La voz que pon­go es un re­cur­so, si no ¡se­ría un co­ña­zo!” Glò­ria

Su es­ti­lo im­pla­ca­ble ha fi­de­li­za­do a un pú­bli­co que ca­da vier­nes se apun­ta a «Equi­po de in­ves­ti­ga­ción». Es una de las pe­rio­dis­tas más imi­ta­das y con me­jor sen­ti­do del hu­mor: «Me río mu­chí­si­mo; no ten­go na­da que ver con la de los re­por­ta­jes»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - RESPONDE - TEX­TO: SAN­DRA FA­GI­NAS

Se­rra (Bar­ce­lo­na, 1964) ha con­se­gui­do que ca­da vier­nes nos apun­te­mos a su pro­gra­ma y a un es­ti­lo muy par­ti­cu­lar de ha­cer te­le­vi­sión. Su voz es otro de los gan­chos pa­ra un pú­bli­co que dis­fru­ta tam­bién de las imi­ta­cio­nes que con buen hu­mor han he­cho de es­ta pe­rio­dis­ta una de las ca­ras más po­pu­la­res de la au­dien­cia. —Des­pués de tan­tos años en «Equi­po de in­ves­ti­ga­ción», ¿có­mo se con­si­gue ese mi­la­gro de se­guir fi­de­li­zan­do a la au­dien­cia? —Si a no­so­tros nos lle­gan a de­cir que un pro­gra­ma de in­ves­ti­ga­ción, com­pli­ca­do, di­fí­cil, ca­ro, hu­bie­ra du­ra­do años en una em­pre­sa pri­va­da no me lo hu­bie­ra creí­do, ade­más con ese buen cré­di­to de pú­bli­co. El se­cre­to es al­go sen­ci­llo, pe­ro muy di­fí­cil de con­se­guir: te­ner una em­pre­sa que te pa­gue por ello y mu­chí­si­mo tra­ba­jo. Ca­da pro­gra­ma es una odi­sea, pe­ro lue­go ves el re­sul­ta­do y com­prue­bas que el es­fuer­zo va­le la pe­na.

—¡Mi­ra que hay gen­te ma­la! —Sí, sí. No nos va­mos a que­dar sin tra­ba­jo por des­gra­cia. —Has to­ca­do to­dos los pa­los, ¿es­te for­ma­to es el ideal pa­ra ti o quie­res asu­mir más ries­gos? —A ver, yo no me pue­do que­jar, lle­vo 30 años de pro­fe­sión y yo ya no pi­do na­da, se­ría abusar. He te­ni­do la gran for­tu­na de que to­dos los pro­yec­tos, enor­mes y ma­ra­vi­llo­sos, me han ve­ni­do a bus­car. Yo es­ta­ba en La No­ria fe­liz; he tra­ba­ja­do en informativos, fe­liz; en la ra­dio, fe­liz... ¡Có­mo se me ocu­rre a mí pe­dir na­da! So­lo es­pe­ro po­der se­guir te­nien­do lo mis­mo, la mis­ma for­tu­na. Siem­pre me ha sor­pren­di­do la vi­da en ese sen­ti­do. Es­te es un for­ma­to ma­ra­vi­llo­so, so­mos una fa­mi­lia, lle­va­mos sie­te años jun­tos y es­toy en­can­ta­da de po­ner­le ca­ra y voz.

—Ha­blan­do de tu voz, eres de las más imi­ta­das. In­clu­so te has reí­do de ti mis­ma en «Za­pean­do». ¿En ca­sa tam­bién bro­meas con eso? —Ja, ja. En ca­sa no me to­le­ran esas ton­te­rías. A ve­ces in­ten­to uti­li­zar­lo pa­ra edu­car a mis hi­jas, pe­ro con un re­sul­ta­do bas­tan­te po­bre. —Te ima­gino: «Hoy vais a re­co­ger la ha­bi­ta­ción». [Imi­tán­do­la] —Ja, ja. Pe­ro pa­san mo­go­llón [ri­sas]. Me río mu­chí­si­mo y que me imi­ten los me­jo­res de Es­pa­ña, co­mo Car­los Latre o Bue­na­fuen­te, pa­ra mí es co­mo en­trar en el olim­po.

