¿ Vol­ver a la te­le? ¿Y te­ner que ope­rar­me? ¡Qué pe­re­za!” “S

Ac­triz de cas­ta, pi­só las ta­blas por pri­me­ra vez a los 15 años y ha he­cho del tea­tro su for­ma de vi­da: «So­lo me ape­te­ce su­bir­me al es­ce­na­rio con mis her­ma­nos y mis ami­gos. Es mi ma­yor ilu­sión». Y con­fie­sa: «Es­ta­ré diez años más ac­tuan­do, lue­go a dis­fru­tar

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - RESPONDE - TEX­TO: VIR­GI­NIA MA­DRID

oy mu­cho de de­cir lo que pien­so, an­tes era más heavy. Con el tiem­po, he in­ten­ta­do sua­vi­zar mi ca­rác­ter». Di­rec­ta, fres­ca y es­pon­tá­nea, así es Am­pa­ro La­rra­ña­ga (Ma­drid, 1963). Cre­ció en­tre bam­ba­li­nas y vien­do a sus pa­dres (Car­los La­rra­ña­ga y Ma­ría Lui­sa Mer­lo) so­bre las ta­blas: «Me en­can­ta que me di­gan que me pa­rez­co a mi pa­dre, por­que era un ac­tor y un hom­bre in­creí­ble». Sa­tis­fe­cha del ca­mino re­co­rri­do, ase­gu­ra: «Es­te ofi­cio es bas­tan­te du­ro e ines­ta­ble. Y po­der po­ner tú el pun­to fi­nal a tu ca­rre­ra, y no cuan­do te re­ti­ran los de­más, es un au­tén­ti­co pri­vi­le­gio». Muy ami­ga de sus ami­gos y muy fa­mi­liar, con­fie­sa: «Me en­can­ta sa­lir a co­mer con mi ma­ri­do sin piz­ca de ma­qui­lla­je y con za­pa­to plano. A es­tas al­tu­ras de la vi­da, hu­yo del postureo y bus­co la co­mo­di­dad».

—Re­gre­sas con la obra «El Re­en­cuen­tro». ¿Vol­ver al tea­tro siem­pre es una ale­gría?

—Sí y no. Lle­vo ca­si cua­ren­ta años so­bre los es­ce­na­rios y en es­tos mo­men­tos es­toy ca­si re­ti­ra­da de la vi­da so­cial. Lle­vo una vi­da muy fa­mi­liar y tran­qui­la. Así es que so­lo cuan­do es­treno un nue­vo pro­yec­to de tea­tro, re­gre­so a la es­fe­ra pú­bli­ca. El tea­tro me apa­sio­na, pe­ro no hay un so­lo día, jus­to an­tes de sa­lir a ac­tuar, que no pien­se por qué no me ha­bré re­ti­ra­do ya. Esa sen­sa­ción me du­ra unos mi­nu­tos, lue­go ya in­mer­sa en la obra, lo dis­fru­to mu­chí­si­mo, por-

que es un via­je alu­ci­nan­te.

—In­ter­pre­tas a Ju­lia. Una vio­li­nis­ta un tan­to pe­cu­liar. No me lo ne­ga­rás.

—¡Ja, ja, ja! Es una neu­ró­ti­ca ob­se­si­va, a la que no le gus­ta la gen­te, que vi­ve en­ce­rra­da, que so­lo sa­le pa­ra sus con­cier­tos y que di­ce lo pri­me­ro que se le pa­sa por la ca­be­za. Y de re­pen­te en su or­de­na­da vi­da, apa­re­ce su her­ma­na que lo tras­to­ca to­do.

—¿Y tú tam­bién di­ces lo que pien­sas sin cor­tar­te?

—Soy mu­cho de de­cir lo que pien­so, pe­ro an­tes era más heavy. Con el tiem­po me di­je: qué ne­ce­si­dad ten­go. He in­ten­ta­do sua­vi­zar mi ca­rác­ter.

