“Nun­ca he te­ni­do me­di­da a la ho­ra de dar”

Lle­va des­de los 16 años en­ci­ma del es­ce­na­rio, es la ma­yor de ocho her­ma­nos, tie­ne cin­co hi­jos, tres nie­tos y un amor in­con­di­cio­nal a su pa­dre: «Nos ado­rá­ba­mos, era la ni­ña de sus ojos». A él le de­be su pa­sión por la mú­si­ca y un arro­jo que la con­vir­tió muy

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - EN PORTADA . ENTREVISTA - TEX­TO: SANDRA FAGINAS

An­ge­la Mo­li­na (Ma­drid, 1955) ha­bla dul­ce, con ese de­je que la acer­ca ca­ri­ño­sa­men­te en ca­da fra­se, en­se­gui­da abre las puer­tas de su ca­sa y te in­vi­ta a que res­pi­res su am­bien­te. No se ocul­ta y ha­bla con pa­sión de su fa­mi­lia, la mú­si­ca y el ci­ne. Con un «Ho­la, mi amor» re­ci­be a su hi­ja pe­que­ña, de 14 años, mien­tras re­la­ta su tra­ba­jo en la pe­lí­cu­la El

úl­ti­mo tra­je, que na­rra la his­to­ria de un sas­tre ju­dío de 88 años que de­ci­de em­bar­car­se en la aven­tu­ra de en­con­trar a un vie­jo ami­go que le sal­vó de la muer­te du­ran­te el Ho­lo­caus­to. Án­ge­la si­gue sien­do el sex sym­bol de Lo­la, de Bi­gas Lu­na, ese Os­cu­ro ob­je­to del de­seo que vio Bu­ñuel y no ha per­di­do la gra­cia de Pe­pi­ta en Las co­sas del que­rer.

—La his­to­ria de es­ta pe­lí­cu­la po­ne los pe­los de pun­ta.

—Sí, cuan­do lle­gó el di­rec­tor Pa­blo So­larz y me mos­tró lo que ha­bía ro­da­do en Bue­nos Ai­res, me sor­pren­dió por­que tie­ne una en­jun­dia muy per­so­nal. Él te da esa cer­ca­nía fe­roz de lo que real­men­te les su­ce­de a los per­so­na­jes. En el ca­so del pro­ta­go­nis­ta, que es al que se­gui­mos, es la voz de la ex­pe­rien­cia, el sa­bio, el que ha he­re­da­do el tiem­po, aun­que se le es­ca­pa. Es esa es­pe­cie de te­so­ro en la con­clu­sión de una vi­da y que tie­ne que ver con lo que uno ha si­do.

—Esa fuer­za tam­bién de «Yo ten­go que ha­cer es­to».

—Sí, de ten­go que cum­plir mi leal­tad o mo­rir.

—Tú has ro­da­do con mu­chí­si­mos di­rec­to­res y muy dis­tin­tos (Al­mo­dó­var, Bi­gas Lu­na, Fran­co, Bu­ñuel, Chá­va­rri...), no sé si a es­tas al­tu­ras te aco­mo­das o vas por li­bre.

—Lo bo­ni­to de es­to es com­pren­der­nos unos a otros, ca­da uno con sus ideas, y en el ca­so de Pa­blo él di­ri­gía con mu­cho or­den, pe­ro con ab­so­lu­ta li­ber­tad. Y pa­ra mí es su­per­gra­ti­fi­can­te, por­que sien­to una con­fian­za real y lo dis­fru­to mu­cho.

—Pre­fie­res que no te aten.

—Bueno, en tér­mi­nos ci­ne­ma­to­grá­fi­cos no sé qué sig­ni­fi­ca ser li­bre [ri­sas]. Yo con en es­te per­so­na­je no sen­tía mu­chas afi­ni­da­des, es una per­so­na que ha sa­bi­do per­der, pe­ro no vi­ve co­mo una per­so­na que ha per­di­do, sino que ha apren­di­do con la vi­da. Y sí ha te­ni­do va­rios ma­tri­mo­nios, pe­ro lo vi­ve con en­te­re­za, son esas per­so­nas que aun­que pa­re­cen du­ras lue­go te dan lo que no tie­nen.

—En ese vi­vir, ¿eres de cum­plir con lo que deseas?

—Sí, si el tiem­po nos da la po­si­bi­li­dad de vi­vir la vi­da co­mo es, no co­mo la so­ña­mos. Si te apli­cas en lo que hay y das sen­ti­do a lo que hay y lo agra­de­ces eso es pa­ra mí un ali­cien­te y una en­se­ñan­za con­ti­nua. Es una la­bor de­li­ca­da, pe­ro nos va­mos en­con­tran­do los que nos te­ne­mos que en­con­trar [se ríe].