—¿Ese es­ti­lo es for­za­do o na­tu­ral? —No, no. Es un re­cur­so... Ima­gí­na­te que yo fue­ra así, ¡qué co­ña­zo! [Ri­sas]. La ver­dad es que fue di­se­ña­do ca­si co­mo un per­so­na­je, con to­do mis res­pec­tos pa­ra los ac­to­res. Cuan­do em­pe­za­mos Equi­po de in­ves­ti­ga­ción pen­sa­mos que al ser vier­nes, un día en que la gen­te es­tá vien­do en­tre­te­ni­mien­to, di­ver­sión en el res­to de ca­de­nas, te­nía­mos que dar­le una vuel­ta pa­ra lla­mar la aten­ción. Por eso­de­ci­di­mos dar­le mú­si­ca muy mis­te­rio­sa y un es­ti­lo de lo­cu­ción in­ten­sa. Yo aho­ra veo los pri­me­ros pro­gra­mas y pa­re­ce que es­ta­mos ma­tan­do a Ken­nedy, ja, ja. Fue un re­cur­so es­ti­lís­ti­co pa­ra ha­cer­le a la gen­te las co­sas fá­ci­les. In­ten­ta­mos con­ver­tir ca­da re­por­ta­je en una his­to­ria, que sea ca­si co­mo una pe­lí­cu­la. Aho­ra la voz ya no es tan in­ten­sa, pe­ro pro­cu­ro dar­le esa lec­tu­ra co­mo un cuen­to. Pe­ro no lo uti­li­zo fue­ra.

—¿Te cui­das la voz de al­gu­na ma­ne­ra? —No te voy a en­ga­ñar. Yo ha­ce diez años que de­jé de fu­mar, pe­ro fu­ma­ba co­mo una cam­peo­na, sí, sí. Un pa­que­te y me­dio al día, de lo cual me aver­güen­zo. In­ten­ta­ba no ha­cer ex­ce­sos por­que si sa­lía una no­che y me pa­sa­ba con el ta­ba­co, al día si­guien­te lo no­ta­ba mu­cho. Pe­ro aho­ra no ha­go na­da es­pe­cial, el apren­di­za­je en lo­cu­ción es ver­dad que per­mi­te que no me can­se, co­mo un can­tan­te, pe­ro son téc­ni­cas pro­fe­sio­na­les. Pue­do pa­sar­me un día ha­blan­do y no pier­do la voz. —Ha­béis he­cho re­por­ta­jes muy du­ros, al­gu­nos re­vuel­ven las tri­pas. —Sí, sí. Pa­ra mí hay dos ca­sos es­pe­luz­nan­tes. Uno, Ca­be­za de cer­do, el ru­mano que cum­ple con­de­na en Es­pa­ña por tra­ta de mu­je­res. Esa his­to­ria nos des­tro­zó, ha­bla­mos con las chi­cas que es­ta­ban en el po­lí­gono Mar­co­ni, el ma­yor pros­tí­bu­lo de Eu­ro­pa, en Ma­drid, y fue ho­rri­ble ver có­mo ese ti­po las tra­ta­ba. So­lo de con­tar­lo me si­gue do­lien­do, ve­mos lo des­al­ma­da que pue­de ser la gen­te. —¿Com­par­tes lo que di­jo Pa­blo Igle­sias: la for­ma de des­ta­par lo de Ci­fuen­tes es pe­rio­dis­mo de cloa­cas? —No es pe­rio­dis­mo de cloa­cas, la in­for­ma­ción sa­le de las cloa­cas, gen­te que quie­re ven­gar­se en es­te ca­so de Cristina Ci­fuen­tes, pe­ro co­mo pe­rio­dis­tas no­so­tros no te­ne­mos que fi­jar­nos de dón­de vie­ne la fuen­te. Lo im­por­tan­te es que la in­for­ma­ción sea ve­raz. No­so­tros no ac­tua­mos, so­mos la co­rrea de trans­mi­sión. Pe­ro si la mo­ti­va­ción es es­pu­ria tam­bién es nues­tro tra­ba­jo con­tras­tar­lo. Por un la­do, ce­le­bro que ha­ya es­te de­ba­te, la­men­to el ori­gen, pe­ro por des­gra­cia pa­ra Ci­fuen­tes es ver­dad. No es el men­sa­je­ro el cul­pa­ble. —Des­pués de tan­tos años, ¿có­mo llevas las crí­ti­cas en las re­des? —No sue­lo leer­las por­que fran­ca­men­te ten­go po­co tiem­po, via­jo mu­cho. Sue­lo usar Twit­ter, pe­ro no soy muy fan de las re­des. To­dos de­be­mos acep­tar las crí­ti­cas, por­que no so­mos per­fec­tos y de ellas se apren­de, y las crí­ti­cas des­truc­ti­vas me en­tran por una ore­ja y me sa­len por otra. Pe­ro cla­ro que he sa­li­do a pe­dir per­dón tan­to per­so­nal­men­te co­mo por par­te del

pro­gra­ma, por­que te equi­vo­cas. La gen­te que ha­bla por ha­blar, eso sí, no apor­ta na­da.