—De nue­vo una obra con la fa­mi­lia co­mo te­lón de fon­do. Cuan­do os reunís, ¿tam­bién sal­tan chis­pas?

—Los La­rra­ña­ga nos reuni­mos po­co. Nos ve­mos a dia­rio, no hay reunio­nes fa­mi­lia­res de sá­ba­do o do­min­go co­mo ha­ce la gen­te cuan­do no se ve tan­to. No­so­tros tra­ba­ja­mos jun­tos. Yo ten­go una re­la­ción es­plén­di­da con mi ma­dre, con mis her­ma­nos, nos ve­mos cons­tan­te­men­te por el tea­tro. En­ton­ces, las reunio­nes son mu­cho más fre­cuen­tes. Lo que te­ne­mos es que nos lle­va­mos muy bien, so­mos una fa­mi­lia muy pi­ña. Ade­más, te di­go, ¿si no có­mo íba­mos a tra­ba­jar jun­tos y du­ran­te tan­tos años? ¡Ja, ja, ja!

—Ha­cía tiem­po que no sa­bía­mos de ti. Te de­jas ver muy po­co. ¿Se­lec­cio­nas mu­cho tus pro­yec­tos?

—Aho­ra que pue­do sí. So­lo me ape­te­ce ha­cer tea­tro con mi gen­te, mis her­ma­nos, mis ami­gos y mi gen­te más alle­ga­da. Es mi ma­yor ilu­sión.

—¿Con quién te gus­ta­ría re­en­con­trar­te? ¿Tie­nes al­gún re­en­cuen­tro pen­dien­te?

—¡Ay! No lo sé. Si­go te­nien­do los mis­mos ami­gos de to­da la vi­da. Reen­con­trar­me con Iña­ki Mi­ra­món siem­pre es es­tu­pen­do y muy agra­da­ble. Tam­bién te di­go: cuan­do las co­sas se ter­mi­nan, se ter­mi­nan; no hay por qué for­zar­las pa­ra que per­du­ren, por­que sue­le ser peor. Bueno, me en­can­ta­ría reen­con­trar­me con mi pa­dre, pe­ro eso es im­po­si­ble.

—Por cier­to, ¿te gus­ta que te di­gan que te pa­re­ces a tu pa­dre, Car­los La­rra­ña­ga?

—Me en­can­ta. Te se­ré sin­ce­ra. Siem­pre me ha gus­ta­do que me lo di­gan, pe­ro aho­ra que ya no es­tá, me emo­cio­na mu­cho más. Es un orgullo, por­que era un ac­tor y un hom­bre in­creí­ble. ¡Le echo tan­to de me­nos!

—¿Cuál es el con­se­jo de tu pa­dre que más te ha ser­vi­do en es­te ofi­cio?

—En nues­tra fa­mi­lia he­mos si­do muy po­co de dar­los. Pe­ro hay uno que sí: haz lo que te di­go, pe­ro no lo que yo ha­go. Es lo más bo­ni­to que me han di­cho mis pa­dres. Que hi­cie­ra lo con­tra- rio de lo que ellos ha­cían. He apren­di­do mu­cho de eso.

—Echan­do un vis­ta­zo a tu tra­yec­to­ria se po­dría de­cir: ¿lo tu­yo es pu­ro tea­tro?

—Aho­ra sí. El he­cho de tra­ba­jar con mi fa­mi­lia es un lu­jo, por­que tú eres tu pro­pio je­fe y vas a tu rit­mo, ade­más es emo­cio­nan­te y siem­pre me pro­du­ce mu­cha ilu­sión vol­ver al es­ce­na­rio. Lle­va­mos con el tea­tro Ma­ra­vi­llas de Ma­drid ha­ce más de trein­ta años y si­gue sien­do una aven­tu­ra ex­tra­or­di­na­ria.

—¿Sa­tis­fe­cha en­ton­ces con el ca­mino re­co­rri­do?

