FRA­SES DE ABUE­LA

LA REAL ACA­DE­MIA de la vi­da les de­be un si­llón. Va por los abue­los que le dan a la len­gua a su ma­ne­ra pa­ra en­ten­der­nos me­jor. Por los que co­men «mon­da­ri­nas», usan «pan­ta­lón pi­qui­llo», tie­nen me­sas de «for­ni­ca» o van al gym a ha­cer «Nai­ro­bi» y man­te­ner­se e

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: ANA ABELENDA

REPASAMOS EL DIC­CIO­NA­RIO DE LA REAL ACA­DE­MIA DE LA VI­DA

En lo de dar­le a la len­gua con gra­cia, la edad es un grado. Cum­pli­mos años y so­mos más co­mo so­mos, más yo lo di­go y a mi «pis», más li­bres pa­ra de­rra­par con gus­to al ha­blar. Apar­que­mos los co­ches y las co­chas, los co­nos y las co­nas po­lí­ti­cas, pa­ra ce­le­brar el pa­tri­mo­nio uni­ver­sal de la len­gua abue­ril. Tan bue­na que le cre­cen los nie­tos. Los que cre­ci­mos co­mien­do «mon­da­ri­nas», bis­tés, «es­pa­de­tes» y, de me­rien­da, «pi­tu­fís»; los que nos mon­da­mos con el «Fran­ca­men­te que­ri­da, me im­por­ta un ble­do» de «Car­ga­ble» en Lo que el vien­to se lle­vó («el bol­si­llo me do­lió y el cu­lo se can­só», de­cían en los ci­nes de aquí) sa­be­mos que el tuit que ha ge­ne­ra­do el «gran dic­cio­na­rio de la abue­la» no es «pa­ta­ca mi­nu­ta». El ge­nio de la lám­pa­ra sa­lió a lo gran­de por un post de la pe­rio­dis­ta Noe­mí Ló­pez Tru­ji­llo: «Mi abue­la lla­ma Nai­ro­bi al ae­ró­bic y el mun­do me pa­re­ce al­go me­jor». ¡An­da, y a mí! Pues­tos a ha­cer ejer­ci­cio, que cuen­te de aquí a Kenia, que bien me­re­ce una ma­yús­cu­la mun­dial ir al gym a co­rrer con­tra la edad. Ese Nai­ro­bi alia­do en la lu­cha por el tono mus­cu­lar fue el pa­lo que rom­pió la pi­ña­ta in­fi­ni­ta de las jo­yas del len­gua­je de los sé­nior.

Co­mo nie­ta que soy de Ho­ren­ti­na y Est­her (que fue­ron Do­rin­da y Es­té­rea por dic­ta­men po­pu­lar) me nie­go a co­mul­gar con esos plus­cuam­per­fec­tos que pro­nun­cian «Ma­raia Ca­rí». Pre­fie­ro la mú­si­ca fa­mi­liar de mi com­pa­ñe­ra Mó­ni­ca, a la que su abue­la, di­ce, lla­mó Ar­mó­ni­ca «ata que mo­rreu».

«Hai que ir mo­rren­do» era una de las má­xi­mas vi­ta­les de mi abue­la ma­ter­na. Y es­to me lle­va di­rec­ta a las «aguas ter­mi­na­les» que to­man los abue­los que se sa­len de lo ter­mal. Ríe­te tú de ese spa, pro­me­te des­can­so eterno.

Tras la abue­la del Nai­ro­bi, en Twit­ter ga­nó afi­ción el equi­po que sos­tie­ne la pi­rá­mi­de po­bla­cio­nal. «Yo cuan­do me due­le el cue­llo, di­go co­mo mi abue­la: ‘Ten­go mal las verticales’», «Mi abue­la lla­ma­ba ‘co­ti­dia­nos’ a los ecua­to­ria­nos», «La ma­dre de una ami­ga en vez de pul­sar el INTRO pul­sa el ‘Sin­trom’». De la mano de nie­tos or­gu­llo­sos, co­bra­ron pro­ta­go­nis­mo en es­tos Ós­car de la red so­cial un abue­lo que com­pra en el «Díaz», y otro que pre­fie­re, en cam­bio, ir al «Kung fu» (si no ad­mi­tes mar­cia­les co­mo si­nó­ni­mo de ar­tes, llá­ma­le Ca­rre­four). «Chá­ma­lle bu­rro ao ca­ba­lo» era muy co­sa de mi abue­la, que siem­pre me vio fla­ca «co­mo o ba­ca­llau po­lo ra­bo». Pe­ro el fra­seo con sor­na es otra cues­tión.

Pa­ra se­xap­peal (¿se­xa­pil?) el Le­roy Mer­lin al que un abue­lo de­ci­dió re­bau­ti­zar co­mo Ma­rilyn Mon­roe. A mí, lo voy no­tan­do, me en­tran co­mo más ga­nas de me­ter­me en un jar­dín.

No hay co­lor en el look de Jun­que­ras des­de que una abue­la le lla­ma Llon­gue­ras y es más de có­mic Puig­de­mont des­de que otra le lla­ma Fi­le­món. Que ven­ga la T.I.A. a echar­nos un ca­ble. «Hu­seín de Ubri­que» y «Sa­dam Je­su­sín» son ya de la fa­mi­lia en es­te dic­cio­na­rio que in­clu­ye me­sas de «for­ni­ca» (del mis­mo ma­te­rial que la de El car­te­ro siem­pre lla­ma dos ve­ces), Fer­nan­dol (le qui­ta­mos el freno al Fre­na­dol) y pan­ta­lo­nes pi­qui­llo (¿pi­can ou non?). En un dic­cio­na­rio de mar­ca no fal­ta la di­se­ña­do­ra «Ga­ta Ruiz de la Pra­de­ra». ¡Chi­qui­to, va por ti, pe­ca­dor! Lo di­go por si «as­ca­so» nos oyes... co­mo di­ría mi abue­la. «No es por si ‘as­ca­so’, abue­la», le di­je.

«Por si las mos­cas», co­rri­gió vo­lan­do. Y el mun­do se hi­zo más ae­ró­bi­co, mi­ra que ga­nó tono mus­cu­lar.

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