—¿Tú bus­ca­rías a una ami­ga del pa­sa­do, a al­guien que te ha­ya ayu­da­do mu­cho en un de­ter­mi­na­do mo­men­to?

—Si hu­bie­se que­da­do con ella, sí. La pe­li tra­ta de ese laberinto y de la va­len­tía de vi­vir­se uno mis­mo, de se­guir el ins­tin­to, es­tá con­ta­da des­de un pun­to de vis­ta que aun­que te pue­de de­jar frío, por lo du­ro que es —por­que a ve­ces la du­re­za te de­ja frío en lu­gar de ha­cer­te llo­rar—, des­pués tie­ne esa ter­nu­ra de la res­pues­ta que uno bus­ca.

—¿Tú te has mo­vi­do tam­bién por ins­tin­to o la vi­da te ha lle­va­do?

—Las dos co­sas, yo creo que la que nos lle­va es la vi­da. Tú pue­des de­cir «Ma­ña­na quie­ro un día de sol», pe­ro si llue­ve, llue­ve. Y bueno es. Hay que ver el la­do que for­ta­le­ce. No hay que fa­llar a la ex­pec­ta­ti­va, hay que mo­ver­se y ac­tuar. Pe­ro yo suelo ver el la­do bueno de

las co­sas y su­frir el que no es tan bueno. Los se­res hu­ma­nos te­ne­mos eso, que so­mos ca­pa­ces de llo­rar de fe­li­ci­dad o reír y llo­rar al mis­mo tiem­po.

—En ti siem­pre he­mos vis­to esa do­ble fa­ce­ta, co­mo un la­do pro­fun­do y al mis­mo tiem­po una li­ge­re­za, una sen­sa­ción hon­da y fres­ca.

—Sí, te en­tien­do per­fec­ta­men­te. No es una co­sa que yo me pro­pon­ga, siem­pre que me pro­pon­go al­go, den­tro del asun­to que me trai­go en­tre ma­nos, al fi­nal siem­pre es­toy pen­san­do en otras per­so­nas. En las otras per­so­nas a las que voy a co­no­cer y en lo que voy a via­jar en ellas. La vi­da no se re­pi­te, así que yo les doy mi vi­da. Mi vi­da es de ellos. Y es ver­dad, en ese mis­te­rio de es­te tra­ba­jo pue­de ser que ten­ga esos co­lo­res de per­so­na­li­dad, pe­ro de­pen­de mu­cho de los per­so­na­jes.

—Pe­ro ya es­tás ha­blan­do de dar­te a otros.

—Sí, sí. Yo creo que esa es mi la­bor y mi sa­tis­fac­ción. Y en eso he es­ta­do to­da la vi­da.

—Ade­más tú no has pa­ra­do.

—Bueno, he tra­ba­ja­do des­de los 16 años y ten­go 62 re­cién cum­pli­dos.

—Por eso, y has si­do una «sex sym­bol». He leí­do un ti­tu­lar en el que de­cías que te ha­bías des­nu­da­do muy jo­ven.

—No sé a qué me re­fe­ría, la ver­dad, por­que lo de car­nal­men­te no me in­tere­sa; cuan­do eres jo­ven co­mo ac­tor siem­pre pien­sas que el pri­mer tra­je del ser hu­mano es el des­nu­do, pe­ro nun­ca me ha in­tere­sa­do mu­cho el te­ma. Si ha ve­ni­do a cuen­to con la per­so­na con la que es­ta­ba en ese mo­men­to vi­vien­do en mi san­gre, en­ton­ces sí, pe­ro no ha si­do nun­ca una co­sa que me ha­ya cau­sa­do nin­gún pro­ble­ma.

—Tu pa­dre tu­vo siem­pre la preo­cu­pa­ción de que tu­vie­ras una bue­na for­ma­ción: ba­llet, poe­sía, fran­cés, leer a los clá­si­cos...

—He es­ta­do siem­pre ro­dea­da de se­res que han nu­tri­do mi cu­rio­si­dad, ¿no? La cu­rio­si­dad de co­no­cer, y de ser so­bre to­do, de ser co­mo so­mos. Co­no­cer la vi­da ya que es­ta­mos aquí tan po­co tiem­po es co­mo res­pi­rar, cuan­to más la amas más quie­res co­no­cer­la. Ca­da uno lo ha­ce a su ma­ne­ra, unos a tra­vés de los li­bros y otros a tra­vés de otras ma­ne­ras. Pe­ro, cla­ro, es im­por­tan­te. Lo de los clá­si­cos es un clá­si­co en mi vi­da [se ríe], en eso es­toy otra vez, por­que es­toy pre­pa­ran­do una obra. Eso es lo nor­mal, co­mo apren­der a leer en mi ofi­cio, que te nu­tras de lo que nos han de­ja­do. Y nos han de­ja­do tan­to que es im­po­si­ble ter­mi­nar de apren­der de ese co­no­ci­mien­to he­re­da­do.