—La ver­dad es que sí. Me ha ido muy bien en es­te ofi­cio y si­go dis­fru­tan­do con ca­da fun­ción. Es­toy muy fe­liz de ha­ber lle­ga­do has­ta aquí. Es­te ofi­cio es bas­tan­te du­ro e ines­ta­ble. Y po­der po­ner tú el pun­to fi­nal a tu ca­rre­ra, y no cuan­do te re­ti­ran los de­más, es un au­tén­ti­co pri­vi­le­gio.

—¿Los per­so­na­jes más in­tere­san­tes son los que es­tás abor­dan­do aho­ra?

—Pro­ba­ble­men­te, lo pri­me­ro por­que la ex­pe­rien­cia es un gra­do y la vi­da tam­bién va de­jan­do sus hue­llas a nivel per­so­nal. Y eso mar­ca. Los jó­ve­nes apor­tan la fres­cu­ra y la es­pon­ta­nei­dad. El po­so de los per­so­na­jes te lo dan los años, la ma­du­rez emo­cio­nal.

—¿Ya de ni­ña so­ña­bas con su­bir­te a un es­ce­na­rio e imi­tar a tus pa­dres?

—¡Qué va! Fue por ca­sua­li­dad. Fí­ja­te, aho­ra nin­guno de mis hi­jos va a se­guir con el ofi­cio. No se es­tá pre­des­ti­na­do co­mo se cree. Te pue­de in­fluir, pe­ro al fi­nal ca­da uno de­ci­de su pro­pio ca­mino.

—¿Qué re­cuer­dos de ni­ñez tie­nes li­ga­dos al ofi­cio de tus pa­dres?

—Mi­ra, re­cuer­do con una mez­cla de ale­gría y tam­bién de pe­sa­di­lla las No­che­vie­jas, por­que mis pa­dres siem­pre las tra­ba­ja­ban en el tea­tro to­mán­do­se las uvas con el pú­bli­co y allí es­tá­ba­mos tam­bién no­so­tros. Por un la­do, eran una fiesta con el con­fe­ti y las uvas y las fe­li­ci­ta­cio­nes de año nue­vo, pe­ro por otro no­so­tros éra­mos pe­que­ños, te­nía­mos sue­ño y que­ría­mos ir­nos a ca­sa.

—Lo cier­to es que to­da tu fa­mi­lia cuen­ta con el ca­ri­ño y la ad­mi­ra­ción del pú­bli­co.

—Eso es muy bo­ni­to y muy de agra­de­cer. El pú­bli­co siem­pre ha si­do muy ca­ri­ño­so y muy res­pe­tuo­so con mis pa­dres. Por eso, cuan­do aho­ra me pi­den una fo­to o se es­pe­ran a la sa­li­da del tea­tro pa­ra sa­lu­dar­nos, me lle­na de ale­gría.

—Aho­ra que he­mos echa­do la vis­ta atrás. Pien­sas…

—Pues que cual­quier tiem­po pa­sa­do fue peor. La vi­da ha cam­bia­do pa­ra me­jor. Via­ja­mos en tren es­tu­pen­da­men­te, to­da la re­vo­lu­ción de las tec­no­lo­gías, los avan­ces mé­di­cos… El mun­do va a una ve­lo­ci­dad fas­ci­nan­te y me gus­ta evo­lu­cio­nar con los tiem­pos.

—¿No te tien­ta vol­ver a la te­le­vi­sión co­mo lo ha he­cho tu her­mano Luis Mer­lo?

—¡Qué pe­re­za! Y ade­más, ¿te­ner que ope­rar­me? No. Quie­ro te­ner mi edad y que mi ca­ra re­fle­je los años que ten­go. An­tes los ma­dru­go­nes y las in­ten­sas jor­na­das de gra­ba­ción te me­re­cían la pe­na, pe­ro aho­ra han cam­bia­do mu­cho las co­sas y ya no me com­pen­sa. Me da igual no es­tar en la se­rie de mo­da. Ha­go mi tea­tro, mis fun­cio­nes y cuan­do se ter­mi­na la pro­duc­ción, des­apa­rez­co del ma­pa.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.