va al­guien, o in­clu­so si te vas a mo­rir tú. Yo quie­ro ser de las que di­cen: «Dis­fru­té, te di­je lo mu­cho que te quie­ro y tu­vi­mos una bue­na re­la­ción». Eso es lo más im­por­tan­te pa­ra mí.

—No de­jar el li­bro de la vi­da en blan­co, que es­cri­ba lo su­yo la emo­ción...

—Sí, yo quie­ro en­ve­je­cer y sen­tir­me ple­na. Y pen­sar «Qué bue­na re­la­ción he te­ni­do con mi fa­mi­lia, con mis ami­gos, con mi gen­te». Es lo im­por­tan­te.

—Fuis­te una es­tu­dian­te con bue­nas no­tas, pe­ro a la que nun­ca le gus­tó ir al cole...

—El cole no me gus­ta­ba por­que era un ro­llo. No he te­ni­do la suer­te de cru­zar­me con pro­fe­so­res men­to­res que ha­yan cam­bia­do mi vi­da. Bueno... sal­vo uno en un ins­ti­tu­to en el que es­tu­ve, que da­ba His­to­ria del Ar­te co­mo na­die. Es lo que más re­cuer­do, lo que ese hom­bre me en­se­ñó. Pe­ro el res­to pa­sa­ron por mi vi­da sin pe­na ni glo­ria. Y yo, la ver­dad, nun­ca le vi el sen­ti­do a es­tar to­do el día al­ma­ce­nan­do co­no­ci­mien­tos o me­mo­ri­zan­do co­sas que lue­go ¡se me ol­vi­da­ban en­se­gui­da!

—Abu­rrir­se es un «su­do­ku» esen­cial, lo ad­vier­ten los ex­per­tos. Es lo que más ha­ce fal­ta hoy en­tre los ni­ños...

—Yo me abu­rría mu­cho en el co­le­gio, y en esas ho­ras abu­rri­das me pa­sa­ba el 80 % del tiem­po via­jan­do, so­ñan­do. Men­tal­men­te me iba de pa­seo, de via­je. Me mon­ta­ba pe­lí­cu­las y era mu­cho más fe­liz en esas pe­lí­cu­las que en la vi­da real. Ese de­seo, esa ne­ce­si­dad, se fue ha­cien­do ca­da vez más gran­de pa­ra mí. Des­pués de clase, lle­ga­ba a mi ca­sa, al par­que de al la­do de mi ca­sa, y no po­día pa­rar de con­tar his­to­rias a los otros ni­ños. Les in­vi­ta­ba a ca­sa y nos dis­fra­zá­ba­mos. Nos in­ven­tá­ba­mos cu­le­bro­nes y nos pa­sá­ba­mos así la vi­da, ja­ja­ja.

—Des­cien­des de un No­bel de Li­te­ra­tu­ra, Jo­sé Eche­ga­ray. Se­rás más de le­tras que de cien­cias...

—De le­tras. En cien­cias, nu­la, ne­ga­da.

—¿Qué pe­li o qué per­so­na­je te mar­có más de pe­que­ña?

—Hom­bre... re­cuer­do que cuan­do vi a la ni­ña del Co­la-Cao me im­pac­tó. Em­pe­cé a de­cir: «¡Yo quie­ro ha­cer eso, quie­ro ha­cer eso!». Y, no sé, también re­cuer­do pe­lí­cu­las en blan­co y ne­gro... pe­ro no sa­bría de­cir­te cuá­les.

King Kong me da­ba mu­cho mie­do, eso lo re­cuer­do. Y ade­más me vie­ne Apo­caly­pse Now. La pu­so mi pa­dre y la pri­me­ra vez que la vi, me su­peró, tu­ve que ir­me. Pe­ro lo que a mí me atraía del ci­ne era que creía que ese mun­do que veía por la tele era un mun­do de ver­dad don­de vi­vía un mon­tón de gen­te que se pa­sa­ba la vi­da ha­cien­do esas co­sas, vi­vién­do­las. —Mu­chos qui­si­mos me­ter la mano en la ca­ja de la tele y sa­car a To­rre­bruno

al­gu­na vez... ¿Có­mo ves el ci­ne y la tele es­tan­do den­tro?