—En es­ta pe­lí­cu­la tam­bién can­tas, re­cuer­do en «Las co­sas del que­rer», que nos hi­cis­te vol­ver a la co­pla.

—Sí, es una pa­sión inevi­ta­ble en mí la mú­si­ca. Cuan­do pue­do can­to, aca­bo de es­tar en el Fes­ti­val de jazz en Me­li­lla, hi­ce ha­ce po­co una zar­zue­la con tex­to de Pío Ba­ro­ja, y siem­pre que sur­ge al­go que tie­ne que ver con la mú­si­ca yo lo dis­fru­to una bar­ba­ri­dad y lo pro­vo­co, y tra­to de desa­rro­llar­lo. Ten­go un pro­yec­to de bo­le­ros an­ti­guos tam­bién; yo ado­ro la mú­si­ca, he na­ci­do así. Mi hi­jo pe­que­ño tam­bién na­ció así, lo lle­va en la san­gre, na­ció ya enamo­ra­do de la mú­si­ca, des­de chi­qui­ti­to sa­bía que lo su­yo iba a ser can­tar y aho­ra tie­ne vein­te y po­cos, tie­ne su vi­da, su gru­po.

—Has si­do ma­dre en mu­chos mo­men­tos dis­tin­tos, ¡cin­co hi­jos!...

—Lo de la ma­ter­ni­dad es un te­ma mi­la­gro­so en mi vi­da. Si mi­ro pa­ra atrás di­go: «Cin­co hi­jos, ¡Dios mío!, ¿có­mo lo he he­cho?». Y me he da­do cuen­ta aho­ra de lo com­pli­ca­do que es criar, de la energía que hay que te­ner, lo veo con mis hi­jos que ya tie­nen hi­jos, y di­go: «¡Có­mo he po­di­do te­ner esa fuer­za!». Y cuan­do nos to­can las eta­pas de la vi­da, pues la vi­da mis­ma te da ese em­pu­je y esa for­ma de adap­tar­te. Yo siem­pre he via­ja­do con ellos cuan­do eran pe­que­ños, vas am­plian­do la ac­ción, el or­den. Hay que te­ner las co­sas muy en­ca­ja­das y bien pen­sa­das, or­den. Yo creo que los que tie­nen un hi­jo, ya sa­ben, cin­co es más de lo mis­mo. El mis­mo amor, la mis­ma res­pon­sa­bi­li­dad.

—Pe­ro tú has lle­ga­do a de­cir: «Si no hu­bie­ra te­ni­do cin­co hi­jos me hu­bie­ra he­cho ma­dre de mí mis­ma».

—Ins­tin­ti­va­men­te sí sa­bía que que­ría te­ner cin­co hi­jos [ri­sas].

—Lo­la He­rre­ra nos di­jo en una en­tre­vis­ta ha­ce unos días: «Si me preo­cu­pa­ra ser vie­ja, se­ría im­bé­cil».

—Ja, ja, ja. Las vie­jas, y ya me in­clu­yo, lo que que­re­mos es vi­vir la vi­da co­mo en to­das las eda­des. La vi­da tie­ne tiem­po, y el tiem­po de la ve­jez que du­re to­do lo que la vi­da quie­ra y más. Pe­ro a par­tir de una edad el tiem­po ya es un mi­la­gro, to­do lo que te ven­ga es un re­ga­lo.

—Te con­fie­so que yo tam­bién te imi­ta­ba can­tan­do aque­lla co­pla: «Tú eres al­to, y yo ba­ji­ta; tú eres rubio, y yo tos­tá; tú de Se­vi­lla la lla­na y yo de Puer­to Real»...

—Ja, ja, ja. En Ar­gen­ti­na, bueno, en to­da Su­da­mé­ri­ca, las abue­las que se fue­ron pa­ra allá emi­gran­tes eran las can­cio­nes que se lle­va­ban, que can­ta­ban ellas, que ha­bían apren­di­do de sus abue­las, y cuan­do se es­tre­nó la pe­li [Las co­sas del

que­rer] es­tu­vo un año, no la po­dían qui­tar por­que la gen­te re­to­ma­ba la me­mo­ria de su in­fan­cia, de su fa­mi­lia...

—En esa me­mo­ria ¿qué can­ción te trae a tu pa­dre?

—A mi pa­dre en reali­dad me lo trae to­do, me lo trae el pú­bli­co, la vi­da mis­ma por­que lo ado­ro y vi­vo con él día a día, pe­ro si ya pon­go su mú­si­ca me lo ten­go que do­si­fi­car, por­que si no en­tro en un mar de lá­gri­mas por la be­lle­za que su­po­ne es­cu­char­lo y su voz que me lle­ga al al­ma. Pe­ro a mí me gus­ta mu­cho Una pa­lo­ma blanca.