—¿Có­mo vas de ilu­sión? —Soy una per­so­na muy op­ti­mis­ta, pe­ro in­sis­to: «¡Có­mo me po­dría que­jar, si soy una pri­vi­le­gia­da de la vi­da y me pa­gan por ha­cer lo que más me gus­ta!». Es­to es al­go in­creí­ble y con pro­yec­tos es­pec­ta­cu­la­res. Me da igual: ra­dio, te­le, que se me vea la ca­ra o no, pe­ro siem­pre he es­ta­do en co­sas muy bo­ni­tas. Soy una per­so­na con mu­cho em­pu­je, mu­cha ener­gía y muy po­si­ti­va, pe­ro la vi­da no me ha de­frau­da­do. —Te con­ver­tis­te en muy, muy po­pu­lar con «La No­ria». Yo creo que tu cor­te de pe­lo ha si­do de los más imi­ta­dos.

—Ja, ja, sí, ¡pe­ro lo lle­vo des­de los 20 años!

—¿Te gus­ta que se te acer­que la gen­te? —Yo creo que hay per­so­nas que re­ci­ben más aten­ción, co­mo mi ami­go Bue­na­fuen­te o mi ami­ga Ju­lia Ote­ro, pe­ro yo ten­go un ni­vel de co­no­ci­mien­to mo­de­ra­do. Ade­más, co­mo doy esa ima­gen se­ria y du­ra por mi pro­pio tra­ba­jo, yo oi­go a la gen­te cu­chi­chear, pe­ro no sue­len atre­ver­se a de­cir­me mu­cho. Siem­pre co­sas agra­da­bles, así que no me pue­do que­jar. —En­ton­ces esa ima­gen de se­ria y du­ra es so­lo es­ti­lís­ti­ca. —Sí, sí, pe­ro no lo cuen­tes [ri­sas]. Es bro­ma. Mi tra­ba­jo da esa ca­ra, no me pue­do par­tir de ri­sa en los re­por­ta­jes. Pe­ro soy una per­so­na con un sen­ti­do del hu­mor muy gran­de. Una de las co­sas que más he he­cho en la vi­da es reír­me, me río mu­chí­si­mo con mis com­pa­ñe­ros, me en­can­ta reír­me... Soy muy cer­ca­na, pe­ro la de los re­por­ta­jes es un po­co bor­de. No hay com­pa­ra­ción. —Tú fuis­te ma­dre a los 48, ¿có­mo se vi­ve a esa edad? —Igual. Con el mis­mo sen­ti­do de la res­pon­sa­bi­li­dad, con la mis­ma en­tre­ga y amor. La edad no es una di­fe­ren­cia, co­noz­co gen­te muy ma­du­ra a los 20 y otra a los 36 más alo­ca­da que otra co­sa. Ade­más es­to es una vi­ven­cia in­di­vi­dual, es de los ca­sos en que me­nos se pue­de ge­ne­ra­li­zar, ca­da una lo vi­ve co­mo pue­de y co­mo lle­ga a esas cir­cuns­tan­cias. Tal vez las di­fe­ren­cias es­tén en la si­tua­ción per­so­nal, a mí me ha pi­lla­do con un tra­ba­jo es­ta­ble, pe­ro creo que in­flu­yen más las so­cio­eco­nó­mi­cas. Si tú les pre­gun­tas a las mu­je­res, la ma­yo­ría quie­ren te­ner 2 o 3 hi­jos, en­ton­ces ¿por qué no los te­ne­mos? Pues mo­ti­vos so­cio­eco­nó­mi­cos. Es­tá con­fir­ma­do que cuan­do das un po­co de ayu­da, la gen­te se ani­ma, pe­ro es­to va a lle­var al país a la rui­na. —Es tam­bién el gra­ve pro­ble­ma de Galicia. —Lo sé, lo sé. Co­noz­co muy bien Galicia por mo­ti­vos per­so­na­les, voy mu­chí­si­mo, ya es­toy pla­ni­fi­can­do mi pró­xi­mo via­je. Soy una enamo­ra­da de tu tie­rra.

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