La pro­ce­sión que en­sal­za la vi­da

Los ataú­des que re­pre­sen­tan cu­ra­cio­nes im­po­si­bles son el gran re­cla­mo de la ci­ta po­bren­se

La Voz de Galicia (Barbanza) - Especiales1 - - Entrevista - FRAN BREA

La vi­da y la muer­te con­flu­yen una vez al año en A Pobra, en el mo­men­to en el que la ima­gen del Di­vino Na­za­reno sa­le a la ca­lle ro­dea­da de mi­les de de­vo­tos y es­col­ta­da por los fé­re­tros que por­tan los ofre­ci­dos. En la pro­ce­sión de As Mor­ta­xas hay mu­cho sen­ti­mien­to, la fe re­bo­sa por to­das las es­qui­nas y se cuen­tan his­to­rias de per­so­nas que, gra­cias a un mi­la­gro, si­guen en el mundo de los vi­vos cuan­do lle­ga­ron a te­ner más de un pie en el de los muer­tos.

El do­lor por el su­fri­mien­to so­por­ta­do y la ale­gría por ha­ber­lo su­pe­ra­do se es­ce­ni­fi­ca en aque­llos que por­tan los ataú­des. En A Pobra des­fi­ló ha­ce un par de años al la­do del Na­za­reno un jo­ven de 17 años, natural de San­ta Com­ba, en si­lla de rue­das. El chi­co ha­bía su­fri­do un gra­ve ac­ci­den­te de mo­to y a pun­to es­tu­vo de en­gro­sar la lis­ta de per­so­nas que fa­lle­cen en la ca­rre­te­ra. No fue así y no se sa­be si hu­bo in­ter­ven­ción di­vi­na o no, pe­ro lo cier­to es que un fa­mi­liar se ofre­ció al san­to y cum­plie­ron la pro­me­sa de pe­re­gri­nar jun­to a él.

Las des­gra­cias per­so­na­les no en­tien­den de eda­des. Da igual que sea un re­cién na­ci­do o un ju­bi­la­do, na­die es­tá li­bre de pa­de­cer una en­fer­me­dad o su­frir un per­can­ce que pon­ga en ries­go su vi­da. Los ve­te­ra­nos de la pro­ce­sión de As Mor­ta­xas ya es­tán cur­ti­dos, pe­ro a los no­va­tos hay co­sas que les mar­can. No es ex­tra­ño ver al­gún fé­re­tro di­mi­nu­to, que po­dría es­tar ocu­pa­do por un be­bé y en­te­rra­do ba­jo tie­rra. En es­tos ca­sos, aun­que quie­nes por­ten el pe­que­ño ataúd sean unos com­ple­tos des­co­no­ci­dos pa­ra quien los ob­ser­va, no hay per­so­na que pue­da pa­sar a su la­do sin es­tre­me­cer­se.

Los fa­vo­res del Di­vino Na­za­reno se pi­den cuan­do la fe en la cien­cia co­mien­za a fla­quear. Va a ha­cer un año que una abue­la des­fi­ló pa­ra dar­le las gra­cias al san­to, ya que su nie­to so­bre­vi­vió des­pués de na­cer de for­ma pre­ma­tu­ra. Los médicos no te­nían es­pe­ran­zas de que el pe­que­ño lu­cha­ra por su vi­da y sa­lie­ra ade­lan­te, pe­ro lo hi­zo y la mu­jer se lo agra­de­ció al san­to.

Las his­to­rias de los ofre­ci­dos que pa­san por A Pobra son du-

Ve­las y tra­jes mo­ra­dos

La pro­ce­sión de As Mor­ta­xas tie­ne múl­ti­ples atrac­ti­vos y de­ja imá­ge­nes que mu­chas ve­ces han si­do cap­tu­ra­das por fo­tó­gra­fos de di­ver­sos lu­ga­res. Las ve­las son ele­men­tos muy im­por­tan­tes en el ac­to y mi­les acom­pa­ñan el pa­so de los fie­les. Al­gu­nos de ellos aguan­tan es­toi­ca­men­te co­mo la ce­ra ca­lien­te se va de­rra­man­do por sus ma­nos. Tam­bién es ha­bi­tual ver a un buen nú­me­ro de per­so­nas que com­ple­tan el re­co­rri­do des­cal­zas y a otras que lo rea­li­zan ves­ti­das con el tra­je mo­ra­do del Na­za­reno.

Es­te año se es­pe­ra la lle­ga­da de me­dia do­ce­na de ofre­ci­dos y el día de­ja­rá, se­gu­ro, mo­men­tos inol­vi­da­bles. Uno de ellos se­rá el ins­tan­te en el que la ima­gen del san­to se de­ten­ga en A Co­ve­cha y las bom­bas re­sue­nen en la lo­ca­li­dad. Mu­chos apro­ve­cha­rán pa­ra in­ten­tar to­car la fi­gu­ra, an­tes de que re­to­me nue­va­men­te su ca­mino pa­ra res­guar­dar­se en el tem­plo de O Cas­te­lo.

FO­TO CAR­ME­LA QUEIJEIRO

Ofre­ci­dos y fa­mi­lia­res de es­tos por­tan los fé­re­tros por las ca­lles de A Pobra

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