—¿Eras la ni­ña de sus ojos?

—Bueno, yo lo vi­vo así, pe­ro ca­da her­mano mío te di­rá lo mis­mo [ri­sas] por­que so­mos ocho, así que me du­ró has­ta que de­jas el rei­na­do, has­ta el si­guien­te.

—¿Te­nías más «fee­ling» con él o con tu ma­dre?

—Es que con mi ma­dre siem­pre ha ha­bi­do una amis­tad to­tal, y con mi pa­dre ha­bía esa amis­tad, pe­ro tam­bién ha­bía al­go ahí de admiración mu­tua, que era muy be­llo. En reali­dad com­par­tía­mos afi­ni­da­des, por­que de ca­rác­ter nos pa­re­ce­mos un montón. Pe­ro más que admiración di­ría que so­bre to­do nos di­ver­tía­mos mu­cho jun­tos, nos con­tá­ba­mos to­do, a mí me gus­ta­ba acom­pa­ñar­lo en las gi­ras. En el ve­rano pre­fe­ría ir­me con él de gi­ra que no de va­ca­cio­nes con el res­to de la fa­mi­lia. Nos di­ver­tía­mos mu­cho, por­que yo sin que­rer­lo ya es­ta­ba vi­vien­do su vi­da des­de ni­ña, él ve­ría que yo te­nía esa vo­ca­ción y que es­ta­ba fe­liz con él en esa reali­dad. Él no me de­cía na­da, pe­ro lo dis­fru­tá­ba­mos jun­tos. Era esa on­da ine­na­rra­ble que en­tre los dos era per­fec­ta, nos ado­rá­ba­mos.

—¿Y con tu ma­dre?

—Mi ma­dre era co­mo es aho­ra: mi nor­te, mi sol, mi guía, sí, sí, sí. Es al­go que me sor­pren­de ca­da día más por­que ella tie­ne aho­ra 85 años y ca­da vez es más lú­ci­da, y más jus­ta, y más be­lla. Yo la ado­ro, la fuer­za que ha te­ni­do siem­pre al la­do de ese hom­bre tan es­pe­cial, su úni­co amor, que se enamo­ra­ron cuan­do ella te­nía 14 años, su úni­co hom­bre, es una his­to­ria tre­men­da. Se que­dó viu­da más jo­ven de lo que soy yo aho­ra, y su hom­bre ha si­do siem­pre su hom­bre, es­ta­ba con él y ja­más se le pa­só por la ca­be­za otro.

—Aho­ra eres abue­la. ¿Eres dis­tin­ta?

—Sí, sí. Yo ten­go tres ca­cho­rros di­vi­nos, dos chi­cos y una mu­jer­ci­ta. Son di­vi­nos. Co­mo abue­la eres dis­tin­ta, sí. Hay otra vi­sión, otra pers­pec­ti­va, se go­za más de otra ma­ne­ra, co­mo un pri­vi­le­gio. Es muy dul­ce lo de ser abue­la, es un amor in­con­di­cio­nal. Co­mo el que se tie­ne con los hi­jos, pe­ro si ca­be ca­si hay más de­seo. Los hi­jos los tie­nen a ellos cien por cien, pe­ro los abue­los lo que nos to­ca, es­ta­mos en sus vi­das, pe­ro no es­ta­mos con ellos las 24 ho­ras. En­ton­ces es ese amor de que ca­da vez que los ves es una go­za­da.

—Tú has si­do en eso muy afor­tu­na­da. Has te­ni­do mu­cha fa­mi­lia, siem­pre ro­dea­da de ni­ños.

—Sí. Es una cons­tan­te en mi vi­da. Soy la ma­yor de ocho, me han to­ca­do siem­pre. Ellos nos dan la vi­da, y te di­go una co­sa: a mí los ni­ños son los que más me en­se­ñan, ellos tie­nen des­de su pu­re­za una ma­ne­ra de mi­rar la vi­da úni­ca, sor­pren­den­te, ori­gi­nal.

—¿Has su­fri­do la «mar­cha» de los hi­jos? Aun­que la de 14 es­tá con­ti­go...

—Los hi­jos nun­ca se van, lo que te traen lue­go son sus amo­res, sus vi­das, te ha­cen la vi­da más gran­de. Yo a las mu­je­res de mis hi­jos las quie­ro, no te di­go co­mo hi­jas, pe­ro sí co­mo pseu­do­hi­jas.

—Tú tam­bién te das… —

Sí, en eso no ten­go nin­gu­na me­di­da, sal­vo la que ellos me quie­ran dar. Es ver­dad, re­par­to mu­cho amor.

Es oír la voz de mi pa­dre y en­trar en un mar de lá­gri­mas

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.