—Aho­ra to­do si­gue te­nien­do un ha­lo má­gi­co, sí, aún tie­ne esa ma­gia, es­tá ahí, por­que esa ma­gia exis­te, pe­ro hay que sa­ber pro­por­cio­nár­se­la, pro­vo­car las cir­cuns­tan­cias pa­ra que se pro­duz­ca. Y cuan­do se pro­du­ce la ma­gia, ese es el chu­te real, lo que nos en­gan­cha y nos ha­ce adic­tos a lo que ha­ce­mos. Se­gún la ca­pa­ci­dad que tú ten­gas de me­ter­te en es­to que ha­ces, pue­des vo­lar so­bre cual­quier cir­cuns­tan­cia. To­do de­pen­de de la ca­pa­ci­dad de con­cen­tra­ción que ten­gas. Si es gran­de, pue­des mon­tar­te tu pe­li en cual­quier lu­gar. Y con buenos com­pa­ñe­ros... ni te cuen­to, ja­ja­ja.

—¿Has su­fri­do al­gún epi­so­dio Har­vey Weinstein?

—Cuan­do es­ta­ba, creo, en mi ter­ce­ra pe­li, un pro­duc­tor en un bar me to­có el cu­lo de­lan­te de to­dos. Yo gri­té y le pu­se a cal­do. Di­je: «Eres un cer­do». Él se pu­so co­lo­ra­do y no vol­vió a de­cir­me na­da, se le qui­ta­ron las ga­nas de to­do, in­clu­so has­ta de mi­rar­me a

los ojos du­ran­te el res­to del ro­da­je.

—De­fien­des la igual­dad. Y ad­vier­tes que el se­xis­mo en el mun­do del ci­ne es «tre­men­do».

—Aún que­da mu­cho por ha­cer. Me pre­gun­to yo cuán­tas mu­je­res han si­do ase­si­na­das a lo lar­go de la his­to­ria, y ape­nas se ha ha­bla­do de eso, no se ha tra­ta­do de cuan­ti­fi­car... ¿Cuán­tas mu­je­res son vio­la­das ca­da día en el mun­do? Lo más re­pug­nan­te y te­rro­rí­fi­co es que a día de hoy se si­guen prac­ti­can­do la abla­ción, la tor­tu­ra, la la­pi­da­ción; se si­guen im­po­nien­do pe­nas de muer­te y eje­cu­tan­do a mu­je­res. Si mi­ras el mun­do en su con­jun­to, so­mos una mi­no­ría las mu­je­res que es­ta­mos con­quis­tan­do una cier­ta li­ber­tad. Me atre­vo a de­cir que en la ma­yor par­te de paí­ses del mun­do, las cir­cuns­tan­cias de las mu­je­res son in­fra­hu­ma­nas. He tra­ba­ja­do en Ne­pal, y en Ne­pal no pe­nan ni cas­ti­gan la vio­la­ción... por lo me­nos cuan­do yo fui.

—¿Has pa­ga­do un al­to pre­cio por tu fí­si­co, por tu sen­sua­li­dad?

—Yo no he sen­ti­do que ha­ya te­ni­do que pa­gar un pre­cio por eso ni por ser co­mo soy... La ex­po­si­ción co­mo mu­jer, si eres ac­triz, te la co­mes, por­que va de la mano. Tie­nes que es­cu­char to­do ti­po de co­men­ta­rios y apren­der a ges­tio­nar­los. Lo im­por­tan­te es el tra­to que no­so­tras nos da­mos a no­so­tras mis­mas, el au­to­con­cep­to. Hay que dar­le me­nos chan­ce a la vi­sión ex­te­rior. Hay que gi­rar las tor­nas, mi­rar ha­cia den­tro y po­ner un stop al alu­vión de co­men­ta­rios. Va­les por lo que eres, no por có­mo te ven los de­más.

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FO­TO: PI­PO FER­NÁN­DEZ

3 LA CA­BO ANGLADA Eche­gui es una guar­dia ci­vil atí­pi­ca en «La nie­bla y la don­ce­lla» (en la fo­to, con Au­ra Ga­rri­do y Quim Gu­tié­rrez).

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1 2 EN «APA­CHES» La ac­triz es Ca­rol en la nue­va se­rie de An­te­na 3, don­de trabaja con Al­ber­to Am­mann. 1 SU «KAR­MA» Verónica Eche­gui jun­to a su chi­co, Álex Gar­cía, en «No cul­pes al kar­ma de lo que te pa­sa por gi­li­po­llas».

4 4 y 5 ELLA FUE LA JUA­NI Verónica as­pi­ró al Go­ya con «La Jua­ni» (2006). De­bu­tó a lo gran­de con es­ta pe­lí­cu­la de Bi­gas Lu­na, en la que Da­ni Martín in­ter­pre­ta a su no­vio. Esa cho­ni se­xi y des­len­gua­da que es la Jua­ni mar­có una ca­rre­ra que se afian­za 12...

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