La paternidad es un chu­te de amor ma­ra­vi­llo­so”

Es­tu­dió Fi­lo­lo­gía in­gle­sa, pe­ro lo su­yo siem­pre ha si­do el tea­tro. Aho­ra con «La Pes­te» ha en­tra­do por la puer­ta gran­de del te­rri­to­rio de las se­ries: «Una ca­ra des­co­no­ci­da co­mo la mía ve­nía bien». Re­co­no­ce que es re­fle­xi­vo y le atrae la con­tra­dic­ción: «Ll

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Es­tá

fe­liz y por par­ti­da do­ble. Pa­blo Mo­li­ne­ro (Cas­te­llón, 1977) ha co­no­ci­do el éxi­to con su per­so­na­je en

y ade­más se ha con­ver­ti­do en pa­dre por pri­me­ra vez. «Du­ran­te el ro­da­je se pro­du­jo un tras­va­se de per­so­na­li­dad de Mateo a mí y de mí a Mateo. Fue­ron me­ses muy in­ten­sos don­de con­flu­ye­ron mu­chas co­sas, por­que tu­ve a mi hi­ja y eso tam­bién me in­flu­yó mu­cho». El de Cas­te­llón ase­gu­ra que com­par­te con su per­so­na­je ese to­que me­lan­có­li­co por el pa­so del tiem­po y cier­to ai­re de tris­te­za: «Creo que ca­si to­do en la vi­da es pa­sa­je­ro y que no hay que afe­rrar­se a na­da, por­que es efí­me­ro». Tie­ne cla­ro que la pes­te del si­glo XXI es la co­rrup­ción del hom­bre, y cuan­do le pre­gun­ta­mos so­bre su par­te más os­cu­ra res­pon­de: «El no ser ca­paz de dis­fru­tar de lo que uno tie­ne. Y el que­rer siem­pre más. Soy un po­co va­ni­do­so». Cuan­do mi­ra al fu­tu­ro ase­gu­ra: «So­lo de­seo se­guir apren­dien­do y cre­cien­do co­mo ac­tor». No te ol­vi­des de su nom­bre ni de su ca­ra, por­que es­te chi­co da­rá que ha­blar. Se­gu­ro.

—¿Có­mo llevas lo de ser el chi­co de mo­da? —La ver­dad es que ese ti­tu­lar me va gran­de. Vi­vo en un pue­blo pe­que­ño y lle­vo una vi­da muy tran­qui­la y me es­toy en­te­ran­do bas­tan­te po­co. Sí, es cier­to que la gen­te me fe­li­ci­ta por Fa­ce­book y Twit­ter por la se­rie, pe­ro po­co más. Yo si­go con mi día a día.

—¿Con­ten­to por el re­co­no­ci­mien­to que te es­tá dan­do tu tra­ba­jo en «La Pes­te»? —Muy con­ten­to y sa­tis­fe­cho con el re­sul­ta­do. Yo ven­go del tea­tro y no me sur­gen to­dos los días opor­tu­ni­da­des pa­ra par­ti­ci­par en un pro­yec­to con tan­tos me­dios y de tal en­ver­ga­du­ra. El pa­pel de Mateo ha si­do un re­ga­lo in­creí­ble y la his­to­ria me pa­re­ce apa­sio­nan­te.

—Eras un ac­tor des­co­no­ci­do, ¿có­mo ate­rri­zas­te en la se­rie? —Lle­gué a la se­rie por la in­sis­ten­cia de Eva Lei­ra y Yo­lan­da Se­rrano, las di­rec­to­ras de cás­ting, pa­ra que me pre­sen­ta­ra a las prue­bas. La se­rie ha­bla un po­co de la in­tra­his­to­ria, de la gen­te de la ca­lle, al ni­vel del fan­go, y una ca­ra des­co­no­ci­da co­mo la mía ve­nía bien.

—¿Có­mo fue tra­ba­jar con Al­ber­to Ro­drí­guez? —In­ten­so. Me pe­día mu­cha con­ten­ción, pe­ro con en­jun­dia. Yo ven­go del tea­tro fí­si­co, al­go muy ex­pre­si­vo. Y él me pe­día me­su­ra has­ta en los ges­tos. Ha si­do una cla­se ma­gis­tral cons­tan­te. Los en­sa­yos fue­ron du­ros has­ta que en­con­tré

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